2. Derrotada, resignada… y sola

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Cuando me despierto, Javier ya no está. Eso no es algo nuevo, puesto que todas las mañanas amanezco sola. Él se levanta más pronto que yo para ir a trabajar. Sin embargo, por alguna razón que desconozco, ahora su ausencia me afecta más. Estoy comenzando a cansarme de pasarme la vida sola, de tirarme las mañanas y las tardes deambulando por esta casa o buscando algún plan que hacer para salir del aburrimiento, plan del que, obviamente, Javier no forma parte. Solo nos vemos en la hora de las comidas y las cenas, y ni siquiera estoy segura de si eso puede contarse como vernos. Nuestras conversaciones cada día son más limitadas, nuestras miradas más esquivas. Hay noches en las que, mientras me acuesto, me doy cuenta de que no nos hemos dirigido ni una sola palabra durante todo el día.

Pero eso tiene que cambiar. ¡Yo voy a encargarme de ello! Estamos entrando en una fase muy peligrosa. Es esa fase en la que solo hay dos opciones: echarle agallas al asunto y enfrentar los problemas, para tratar de solucionarlos antes de que sea demasiado tarde, o simplemente dejarlo pasar y esperar a que ese tarde llegue. Yo he decidido decantarme por la primera opción: voy a luchar por nuestro amor, y voy a poner todo de mi parte para salvar nuestra relación. ¡Por lo menos que luego no se diga que no lo he intentado!

Así que así estoy, infundiéndome ánimos a mí misma para realizar lo que tengo en mente, mientras me doy un baño relajante y pienso en todo ello. Tras más de media hora sumergida en agua caliente, me siento más decidida y preparada para poner en marcha mi plan. Con un buen humor que no suelo acostumbrar a tener últimamente, me planto frente al espejo de mi dormitorio y comienzo a arreglarme. Mientras me maquillo, tarareo la canción que suena en la radio y que llega a mis oídos desde el salón.

Déjame que vuelva a acariciar tu pelo.

Déjame que funda tu pecho en mi pecho.

Volveré a pintar de colores el cielo.

Haré que olvides una vez el mundo entero…

  Sí. Definitivamente, voy a hacerlo. Voy a recordarle a Javier por qué estamos juntos, voy a hacerle revivir los momentos que un día nos unieron. Voy a volver a enamorarlo, aunque ni siquiera sé si en realidad ya no está enamorado. Tal vez solo sean imaginaciones mías. Ya se sabe que las mujeres tendemos a ser un tanto obsesivas en cuanto a temas de amor se refiere…

De un modo o de otro, voy a poner fin a este martirio en el que, por lo menos yo, estoy viviendo. Cuando termino de arreglarme, me observo detenidamente. Sonrío a mi reflejo y él me devuelve la sonrisa. Si con esto no consigo avivar la chispa que parece haberse apagado entre mi novio y yo, me doy por vencida. ¡Hasta yo quisiera pasar una noche con la mujer que me mira desde el espejo! Al pensar eso, inevitablemente suelto una carcajada. Me siento feliz, supongo que verme tan guapa ayuda en gran parte a estarlo. Ahora, solo queda esperar. En cualquier momento, el hombre con el que comparto casa y cama, aparecerá por esa puerta y yo lo estaré esperando.

Una extraña agitación se enciende en mi interior. El estómago se me revuelve y las piernas me tiemblan un poco, creo que es por lo extraño que me resulta estar haciendo todo esto. Así, envuelta en un manojo de nervios pero segura de mí misma, me dirijo al salón. Dejo la luz encendida, porque quiero que Javier tenga una buena visión de mí en todo momento. Me siento en el sofá, vestida tan solo con un camisón cortito y transparente… muy transparente. Por debajo, no llevo nada; tan solo este cuerpo sensual que Dios me ha dado.

Sin embargo, la emoción que sentía se evapora más rápido de lo que me hubiera gustado. Los minutos pasan, y pasan, y siguen pasando; y creo que he escuchado ya por lo menos 25 canciones. A pesar de haber encendido la calefacción, mi cuerpo comienza a temblar, y no sé si es precisamente de frío. Necesito un buen café para entrar en calor, así que voy a la cocina y me dispongo a prepararme uno. Me lo tomo despacio, saboreándolo a la vez que disfruto de un cigarro (ya sé que dije que “solo uno”, pero la ocasión requiere una excepción). Me daría tiempo para tomarme otro más, pero no quiero ponerme más cardiaca de lo que ya me encuentro. Miro de nuevo el reloj. Resoplo. Son casi las 23:00 de la noche y Javi no da señales de vida. Bueno, Javi no, Javier; en estos momentos estoy demasiado cabreada como para llamarlo de forma cariñosa.

En el preciso instante en el que mi paciencia está a punto de llegar a su límite, la cerradura de la puerta de casa gira y el ruido que emite al hacerlo llega a mis oídos. Cojo aire y lo suelto despacio por la boca, en un intento de mantener la calma que hace rato me ha abandonado. De pronto, se me han pasado todas las ganas de seducir a Javier, como tenía pensado. Sin embargo, sigo vestida de esta forma tan… íntima, y supongo que él querrá saber el motivo.

Para mi sorpresa, nada de lo que había esperado sucede. Javier no entra al salón a saludarme, tampoco para explicarme el motivo de su tardanza. Él puede ser un hombre soso, demasiado indiferente a la hora de demostrar sus sentimientos, pero no suele acostumbrar a ausentarse mucho de casa. Jamás llega tan tarde. Imagino que es eso lo que me hace seguir sus pasos e ir a buscarlo a su habitación, a la habitación que ambos compartimos. Cuando abro la puerta, lo encuentro de espaldas a mí. Está agachado, parece que intentando quitarse los zapatos. Y, por un momento, me da la impresión de que se va a caer.

