Último acto

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La vida es como un collage de momentos pegotados a nuestra piel con la plasticola seca de los sentimientos. Esa era la sensación que había vivido con Julieta a partir de aquel momento en el cual nos cruzamos en el subte. Ella venía con su mochila abierta y yo le advertí que cualquier punga podía quitarle alguna de sus pertenencias sin esfuerzo.

¾Solo llevo la fotocopia de un libreto ¾me dijo un tanto ruborizada.

Al toque le dije que era profesor de teatro y que tenía frente a mí los ojos más hermosos que había visto en mi vida. Ella se puso colorada, sonrió y no paró de contarme cuanto hacía que venía estudiando el papel de la infanta Estrella y que en un par de meses estarían estrenando “La vida es sueño” en un Teatro de Lanús.

A decir verdad, yo nunca fui profesor de nada, a tientas había terminado la primaria y con muy malas calificaciones, pero siempre tuve la facilidad de inventar cosas rápidamente para poder entrar en confianza con las minas.

Por ejemplo, cuando me crucé por primera vez con Mercedes y me preguntó dónde quedaba el Hospital Rivadavia le conté que, cuando era joven, había trabajado de tachero y conocía a la perfección donde quedaban todos los nosocomios de Buenos Aires y alrededores o cuando a Mónica le di el asiento en el bondi, y vi que llevaba un sobre de esos enormes que llevan radiografías, le dije que era médico neumonólogo con tal de iniciar una conversación e ir encontrando los recovecos en sus palabras con el único objetivo de llevármela a la cama.

Pero como dice el refrán, las mentiras siempre tienen patas cortas y la veintena de conquistas que había tenido no habían perdurado más que un par de horas y muy pocas habían concluido en sexo.

Pero como en toda regla ha excepciones, en mi fracasada vida amorosa la excepción había sido Julieta. En ese corto viaje en Subte a Retiro abrió su alma y me terminó dando su teléfono, insistiéndome para que la llame y así podernos ver para hablar de su obra esperando contar con mi sabia experiencia teatral. El beso que me dio al borde de la comisura de mis labios fue lo que no me permitió pegar un ojo esa noche y salir corriendo a la mañana siguiente a comprar libros de teatro clásico en la librería que está en la avenida cerca de casa. Hablé con la chica que atiende y me recomendó llevar de Shakespeare, de García Lorca y obviamente de Calderón de la Barca que, hasta ese momento, para mí era la calle donde había vivido mi madrina… que en paz descanse.

Julieta era un ser de otro planeta, hermosa como pocas y la tersura de su piel hablaba a las claras que llevaba conmigo mucho más que un par de generaciones.

Y como en el tablero del amor no podés jugar a chance y solo podés jugarte a pleno, empecé a leer como un loco, hoja tras hoja los libritos que había comprado para poder tener tema de conversación en mi próximo encuentro con Julieta. Al igual que el Romeo estaba dispuesto a hacer de todo, o a casi todo. Debía aprovecha al máximo esta nueva oportunidad que me estaba brindando el destino. Quería ser creíble, no quería defraudarla en esa primera cita que, con tantas ansias, estaba organizando en mi cabeza. Me tomé casi una semana en llamarla, debía estar preparado. Llegué hasta repasar algunos párrafos que me habían impactado, para poder usarlos de muletillas y así sorprenderla como el gran actor que no soy. Me miraba al espejo del botiquín del baño y con un histrionismo improvisado interpretaba a mi manera personajes repitiendo una y otra vez esas frases que me gustaban y que en otras ocasiones no les hubiese dado la mínima pelota.

Ese sábado, me sentía seguro, con armas suficientes como para simular ese profesor de actores que ella sin duda añoraba conocer. La llamé por teléfono y a la tarde ya estábamos tomando un café con medialunas en una confitería de Constitución. Ella estaba embobada conmigo, me contaba como venía con sus ensayos y lo importante que era para ella hacer un buen papel en su próximo debut.

¾¿Donde enseñas? ¾me preguntó de pronto.

¾En una escuela de Teatro de Caballito ¾y ahí tuve un pequeño desliz donde tartamudeé un poco.

