La cita en un tiesto de peonías

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Era la primera vez que veía peonías al natural, las conocía porque las había visto hacia poco tiempo en una web de jardinería en Internet, pero no le habían llamado la atención. Al contemplarlas ahora sentía una llamada que le producía ansiedad y que le transportaba a una campana de cristal en la que todos los relojes marcaban las seis y media y entre las agujas y las doce se reconcía el rostro de Rosa, muy difuminado pero inconfundible por sus ojos, sus labios y los bucles de su melena trufada de mechas doradas. Se libró de la visión y allí, en el jardín de su vecina volvió a disfrutar de las flores y deseó tenerlas en el suyo. Apreció que era el entorno de las peonías, unos rosales enanos rojos y amarillos los que realzaban los pétalos aterciopelados de colores poco definidos de las nuevas flores.

Se libró de la culpa que le causaba sentirse envidioso por algo tan frívolo y comenzó a pensar como colocaría las peonías en su jardín, teniendo en cuenta que su estilo trataba de reproducir las formas que adoptaba la naturaleza. Tenía claro que las nuevas flores iban a ser parte de un conjunto que ya estaba definido. El hibisco o rosa de Siria roja debía mostrar curiosidad hacia las peonías, formando un dosel como la parte más destacada del grupo que contendría una pequeña escolta formada por dos rosales de flores granates. Rojos, granates y en el centro lucirían las peonías rosa. Quería que pareciese que las otras plantas con sus requiebros de color le daban la bienvenida a las nuevas. Otra vez las flores ocupaban en su mente el lugar que llenaba la pena de la pérdida de Rosa y deseó continuar así.

Cuando completó mentalmente el diseño de la pequeña rosaleda, se dio cuenta que aquella nadería tenía más trascendencia que la evidente, le asaltó la ansiedad y hasta las ganas de fumar. Lo había dejado hacia cinco años ya pero cuando tenía ansiedad enseguida se acordaba del tabaco. Apartó aquellos pensamientos y recordó que cerca de la oficina, cuatro o cinco portales más allá había  una floristería y seguro que tenían unos tiestos de peonías.

Cuando se te ocurre hacer algo intrascendente, aunque te apetezca lo olvidas con facilidad y sólo a la tercera o la cuarta ocasión lo recuerdas y cumples el deseo. Otras veces se olvida para siempre, pero el capricho de las flores no se le había pasado y a la primera oportunidad abandonó unos minutos el trabajo para ir a comprarlas.

Lo que parecía una elección sencilla se complicó más de lo que había previsto. Había pensado en llevarse una peonía de color rosa, pero las rojas de color neto le impresionaron y terminó llevándoselas, a sabiendas de que tendría que hacer cambios importantes en el jardín para mantener la estética o la coherencia como a él le gustaba llamarle, que tenía que ver con la forma de las hojas y de las flores, sus colores y la estructura de la planta, si era frondosa, espesa,  liviana, esbelta, galana, aérea o simplemente, bella. Como el hibisco en verano, liviano, aéreo y galán y sobre todo bello.

Mientras se hacía estas consideraciones, ya con la peonía roja convenientemente embalada en una bolsa, estaba diseñando mentalmente el espacio en el que iría la planta que ya no sería la flor principal si no que serviría para realzar el rojo vivo de la rosa de Siria.

Para diseñar ese micro espacio en el que iría la nueva planta utilizaría la deconstrucción de la que se sirven los postmodernos. Le gustaba este método más adecuado para la literatura  que para la jardinería pero estaba convencido que cuando se intentaba crear belleza, hacer arte, la deconstrucción era apropiada porque jugaba con la polisemia de los símbolos e indagaba el sentido lato de la retórica transparente en que estaba expresada la idea con la que valoramos la estética de lo natural  y lograba encontrar muchos significados, muchos sentidos para una descripción consiguiendo crear no sólo visiones diferentes de un objeto o de un conjunto de ellos, sino generar realidades paralelas.

Sin duda, el pensamiento profundo de la deconstrucción estaba desalojando el dolor por la pérdida de Rosa y le estaba permtiendo hacer un disección de sus sentimiento hacia ella. Predominaba lo físico y el dolor era muy externo, como si le arrancaran la piel, por eso el mundo de las plantas de la belleza vegetal que estaba recreando le calmaba como un bálsamo, estaba también la humillación no inflingida por ella pero si sentida intensamente por él. Ella lo había preferido a alguien que él consideraba claramente inferior y aunque procuró valorarlo objetivamente el resultado seguía siendo el de un ser elemental y zafio.

