Lejanas

Escrito por
| 69 | 6 Comentarios

Los últimos rayos de sol no llegaron a tocarme, seguro huyeron por la nube negra que me había seguido durante tanto tiempo, que ya no recuerdo el primer día que la sentí sobre mí. La tarde estaba tranquila, sólo una leve brisa movía las hojas de los árboles, me recordaba los días en los que no tenía preocupaciones y podía sentarme en una banca del parque a disfrutar del  canto de los pájaros sin pensar en nada desagradable esperando a que el sol desaparezca.

En aquella época, la gente que pasaba a mi lado, ni siquiera me miraba, era como si no existiera para nadie. Debo admitir, que eso, de cierta forma me complacía, ser sólo un fantasma en medio de la muchedumbre, tan libre y transparente para poder observar la vida de los demás y deleitarme con su felicidad, que nunca sería completamente mía.

Sentía que se me pararía el corazón y que la confusión en mi cabeza la haría estallar al imaginar la cara que pondría María cuando le contara lo que había hecho antes de conocerla, antes de saber siquiera que existía. No se borraba la escena que me vislumbraba que se haría realidad, la sentencia que sentiría al ver sus lágrimas caer lentamente por sus hermosos ojos color miel, ni sus labios que aprisionarían un reproche.

Después de decirle todo, tendría la necesidad imperiosa de quedarme solo; salir corriendo como un loco de su casa y venir a esconderme aquí, donde puedo ver el ocaso y escuchar a los pájaros, deseando que su canto no me deje escuchar mis propios pensamientos, ni recordar todas las voces de mis culpas. Donde puedo vivir, de nuevo, la vida de otros, de ésos que se besan como si fuera el último día para su amor, de los que se toman la mano y se quedan viendo a la gente pasar como si el mundo les perteneciera, o de aquellos que leen su libro para aprobar un examen, que será el comienzo de una vida exitosa.

Esto es algo que vengo haciendo desde siempre, desde mucho antes de conocer a María y mucho antes también de haber hecho aquello que ella, ahora, no podría entender, ni perdonar. Sería, justamente, ese juego macabro el que marcaría mi destino: desear la vida de otros porque la mía estaba destruida y porque siempre la sentí vacía y sin sentido.

Pero no puedo evitarlo, a pesar de lo que María y los demás piensen sobre mí, todavía me queda, en el fondo, una dulce satisfacción por mis acciones, aunque el mundo me enjuicie y castigue, al volver sobre mis pasos aún me queda el sabor exquisito de la venganza.

No estuvo en mi mente planear lo que hice, nadie puede decir que fue premeditado, nunca se me hubiera ocurrido hacerlo antes de ese fatídico lunes; antes de ese maldito día había decidido perdonarlo todo, seguir siendo sólo un espectador y no el protagonista. No me hubiera imaginado nunca que tendría el valor para hacerlo, mi carácter es totalmente distinto al que reflejan aquellos actos. Ni siquiera los detalles parecen tener mi marca.

Pero admitámoslo, estas cosas siempre son así, los culpables siempre dicen ser inocentes y al final son crucificados por la sociedad, estigmatizados para siempre, convertidos en escoria de aquella intachable sociedad, cuyos más reconocidos personajes, si no existieran leyes, hubieran hecho lo que ahora juzgan.

Creía ilusamente que mi suerte fue hacerlo cuando nadie lo esperaba, ni siquiera Alejandra. Mi dulce Alejandra… Aquella mujer que me había enseñado el sabor del amor en un tierno beso, la que encendió mi deseo con una mirada y la que luego me engañó con una sonrisa en el rostro. Ahora que la recuerdo siento lástima por ella, nunca debió imaginar que nuestro gran amor terminaría de esta forma, tampoco debió sospechar que yo sería capaz de hacer algo así.

Todavía recuerdo aquel jueves, dos días después del fatídico lunes, cuando empecé a sentir este dolor insufrible en mi vientre y que sólo se esfumó después de hacerlo. Esa tarde de jueves, el calor era insoportable y más después de esperar dos horas a que ella saliera bajo una exigua sombra que daba el árbol que se encontraba en la esquina de su casa, minuto a minuto sentía como se iba mojando, de apoco, la camisa con la que estaba vestido, no sólo por el calor sino por la excitación de verla nuevamente.

Cuando por fin salió, ella se veía tan fresca, llevaba puesto un vestido impecable que acentuaba su figura, ese hermoso cuerpo que un día fue mío. Las manos me temblaban, por un momento quise desistir, alejarme y dejarla ir al encuentro con aquel hombre que la esperaba en una café cercano. Pero desde mis entrañas un extraño dolor se apoderó de mí, un dolor que me exigía terminar con todo. Esperé que se alejara de su puerta, no era conveniente que alguien me viera, la seguí caminando hasta que cruzó un pequeño callejón a dos cuadras de su casa, la tomé del brazo y le tapé la boca con mi pañuelo. Ella pensó que sólo quería rogarle de nuevo, pero cuando estuvimos frente a frente, mi mano derecha, como si tuviera conciencia propia tomó las llaves del bolsillo de mi pantalón y con un golpe certero abrieron un enorme y profundo surco en aquel lozano rostro.

Después de eso recuerdo muy poco, sólo mi agitación y los latidos muy rápidos de mi corazón que no me dejaban escuchar los gritos pidiendo ayuda; no consigo recordar por cuál ruta llegué a mi cuarto, ni cuánto tiempo tardé en llegar, sólo quedaron en mi mente los ojos desorbitados de Alejandra.

Después de un largo sueño, la maldita policía, con varios agentes haciendo preguntas que me confundían más aún, que cómo conocía a la víctima, que si había tenido la intención de robar o violarla, que por qué no tenía C.I. Luego el encuentro con Alejandra en los tribunales, afirmando que nunca antes me había visto, que no entendía por qué la había lastimado y mi abogado interponiendo la declaración de un psiquiatra, que hablaba con palabras complicadas; pero Alejandra tan lejana, sin siquiera regalarme una mirada, afirmando que el único novio que tuvo se llamaba Eduardo y que después de una pelea se fue de la ciudad. Claro la pelea del engaño y todos diciendo que mi nombre no era Eduardo, que mi nombre era Juan, que no estudiaba en la universidad, que no tenía dinero y que nunca me habían visto con Alejandra.

Después de eso los interminables meses en la cárcel, ese cuartucho que no tenía si quiera rejas, que transpiraba humedad y que debía compartir con un viejo hediondo, que se la pasaba cantando tan fuerte como si nadie más estuviera en el mismo cuarto.

Pero después de todo ese infierno, de nuevo el parque y luego María, la suave María… aunque a veces también lejana, también fingiendo no ser mía…

Comentarios

  1. Mabel

    27 agosto, 2017

    Muy buena historia. Un abrazo Eliana y mi voto desde Andalucía

  2. ANTONIO A

    31 agosto, 2017

    Sencillo y trabajado. Los giros de tus finales son envidiables.

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas