Mi corazón

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A MI PRIMER NOVIO LE ENTREGUÉ MI CORAZÓN, limpio, deslumbrante como un estero de luz. Él lo aceptó contentísimo. La emoción pintó en su rostro brochazos destellantes de vitalidad. Lo tomó con delicadeza y lo guardó en un estuche de terciopelo. Y, aunque ya sin corazón, me sentía muy contenta de que Hildebrando lo tuviera en su casa, cuidándolo como un tesoro, hasta el punto de que, en ocasiones, me costaba mucho trabajo localizarlo porque siempre estaba embebido en su contemplación.

Después de un mes ya me había arrepentido de habérselo dado. Me puse muy celosa porque le gustaba estar más con mi corazón que conmigo. Y fue tanto su amor por él, que se puso demacrado y flaco pues no comía ni dormía por estar a su lado. Un día su mamá descubrió el estuche y me habló por teléfono para que fuera por él. Y, aunque perdí a Hildebrando, me sentí mucho mejor de haber recuperado mi corazón.

Un buen tiempo duró en su sitio, desbocándose en sus latidos que mis emociones y sentimientos le provocaban, estremeciéndose ante las penalidades y desencantos de la vida, hasta que conocí a Teadoro y me deslumbró su andar principesco cuando atravesaba las calles. Quise dárselo, pero recordé lo perdida que me sentí cuando Hildebrando lo tuvo. Es mejor conservar los cinco sentidos que da el corazón en su sitio, pensé. Pero ese caminar de Teadoro me cautivaba tanto que, por fin, se lo entregué.

Teadoro no era amoroso como Hildebrando y tenía una sensibilidad tan infantil que le gustaba jugar con todo lo que caía en sus manos. No respetaba nada ni a nadie, y al poco tiempo mi pobre corazón estaba tan estropeado que no lo reconocí. Teadoro exhibía su destreza malabar con él y, como decía que era muy blandito, varias veces sirvió de almohada a sus sueños fatuos de fama y posesiones materiales. Está de más decir lo que yo sufría. Temí que cuando todo terminara con Teadoro me quedaría sin corazón. Se lo pedí antes que sucediera esa inminente catástrofe, lloré, supliqué hasta la desesperación que no lo hiriera y maltratase más, que me lo regresara aunque estuviese deteriorado. Pero él se envanecía cada vez más ante mis vehementes peticiones. Y en el extremo de su sadismo, casi lo destroza delante de mí. Estuvo a punto de desangrarlo cuando se lo arrebaté y me fui corriendo. Corrí hasta más no poder, llorando con mi corazón medio desecho entre las manos.

Llegué a mi casa, le di una friega de alcohol y con merthiolate y pomadas se fue recuperando. A los seis meses ya había sanado, aunque las cicatrices parecían gusanillos inmóviles. Desde esa vez decidí nunca más entregarlo a nadie, por lo menos no sin saber que lo cuidarían como al suyo propio. Además pensé que era más sano para él repartirse entre varios.

Después de dos años, al recuperarse por completo, lo puse sobre una tabla y comencé una tarea delicadísima. Corté varios pedacitos de amor palpitante y los repartí, en tamaños desiguales, entre mi familia, un gato, un perro, y un niño desnutrido y harapiento que pasaba todos los días por mi casa cantando y dando vueltas de carro mientras comía hojas y flores para olvidar la tortura de su hambre. Al principio los recibieron con mucho gusto, pero después de un tiempo mi papá lo descuidó y el trocito de mi corazón se quemó en la parrilla. Mi mamá se confundió y se lo dio al gato después de haberse trincado él el suyo. Mis hermanos lo dejaron expuesto al sol y rápidamente se secó. El perro olvidó donde lo había enterrado, y al niño anémico le sirvió de comida durante dos días. Y yo me sentí más infeliz que nunca. Robotizada anduve por las calles terrosas y humeantes de la ciudad. Desolada, deprimida y sin esperanzas hasta que mis pasos se detuvieron con brusquedad al descubrir un letrero en una esquina: Hacemos corazones a su medida y al ritmo de su temperamento. Entré emocionada a aquella tienda. Hablé cinco minutos con el sicólogo y fueron suficientes para que él supiera las medidas exactas de mi nuevo corazón. Me dijeron que pasara por él en dos semana.

Y ahora, después de traer uno postizo, me doy cuenta que me queda chico y es mucho más duro que el original. Pero ya no quiero seguir buscando, más vale uno defectuoso que nada. Y además, así duro me sirve mejor. No se sale fácilmente de su sitio.©

 

Dibujo: Raúl Tame ©

 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Pitus

    Pitus

    21 agosto, 2017

    Ohh, Rocío, que espléndida metáfora. Lo has bordado, colega !! Supera todos los anteriores, bien sure.
    Ahh, y cuando empecé a leer, me acordé de un microrelato mío con ciertos paralelismos a lo que podría intuir que seguiría. Luego vi que no exactamente, pero estáte al tanto de mis publicaciones, que la próxima o la siguiente pondré ese relato. Se titula “Espérame en el cielo”

    • Rocío Tame

      21 agosto, 2017

      Hola querido @joseps Gracias por tu comentario. Y me sorprende un poco, pues este es uno de mis primeros cuentos y ya tiene como 20 años junto con “Perla” y otros, lo cual significa que no forzosamente lo más reciente tiene que superar a lo antiguo. Claro que sí leeré “Espérame en el cielo” Abrazo!!!

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    21 agosto, 2017

    ¡Excelente relato! Un abrazo Rocío y mi voto desde Andalucía

  3. Esruza

    21 agosto, 2017

    Metáfora que nos dice que no hay que ir repartiendo el corazón por ahí, sin saber si lo cuidarán con delicadeza y amor como el que nosotros damos y después, ese corazón se torna duro y desconfiado.

    Muy buen relato, tienes mi voto

  4. Imagen de perfil de Luis

    Luis

    22 agosto, 2017

    Buen relato, saludos junto a mi voto!

  5. Imagen de perfil de gonzalez

    gonzalez

    23 agosto, 2017

    Me gustó mucho, Rocío. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

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