¿Qué se puede esperar de un lunes?

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Todos sabemos cuál es la fama con la cargan los lunes, no podemos ser tan hipócritas de pensar que no hay méritos suficientes como para evitar ponerles esa carga negativa de día que debería ser definido como “subir una montaña”.

Ese lunes Fede se despertó cansado, como  el 99% de la gente, y paso 5 min pensando, más bien imaginando, razones válidas pasa salir de la cama. Al reunir las suficientes fuerzas se hizo a la tarea de alistarse para ir al trabajo.

La rutina matutina fue respetada a raja tabla, separar la ropa, abrir las canillas, meterse en la ducha, salir, poner a preparar el café, vestirse, lavarse los dientes, meter el café en el vasito térmico y revisar (Fede tenía muchos TOCs) que el gas estuviese cerrado, las ventanas trabadas, etc.

Luego venia la segunda dificultad enfrentar el frio de ese invierno raro que visitaba Buenos Aires, bajar a la cochera, subir al auto y salir.

Los primeros 10 min de su viaje era por lo menos relajados, debía conducir por su barrio, escuchando música y viendo a la gente, esa gente que siempre esta pero que uno no sabe bien a que se dedica como para poder estar haciendo deporte a la hora donde todos los simples mortales debemos estar en camino a nuestros trabajos.

Al incorporarse a la autovía siempre la misma reflexión una cola interminable de autos llenos de gente igual que el que estaban dispuestos a sufrir los avatares del embotellamiento para llegar a darle servicio a algún patrón que seguramente pagaría lo justo y necesario como contraprestación.

Fede tomaba esas horas de autovía como momento de distención, contaba con una colección de música que lo ayudaba a separar la mente del contexto y soportar el accionar casi mecánico de los pies y las manos para poder ejecutar la aceleración corta y posterior frenada aún más corta para avanzar los tramos de diez metros que el embotellamiento le permitía.

Al llegar a la oficina sentía el aire del rio entrando por la ventana y  respiraba hondo, como quien se prepara para un largo periodo de inmersión.

Al subir al piso 15 saludaba con un formal pero también gentil “buen día” a quien se pusiese en su camino para luego llegar hasta su escritorio y desensillar su pesada mochila, poner todo en aparente orden, encender la PC y comenzar a mirar correos.

Al pasar por el quinto correo, sus manos se frenaron, miro hacia la derecha donde la ciudad se asomaba por la gran ventana y fijo su vista en un punto lejano, podía con claridad divisar el edifico en cuestión a unas 15 cuadras de distancia y pensaba, para sí mismo, que ganas de decirle “buen día, te extraño”.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    4 julio, 2017

    Así comienza todos los Lunes con esos altibajos que nos cuesta romper. Un abrazo Beto y mi voto desde Andalucía

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