¿Qué es la soledad? No lo sé. Alguna vez estuve casado y fui feliz. Ella era mi amor y mi complemento. Era mi motivo de cada mañana, era la el faro de las noches, un roce eterno en cada momento. La vida se ensañó con ella y mientras yo sostenía su mano en su lecho y segundos antes de que en el monitor se dibuje una línea recta y constante me dijo:
– “Prométeme que no intentarás seguirme en éste viaje”-
Mis ojos inundados sellaron la promesa con un último beso y me quedé con su collar y su último aliento que hasta hoy lo recuerdo.
Esa mañana gris de paraguas negros a la salida del camposanto, me llamó la atención un perro que estaba revolviendo basura en la calle. Tenía los ojos tristes, como los míos. Lo recogí y lo llevé a casa.
Los primeros días intenté ahogar mis pensamientos en alcohol y anestesiarlos con toda clase de pastillas que hubiera en la casa. Lo único que cortaba esa suerte de estado rem, era el perro, que dependía de mi para comer.
Y al tercer día de llanto, ya seco como una hoja de otoño escuché que el perro rasguñaba la puerta.
El pobre animal había estado haciendo sus necesidades detrás del macetón de begonias durante esos días.
Nadie me escribió una carta ni golpeó mi puerta esos días. A mi edad y sin familia el único lazo que me ataba a la sociedad era mi mujer. Vivir en Mar del Plata alejado de la gran Buenos Aires tiene sus dilemas. Me levanté de coma emocional y a la salida del baño ahí estaba él, moviendo su cola. Decidí abrirle la puerta. ¡Salió como un rayo! Todos los árboles de la cuadra fueron de él por un momento y me senté en el umbral a verlo. Por un momento creo que una sonrisa se me dibujó en el temple. Fuimos a la carnicería y, le compré algo de carne y algunos huesos para que tenga algo qué enterrar él también. De camino le compré su collar con correa, pero el tema era… ¿qué nombre le pongo? Es de un color té con leche, pero más oscurito como arena sucia.
-¡Ocre!- me salió del alma. Parecía haberle gustado ese nombre, ya que cada vez que se lo decía me festejaba con alguna morisqueta.
A los días estábamos paseando por la cuadra saludando a los vecinos. Ocre me había devuelto el alma al menos. Tenía ganas de llevarlo a que conozca el mar. Nuestra casa estaba a tres cuadras de la playa. Una de esas mañanas en las que solía despertarme antes que los gallos, tomé fuerzas y Ocre ya estaba ahí, con la correa en su boca y zarandeando su cola.
El mar estaba bravo igual que mi amigo, que intentaba liberarse de mí. Lo solté y su alegría era tal que no le importaba lo frio del agua, ni que el sol no diga presente del todo. Ninguno de los dos se atrevería a adentrarse al agua, yo no sé nadar y Ocre tampoco al parecer. Me senté en la arena viéndolo disfrutar como un niño…él y yo. Hasta creo haber soltado una carcajada.
Al costado de donde nos hallábamos había unas rocas y una imagen apareció. Con esa luz y a lo lejos pensé en una sirena varada, pero enseguida vino a mí la imagen de mi difunta. Ocre también la vio, así que seguramente no era mi mente jugando a las escondidas o pateando tachos.
Corrió a ella como niño en un campo de flores Yo fui tras él, para que no molestara, quizás la mujer estaba llorando alguna pena y sólo buscaba los consejos de las mareas. No llegué a tiempo, el tranco de Ocre me superaba ampliamente. Ella reaccionó maravillada cuando él la saludaba y la festejaba. De lejos parecía un cuadro de Rivière. El mérito de mi mascota es que pintaba sonrisas en todos los rostros y esa no era la excepción.
Al llegar me disculpé por el abrupto y la mujer volvió su mirada al mar, mientras Ocre apaciguaba sus propias aguas.
– Es hermoso su perro…yo lo conozco, hacía bastante tiempo que no lo veía por aquí. Hasta pensé que había muerto.-
Me dijo, dando por sentado que mis disculpas habían sido aceptadas.
Le conté cómo se sucedieron las cosas. Le hablé hasta que el sol estaba interesado en mi charla.
Volví a disculparme por haberla sacado de sus pensamientos. A veces los que estamos solos en un lecho, necesitamos contarle a alguien algunas aristas de la vida. Ella me sonrió gentilmente y me citó para mañana a la misma hora.
