La Fortaleza

Escrito por
| 47 | 2 Comentarios

Nací y crecí en una vieja estancia al borde de una larga ruta que atraviesa toda la provincia. Tengo ahora veinte años y extraño el campo. La rutina allí es muy sencilla, no hay muchas obligaciones más que cuidar de los animales. Hoy, mirando aquellas viejas fotografías, siento que he vuelto a ese lugar, tan familiar, pero a la vez distante. Hace muchos años la vida era para mí muy diferente. Me sentaba bajo la fresca sombra de un árbol a imaginar toda una vida de poemas que posiblemente escribí en los años posteriores. Ahora todo aquello es solo un agraciado recuerdo del pasado, pues la ciudad me roba el tiempo para explorar mis memorias. Cuando logre tomar un respiro, tal vez entre en ese mundo una vez más.

De niño construí una choza en un viejo carretón abandonado, que estaba ahí desde antes de que yo naciera. Fue mi refugio preferido, era un castillo inmenso con paredes y techo de toldo, vigas de cañaverales y un piso muy duro proporcionado por el mismo elemento sobre el cual estaba erguido. Aquel apasionante lugar me resguardaba del viento, del fuego, de la misma tierra, de la lluvia y de las bestias imaginarias que podían aparecer en cualquier momento del día o la noche. Allí jugaba solo, todo el día, en ese santuario construido con mis propias manos, mientras el abuelo protegía su sabiduría bajo la higuera, como lo venía haciendo desde hacía ya mucho tiempo. Siempre me observaba, a veces desde el galpón, con una sonrisa o sin ella, y nunca pronunciaba palabra alguna hasta el final del día.

Una tarde, el abuelo no había tenido tiempo de sentarse bajo la higuera como todos los días. El mal tiempo amenazaba con fuertes señales de ira en el cielo, en cualquier momento su furia se desataría. Él sabía curar las tormentas, no sé explicar cómo, pero lo hacía con su cuchillo. La gran tormenta se desató al comenzar el ocaso. El trabajo del día se vio frustrado y debió ser abandonado. Los preparativos de evacuación del galpón se desarrollaron muy rápidamente y mamá vino a buscarme para ponerme a cubierto. Yo quería ir a mi casita de toldos, pero aquello no me fue posible, así que nos fuimos todos dentro de la vivienda principal a esperar el golpe del viento que venía acompañado de intensas puñaladas de relámpagos y lluvia. La tormenta duró casi toda la noche.

La mañana siguiente fue un derroche de tristeza. Cuando la vi, estaba completamente destruida. Todas las partes de mi precaria edificación desparramadas por doquier me provocaron el más amargo desconsuelo. No recordaba haber sentido tanta tristeza anteriormente, pues lógicamente no había mucho por lo que pudiera sentir tal emoción. Es cierto que la vida cambia drásticamente y la melancolía invade nuestra conciencia, a menudo como un sentimiento atrevido que representa el deseo incontrolable de regresar a aquella gloriosa edad, donde uno se conformaba con tan poco.

Lo cierto era que el lugar se hallaba totalmente en ruinas. Mi fortaleza había sido destruida por la furia de aquella tormenta malvada, enviada con el único objetivo de lograr que bajara los brazos. Porque dios siempre parece estar en contra de los niños. Les otorga a los adultos la autoridad sobre ellos. Me preguntaba por qué razón ser mayor representaba ser responsable y ser niño representaba la ingenuidad, aunque posiblemente ni siquiera entendía el significado de esas palabras. Pensaba que los adultos no tenían noción de las maravillas que los rodeaban fuera de sus empleos y la cotidianeidad. Yo decía que los niños eran los exploradores de los secretos del verdadero mundo, un mundo de colores increíbles. Qué triste que ya no pueda ver todos esos colores nunca más.

El abuelo me observo entonces, con aire desconsolado como si adivinara mi inminente llanto. Tal vez esperaba que corriera a sus brazos, pero no lo hice. Finalmente atine a decir que reconstruiría la fortaleza desde sus cimientos. Allí fue que caminó lentamente, con pasos de viejo, y se sentó a mi lado, sobre las hierbas silvestres. En ese momento sus palabras sonaron sabias, animadoras, consoladoras y con fluidez. Su concejo, aun lo recuerdo al pie de la letra: “al igual que a tu fortaleza, una tormenta puede tirarte y dejarte destruido, pero posees una determinación increíble que te incita a la rebeldía. A pesar de los numerosos golpes que la vida pueda darte, siempre tendrás la voluntad y la fuerza necesaria para levantarte y seguir adelante”.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    14 agosto, 2017

    La vida te da muchas alegrías
    pero también muchas tristezas,
    es un galopar que te incita a una noche de Tormenta.
    Apaga su mirada que con ella
    se te clava ese dolor que a fuego
    lento te quemaba.
    Es ahora cuando puedes vencer,
    a la vida y a sus quehaceres,
    solo quieres entender
    porque el silencio sigue presente
    y ahí bajo la claridad de la Luna,
    él se asoma al balcón, lentamente,
    contemplando un amanecer
    que vuelve a ser diferente.

    Un abrazo Gabriel y mi voto desde Andalucía

  2. Imagen de perfil de Luis

    Luis

    14 agosto, 2017

    Bonita historia, un saludo junto a mi voto Gabriel!

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Abrir la barra de herramientas