Inaudible. Invisible. Irrelevante. Todos los días de mi vida. Cada terrible hora. Y cuando me notaron no fue mucho mejor.
Supongo que esperarán que me presente, que de razones para tan deprimentes dos líneas que me sirven para iniciar este relato. No creo que sea necesaria una presentación muy extensa. Lo esencial son solo cuatro detalles: Adolescente, gordo, nerd, lentes. Ya se pueden hacer una idea de lo que sucedía en mi vida cotidiana. Supongo que pensaran que esta es otra historia de bullying escrita por otra persona que sufrió de abuso escolar y quiere desahogarse. No, nada más lejos de la verdad.
Verán, todo ser humano tiene un límite, físico, sicológico y emocional. Una forma rápida de alcanzar ese límite es no hacer nada y dejar que las cosas pasen sin hacer algo al respecto, sin ventilar los problemas de alguna forma. Como ya habrán hábilmente adivinado, yo sufrí de bullying durante la parte final de mi niñez y gran parte de mi adolescencia. Eso realmente te marca como persona si no haces algo al respecto. Los sentimientos enfrascados, el odio y el temor hacia todos, nada de esto puede ser bueno.
A pesar de lo dicho anteriormente creo que debo comenzar la historia para que el lector comprenda el porqué de mi anterior sufrimiento. Todo comenzó a la tierna edad de diez años, cuando, por petición mía, me llevaron a un oculista. Miopía y astigmatismo, izquierdo y derecho respectivamente. BUM. Toma par de anteojos. El apodo menos hiriente era Harry Potter.
Yo siempre había tenido sobrepeso, nada exagerado, pero sobrepeso al fin y al cabo. A los diez años, además de los anteojos, comencé a desarrollar seudoginecomastia, esto es, acumulación de grasa en el pecho. Desarrollar senos, vaya. Basta decir que los niños son crueles y que yo era demasiado cobarde y retraído como para hacer o decir algo.
Creo que lo nerd no hace falta explicarlo. Star Wars, animación japonesa, comics, videojuegos. Lo que ahora está de moda a mí me condenó a los diez años.
En un principio eran apodos denigrantes e insultos reiterados. Luego pasó a bromas ya no divertidas, donde hasta yo me podía reír, si no ya hechas totalmente con el propósito de humillarme. Luego vinieron los golpes.
Mi padre tuvo el horror de presenciar una de estas bromas, en una ocasión en la cual él pasó por mí a la escuela. En el momento no me dijo nada, pero en casa me dio el discurso que, creo yo, nos han dado a todos sobre no dejarse pisotear, apoyarse en los profesores y en tus padres. Cosas que muchos oyen y cosas practican. Yo hice el intento, y así, a mis doce años, iniciaron las palizas. Denuncie a un par de chicos por estas bromas denigrantes, dejo a la imaginación del lector que bromas pudieron haber sido, solo diré que el que me empujaran a los camarines de las niñas después de educación física era lo menos. Ese par de chicos me dieron mi primera paliza, la primera de toda mi vida, porque los habían suspendido dos días de clases y habían llamado a sus padres.
Al parecer el golpearme era muy relajante, pues lo tomaron como práctica habitual. Martes y jueves, y a veces los viernes también, me tocaba paliza. Y yo nunca hice nada. Hasta ese punto había llegado mi deterioro mental. No me importaba que me hicieran, porque sabía que es a paliza me garantizaba pasar el resto del día tranquilo. Llegue al punto de auto despreciarme y de decirme a mí mismo que era mi culpa ser gordo, culpa mía ser nerd y usar lentes. Pensaba que me merecía todas y cada una de las palizas.
Hasta que ocurrió lo impensable. Una tarde, a mis catorce años, cuatro aguantado esta tortura, encontré un sobre en mi mochila. No era nada especial, pero el color rosa de este hizo que me emocionara. Como si no lo hubiese visto mil veces en el anime. Era una carta de amor. Una anónima me declaraba sus sentimientos y me citaba al día siguiente después de clases en la parte trasera de la escuela.
Emocionado y cegado por el ansia de conocer a mi enamorada caí, como un imbécil. Ahí estaban esos dos, en la parte trasera de la escuela. Y aun cuando los vi no sospeché, era miércoles, no tenía motivos para sospechar.
Me golpearon, desgarraron mi ropa y me dijeron que como era tan imbécil, como se me llegaba a ocurrir siquiera que alguien me pudiese amar, que de seguro ni siquiera mis padres los hacían.
Como ya dije, el ser humano tiene un límite, físico, mental y emocional. En ese momento alcancé el mío. Comenzó a gestarse dentro de mí un odio tan intenso que no me reconocía. Y entonces lo oí. Ese susurro, el instinto de autoconsevarción, supongo, combinado con el profundo rencor y la incontrolable ira que sentía, volvieron ese susurro un chillido lunático e incontrolable que no pude, ni tampoco quería, acallar.
