Omisión de pronombre posesivo

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Fidel se animó a entrar un viernes, ya tarde, cuando grandes goterones comenzaron a caer del cielo con la misma intensidad con que las balas de plomo se incrustan en el concreto. llegó a pensar que ¡por fin! los dioses habían encargado su exterminio, porque las gotas comenzaron a caer así, de pronto. Sin más ni más. No sería raro -después de observar cómo anda el mundo- que por ahí anduviera un ángel francotirador encaramado en algún árbol apuntando a todo aquél que por debajo pasara. En fin. El caso era que, gracias a la circunstancia inesperada, él había decidido entrar.

En el lugar estaban otras personas quienes, al verlo, cortaron su conversación. Después de algunos segundos, doña Rafaela conminó a Fidel a dar una ojeada a la mercancía del local. Éste, incómodo por sentirse observado, cerró los botones de su chaqueta de pana y comenzó a caminar fijando su atención en las antigüedades que había a su alrededor.

Sentada en el piso, junto a una mesa estilo Art Dêco, una mujer gorda lo miraba con insolencia. Podría decirse, incluso, con procacidad. Una vez más, se sintió molesto y avergonzado. Dio la espalda a la mujer y su vista fue a estrellarse contra las paredes de la habitación, sobre las que estaban recargadas otras mujeres. En la esquina, una se exhibía sobre un costoso diván. A él no le parecieron del todo desagradables, aunque, sí comunes y carentes de misterio.

Un biombo japonés llamó su atención. Permaneció durante varios minutos contemplando los diseños y buscando analogías entre la mujer sentada en el piso y aquellos luchadores de zumo, hasta que un gato siamés, restregándose contra su pantalón, lo hizo tomar conciencia del entorno.

La curiosidad por ver qué había detrás lo obligó a empujar al gato, que fue a estrellarse contra un baúl sobre el que estaba sentada una mujer desnuda.

El espectáculo que observó del otro lado del biombo, lo dejó perplejo. Éste, guardaba celosamente de las miradas de los parroquianos a una mujer joven, bellísima no tanto en su físico como en el misterio que encerraba su mirada. Supo -por un tatuaje grabado en el brazo izquierdo- que se llamaba Mercedes -nombre al que hacía honor, puesto que poseía numerosas gracias-. El cabello negro y suelto enmarcaba la cara angulosa cayendo sobre los hombros descubiertos para, después, perderse por completo en el fondo del unitardo del mismo color. Su sonrisa, firme pero discreta, ejerció en Fidel un incontrolable poder de atracción. A lo largo de veintiún años, jamás mujer alguna había despertado en él sensaciones tan extrañas. No era misógino, simplemente las evitaba. Sabía muy bien que a las mujeres hay que comprarlas sin involucrarse.

Desde el primer momento en que apareció frente a ella, Mercedes también lo miró, creándose entre ambos una especie de círculo mágico del que él no pudo ni quiso zafarse.

Inmerso en la profundidad de aquellos ojos castaños, perdió la noción del tiempo hasta que la voz de doña Rafaela lo sacó, bruscamente, de su abstracción:

-Son pocos los que pueden pagarla, y los que pueden, casi nunca muestran interés. Les parece poco estética. Hay quien ha dicho que es vulgar y fea.

Fidel dio dos pasos hacia atrás, miró a la dueña con indiferencia y salió del salón.

Al día siguiente, no obstante la lluvia, estuvo parado frente al negocio desde las cuatro de la tarde. Esperaba, por alguna razón, que doña Rafaela no se encontrara. Tuvo mala suerte. La señora permaneció el resto de la tarde y parte de la noche junto a la ventana, platicando -al parecer- con uno de sus mejores clientes.

La escena se repitió por tres días consecutivos hasta que Emilia, brazo derecho de la dueña y quien se había percatado de lo que sucedía a Fidel, salió el jueves por la tarde a informarlo:

-La señora se va mañana- Estará fuera un mes.

