Rateros

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Pasada la medianoche decidieron entrar en Villa Flora, una casa señorial en la parte alta de la ciudad. La indigencia comportaba hambre y licitaba el allanamiento de morada y el hurto.

Uno entró por un resquicio de la valla que rodeaba el jardín y el otro lo hizo trepando por el balcón principal. En cinco minutos, y de manera sigilosa, andaban por los pasillos de la casa.

Florita, adornada con un collar acabado en una especie de cascabel de plata, miraba asustada, desde lo alto del enorme reloj de pie del comedor, como el negro bebía del plato de leche en la cocina iluminada por la luna. Mientras, el rayado cazaba ratones en el sótano.

Horas más tarde, los tres dormitaban en la cornisa de un tejado del barrio viejo.

 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    26 julio, 2017

    Muy buen Cuento. Un abrazo José y mi voto desde Andalucía

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