Jueves. Día de paliza. Me arrinconaron a la entrada de la escuela y me llevaron a la parte trasera. Me empujaron contra la pared. Y saque el cuchillo que llevaba enfundado dentro del pantalón. Cuchillo de carnicero. Ninguno alcanzó a reaccionar cuando uno ya tenía un corte en la yugular y caía inerte al piso. El otro, aterrado y confundido, comenzó a retroceder, y cayó. La sonrisa que se dibujó en mi rostro tuvo que haber sido tal que el desgraciado comenzó a llorar, a rogarme por su vida.
Decir que me entretuve cuanto pude con él fue poco. Comenzó a gritar en cuanto le corté los tendones de ambos pies. Gritó aún más fuerte cuando practiqué un corte vertical en su brazo derecho y amenacé con dejarlo morir desangrado. Cundo caí en cuenta de que sus asquerosos chillidos tuvieron que alertar a la gente no lo dudé. Practique los cortes necesarios para dejar sus brazos inutilizados, lo que trajo otra ola de deliciosos gritos y me puse sobre él, levanté el cuchillo y, gracias a la adrenalina y mi peso corporal, atravesé su cráneo, justo entre los ojos.
No me atraparon, me entregué. Cuando llegaron las autoridades yo aún estaba sentado sobre ambos cadáveres, los había puesto uno encima del otro, el más entero, que solo tenía su corte en la yugular, abajo. El torturado arriba. Y yo triunfante sobre ellos dos, manchado con un barro macabro hecho de tierra y sangre, cuchillo en mano y, por ociosidad, clavándolo ocasionalmente en alguno de los cadáveres que yacían debajo de mí. Cuando vi al policía solté el cuchillo, me levanté y estiré ambos brazos en su dirección para que me esposara, pero supongo que lo horrendo de la escena lo paralizó esos treinta segundos que tardó en pedir refuerzos.
Ahora estoy en un manicomio. Perdón, hospital psiquiátrico. Algunos compañeros dieron testimonio de los acosos de los cuales yo era objetivo y eso bastó para que este en este lugar ahora.
No me malentiendan, por supuesto que tiene ventajas. No me maltratan, tengo comida tres veces al día y solo cuando me pongo demasiado nervioso me colocan en la celda de aislamiento. Pero es un manicomio, y yo no estoy loco, solo tuve un episodio de psicosis debido al estrés, eso es todo. Pero dicen que muestro mejorías, yo sé que es porque hago lo que la voz me dice que haga. Y de acuerdo con ella, cuando me pasen a baja seguridad y me dejen tener lápices, podría asesinar a una enfermera, ponerme su uniforme y escapar.Inaudible. Invisible. Irrelevante. Todos los días de mi vida. Cada terrible hora. Y cuando me notaron no fue mucho mejor. Supongo que esperarán que me presente, que de razones para tan deprimentes dos líneas que me sirven para iniciar este relato. No creo que sea necesaria una presentación muy extensa. Lo esencial son solo cuatro detalles: Adolescente, gordo, nerd, lentes. Ya se pueden hacer una idea de lo que sucedía en mi vida cotidiana. Supongo que pensaran que esta es otra historia de bullying escrita por otra persona que sufrió de abuso escolar y quiere desahogarse. No, nada más lejos de la verdad. Verán, todo ser humano tiene un límite, físico, sicológico y emocional. Una forma rápida de alcanzar ese límite es no hacer nada y dejar que las cosas pasen sin hacer algo al respecto, sin ventilar los problemas de alguna forma. Como ya habrán hábilmente adivinado, yo sufrí de bullying durante la parte final de mi niñez y gran parte de mi adolescencia. Eso realmente te marca como persona si no haces algo al respecto. Los sentimientos enfrascados, el odio y el temor hacia todos, nada de esto puede ser bueno. A pesar de lo dicho anteriormente creo que debo comenzar la historia para que el lector comprenda el porqué de mi anterior sufrimiento. Todo comenzó a la tierna edad de diez años, cuando, por petición mía, me llevaron a un oculista. Miopía y astigmatismo, izquierdo y derecho respectivamente. BUM. Toma par de anteojos. El apodo menos hiriente era Harry Potter. Yo siempre había tenido sobrepeso, nada exagerado, pero sobrepeso al fin y al cabo. A los diez años, además de los anteojos, comencé a desarrollar seudoginecomastia, esto es, acumulación de grasa en el pecho. Desarrollar senos, vaya. Basta decir que los niños son crueles y que yo era demasiado cobarde y retraído como para hacer o decir algo. Creo que lo nerd no hace falta explicarlo. Star Wars, animación japonesa, comics, videojuegos. Lo que ahora está de moda a mí me condenó a los diez años. En un principio eran apodos denigrantes e insultos reiterados. Luego pasó a bromas ya no divertidas, donde hasta yo me podía reír, si no ya hechas totalmente con el propósito de humillarme. Luego vinieron los golpes. Mi padre tuvo el horror de presenciar una de estas bromas, en una ocasión en la cual él pasó por mí a la escuela. En el momento no me dijo nada, pero en casa me dio el discurso que, creo yo, nos han dado a todos sobre no dejarse pisotear, apoyarse en los profesores y en tus