GATOS QUE LADRAN
- Un Anhelo corto, muy corto…
Hallábase sentado en una roca, de esas que tienen muchos agujeritos, como moldeada por un carpintero pero con rasgos de vejez; él era de mediana estatura, pelo negro, ojos de esmeralda y una larga cola coronada por un penacho blanco como la nieve. Su rostro denotaba seriedad y tristeza al mismo tiempo, una tristeza desconocida que parecía estar atada al firmamento hacia donde miraba con atención, tal vez a la espera de algo añorado en otrora niñez, en angustia soledad.
Era una límpida noche, fuera de todo contexto, solo estaban él y sus pensamientos, las lejanas fuentes de luz acompañaban en silencio contemplativo este momento, como una si una memoria ya ancestral evocara mejores épocas, la dama encapotada de un hermoso y nostálgico velo negro cubría todo con su presencia… a la distancia una gran bola de hielo milenario, casi eterno, llenaba el vacío del tiempo en su maratón y acompañaba en su silencio al susurro del viento, juntos en una simbiosis delicada y persistente, casi fantástica, casi infinita, le invitaban a ir más allá de nuestros pesares, de nuestras penumbras… a una carrera afanosa por otros tantos mundos, incomprendidos, lejanos.
- Maullando
La luna, testigo de esta parafernalia, observaba indolente las vicisitudes del movimiento de su cola, extasiada quizá por el anhelo de un sueño casi ridículo, una reminiscencia de mejores faenas en las que incluso nosotros participamos, pero no recordamos… por el bochornoso olvido al que fuimos sometidos después de la decadente verdad, la ignorancia, la vergüenza. Expulsó de sí, entonces, una exclamación de libertad, casi anárquico en su pesar y muy a tono con la escena preparada ante su ser, ante sus ojos. ¡Un Maullido!, que sonó a queja, que supo a desahogo y, en complicidad con el bosque desde el que la obscuridad acechaba, se tradujo en gozo y canto de esperanza para todos los que solíamos sentir el candor de su presencia.
Subió de un solo salto hasta el velo de la gran bola y estalló en miles de partículas de efímera carga interestelar que excitaronse entre sí para producir un destello radiante y fugaz, como un sueño que no soñamos, como un juego que no jugamos, como un libro que no leímos, incomprensible, loco, estruendoso… con rumbo al equinoxio de nuestras vidas, a la emulación de la ausencia inevitable de la cruda realidad del tiempo… la finitud.
- Ladrando
Simplemente abandonó el planeta por razones aún desconocidas y emprendió un viaje sideral a través de la eternidad, como en un hoyo negro, debió asemejarse a una estrella fugaz o quizá nadie supo de su carrera al atravesar la ionósfera, solo sabemos, -y lo decimos con pasión y tristeza- que un vacío nació en nuestras ya gélidas almas. En realidad se sentía frustrado, acorralado, mendigo ante la imposibilidad de conocer más allá de esa dama encapotada del firmamento.
Ya está, muy seguramente, fuera del alcance de las inconformidades, de los errores, de lo cotidiano. Ahora hace parte de la memoria utópica…
Autor:
Jaime Andrés López.





Mabel
¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido
El Octavo Pasajero
Gracias, igualmente…
Yulieth sabogal
Profundo y emocionante
F J Randy
Entretenido relato