—Javier… —murmuro.

Nada de cariño, ni de mi amor; simplemente Javier. Javier a secas, Javier sin ningún significado más allá del que tienen esas letras. Como no se inmuta, tengo que volver a repetirlo, esta vez un poco más alto:

—¡Javier!

Entonces sí, se da la vuelta y me mira, aunque dudo mucho de que sus ojos me estén viendo realmente. Tiene la mirada perdida y sus pupilas están más agrandadas de lo habitual. Instantáneamente y sin dignarme a preguntar, lo acuso señalándolo con la mano:

—¡Has estado bebiendo!

—Sí, un poco —masculla entre dientes.

—¡No me lo puedo creer! ¡Estás borracho! ¡Has bebido! —sigo repitiendo como un disco rayado, como tratando, efectivamente, de creérmelo—. ¡No me esperaba esto de ti!

En ese momento, él clava su mirada en mis ojos y me suelta con dureza, casi con ironía:

—¿Y qué esperabas, Irene? ¿Preferías imaginarme trabajando todo el día? ¡Trabajo todo el maldito día, aunque tú a veces parezcas no enterarte de eso!

Contengo la respiración. Trago saliva. Me muerdo los labios para no gritar. Hago todo lo necesario para no explotar y soltarle toda clase de cosas de las que, seguramente, me arrepienta mañana. Así que guardo silencio, mientras él no cesa de observarme. Por unos instantes, tengo la ingenua esperanza de que se dé cuenta de la imagen que tiene ante sus ojos, de que vea lo que se está perdiendo por su comportamiento inmaduro. Pero no, no lo hace. En su lugar, vuelve a darme la espalda y dice:

—Tengo sueño.

Voy a replicar, voy a demostrarle lo mucho que me disgusta su actitud, cuando él añade:

—No, Irene. Hoy no. Déjame en paz, te lo pido por favor.

La conversación termina, y eso que apenas había comenzado. Perdiendo la poca dignidad que me queda, me acerco hacia él y paso las manos por su espalda, por encima de su camiseta de trabajo. Se gira levemente, pero lo hace solo para detener cualquier intento de acercamiento por mi parte. Su cabeza niega de lado a lado a la vez que lo hacen sus ojos claros, y, entonces, sin mediar más palabra, me aparto de su cuerpo. De pronto, es como si la poca distancia que nos separa me quemara, me hiciera daño. Porque, efectivamente, lo hace. Su compañía me hace daño. Hace tiempo que descubrí, aunque me hubiera gustado no hacerlo, que no hay mayor soledad que la que se vive acompañado por otra persona; una persona que, en realidad, no está. Una persona que ya no es parte de tu vida, por más que siga compartiendo contigo partes de esta misma.

Con la cabeza agachada como un animal herido, me apresuro en salir de la habitación, mientras rezo en mi interior por olvidar pronto este humillante momento. Por su parte, no me preocupo; seguro que para mañana, cuando despierte, no recordará nada, y me alegro por ello. Vuelvo hacia el salón, pero esta vez no me siento en el sofá. Me planto frente a la ventana y, sin importarme que nadie pueda verme desde fuera (aunque lo dudo por la hora que es), me asomo y miro hacia el exterior. Mientras, la música sigue sonando. No me había percatado en apagar la radio, pues mi mente se ha quedado en blanco desde el mismo instante en que Javier ha entrado en casa… y ha pasado de largo. Ahora, está empezando una canción de Melendi.

Me cansé de echarte de menos

Durmiendo en la misma cama

Separados por el hielo.

De hacer la compra en la farmacia

Sonreírle a la desgracia

Boxeando con los celos…

  La canto por lo bajo, mientras cojo el paquete de tabaco de la mesa del salón y vuelvo a mi lugar en la ventana. Elevo la mirada hacia el cielo, sin lágrimas. Supongo que lo que siento en mi interior se trata de dolor, aunque no puedo estar muy segura porque no soy capaz de derramar ni una sola lágrima. Ya no. Suspiro hondo. Acabo de comprobar que a Javier no le importo lo más mínimo. Y, en el fondo, me siento más resignada que decepcionada. Me resigno, como me he resignado siempre; como llevo haciéndolo desde hace más de un año, quizá dos, quizá tres. Quizá nunca hubo nada en realidad por lo que poder luchar. Tal vez solo fue una atracción pasajera, que pasó a convertirse después en una relación, pero en una relación disfrazada, donde no hay lugar para las demostraciones de afecto ni para los planes de futuro en común.

Tras un largo rato, decido apagar la radio de una vez y tratar de descansar. Mañana no tengo que madrugar si no quiero, pero aun así, estoy demasiado agotada ya por tantas emociones vividas. Totalmente derrotada, me tumbo en el sofá, con la manta que siempre está ahí, y cubro mi cuerpo casi desnudo. Derrotada, resignada… y sola.

 

Comentarios

  1. Mabel

    30 agosto, 2017

    La falta de entendimiento hace que esa relación este frustrada y se venga abajo, no hay mayor desilusión que un amor fracasado y encima egoísta. Un abrazo Patry y mi voto desde Andalucía

  2. Lauper

    13 septiembre, 2017

    Me temo que he vuelto para engancharme otra vez a tus textos jeje…un abrazo y mi voto Patry.

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