La chica del autobus

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Mi noche había sido insoportable y el amanecer, peor; pesadillas sin imágenes y sueños en silencio me torturaron y un profundo dolor de cabeza me abatió cuando abrí los ojos.

Cuando intenté recordar lo soñado, mil puñales se clavaron en mis sienes.

Lentamente me levanté y el agua caliente me relajó un poco.

Desnudo y casi mojado caminé hasta la cocina donde lo primero que hice fue buscar entre los vasos y los platos, algún analgésico.

Tomé dos, encendí la hornalla de la cocina y llené la pava con agua caliente para el mate.

Busqué algo en la heladera para comer pero…

“Tengo que ir al supermercado más seguido.” dije en voz alta.

Luego de un rato, mi dolor había cedido bastante y los mates habían tenido su efecto por lo que comencé a vestirme para ir a trabajar.

La temperatura a esa hora de la mañana, era de doce grados según la radio.

Al salir del edificio vi al autobús pasar por la puerta a alta velocidad. Maldije en todos los idiomas.

Resignado caminé hasta la esquina donde estaba la parada y aguardé.

Pasaron diez minutos y llegó otro. Lo tomé, saqué mi pasaje y caminé hasta el fondo del mismo al ver un asiento libre.

Cuando estaba por llegar, una mujer de cabellera larga y negra pasó rauda a mi lado, apresurada y se sentó.

Molesto por la actitud, intenté recriminar su acción.

Me acerqué y le dije:

-No hacía falta hicieras eso, si querías sentarte con pedírmelo hubiera bastado.- dije.

Ella ni levantó la vista, se quedó mirando el piso.

-¿Escuchaste lo que dije?-

No tuve respuesta.

Irritado, comencé a prestarle atención a su figura para saber cómo seguir y qué decir.

No tendría treinta años, el cabello negro y lacio caía sobre sus hombros de forma soberbia.

Al estar sentada, la breve falda permitía ver su íntimo triangulo blanco e inmaculado.

Las botas altas y el abrigo largo, negro le otorgaban una sensualidad exquisita.

No podía ver sus manos pues estaban cubiertas por guantes de lana también negros.

Aquella mujer no solo me había intrigado y enfadado…me había fascinado también.

El autobús comenzó a recorrer la ciudad mientras ella seguía inmóvil, mirando sin ver.

Yo no podía quitarle los ojos de encima.

En un momento no pude resistir más y le pregunté:

-¿Te sentís bien?-

Silencio absoluto. Ante esto decidí que lo mejor era olvidarla por lo que comencé a alejarme.

Y allí fue cuando habló.

-Perdón.-

Un frio inusual me corrió por la espalda.

Al darme vuelta pude ver un bello rostro de porcelana y unos ojos grises profundos, enigmáticos y poblados de lágrimas. Encontré mi pañuelo en el bolsillo y se lo ofrecí.

-Muchas gracias, sos todo un caballero, gracias.

Y te pido disculpas nuevamente… ¿Querés sentarte? En definitiva te correspondía a vos.-

Le respondí que no y le ofrecí mi ayuda.

-¿Por qué llorás?-

-Perdón pero llegué a mi destino.- dijo sin responderme.

Casualmente era el mismo que el mío y se lo dije. Ella sonrió.

Bajamos juntos y caminamos unas cuadras conversando del caos que era Buenos Aires.

Al llegar a un viejo edificio del Centro, en la avenida Callao, ella se detiene.

-Aquí vivo.- dijo.

-Lindo lugar, muy bohemio… ¿Sabés que trabajo a dos cuadras de aquí?- le comenté.

-Ah, sí, ¿Dónde?- me preguntó.

-En la editorial…-

Su mirada me interrumpió y el mundo se detuvo.

Su mano tomando la mía, fue la sensación más dulce que tuve en años.

-¿Querés entrar?- me preguntó mirándome a los ojos y entrelazando fuertemente sus dedos con los míos.

A los pocos segundos estábamos en el viejo ascensor, arrancándonos la ropa y besándonos de forma salvaje.

Estuve a punto de penetrarla allí mismo pero la llegada al octavo piso, me detuvo.

Entramos a su departamento y allí todos mis instintos se desataron furiosos.

Le rompí las bragas y solté sus senos perfectos de la prisión del corpiño. Bebí de ellos con infinita ternura y pasión.

Ella estaba sedienta de placer también, cuando se llevó mi pene a la boca pensé que moriría.

El sexo salvaje, cálido y desenfrenado duró horas. Nadie me había provocado tanto en toda la vida.

Encendí un cigarrillo mientras contemplaba su cuerpo desnudo tendido en la cama.

Resumía la belleza del mundo.

De pronto me di cuenta que no sabía su nombre. Y le pregunté.

-Carmen.-

-Hola Carmen, yo soy Marcos. ¿Puedo preguntarte porque llorabas en el autobús?-

-Porque sé lo que pasará ahora.- respondió.

Atiné a mirarla; sus ojos eran una sinfonía de amor y ternura, pasión y dulzura.

Pero otra vez estaban nublados, con lágrimas y un eterno dolor.

-¿Qué pasará por Dios, Carmen?- dije con voz angustiada.

Ella lloraba y lloraba. Y entre suspiros y lágrimas dijo:

-Te despertarás, yo desapareceré y no me recordarás…pero buscáme por favor…existo…de verdad que existo, dame tu palabra que lo harás…-

Me desperté.

Mi noche había sido insoportable y el amanecer, peor; pesadillas sin imágenes y sueños en silencio me torturaron y un profundo dolor de cabeza me abatió cuando abrí los ojos.

Cuando intenté recordar lo soñado, mil puñales se clavaron en mis sienes

Tan solo un nombre de mujer repiqueteaba en mi cabeza: Carmen.

Pero no sabía por qué, no conocía a nadie con ese nombre.

F I N

 

Richard

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    4 julio, 2017

    Cuando uno tiene pesadillas es difícil quitárselas. Un abrazo Richard y mi voto desde Andalucía

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