“Miró el horizonte. En otra ocasión rezaría, hablaría con dios, mañana intentaría escapar nuevamente, ahora tenía que volver a dormir.”
No hay realidad más conmovedora que la vida de ese pobre desgraciado.
Dédalos de bosque salvaje había dejado a sus espaldas, dédalos de inextricable bosque era lo único que se divisaba en su horizonte. Llevaba horas andando, tal vez días enteros, y la misma cantidad de tiempo indeterminado que no veía la luz del sol o de la luna. La hojarasca de los árboles era tan denso que no dejaba ver el cielo. A pesar de no poder más, el hombre seguía caminando, sus ojos se le entrecerraban en ocasiones, dormía andando, luego despertaba, justo cuando estaba a punto de derrumbarse y continuaba con más ímpetu su lóbrego caminar. No había dormido en mucho tiempo, pero eso no lo detenía. Lo que lo movía era un deseo poderoso, ese hombre intonso, moreno, taciturno, temeroso de dios e infinitamente voluntarioso, quería escapar del infierno.
Estaba perdido, andando en un mundo que no lograba entender, sin poder encontrar la salida, si es que había alguna salida. Eran muchos años encerrado, y aunque conservaba el recuerdo de quien era, y respondía con su nombre y con su verdad, no recordaba nada más. En el pasado, hace mucho tiempo, vivió en el mundo exterior, lejos de aquella fortaleza, pero la apariencia de ese mundo exterior, ya se le había olvidado. Se sentía atrapado, muerto pero vivo. Seguramente cualquiera en su lugar hubiese emprendido el mismo absurdo viaje.
No había camino por donde andar, así que el hombre temía estar perdido, estar caminando en círculos, y haber emprendido ese absurdo viaje en vano, otra vez. ¡Estaba perdido! No tenía certeza de adonde debía llegar y no sabía si aún lo estaban esperando. En un momento de intranquilidad (muchos lo habían embargado durante el viaje), decidió subir hasta el pináculo de uno de los altísimos árboles que lo rodeaban y que formaban el inmenso bosque en donde se encontraba perdido. Quería ver si era de día o si era de noche, y tener una perspectiva clara de cuanto le faltaba por andar. Empezó a subir poco a poco, paso a paso, aferrándose fuerte a la corteza húmeda y resbaladiza de un imponente roble. Las manos y las piernas le temblaban, el corazón le punzaba fuerte debajo del pecho, el cansancio lo dejaba endeble al peligro de caer. Al alcanzar las ramas bajas del gran roble, se dio cuenta que no podía ir más allá, simplemente no podía seguir: carecía de las herramientas y de las fuerzas necesarias para abrirse paso entre el compacto verdor, así que finalmente utilizó las pocas energías que guardaba para descender del roble. A pesar de que su voluntad permanecía intacta, el agotamiento físico no le permitía dar un paso más; se recostó sobre el húmido y frio suelo fangoso; usó las sobresalientes raíces del mismo árbol que intentó escalar para reposar su cabeza, e inerte, asemejando ser una prolongación del mismo roble, cerró los ojos y durmió… durmió un sueño profundo y reparador, el mismo que duermen los viajeros al cruzar grandes desiertos, el mismo que en ocasiones puede ser confundido con la muerte.
***
Despertó en el segundo escenario, todavía el sol no se asomaba detrás de las verdes montañas y aún su vecina no lo atormentaba con el sonido infernal del rock pesado. Estuvo durante un tiempo, mirándose al espejo, buscando la manera más sutil de disimular las prominentes ojeras violáceas que enmarcaban sus ojos profundos y negrísimos. Finalmente se decidió por unos lentes obscuros, los cuales combinó con un traje negro y una corbata roja y brillante.
Salió a la calle apesadumbrado, pensando en lo ridículo que se veía con lentes de sol en una mañana lluviosa, y lo ridículo que se veía en general. En la primera tienda ambulante que encontró, hizo una pequeña fila para comprar el periódico, y lo leyó en la estación de tren antes de marcharse al trabajo y mientras se tomaba un café.
En el periódico, siempre las mismas noticias, en la página principal: “Se encuentra la octava víctima de la extraña ola de asesinatos, las autoridades sospechan de un asesino en serie”, y pensó, que las personas siempre se vuelven locas; segundo titular: “Gobierno analiza la posibilidad de aumentar los impuestos por tercera vez en el año” y pensó, que muchas veces hay muy buenas razones para enloquecer; otro titular: “Intensa ola de frio mata a una docena de personas en pleno verano”, y es que hasta la misma naturaleza se vuelve loca en ocasiones.
Cuando entró al tren, pensó en lo que le esperaba y lo embargó una profunda melancolía. Podía intentar escapar nuevamente, pero de nada serviría, ya lo había intentado en muchas otras ocasiones, y siempre lo encontraban, no importaba en qué inhóspito rincón se escondiera, siempre lo encontraban y lo obligaban a regresar.
Otra vez los gritos, su nombre pronunciado en los altoparlantes. Lo presentaban como “la maquina aniquiladora” y el salía a la arena entre aquellos detestables vítores. El coliseo estaba lleno, tal vez más de 2000 personas presenciarían la función de ese día, en donde él era la atracción principal. Su contrincante era un enorme rinoceronte robusto y bicorne, una gran masa de músculos que se movía a dos patas como un humano.
