Llegó a los catorce colmado de caprichos ajenos, de extravagancias que no le arrancaban el más mínimo gesto de satisfacción a la vez que su padre empezaba a explicarle las intrincadas maniobras que requerían la gestión del vasto imperio comercial. Era un hombre de férreos principios, convencido de que la mejor educación empresarial se adquiría en la empresa, al pie del cañón. Pero el destino es caprichoso, nos tiene reservadas sorpresas imposibles de predecir.
Tanenbaum percibía el desinterés de su hijo sobre las cuestiones empresariales, no quería admitir que quizás el chico tenía otras apetencias personales en este sentido, convenciéndose de que con el tiempo cambiaría. “Cuando las hormonas reposen y calmen, en unos cuantos años, se convertirá en lo que ha de ser: un gran hombre de negocios”.
Pero Henry Tanenbaum andaba cada vez más disperso, ensimismado en quién sabe qué pensamientos día y noche.
-El desayuno está servido señor- una vocecilla discreta, apenas perceptible musitó.
Sin levantar la cabeza asintió.
-¿Desea el señor otra cosa?
Por cortesía levantó la mirada para contestar. Ella sonrió discretamente al tiempo que se ruborizaba.
-Todo está bien, gracias. A propósito ¿quién es usted?
-Soy Matilde, la sustituta de Lola.
-¿Lola, qué le ha pasado, dónde está?-preguntó angustiado.
-Ha tenido que marcharse repentinamente, partió anoche para cuidar a su madre que anda muy delicada de salud, mientras tanto, yo ocuparé su lugar.
-¿Qué cuidarás de mí? no creo que tengas más edad que yo.
-Tengo diecisiete años, más estoy curtida en labores del hogar, creo que sabré desempeñar mi trabajo como se espera de mí.
Henry Tanenbaum dudaba que aquella delicada criatura pudiera sustituir a Lola en la complejidad de sus tareas, sobre todo en inventiva nocturna cuando quedaban para contar historias a la hora de dormir.
-Mereces el beneficio de la duda- sonrió.
Matilde brindó a Henry, además de un sinfín de sonrisas azuladas, una amistad sincera. Su compañía le agradaba cada día más despertando inevitablemente otros sentimientos a los que se sentía inmune o particularmente ajeno por su condición especial.
-¿Sabes Henry?, ahora que te conozco no entiendo los comentarios de mi bisabuela acerca de ti y de tu familia.
-¿Comentarios?
-¿No lo sabes?, en el pueblo hace muchos años que se rumorean cosas acerca de algunas extrañezas de vuestra saga familiar.
-No entiendo lo que tratas de decirme.
-Yo solo creo lo que cuenta mi bisabuela, aun así, después de conocerte, pondría en duda todo lo que ella me ha relatado.
-¿Podrías aclararme un poco, ser más concreta?
-Mi bisabuela tiene la suerte de haber vivido cerca de los ciento diez años. Ha visto morar en la mansión cerca de cuatro generaciones de Tanenbaum y cree haber descubierto un patrón que se repite en todas las generaciones.
-¿Podrías ser más explícita?-replicó tratando de buscar el gesto adecuado para asegurarse de que no despertaba suspicacias.
-No tengo mucho tiempo ahora para darte detalles, además es una hipótesis retorcida y complicada de explicar, quizás sea mejor que te la cuente ella misma, si es que tienes tanto interés en descifrar las elucubraciones de una anciana.
-No me preocupan las habladurías malintencionadas o no de la gente del pueblo, son leyendas urbanas basadas en la curiosidad debida al poco contacto que mantiene la familia con ellos. La mansión está aislada y eso genera incertidumbre sobre lo que sucede con sus moradores, no hay nada más.
-Puede que tengas razón Henry, pero te aseguro que la hipótesis de mi bisabuela no carece de fundamento, puede que hasta tú te sorprendieras de sus pesquisas. Me encantaría presentártela, es una mujer excepcional, quizás alguna tarde quieras acompañarnos a merendar así podrías escuchar todo lo que ella lleva guardado en su cabeza y anotado en una especie de diario de especulaciones.
-Se me olvido comentarte que ella estuvo trabajando como ama de llaves desde que tenía mi edad, lo que sabe procede de primera mano no de cotilleos ni conversaciones de peluquería.
Henry levantó la ceja en gesto complejo, no se sabría identificar si preocupado o sorprendido.
Aquella tarde acudió a tumbarse bajo el viejo roble caminando pensativo. A pesar de que había llovido intermitentemente durante la primavera, de un día para otro una tonalidad ocre en las hojas ubicadas en los extremos de las ramas hizo que Henry se llevara las manos a la cabeza.
