En el fondo de la cañada

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La economía seguía igual de deshecha que de costumbre, la banca permanecía en crisis y la inflación enflaquecía de golpe los pocos céntimos en los bolsillos de los pobres. En el periódico se dejaban leer los asesinatos habituales del día, todos ocurridos en los mismos barrios y en circunstancias parecidas a los del día anterior. Fernando se sirvió un plato de patatas tibias con mayonesa salidas del microondas y las acompañó con una cerveza que guardaba en el refrigerador. Después de su cena improvisada, recostó su obeso cuerpo en el mullido sillón que abarcaba gran parte de la sala de su pequeño apartamento de soltero. Sin quitarse los zapatos encendió la vieja televisión que le había heredado su madre  y se recostó descansando su gran panza de cerveza. La oscuridad del sitio acompañada por la leve silueta de Fernando iluminada por el cacharro que tenía en frente sólo estimulaban la sensación de soledad y abandono.

Decidió levantarse para ir al baño y de paso dejar sus calcetas sucias sobre el lavamanos. De vuelta decidió por obra del azar detenerse frente a la única ventana del departamento para ver hacia afuera. La calle estaba desierta y tras las dos farolas que iluminaban ese tramo de la acera se alzaba casualmente la arboleda alrededor del cauce de una cañada. El lugar era un sitio habitual donde los jóvenes iban a drogarse en la madrugada, ahogando sus días cotidianos en humo de marihuana o empolvándolos con escarcha de coca. Esa noche, sin embargo, no se veía a nadie en los alrededores.

Fernando se quedó presenciando el panorama a través del cristal por más tiempo del usual. Al final se dio cuenta de su embotamiento y volvió al cómodo sillón que lo recibía con los brazos abiertos. No se sabe cuánto tiempo estuvo inmóvil, pero el programa que estaba viendo ya había terminado y sobre la pantalla reposaban los créditos. La acción siguiente debió haber sido cambiar de canal y destapar otra cerveza, pero, curiosamente, fue meter los gordos pies en las pantuflas y salir por la puerta de su hogar para bajar las escaleras del edificio. Cinco minutos más tarde estaba en el borde de la acera, viendo hacia la cañada cubierta a su vez por frondosos y espigados árboles.

Eran las dos de la mañana y hacía un frío que calaba en los huesos. Fernando no se había percatado siquiera de traer consigo un suéter para cubrirse. Es más, hasta el momento se empezaba a preguntar qué rayos hacía ahí, fuera de su cómodo y barato departamento viendo hacia la nada con el pellejo erizado por tan apática temperatura. Sin saber aún el porqué de sus acciones subió una pierna por sobre el barandal de la acera y cruzó torpemente hacia la oscuridad de  la arboleda. Se detuvo en seco y volvió a cuestionarse en su mente por susodicho acto, pero al final decidió hacerle caso a ese impulso desconocido que se apoderaba de él con sutileza. No se escuchaba el motor de ningún auto, el ambiente era dominado únicamente por el chirriar de las cigarras y los lamentos del agua. En su espalda se posaba la luz artificial de la calle solitaria que tenía detrás. Se desnudó por completo y comenzó a caminar cuesta abajo entre los troncos de los árboles, quebrando los frágiles esqueletos de las hojas secas bajo las plantas de sus pies descalzos. Su vista se acostumbró de inmediato a la penumbra y avanzó ahora sin problemas por entre las sombras, sólo siguiendo el murmurar de la corriente.

Cuando llegó a la orilla del riachuelo se agachó y tocó el agua fría con su mano izquierda. Entonces, al levantar la vista para avistar la otra orilla, apenas a unos metros de donde se encontraba, lo vio. Al principio sintió como salía del trance de golpe y volvía a la realidad acompañado de un miedo paralizante, y de haber podido habría salido corriendo y se habría metido en bola a su condominio sin mirar atrás. Pero en cambio, sin poder apartar los ojos de la figura, sintió como el sueño que se había disipado lo envolvía de nuevo con una suavidad exquisita. Entonces, empezó a sentir una atracción extraña hacia el desconocido que permanecía frente a él en la otra orilla, también desnudo.  Como había hecho antes, decidió no razonar este sentimiento y agachado como estaba avanzó hacia adelante con el agua acariciando sus tobillos. El otro, que miraba fijamente al agua y fingía ignorarlo, decidió levantar la cabeza y verlo a los ojos. Estuvieron cara a cara por varios segundos y Fernando, como si una bomba nuclear acabara de estallar en el interior de su cráneo, se echó hacia atrás cayendo de espaldas sobre las leves aguas del riachuelo, con una expresión desgarrada por el terror absoluto en su rostro y sin producir ni un sonido. Lo había reconocido, se había reconocido.

La persona que tenía en frente era él mismo. Pero distinta, tanto que había tardado unos instantes en darse cuenta. No tenía ni la panza obesa de Fernando, ni sus canas, y probablemente tampoco tenía principio de cirrosis. Además, tenía más cabello, un largo y frondoso cabello que recorría y abanicaba el cuero de su cabeza reposando sobre sus hombros, como burlándose de la temprana calvicie de Fernando. Era mucho más delgado e incluso más bajo en estatura, su papada estaba en perfectas condiciones y no le colgaban las carnes de los brazos; hasta su vello púbico lucía en mejor estado. Sin embargo era él, no había duda. La misma cara, las mismas facciones con esa mirada atontada que mezclaba ingenuidad con indiferencia.  Era él, sólo que sin los últimos treinta años que lo habían envejecido y acabado sin piedad alguna. Era una versión puberta y juvenil de sí mismo.

Mientras Fernando trataba en vano de asimilar semejante patada al funcionamiento lógico del cosmos, pensando en teorías locas de dimensiones alternas y universos paralelos, el otro permanecía calmado y en silencio, viéndolo a los ojos y limitándose a parpadear. El frío de su espalda mojada y el cosquilleo del agua hicieron que se incorporara aún temeroso. Al cabo de un rato, el saber que la persona que tenía en frente era él mismo y el verlo tan reposado en la calma de la noche, -a pesar de la ilogicidad del acontecimiento- hizo que Fernando se tranquilizara y que el trance hipnótico que ahora lo tenía en ese sitio y en esa situación volviera a adormilarlo. Sin dirigirse una palabra el uno al otro, Fernando se sentó al lado del muchacho, sin voltearlo a ver. El otro Fernando continuaba imperturbable y en silencio, y limitándose a respirar y parpadear ocasionalmente dirigió de nuevo su mirada al agua.

Fernando despertó acostado en su sillón. La televisión estaba encendida y gracias al noticiero mañanero supo que había amanecido. En la oscuridad de su poco iluminado apartamento pensó en el sueño que había tenido y se levantó cuidadosamente, todavía consternado por lo realista de la experiencia y su posible significado. Cuando se descubrió de las cobijas que lo arropaban se dio cuenta que no traía nada de ropa encima.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    17 julio, 2017

    Muy buen Cuento. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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