Aproximaciones terrarias al tiempo detenido

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I

El sol se ahogó en aquella noche del 73. Antón miró al cielo, hacía mucho que las estrellas ya no brillaban. El tiempo había muerto, pero aún quedaba ilusión para que todo avanzara. Hacía mucho tiempo que no daba un paseo por la noche. Salió de su casa, a hurtadillas para ver el nuevo día, para ver como ardía la luna. No había nadie por las aceras, papeles de una nueva manifestación contra el gobierno paseaban tranquilamente. Se acercó al parque infantil, le apetecía columpiarse un rato. Le gustaba sentarse en el tablón de madera y pensar que la gravedad, por fin, había dejado de existir. Sentir que flotaba, sentir que vivía. Llegar al Sol para estar de vuelta al tiempo presente. Se sentó y empezó a moverse. Y según se movía, la realidad se iba moviendo con él. Arriba, abajo. Arriba, abajo. Antón sentía como si estuviera en una bola de cristal, que alguien había agitado el mundo y todo estaba del revés De pronto, se fijó en el arenero del parque. Nunca se había percatado que allí había uno. Frenó en seco y se acercó. La arena de aquel cuadrilátero no le parecía normal. Tampoco era normal el propio arenero. Desde el columpio parecía más pequeño, pero estando enfrente de él parecía que tenía millas de extensión. Bordeó todo lo que pudo hasta que se cansó. Parecía que había caminado kilómetros. Se quedó mirando, al vacío, como si la propia arena le estuviera diciendo que era el recuerdo de otro mundo, donde vivían estrellas aún sin morir y los árboles hablaban con el viento mismo. Una frase le invadió la cabeza: “Hay una pala en la arena del parque y del sueño”. ¿Qué podría significar eso? Antón había vivido pocos años, pero tenía el corazón de un viejo de ochenta. Sintió curiosidad, aquel lado infantil que siempre le había caracterizado le impulsó a meter un pie dentro del arenero. Tuvo la misma sensación que cuando estaba en el columpio. Arriba, abajo. Abajo, arriba. Y se desmayó.

En nuestro mundo, Antón dejó de existir. Aún nos quedaba la ilusión de que volviera. ¿Cómo sé la historia de Antón? Yo mismo le hice vivirla. Soy el tiempo mismo, ayudando a entender lo que vosotros jamás comprenderéis.

Antón por fin se despertó. No se sentía mareado, al contrario, se sentía más joven. Y más grande y fuerte. Pero no era él quien había crecido. El arenero ahora le ocupaba solo una planta del pie. Si se ponía de pie podía ver otros continentes. ¿Qué estaba pasando? Parecía un gigante. Y lo era. ¿Qué hace un gigante en un mundo donde todo es pequeño? Es pequeño el tiempo, es pequeña la esperanza, son pequeños los sueños.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    15 agosto, 2017

    Los sueños que tenemos abarcan mucho más
    y el tiempo ya vivido de nuevo renacerá.
    Contemplamos como el tiempo pasa sin darnos cuenta,
    nos controla a su manera
    sin volver la vista atrás.
    Es algo maravilloso de admirar.

    Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

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