Parados frente a frente, el rinoceronte le doblaba el tamaño y le quintuplicaba el grosor. Él no tenía miedo a aquella bestia, él sólo temía de sí mismo. Lo habían obligado a convertirse en un asesino, lo habían obligado a matar a muchos hombres, y cuando ellos ya no fueron competencia para él, entonces lo enfrentaron a aquellas bestias modificadas genéticamente, pero nadie era contrincante para él.
Cuando la bestia arremetía, pensó en esta vez dejarse asesinar, no oponer resistencia a los enormes brazos de aquella bestia y dejarse destrozar. Pero nuevamente sus instintos asesinos afloraron: cuando la bestia lo tenía asido por el cuello, y amenazaba con arrancarle la cabeza del tronco, en un solo movimiento y con fuerza sobrehumana se deshizo de las garras de aquella bestia y lo destrozó, desmembrándolo y convirtiéndolo en asquerosa carne molida, tan sólo con el poder de sus engañosas débiles manos.
Otro día y otra muerte en su haber. Para el día siguiente le tenían una gran sorpresa, al día siguiente nuevamente tendría, contra su voluntad, que convertirse en el aniquilador. Él sólo esperaba que el día siguiente se retrasara en llegar, o mejor aún, que nunca llegara. Cuando se acostó esa noche, encontró su lecho muy cómodo, durmió profundamente, deseó que todo acabara, deseó una vida normal, deseó con fervor el fin del mundo, deseó una noche eterna.
***
El sonido sibilante del euro noto, subiendo, bajando, fragoso y férvido, hablando palabras siderales, lo despertó de su profundo sueño en el primer escenario, tal vez había soñado. Había dormido por una, o quizá dos horas –pensó- luego descubrió con terror, que había dormido por más de una semana y estaba de regreso al infierno. Nunca estuvo cerca de escapar, lo tenían vigilado durante su huida y sólo esperaron a que el cansancio hiciera su trabajo para regresarlo al lugar de donde jamás escaparía. Así era en el infierno. Sólo se burlaban de él y siempre buscaban las maneras más crueles de quebrantar su voluntad.
Tal vez él era el único que mantenía intactas las esperanzas de escarpar, era el único que lo intentaba a pesar de saber que escapar era imposible, todos los demás ya se habían rendido. Era el único que lo intentaba una y otra vez, pero siempre con el mismo resultado, era el que más cerca había estado de escapar por eso era evidente que tal vez otro día, cuando recuperara las fuerzas, lo volvería a intentar, aunque sabía de antemano el resultado de su intentona.
Ahora sólo le quedaba hacer su recorrido. Andaba por los largos pasillos, mientras la luz del sol se astillaba sobre sus hombros, mientras la brisa cálida y endemoniada hacía entrar gruesa arena en sus ojos, mientras contemplaba como su vida se esfumaba, recordaba otra vez su vida pasada, recordaba a una mujer, a dos niños, a su familia, por los que mantenía viva la esperanza. Se estremecía, y no lloraba sólo por miedo a parecer muy débil.
En la cima del castillo, intentaba recobrar las fuerzas que ya flaqueaban. Entonces se acordaba de la joven mujer que lo visitaba todos los sábados, era la única persona, a parte de sus cuidadores, con la que tenía contacto. Tenía unos ojos hermosos aquella mujer. Ella siempre le decía “habla con él, él siempre te escuchará, te ayudará a resolver tus problemas. Cuando te sientas atrapado, cuando sientas que no hay salida de este laberinto, entonces habla con él, pon tus problemas sobre sus manos, y él seguramente te ayudará, pero con fe, con fe verdadera”. Miró el horizonte. En otra ocasión rezaría, hablaría con dios, mañana intentaría escapar nuevamente, ahora tenía que volver a dormir.
***
Cuando despertó pensó que había soñado, luego hizo su rutina; se miró nuevamente en el espejo, e hizo algo que tenía mucho tiempo sin hacer, rezó para un dios al cual le creía muy poco, y al que en ocasiones culpaba de todas sus desgracias, terminó maldiciendo a ese dios y del otro lado de la pared traspasando la mismas, se dejó escuchar un estridente “amen”, e inmediatamente estalló el atronador rock pesado.
El coliseo estaba repleto; la muchedumbre sobrepasaba en gran número el aforo del mismo; las personas gritaban, querían ver barbarie, sangre, vísceras esparcidas por todos lados, gritaban su sobrenombre, gritaban, “el aniquilador, el aniquilador”. Las compuertas se abrieron para mostrar a su contrincante, un enorme león trifauce cuyo rugido estremecía los simientes de la arena. El hombre suspiró hondo, hoy sólo tenía que matar, mañana intentaría escapar nuevamente, a ver si esta vez contaba con mejor suerte.
Conmovedor, el hombre se la pasaba siempre tratando de escapar, peor aún, se encontraba atrapado en dos escenarios tan ilógicos e inverosímiles que no lograba distinguir cuando estaba soñando y cuando estaba despierto.





GermánLage
Excelente, Niccolle. Cada día me siento más atrapado por la fluidez y expresividad de tu estilo.
Un cordial saludo y mi voto.
Niccolle
Gracias por el comentario, saludos German.
Mabel
Muchas veces estás atrapado en laberintos que tú mismo has creado, la mente absorbe esa energía y te destruye impidiendo ver con claridad. Un abrazo Nicolle y mi voto desde Andalucía
Niccolle
gracias por el comentario, saludos Mabel.