El río de agua turbia

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PREFACIO.

Los cobijaba la tranquilidad de la mañana. Eran dos viejos jugando ajedrez y tomando té de manzanilla. El primero por diversión, el segundo para la digestión.

—¡Oh, por favor no te quedes tan callado! —Dijo Don Eugenio con aire soñoliento antes de darle un trago a su té—. Que el silencio no es sino otra forma de expresar la inconformidad o la ignorancia. Y no te considero en absoluto ignorante.

Don Alfredo estaba pensativo, con un cigarro en la mano. Admiraba los árboles y el viento, los pajarillos y el ruido del arroyo. Miraba también, al fondo, las montañas que se extenderían hasta perderse en un laberinto de nubes y secretos. “Son como sus arrugas… de la Madre”, pensó, y luego se tocó con la yema de los dedos sus propias arrugas.

—No, no te preocupes Eugenio. No podría estar inconforme al pasar una tarde contigo. Un cigarro —se detuvo a darle una calada—, una taza de té, el viento y los árboles. ¿Acaso habrá goce mayor? No me respondas, sé que los hay. Pero es que en verdad he disfrutado estos años contigo, amigo. De verdad. A veces pienso en las formas en que mi vida se habría dislocado de no haber sido por tu estancia en ella. Siempre latoso y quisquilloso. No te ofendas, es parte de tu encanto.

—¡Pero qué disparates dices! ¡Y con qué aire tan melancólico! ¿Es que otra vez pasarás la tarde royendo todas las posibles maneras en que pudiste vivir? Escucha, si cortas un árbol mil veces, crecerá de mil maneras; en tal caso, si lo vuelves a cortar, descubrirá una manera nueva de crecer. Grandiosos los árboles. Pero tú no eres un árbol, y yo tampoco. No podemos cortar episodios en nuestra vida y volver a empezarlos. Somos como viejos troncos que seguirán creciendo hasta que caigan por su propio peso.

—Todo lo que dices es verdad, sin embargo no es eso lo que me angustia —movió un alfil tres cuadros.

—Cuéntame entonces, ¿qué es lo que te pasa? —Preguntó mientras se comía el alfil con un caballo.

Alfredo se impresionó un poco de la jugada tan descuidada que había hecho. Terminó su cigarrillo y se distrajo dándole un sorbo al té para buscar las palabras precisas. Se volteó al escuchar una golondrina que llegaba a visitarlos. El pájaro se paró y bebió agua de un charco, luego investigó el lugar hasta encontrar lo que había ido a buscar: con su pico arranco un trocito de hierba y se fue volando.

—Es temporada de golondrinas —finalmente dijo.

—No entiendo —dijo Eugenio con cara de espanto. Temía que su amigo por fin hubiera perdido un tornillo. O dos.

—Es temporada de golondrinas. Mírala, allá va —señaló con el dedo huesudo al pájaro que se había ido volando hacia el sur. Sonrió al ver que Eugenio no terminaba de entender—. Es temporada de golondrinas y las golondrinas revolotean juntando hierba y lodo para armar su nido. Entonces así podrán poner sus huevos y ver crecer a sus polluelos.

—¿Te estás burlando de mí?

Alfredo soltó una risotada seguida por un ataque de tos.

—¡En verdad me sorprendes, Eugenio! ¿Es que no te das cuenta? Quiero decir. ¡Es temporada de golondrinas! Eso sólo puede significar una cosa: que la primavera está nada más y nada menos que a la vuelta de la esquina. ¡La primavera, exquisita primavera llena de perfumes y de amor!

—¿Qué sugieres? ¿Quieres que te corte flores o que cante con los pájaros? ¿Quieres que brinque en el riachuelos y persiga mariposas? ¡Eres un romántico, Alfredo! En todo caso, si tanto te gusta la Estación de las Flores, ¿por qué te aflige pensar en ella?

