Samuel Díaz y Edison Guzmán, recluidos en la cárcel > en el pequeño pueblo de Tamboras>. Están siendo protegidos por las autoridades locales, evitando un posible linchamiento a manos de sus pobladores. Los guardias que están atentos ante cualquier agresión por parte de la multitud, salvaguardan la vida de estos dos hombres.
El inspector de policía y el alcalde del municipio, temen por una posible asonada que perturben el orden público, de las cientos de personas que se encontraban gritando “libérenlos, para matar a esos desgraciados” con trancas (elementos contundentes), machetes (elementos corto-contundente) y todo tipo de objetos, pretenden hacer justicia por sus propios medios.
Afuera; el único periodista del pueblo, Simón Pérez, le toma nota al juicio público, que se les realiza a los hombres. El inspector de policía Cástulo Martínez, toma la declaración a la única testigo, que narró los hechos. Conocida por todos los pobladores como Gertrudis Arana, una anciana de 71 años, que esperaba su cuarto de hora para partir de este mundo y vivía en la soledad de una casa quinta de tendencia colonial y que tenía fama de captadora de noticias y portadora de malos entendidos. El juez Silvio Méndez, escucha las preguntas, que el inspector, le hace a la mujer, mientras la turba de la multitud se aglomera a la entrada de la inspección de policía, que habían reservado para adelantar la diligencia, por ser el lugar más seguro del Pueblo, ya que su único punto de acceso era custodiado por unas rejas gigantescas en donde se arremolino la multitud para escuchar la declaración de Gertrudis Arana. Mientras el inspector, le hacia las preguntas ¿Doña Gertrudis usted presencio los hechos? Mirando a la anciana a los ojos – los escuche perfectamente cuando planeaban el crimen – ¿y qué era lo que planeaban estos hombres a quien usted acusa? – matar a la muchacha para quedarse con una fortuna. Yo lo escuche con estos oídos que no se equivocan señor inspector – ¿y que más escucho señora? – bueno uno de ellos, decía que ya sabía lo que haría, él decía, que primero mataría a la mujer, luego la dejaría en el cuarto de la casa, mientras todos en la casa se encontraran durmiendo, y después incendiarían la casa, para que todo pareciera, un accidente. Así nadie notaria como se generó todo – ¿hace cuánto conoce usted a estos hombre señora? – ellos vinieron de la ciudad, y me alquilaron el cuartico que me sobraba de la casita en la cual vivo, y pues como está la situación económica de grave, se me hizo rentable alquilarles la pieza, ya que me dijeron que iban a realizar una actividad en el pueblo y después se irían – ¿cómo escucho usted los hechos que narra señora? – Pues no es que sea chismosa, pero es que mi cuarto y el de ellos está dividido por la misma pared y se escucha todo lo que dicen señor inspector – ¿usted escucho algo que arroje pista sobre la identidad de la mujer que ellos nombraban? – no, hay no daban nombres solo hablaban en clave – ¿en clave, como así señora? – Bueno a las personas la llamaban personajes y las jugadas sucias la llamaban escenas, como para que yo no sospechara nada, pero se jodieron (no contaban con mi astucia) señor inspector con esta vieja, porque yo todo me lo pillo (capto) – ¿y cuando realizarían el crimen? – a no se inspector, porque tuve que salir corriendo por mi vida a pedir socorro y para denunciarlos ante ustedes, sin antes no advertir a unas cuantas personas lo que pasaba, por si ustedes los policías llegaban como siempre tarde a la misa – ¿y por qué tuvo que salir corriendo? – hay señor inspector, es que uno de ellos dijo “¿y la señora, que hacemos con ella, va hasta el final o la sacamos de escena?” y el otro dijo “no, que muera” no se imagina ese susto señor inspector – todos los presentes notaban que estos hombres, habían sonreído durante el interrogatorio del inspector. La multitud afanosa por el veredicto, no se explicaban la sonrisa y tranquilidad de estos hombre absurda, pues estaban en una situación delicada. El juez, llama aparte al inspector, y no le oculta su curiosidad del ¿por qué estos hombres sonríen? El periodista fotografía sus sonrisas. El alcalde piensa que son unos psicópatas, pues disfrutan de su historia criminal. El inspector finaliza con dos preguntas ¿es todo lo que tiene que decir señora? – Si señor inspector mírelos como sonríen, estos matones (criminales) de primera categoría – el inspector continúa con su última pregunta ¿Qué tienen ustedes que decir señores? – pues que la vida es un teatro inspector – dice Samuel Díaz – donde unas veces es un Drama, y otras una Comedia, como la vivida hoy aquí – Edison Guzmán sonríe y dice – “cuando nos graduamos como dramaturgos, nunca pensamos que el ensayo de nuestro libretos, alborotarían tanto a todo un pueblo, y consagraran a Gertrudis Arana a su edad, como la mejor relatora de esta historia, que lleva por nombre el crimen imaginado”.





Mabel
Muy buena historia. Un abrazo Jorge y mi voto desde Andalucía
nocturno
Gracias Mabel, es un placer para mi. Un abrazo.