-En todo el tiempo que llevamos juntos en esto, jamás te vi lucir este color, ni siquiera durante las tremendas sequías que preceden a los retornos. Tal vez has hecho caso a mis plegarias y has decidido que partamos de una vez por todas- dijo mientras una sensación dolorosa le comprimía el pecho, pensó en ella durante un instante.
-Ya sé que no debo interferir, que no debo intimar, jamás lo he hecho tú me conoces.
Mientras se afirmaba en su postura, a las palabras que salían por su boca le acompañaban los recuerdos del olor de su cabello castaño, las sensaciones que los leves roces de sus manos le provocaban, el nerviosismo precedente a cada cita y entonces comprendió que por primera vez en siglos que no quería marcharse, quería terminar de una vez por todas allí, junto a ella.
Una ligera brisa recorrió con ellos el camino hacia la casa de la señora Tina, no cesó ni un instante, provocando un curioso balanceo en las ramas de los árboles que decoraban ambos lados del sendero hacia la salida de la hacienda, simulando una extraña danza al compás de una melodía inaudible.
La casa situada en una zona apartada de la villa disponía de un pequeño jardín vallado repleto de buganvillas y azucenas. En un sillón junto a la ventana, con la cabeza dejada caer en el pecho disfrutaba de un profundo sueño cuando llegaron. Matilde la besó despacio en la frente haciéndola despertar.
-Abu, el señor Henry Tanenbaum está aquí.
-No, no, llámeme Henry se lo suplico, Tina- puntualizó, rectificando la presentación.
La anciana necesitaba ayuda para realizar algunos movimientos, pero costaba creer que a esa edad pudiera mantener la viveza en la mirada de aquella manera.
-Lo sabía, eres exactamente igual que tus ancestros, no podía ser de otra manera. Aunque no te he visto en mi vida, te hubiera reconocido sin necesidad de presentaciones- apuntó con una lucidez asombrosa.
-Matilde cariño, sírvenos el té con las pastas que habías preparado.
-Claro abu, enseguida.
Mientras Matilde se marchó a la cocina, Tina aprovechó para estar un momento a solas con Henry y así poder charlar con él en privado.
-Ahora te haces llamar Henry, pero creo que antes fuiste Michael y antes que Michael fuiste Leonard y antes
-No es necesario que continúe Tina, creo que van a sobrar algunas explicaciones en la conversación que mantengamos esta tarde.
-Lo único que quiero es que confirme mis pesquisas o las rebata justificadamente, necesito morir tranquila sabiendo que no estoy loca.
-No se preocupe que eso no sucederá.
-Aquí está el té – interrumpió Matilde.
-Esta tarde no sé por qué demonios no me encuentro muy bien del todo, tenía pensado charlar largo y tendido con el señor Henry Tanenbaum pero me tendrá que disculpar porque no creo que pueda. No se preocupe que su visita no va a ser en balde, le voy a entregar para que ojee mi diario, creo que mi Matilde ya le ha informado sobre su contenido así que tendrá para entretenerse por unos días. Cuando lo haya revisado, vuelva usted para continuar la conversación donde la hemos dejado, de esta manera me ahorraré mucho tiempo en explicaciones e iremos directos al grano, como comprenderá, tiempo es justo lo que no tengo y el que tengo le aseguro que debo aprovecharlo lo mejor que pueda.
Dejó caer la cabeza esta vez hacia atrás y comenzó a roncar.
-Abu, abu, despierta-intentó zarandearla al tiempo que Henry la detuvo y le instó a dejarla descansar.
Se marchó de allí sin decirle que la recordaba, que la primera vez que vio a Matilde reconoció en ella a Tina, aquella mujer de voluntad inquebrantable que gobernaba la casa con absoluta perfección. Durante el camino de vuelta, recordó la llegada a casa de aquella joven ama de llaves, su buen hacer durante los casi cincuenta años que se mantuvo activa sin que hubiera forma de que abandonara sus tareas. Esbozó una sonrisa al recordar como en los últimos años simulaban labores que requerían poco esfuerzo para que ella se sintiera útil sin sentirse desplazada por la edad.
La recordó en cada uno de los últimos retornos, cada vez más avanzada en edad, más deteriorada por el paso del tiempo, pero manteniendo esa agudeza, esa viveza en los ojos que hacía que ningún detalle pasara por alto ante ella. Estaba seguro que esa mujer sabía mucho más de lo que él mismo podía imaginar, su mente era más que brillante.
Absorto en sus pensamientos regresó a la mansión esta vez solo y con un robusto tomo manuscrito en sus manos. No quiso abrirlo hasta no sentarse cómodamente en su escritorio, así que lo único que hizo fue acariciar el lomo con gesto cariñoso.





Mabel
Muy buen Cuento, me encanta. Un abrazo Tete y mi voto desde Andalucía