Me fui a casa maravillado pensando en las vueltas de la vida, la que me bendijo con ésta maravillosa mascota, que más que eso es mi amigo…mi único amigo.
Ese día comimos un bife de ojo del grueso de tres dedos cada uno.
Luego de una siesta los pensamientos vuelven a espantar realidades. Pensé en esa mujer, en todo lo que yo le había contado y yo no sabía nada de ella. Era una dama joven para mi edad, así que estaba seguro que su interés en vernos al otro día, es por mis formas coloquiales.
La aurora estaba desperezándose y con mi can estábamos rumbo a esa escollera de difícil acceso excepto para los parroquianos. A igual que ayer, la dama estaba sentada en la roca y ocre se adelantó a saludarla. Mi paso cansino suele retrasar todo momento. Al llegar a ella el viento se llevó su mueca y volvió a dirigir su mirada al horizonte.
– ¿Sabe usted dónde conocí a su perro? En el entierro de un amigo el año pasado. Lo traje a vivir conmigo al hotel, pero él es un mago y no un perro. Él le llevó paz a usted, a lo igual que hizo conmigo hace ya un tiempo. Le voy a contar…-
El perro jugueteaba entre las olas, mientras la dama de la roca me contaba una historia casi tan terrible como la mía.
Nos citamos para el otro día a la misma hora. Esta vez yo fui todo oídos y sinceramente los dolores propios parecen amenguar cuando uno se entera de otros parecidos o peores. Todos sufrimos en la vida. Creo que conocemos del sufrimiento inclusive antes de nacer, ya que nuestras madres padecen en su embarazo dolores terribles que sólo una mujer que haya sido madre comprenderá.
Pensé en cambiar el foco de nuestros soliloquios al otro día, y decidí llevar fotografías de mi esposa. A lo mejor juntos entre charla y charla desenmarañamos algunos vericuetos que tiene la muerte.
Mi perro ya no es tan mío, entendí que en algún momento fue de ella y por cosas de la vida ocre tiene el designio divino de ir a los cementerios, dirigirse a la persona más triste y sacarla de ese tamaño vacío.
Quizás él siempre está más apurado que yo todas las mañanas por eso, la dama (aún no sé su nombre) parece estar muy triste y pareciera necesitar de él más que yo estos días.
Ella ya estaba donde siempre y ocre a sus pies. Tenía una suerte de cadena de flores en su mano, que iba entrecruzando mirando el mismo punto que ayer.
– ¿Ve ese gran piedra a lo lejos pintada con un corazón rojo?- yo veo la piedra, pero no alcanzo a ver que dice- Ahí, dentro de un corazón está mi nombre y el de mi amado. Escribir sobre una piedra es un acto contra la naturaleza. Es como prender fuego un bosque, es como cazar sólo por deporte. Es arruinar algo bello. Pero arruinar la naturaleza por amor…es un acto más canalla aún. Es lo mismo que aquellos que tallan sus nombre en el árbol, es como marcar a fuego a los animales, es una marca en el corazón…una herida más bien… ¿le conté que escribí una poesía que lleva el mismo nombre que su perro?-
Esta vez me miró directamente a los ojos al preguntarme eso. No pude responderle…su mirada era tan penetrante, tan insoslayable que un frio extraño me paralizó. Ella se levantó, dejó en mis manos eso que estaba haciendo con las flores y ocre la siguió por ese sendero imposible entre las rocas.
No me pregunten por qué, pero yo sabía desde el momento que me miró a los ojos que nunca más la volvería a ver.
Quien se quedó mirando el horizonte fui yo…toda mi vida pasó en ese instante por la cabeza como un rayo parte un árbol en una llanura y fui testigo del incendio. Pasaron horas, las lenguas del sol entibiaron mi corazón, pero yo seguía como congelado. En mis manos, el collar de rosas, el collar de ocre y el de mi difunta esposa. Atiné a mover la cabeza y dirigir mi mirada a esa gran roca. Todavía no podía leer lo que decía dentro de ese corazón. Vacilante me levante y fui hasta la piedra y mis interrogantes se hicieron más grandes. Su nombre era “ALFONSINA”…igual que mi esposa.
Y como las olas todo vuelve. ¿Qué es la soledad?. Mañana contesto.





Mabel
Muy buen Cuento. Un abrazo y mi voto desde Andalucía