Desde la Otra Orilla (1. El problema)

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Una noche más, en la misma cocina, a la misma hora de siempre… realizo la misma tarea que el día anterior. Estoy preparando la cena cuando, como todos los días a las 20:00, se escucha el sonido de las llaves de la puerta principal al abrirse.

—¡Hola, cariño! —me saluda Javier asomándose por la puerta de la cocina.

—Hola, Javi. ¿Qué tal tu día? —me intereso.

No obtengo respuesta, ya que, casi al mismo tiempo que me saludaba, se ha marchado al dormitorio; supongo que a quitarse la ropa del trabajo para después darse una ducha. El caso es que ni siquiera me ha mirado. Dirijo una rápida mirada a mi atuendo, antes de proseguir con mi tarea de preparar la mesa. Un pijama rosa de rayas blancas con el que me siento muy cómoda, las mismas zapatillas acolchadas de andar por casa y la misma bata azul en la que tanto me gusta resguardarme del frío. Está bien, lo acepto, no estoy en mi mejor momento de belleza; pero entre Javier y yo hay confianza y se supone que puedo permitirme ya pasearme por mi casa con la ropa con la que mejor me sienta. Cinco años de relación me dan el derecho a ello.

Javi entra e interrumpe mis pensamientos. Estaba tan absorta en ellos que no me he percatado de que el sonido del agua, al caer mientras se aseaba, ya había cesado.

—¿Hay pan?

La misma pregunta, de cada comida y cada cena, mientras se sienta y acerca su plato de garbanzos. Afirmo con la cabeza, lo saco de la bolsa que tengo colgada detrás de la puerta y se lo ofrezco. Después yo también me dispongo a cenar. Javier enciende la televisión pequeña, tal vez para romper el silencio incómodo que hay entre nosotros. El mismo canal, las mismas noticias… Quisiera romper este momento tenso, pedirle que me cuente cómo le ha ido el día en su trabajo, pero ya sé, de antemano, por dónde iría la conversación. Trabajar en una fábrica haciendo ocho horas lo mismo no tiene mucho tema para una charla. Por mi parte, no tengo nada que contarle sobre mi día: la misma hora de despertar, el mismo café en soledad para desayunar, las mismas tareas del hogar y las mismas conversaciones en el móvil con un par de amigas. De repente, tanta rutina me indigna. Aparto un poco mi plato, el cual apenas había empezado.

—¿No tienes hambre? —me pregunta Javi, sin quitar la mirada de la televisión.

Niego con la cabeza.

—Javi…

No me escucha, a pesar de estar tan cerca de mí; suelo tener que llamarlo unas cuántas veces para que se digne a prestarme atención.

—Javier… te estoy hablando.

Me mira.

—Dime.

—¿Tú aún me quieres?

No sé por qué he soltado esta pregunta, me ha salido así, sin pensar demasiado. Tal vez debido a que llevo días planteándomelo, o quizás meses… y no me he dado cuenta.

—Claro que te quiero. Ya lo sabes.

Pongo los ojos en blanco. Esperaba esa respuesta.

—No… no lo sé. Nunca me lo dices.

—No es necesario. Estoy contigo, ¿no? —me explica, mientras coge la última cuchara que queda de su cena.

—Eso no me basta. A veces hay que demostrarlo, ¿sabes?

Javier ahora me mira con más atención, fijamente, a los ojos.

—Y tú… ¿lo haces?

—¿El qué?

—Si tú lo demuestras. Manos que no dais, ¿qué esperáis?

Suspiro. Por un segundo, había pensado que me había devuelto la pregunta… Que él también quería saber si todavía lo sigo queriendo y, la verdad, no hubiera sabido qué responder a ello.

—Si te refieres a que no te doy tanto cariño como antes… lo reconozco. Pero soy así porque tú me has hecho de esta forma. Eres frío y seco conmigo, y no puedo ofrecerte más de mí si no tengo nada a cambio.

Javier resopla. Estira la mano para alcanzar de la mesa el paquete de tabaco y saca un cigarrillo. Se enciende uno.

—Ahora va a ser que yo tengo la culpa de todo. Pero, bueno, Irene… ¿Qué te pasa? ¿A qué viene todo esto? ¿Has tenido un mal día hoy y lo pagas conmigo?