padres. Cosas que muchos oyen y cosas practican. Yo hice el intento, y así, a mis doce años, iniciaron las palizas. Denuncie a un par de chicos por estas bromas denigrantes, dejo a la imaginación del lector que bromas pudieron haber sido, solo diré que el que me empujaran a los camarines de las niñas después de educación física era lo menos. Ese par de chicos me dieron mi primera paliza, la primera de toda mi vida, porque los habían suspendido dos días de clases y habían llamado a sus padres. Al parecer el golpearme era muy relajante, pues lo tomaron como práctica habitual. Martes y jueves, y a veces los viernes también, me tocaba paliza. Y yo nunca hice nada. Hasta ese punto había llegado mi deterioro mental. No me importaba que me hicieran, porque sabía que es a paliza me garantizaba pasar el resto del día tranquilo. Llegue al punto de auto despreciarme y de decirme a mí mismo que era mi culpa ser gordo, culpa mía ser nerd y usar lentes. Pensaba que me merecía todas y cada una de las palizas. Hasta que ocurrió lo impensable. Una tarde, a mis catorce años, cuatro aguantado esta tortura, encontré un sobre en mi mochila. No era nada especial, pero el color rosa de este hizo que me emocionara. Como si no lo hubiese visto mil veces en el anime. Era una carta de amor. Una anónima me declaraba sus sentimientos y me citaba al día siguiente después de clases en la parte trasera de la escuela. Emocionado y cegado por el ansia de conocer a mi enamorada caí, como un imbécil. Ahí estaban esos dos, en la parte trasera de la escuela. Y aun cuando los vi no sospeché, era miércoles, no tenía motivos para sospechar. Me golpearon, desgarraron mi ropa y me dijeron que como era tan imbécil, como se me llegaba a ocurrir siquiera que alguien me pudiese amar, que de seguro ni siquiera mis padres los hacían. Como ya dije, el ser humano tiene un límite, físico, mental y emocional. En ese momento alcancé el mío. Comenzó a gestarse dentro de mí un odio tan intenso que no me reconocía. Y entonces lo oí. Ese susurro, el instinto de autoconsevarción, supongo, combinado con el profundo rencor y la incontrolable ira que sentía, volvieron ese susurro un chillido lunático e incontrolable que no pude, ni tampoco quería, acallar. Jueves. Día de paliza. Me arrinconaron a la entrada de la escuela y me llevaron a la parte trasera. Me empujaron contra la pared. Y saque el cuchillo que llevaba enfundado dentro del pantalón. Cuchillo de carnicero. Ninguno alcanzó a reaccionar cuando uno ya tenía un corte en la yugular y caía inerte al piso. El otro, aterrado y confundido, comenzó a retroceder, y cayó. La sonrisa que se dibujó en mi rostro tuvo que haber sido tal que el desgraciado comenzó a llorar, a rogarme por su vida. Decir que me entretuve cuanto pude con él fue poco. Comenzó a gritar en cuanto le corté los tendones de ambos pies. Gritó aún más fuerte cuando practiqué un corte vertical en su brazo derecho y amenacé con dejarlo morir desangrado. Cundo caí en cuenta de que sus asquerosos chillidos tuvieron que alertar a la gente no lo dudé. Practique los cortes necesarios para dejar sus brazos inutilizados, lo que trajo otra ola de deliciosos gritos y me puse sobre él, levanté el cuchillo y, gracias a la adrenalina y mi peso corporal, atravesé su cráneo, justo entre los ojos. No me atraparon, me entregué. Cuando llegaron las autoridades yo aún estaba sentado sobre ambos cadáveres, los había puesto uno encima del otro, el más entero, que solo tenía su corte en la yugular, abajo. El torturado arriba. Y yo triunfante sobre ellos dos, manchado con un barro macabro hecho de tierra y sangre, cuchillo en mano y, por ociosidad, clavándolo ocasionalmente en alguno de los cadáveres que yacían debajo de mí. Cuando vi al policía solté el cuchillo, me levanté y estiré ambos brazos en su dirección para que me esposara, pero supongo que lo horrendo de la escena lo paralizó esos treinta segundos que tardó en pedir refuerzos. Ahora estoy en un manicomio. Perdón, hospital psiquiátrico. Algunos compañeros dieron testimonio de los acosos de los cuales yo era objetivo y eso bastó para que este en este lugar ahora. No me malentiendan, por supuesto que tiene ventajas. No me maltratan, tengo comida tres veces al día y solo cuando me pongo demasiado nervioso me colocan en la celda de aislamiento. Pero es un manicomio, y yo no estoy loco, solo tuve un episodio de psicosis debido al estrés, eso es todo. Pero dicen que muestro mejorías, yo sé que es porque hago lo que la voz me dice que haga. Y de acuerdo con ella, cuando me pasen a baja seguridad y me dejen tener lápices, podría asesinar a una enfermera, ponerme su uniforme y escapar.
Don Fabi




Mabel
¡Excelente! Un abrazo Fabia y mi voto desde Andalucía
Celeste
A mí también me gusta mucho Stephen King. Un género, el de terror, que tiene bastantes adeptos. Te animo a que sigas escribiendo. Muy buen relato. Un abrazo y mi voto.