¾Tengo un compañero de elenco que se perfecciona en una escuela de Caballito, ¡que coincidencia! quizás lo conocés, se llama Mario ¾ arremetió poniéndome casi entre las cuerdas

¾No creo, en Caballito hay muchas escuelas de Teatro, dicen que es el barrio con más actores del país ¾inventé como el mejor.

¾¿Cómo se llama la escuela donde dictas clases? ¾volvió al ataque llenándome de preguntas los intestinos.

El café ya me estaba causando retorcijones cuando me escabullí diciéndole:

¾Yo daba clases en la escuela municipal de teatro, este gobierno de mierda dejo de mandarle fondos y se cerró. Ahora solo para algunos alumnos avanzados les estoy dando clases en mi casa.

Así fue como ese lunes vino a casa con su libreto bajo el brazo y empezamos a conversar sobre su grupo y porque habían elegido esa obra tan compleja. Yo me había rajado media hora antes de la oficina, igual nadie se daba cuenta si estaba o no. Le hice un té saborizado con arándanos, ella me decía que le encantaban y con una vocecita inocente me suplicó:

¾ ¿Vos podrías repasar la letra conmigo? Necesito estar muy segura, no puedo fallar.

Esa fue la excusa para volver a citarla en casa todos los lunes, miércoles y viernes hasta que llegase el día del estreno.

Esa noche, no dormí y me estudié el papel de Segismundo y también la de Astolfo, eran los dos personajes principales que interactuaban con Estrella. Debía seguir con la mentira, estaba obligado. Al fin y al cabo, era una mentira piadosa. ¿Quién alguna vez no ha mentido por amor?

El miércoles volvió Julieta, tomamos té, repasamos la letra y en el último acto me abrazó, colgándose de mi cuello. Simplemente la besé en los labios y esa fue mi gran oportunidad para llevarla en andas hasta mi habitación. La cama estaba aún sin hacer, pero no importo. Hicimos el amor como adolescentes y fui muy feliz. La secuencia la fuimos repitiendo casi dos meses. Té de arándanos, textos y sexo. Ella había saborizado por completo mi vida.

Y llegó el día, esa mañana fui a la peluquería para que me emprolijen la barba y mande mi treintiunico traje a la tintorería. Yo estaba muy nervioso, no me podía imaginar los nervios que podía tener Julieta.

Saqué una entrada como corresponde y me senté en una butaca muy cercana del escenario. El teatro estaba lleno, Julieta o sea Estrella aparecía al final del primer acto acompañada de un grupo de damas. Al salir a escena creo que pudo verme ya que su sonrisa me atravesó por completo.

Yo estaba boquiabierto viendo la obra, nunca había pisado un teatro y ahora todo me fascinaba, los actores, la música, los vestidos, todo era mágico para mí.

Yo repetía en silencio la letra a coro con todos los personajes.

Segismundo y Estrella no solo actuaban, había algo raro que excedía el escenario, algo que trascendía a los personajes, era un vínculo invisible muy difícil de descifrar. Fue por eso que sentí miedo y salí de la sala unos minutos antes, no quería ser testigo de esa última escena, de ese último acto. Me quedé en el hall. Pude escuchar el estruendoso aplauso y esperé. Esperé que saliera toda la multitud de la sala y esperé. Pensé que Julieta estaría festejando con sus compañeros de la compañía de teatro y esperé. Esperé hasta que me cansé de esperar y fui directo a camarines con la idea de felicitarla, de besarla y decirle que la amaba con toda mi alma. Al llegar, vi su hermosa cabellera. Ella estaba de espalda fundida en un abrazo a Segismundo, o mejor dicho a su compañero que ahora no era más Segismundo, o quizás el famoso Mario, el que estudiaba en Caballito. No pude ver si lo estaba besando, pero en ese momento no me importó. Yo no tenía la propiedad intelectual de todas las mentiras. La gente miente, a veces por a amor, a veces por conveniencia, a veces porque sí. Me di vuelta, no quise incomodar, ni a ella ni al grupo en ese glorioso momento que produce el éxtasis de hacer las cosas bien.

Esa fue la abrupta forma en que me di cuenta que la vida no era un sueño y que las mentiras no tienen dueño. Para mí fue debut y despedida, a mí me habían bajado el telón de la vida para siempre.

Fin.

 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    24 julio, 2017

    ¡Excelente! Un abrazo Gustavo y mi voto desde Andalucía

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