—¡Todos los días son iguales, todos los días son malos! —De pronto la rabia ha comenzado a invadirme y no logro, ni quiero, controlarla—. ¿Cuánto hace que no tienes un detalle conmigo? ¿Dónde están esas palabras bonitas que me dedicabas cuando empezamos? Los mensajes… ni siquiera uno en toda la mañana para saludarme o darme los buenos días. Antes lo hacías. ¡Ahora ni siquiera respondes a los que yo te envío!

Javier no parece darse cuenta de mi enfado, o no quiere verlo.

—Irene, sabes que estoy muy ocupado en el trabajo. No puedo perder el tiempo dedicándome a mandarte mensajitos.

Meneo la cabeza de lado a lado con indignación.

—¡No se trata solo de eso! Cuando uno quiere, saca tiempo… cuando no excusas. Pero hay más… ¿Cuántas besos nos damos al día? Puedo contarlos con los dedos de una mano… y me sobran. Últimamente, solo me besas cuando llegas y cuando nos vamos a dormir, y apenas dura un par de segundos. Abrazos… no recuerdo cuándo fue la última vez que nos abrazamos. ¡Por no hablar del sexo!

Javi apaga el cigarro en el cenicero y permanece en silencio. Sabe tan bien como yo que lo que estoy diciendo es cierto. Ya no existen las caricias, los mimos entre nosotros y el tema sexual es casi nulo. Siempre de la misma forma, las mismas posturas, las mismas palabras… y con la misma frecuencia. Una vez cada semana, si llega. Lo miro interrogativamente y en vista de que no voy a parar hasta obtener una explicación, se dispone a darme sus razones.

—Ya no somos niños. Me parece que estás exagerando mucho. Llevamos años juntos —ni siquiera recuerda cuántos—. ¡No puedes pretender que todo sea como al principio!

—¿Por qué no? —pregunto, un poco más calmada.

Es la primera vez que he sacado este tema a la luz y quiero, NECESITO, saber su manera de ver las cosas.

—Porque no tenemos 15 años, Irene. Ya no somos unos adolescentes para pasarnos la vida con besitos y paseos de la mano. Hay cosas más importantes en las que pensar y responsabilidades que cumplir cada día.

Suspiro de nuevo. La rabia ha dado paso a la tristeza, aunque la aguanto con entereza.

—¿En qué momento dejé de serlo?

Javier se encoge de hombros.

—¿Una adolescente? ¡Yo qué sé! Ya tienes 25 años, deberías pensar con más madurez.

No ha entendido mi pregunta.

—Importante para ti. ¿En qué momento dejé de ser importante en tu vida?

Se levanta de la silla y, antes de salir de la cocina, se da la vuelta y me mira.

—Me estás aburriendo. Cuando se te pase toda esta tontería que te ha entrado de repente, me avisas. Estaré en la cama. Estoy agotado.

No respondo, no digo nada. No tendría sentido. Permanezco sentada, con la vista fija en las baldosas blancas que tanto me esmero en limpiar. Ahora, ya a solas, cojo un cigarrillo y lo enciendo. Estoy en proceso de dejarlo pero, de repente, me ha entrado una necesidad increíble de fumar uno. Solo uno…

Podría seguir a Javier hasta nuestro dormitorio, insistirle en continuar la discusión que yo misma he empezado… pero no tengo ganas y no sacaría nada en claro. Podría encerrarme en el baño y sentarme en la taza, dejar que tanta decepción acumulada se expresara en forma de llanto y dar rienda suelta a mis sentimientos. Podría también, como tantas noches he hecho, acostarme a su lado y, dándole la espalda, hacerme la dormida mientras las lágrimas descienden por mis ojos; en silencio, con la esperanza de que no me escuchara y, al, mismo tiempo, que se diera cuenta de mi sufrimiento y actuara para remediarlo. El problema es que todo eso no serviría de nada. Javier seguiría durmiendo ajeno a mis preocupaciones e indiferente a la rutina que, poco a poco, está acabando con esta relación. El problema es que, en realidad, existe un problema más grande que todas estas quejas, del cual él aún no se ha dado cuenta. Y ese problema es que ya no me quedan lágrimas. Que su desprecio, su falta de amor por mí… ya ni siquiera me duele.

 

Comentarios

  1. Mabel

    22 agosto, 2017

    Una sensación de impotencia el ver que los sentimientos aunque están y siguen ahí no quieren hacerse visibles. Es muy fácil ocultar los sentimientos para no provocar esa sensación agotadora que va acabándose poco a poco, demostrando a cada momento el desinterés y la falta de confianza. Un abrazo Patry y mi voto desde Andalucía

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