Sin transición, como si se hubiera producido una fractura en el tiempo y el espacio, se encontró construyendo la plantación en su jardín, con pantalón vaquero y camiseta y con sus manos ocupadas por un pequeño tiesto que contenía la peonía y una, también pequeña, azadilla o garabato. Frente a él, el hibisco plegaba ya sus flores rojas que habían completado su ciclo. Al lado del arbusto había dos rosales bajos de flores fucsia y malva y enfrente y al otro lado del hibisco se disponía a cavar el hoyo para plantar la mata de peonía. La cogió por la base para extraerla del tiesto y al sujetarla descubrió una especie de canuto de papel que estaba sujeto por una goma y enterrado por un extremo en la tierra de la maceta.

Lo sacó de la tierra, le quitó la goma y desenrollo la pequeña hoja que sobre una cuadrícula muy fina tenía una cita “A las 6. 30 en el 15 de Roseta”. La cita de la que le pareció reconocer la letra en aquellos pocoso caractéres, carecía de fecha, pero no se lo pensó. Aún tenía tiempo de llegar puntual, si no se cambiaba de ropa.

Llegó sudando por la caminata y la tensión y lo primero que advirtió fue que el reloj que estaba en el bar de enfrente marcaba exactamente las seis y media.

Sólo él había acudido a la cita y se dispuso a esperar pese a que el sol calentaba mucho y que la calle, muy transitada habitualmente, ahora estaba desierta.

Se dio cuenta de que había transcurrido mucho tiempo porque su sombra se había alargado subiendo por la pared del edificio hasta la ventana de la portería. Miró de nuevo al frente y descubrió dos cosas, a un hombre muy alto que lo miraba descaradamente desde la acera de enfrente y al reloj del bar que seguía marcando las seis y media.

Cuando se iba pasó un coche rojo, pero no se lo esperaba y con la sorpresa no pudo reconocer a la persona que lo conducía.

Plantó, finalmente, la peonía, acondicionó la tierra y recortó convenientemente los rosales y el hibisco y cuando ya había terminado se fijó que seguía abierto el agujero que había contenido el billete enrollado de la cita. Comenzó entonces a elaborar lo que le había ocurrido en las últimas 72 horas.

La primera respuesta fue para los cortes en el tiempo. La alteración no había sido en la dimensión temporal,  sino en su memoria que al considerar irrelevante lo acontecido entre dos sucesos trascendentes había borrado esas nimiedades o echado sobre ellas una niebla perturbadora que ahora no le dejaba ver.

No le preocupaba el sujeto, el autor del billete, o quizás le inquietaba tanto que no quería planteárselo ahora. Quería plantearse el porqué, pero era irrelevante frente al qué significaba la cita.

Tenía que ser el destino, era otra forma de preguntarse hacia donde le iba a llevar la vida y si su determinación lo llevaría hacia la felicidad. Estaba tranquilo porque había dado todos los pasos que su inteligencia, su consideración hacia los otros y su prudencia le habían aconsejado dar y al analizar deconstructivamente sus acciones de los últimos tres días,  llegó a la conclusión de que se había cruzado en el destino de otra persona y que ese cruce de destinos le había llevado a una reflexión sobre su propia vida, tenía que cabalgar sobre lo que le deparaba el destino.

Tenía algo más pendiente. Esa misma tarde, 48 horas después el billete y su goma estaban en otra de las peonias rojas de la floristería. Dos días después, con la excusa de preguntar algo trivial sobre las rosas de Siria, pudo comprobar que se habían llevado la peonía con la cita. Se sintió aliviado. Rebuscando en el bolsillo de su chaqueta se encontró con un billete igual al de la cita, “Te equivocaste. No quiero suponer que estas interfiriendo en mi vida coscientemente. Me entropeaste una cita y tomaste un lugar que no te corresponde. Tienes que aprender que eres uno más y si quires jugar solo puedes ocupar el lugar que los demas te dejan.

 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    25 agosto, 2017

    Muy buen texto. Un abrazo Felix y mi voto desde Andalucía

  2. Imagen de perfil de Siby

    Siby

    28 agosto, 2017

    Buenisimo Felix, mi voto para ti.

    besitos dulces
    Siby

  3. Esruza

    28 agosto, 2017

    Muy bueno, tienes mi voto y

    Saludos

  4. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    29 agosto, 2017

    Ya se me estaba olvidando lo bien que escribes, Fiz. Gracias por esta hermosa perla.
    Un cordial saludo.

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