Aunque Fidel se alegró, no mostró la mínima expresión.

No se presentó a trabajar. quiso hacer de ese viernes un día sui géneris y por eso, recibió el amanecer con La fuerza del destino en los oídos y el sabor de anchoas y Openheimer en el paladar. El hecho de ser mesero no le impedía ser amante de sutilezas. Algún día, las galerías se pelearían sus cuadros y, entonces, él tendría, no una botella y una lata, sino una alacena y una cava llena de anchoas y Openheimer.

El resto del día pintó escuchando música, a fin de preparar su energía interior para el encuentro con Mercedes. No quiso molestar demasiado, por eso llegó a las tres y media de la tarde y desde esa hora hasta las nueve y media en que salió, se sentó en el piso frente a ella para observar cada uno de sus rasgos.

Cuatro tardes fue, religiosamente, a contemplarla. Las mismas que Emilia observó a Fidel.

El miércoles tuvo que esperar a que un tipo muy trajeado se retirara del biombo. Emilia le dijo que el cliente estaba muy interesado, aunque también le gustaba la mujer desnuda del baúl y que iría a pensarlo algunos días.

Durante los tres que siguieron, Fidel no se presentó al lugar. Estuvo muy ocupado: vendió cuadros, discos, malbarató la grabadora y algunos libros, pidió prestamos. Cobró -a su pesar- dinero que algunos le debían. Sólo pudo reunir la mitad.

A las tres de la madrugada se le ocurrió que Emilia aceptaría la mitad como anticipo.

La tarde siguiente habló con ella. Para sorpresa suya, Emilia aceptó la proposición bajo el acuerdo que, a más tardar en una semana, habría de pagar el resto. Fidel hizo las cuentas: con el dinero que tenía en el banco y con un prestamo de doscientos, terminaría de pagar.

Antes de salir, se acercó a mirar tras el biombo. No tenía más qué pensar; pagaría por ella el precio estipulado y más.

Conseguir los doscientos le llevó casi quince días pero no pudo reunir la mitad que faltaba el viernes por la noche.

El sábado esperó -fumando recargado en un poste de la calle- a que abrieran, mientras pensaba en cuál habitación estaría mejor.

-¿Esperas a alguien? -Fidel volteó a ver al gordo patrullero que se acercó a él fajándose-. Muévete, viejo, estás sopechocito.

Iba a comenzar a caminar cuando Emilia abrió la puerta. -Tengo el dinero- dijo Fidel dejando escapar una sonrisa. Emilia no contestó. Tampoco lo invitó a pasar.

-¿Tiene problemas, chula?

La asistente levantó la mano hacia el patrullero y con el índice negó.

-Aquí vamos a estar un rato, por si se le ofrece algo.

Fidel entró molesto al tiempo que entregó un paquete a Emilia.

-Ahí está el resto.

Se dirigió detrás del biombo. Mercedes no estaba ahí. Fue a buscar a Emilia que ya estaba contando el anticipo para regresar el dinero completo a Fidel.

-Te dije que no tardaras más de una semana. Ayer vinieron por ella.

-Yo di anticipo.

-Sí, pero el Licenciado Resenos pagó trescientos más. Anoche trajeron una pintura mucho mejor y más barata. ¿Quieres verla? Yo no sé qué le viste a esa…

Fidel salió corriendo, mientras Emilia, detrás de él, gritaba:

-¡Oye! ¡Tu dinero! ¡Tu dinero!

En la calle, grandes goterones comenzaron a caer del cielo. Y al grito de dinero, el policía salió del auto y comenzó a disparar. Fue entonces cuando Fidel se convenció de que ¡por fin!, los dioses habían encargado su exterminio, porque las gotas comenzaron a perforarlo así: sin más.

(De mi primera colección de cuentos Omisión de pronombre posesivo (1995-1999), probablemente muy plagiada).

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    21 agosto, 2017

    Muy buena historia. Un abrazo Yolanda y mi voto desde Andalucía

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