Ezequiel se levantó de la cama con sumo cuidado, tratando de no despertar a Mauge. Sin encender ninguna luz, sorteó los obstáculos de su hogar (muebles, y a veces ropa tirada) hasta llegar a la cocina, y se dispuso a preparar café.
Las primeras luces del día comenzaron a iluminar su hogar, y Ezequiel sonrió. No por el hecho de comenzar un nuevo día, sino por el recuerdo de la noche anterior. Ezequiel era un tipo que vivía de momentos.
No era costumbre para él terminar en la cama con una mina que apenas había conocido, pero eso había ocurrido, y se sentía feliz. De algún modo, sentía que ella iba a ser importante. Había salido la noche anterior con sus amigos, dispuesto a bailar y beber toda la noche, para pasar un buen rato en buena compañía, y quizás sí, encontrar el calor de una mujer por sólo unos momentos, y luego adiós, un gusto conocerte, que te vaya bien. Así había sido siempre. Y sin embargo, estaba preparando café para dos, tostadas para dos, y realmente deseaba que Mauge se quedase a desayunar con él.
A Ezequiel realmente le gustaba salir de noche.
Quizás por el aroma del desayuno, o por las luces de la mañana que inundaron la habitación, Mauge se despertó. Fue hasta la cocina, ya vestida, y vio el desayuno servido en la mesa.
— ¡Qué rico! Perdón, Eze… Pero tengo que irme. Me quedé re dormida. Estoy llegando tarde al trabajo.
Ezequiel no dijo nada. Supuso que así eran las cosas. Creyó vislumbrar una pizca de justicia kármica, o alguna de esas giladas. En ese mismo instante, Mauge le estaba diciendo adiós, un gusto conocerte, que te vaya bien. Y, efectivamente, así había sido siempre, sólo que esta vez le estaba pasando a él.
Mauge tomó una de las tostadas, la mordió dos veces, bebió un sorbo de café, y luego abrazó a Ezequiel.
— Pero no te vas a librar de mí… — le susurró al oído, con un tono pícaro — llamame hoy a la noche si querés. Mañana tengo el día libre… Y yo te puedo preparar el desayuno.
“Hola, un gusto conocerte…” Comenzó a pensar Ezequiel, pero todo pensamiento se cortó en seco cuando Mauge lo besó. Fue un beso raro, diferente… No estaba cargado de pasión -de esos ya se habían dado suficientes la noche anterior- sino que parecía… ¿Ternura? De repente Ezequiel sintió que jamás le habían dado un beso hasta ese mismo momento. Y sintió que todos los besos que le darían desde ese momento en adelante serían apenas un mísero reflejo de ese beso.
— Perdón — repitió Mauge — pero de verdad llego tarde. ¿Nos vemos a la noche?
Ezequiel pensó que era demasiado pronto, que habían estado juntos la noche anterior… Pero todos esos pensamientos se esfumaron en cuanto la miró a los ojos.
— Por supuesto.
Y Mauge se fue. Ezequiel se quedó mirando la puerta que ella acababa de cruzar, con una tonta sonrisa en sus labios. La noche anterior se habían conocido, habían ido hasta su casa y habían hecho el amor no una, sino dos veces. Luego se habían dormido, y eso fue todo. O, al menos, eso creyó él hasta ese momento.
Pasó todo el resto del día aguardando que llegue la noche, para volverla a ver. Una y otra vez, rememoraba el beso que le había dado al despedirse, recordaba el sabor de sus labios y como se le había formado un nudo en el estómago cuando se lo dio. Estaba feliz. A Ezequiel realmente le gustaba salir de noche… Pero, a partir de ese día, se convenció de que las mejores cosas suceden por la mañana.





GermánLage
Hola, Julián. Gran satisfacción leerte de nuevo. Tu relato es breve, pero no por eso está privado de tu habitual maestría. Gracias por su publicación.
Mi cordial saludo y mi voto.
Mabel
Siempre llega una primera vez en la que tienes que enfrentarte a esa vida que lleva un propósito. Sentimos la necesidad de compartir ideas, sensaciones, un sin fin de cosas. Soportamos los sinsabores que nos deja la vida y muchas veces por nuestra falta de experiencia nos perjudicamos nosotros mismos, sin saber si podemos lograrlo. Un abrazo Julián y mi voto desde Andalucía.
Celeste
Me ha gustado mucho, Julián. Un abrazo y mi voto.
F J Randy
buen relato