Esta historia es sólo un despertar de sensibilidad, para quienes alguna vez, se han transportado con los acordes de una ópera. ¡Es algo fascinante! Siglinda, mi Valquiria, es una pretendida versión tomada de la Opera “La Valquiria”.
Imaginé dormir en sueños un retazo de mi vida Conducía en la oscuridad de la noche sobre la carretera acostada de cara a las estrellas. En el reproductor del coche, escuchaba con emoción el drama wagneriano “La Valquiria”.
El preludio describía con colores grises y ruidos ateridos, el enfado de la lluvia. La brusca tempestad anunciaba mi llegada. Mientras, en la soledad nocturna del ensueño, cultivaba reminiscencias de un amor perdido en prima juventud.
—Déjame darte un nombre Luis. Un nombre que siempre he amado y conocido. Sigmundo. Así te llamaré. Como se llamaba mi hermano.
Me apreciaba transfigurado, confundido, quizás embelesado por la opera. El frenesí, el delirio, el éxtasis, me agitaban y sentía la pérdida de conciencia. Los compases de las notas alteraban la musicalidad y la cadencia del tiempo. El tropel de los sueños aceleraba y aluciné con la necesidad de estimular la velocidad del coche. Sus palabras eran una turbación:
—La pasión de tu mirada, causa desvaríos en mis sentidos y siento que desnudas mi cuerpo. Quiero que lo sostengas con tus brazos y me lo cubras de besos con tus labios… Pero huyamos amor mío. No quiero saber de marido, ni de familia. Un mundo risueño de eterna primavera, nos espera.
Estábamos juntos y la belleza del amor embriaga. Ahora, escuchábamos los compases de “El canto primaveral” y como pareja en cama, disfrutamos de la solemnidad del momento. El amor y la primavera nos juntan.
—Sigmundo, eres la primavera desprendida del ocaso invierno. Tu voz despertó el hechizo que dormía en mi pecho y ahora mi corazón late con cada soplo de tu aliento.
—Siglinda, mujer divina. Como dejar de adorarte. Yo viví consumido en la desesperanza y tu imagen me despierta para romper el alba de la primavera. Ahora desde las cenizas, brisa el fuego que un día nos unió. Ya sanaron las heridas agrietadas del desamor. Volaron entre nubes las gasas frías e invernales del amor marchito.
No sé cuánto tiempo dormí o estuve muerto al borde del camino. El sonar de la “Cabalgata de las Valquirias” terminó por consumir mi mente consiente. Miraba cruzar por los aires el tropel de corceles con rumbo al bosque. Entre luces noctambulas del éter, aceleré el coche y corrí en tu búsqueda, trataba de seguir los vestigios sutiles que dejaba el cortejo de las guerreras semi diosas. Pero no te encontré.
Sin embargo, cuando oí interpretar lo sublime de la “Redención por el amor” Al fondo percibí la profundidad conmovida de tu voz. Tu voz, mi amada Siglinda:
— ¡Voy a salvarte, amor de mi vida!
Pero fue tan sólo una ilusión, porque perdiste el rumbo o sucumbiste a la perversidad de los tuyos. De repente, me encontré rodeado de las ruinas legendarias de tus dioses.
Ahora, estoy solo, andando a ciegas y perdido entre las cruces de sarcófagos. Entro a mi tumba. Allí, vivo, a la espera, entre “Fuego” y “Sueño” por la llegada de nuestro hijo Sigfrido.





Mabel
¡Excelente historia! Un abrazo y mi voto desde Andalucía
Esruza
¡Muy hermoso! Debo confesar que no soy adicta a la ópera, sólo a la música clásica, pero con esta
descripción creo que debo darme una oportunidad. Gracias por ésto Eleachege.
Un abrazo sentido y mi voto
eleachege
Gracias Mabel y Esruza por comentar y dar sus votos a este escrito. Un cordial saludo.