—¡Oh, serás en verdad quisquilloso! Dices muchas verdades y qué verdad más cruel acabas de decir. Amo la primavera y detesto la primavera. Me roe no por sus colores y olores. Mi pesar es más mórbido y siniestro. ¿Es que no te acuerdas ya, Eugenio? ¡Si tu mismo reniegas de Sus asuntos! ¿Es que no te acuerdas ya de la locura y el óbito? ¡Recuerda las sombras, si no quieres recordar las acciones! ¡Los rostros si no los nombres! Tantas flores marchitas éstas últimas primaveras… Y yo que no puedo simplemente irme. Eugenio, ¿sabes? A veces me siento y pienso con largarme de una buena vez. Conocer gente nueva, nuevos lugares y encontrar un lugar dónde pueda sentarme en paz en mi mecedora tomando té o un café y un cigarro. Catarina estaría a mi lado tejiendo o leyendo o haciendo alguna otra cosa de mujeres. Entonces podría seguir envejeciendo, Eugenio. Quisiera poder envejecer tanto que leer un diccionario me pareciera una buena idea, y luego morir. Pero sigo aferrado a este lugar. Sigo aquí esperando cada año la maldita primavera. ¡La sangrienta y colorida primavera! ¿Es que no tenemos libertad, Eugenio? ¿Es que ya no somos ni siquiera libres de actuar? Pensamos mucho, cada tarde en ésta mesa frente al atardecer, pero no hacemos nada. ¡No podemos hacer nada!

Eugenio estaba pasmado, le habían arrancado todas las palabras de la boca y su alma estaba encasillada en un silencio apaciguado. Era como un lago sereno, pero con una leve perturbación en la parte más lejana, como si una gotita hubiera caído de ninguna parte solo para perturbar la tranquilidad del agua. Era un lago que a Eugenio se le antojaba muy profundo y oscuro, de esos que dan miedo y no te atreverías a entrar a nadar. Nunca sabes lo que pueda haber allí abajo, qué clase de monstruos o trampas antiguas pudieran atraparte y hundirte hasta el lodo y las sombras.

Alfredo tenía razón en todo, no había nada que responder. Alfredo decía toda la verdad, por más terrible que le pareciera. De pronto se sintió cansado, muy cansado, y ansioso. No supo qué esperar pero lo esperaba.

—Yo ya empecé a leer el diccionario —los dos rieron.

 

Alfredo caminó colina arriba antes de ir a su casa. Llegaría hasta la cabaña al final de la calle. Era una cabaña de madera aunque con cimientos de concreto. Tenía una chimenea y un porche. El anciano se acercó a la puerta y tocó con el puño. El silencio que respondió lo hizo sentir viejo y decrépito, más cerca de la muerte que de la vida. Una sonrisa temblorosa se marcó en su rostro entristecido y dio marcha atrás.

—Es una cabaña muy linda —pensó.

Y lo era.

 

 

EL RÍO DE AGUA TURBIA.

“Vive como si fueras a morir mañana”. (Gandhi).

 

Las malas decisiones escriben buenas historias; todas llegan a rozar los confines agobiantes de la tragedia y la desesperación.

Las malas decisiones escriben buenas historias. Era algo que nuestro compañero de parrandas, juerguista de preocupaciones, bohemio de la vida, tenía muy en mente. Lo había leído en algún libro, o escuchado de su padre, o de algún borracho en la cantina. Fuere como fuere, lo tenía bien presente, como un sello en la frente.

Las malas decisiones escriben buenas historias. Y nuestro amigo tomó una mala decisión, oh, sí señor, una muy mala decisión de la que se arrepentiría el resto de su vida, o lo que quedara de ella, si es que aún le quedaba un poco, tal vez más de lo que él quisiera. No sabría decirte, en verdad.

Llamemos a nuestro amigo Fernando. Sí, Fernando. Es un nombre ordinario pero no común; fresco y elegante, pero no soberbio; descuidado, casual, aunque con un poco de formalidad. Se llamaba Fernando Trujillo y todo empezó una mañana medio nublada, engalanada con rayos de sol que se filtraban sarcásticos entre las débiles nubes que desaparecerían a jirones sometidas por el calor.

¿Y quién lo juzgaría? ¿Acaso tú te atreverías? Que lance la primera piedra quien no ha sentido que su vida perdió el rumbo y desearía poder bajarse del mundo. Gustoso estaría de recibir una bofetada de alguien que asegurara no haberse sentido nunca terminado, de alguien que no hubiera deseado poder ser alguien más. De alguien contento con su vida.

Y es que estaba tan cansado… cansado de tenerlo todo: una mujer que adorar, hermosa como ninguna; un auto de autofinanciamiento que aún no termina de pagar; un trabajo de mierda que día con día odiaba más y más; un reflejo que se burla de él y le echa en cara que nunca consiguió lo que en realidad quiso. Y además la amenaza de su inminente calvicie. Puta vida.

¿Y qué haría? ¿A dónde se iría para poder huir de sí mismo? ¿A dónde se va la gente cuando es de la vida propia de quien se quiere escapar?

 

Llegaron pasadas las nueve, justo cuando paró de llover. El suelo era un desastre y hacía frío. Miró a su derecha y vio a su mujer fascinada mirando la cabaña. Era una cabaña normal, de dos pisos y una chimenea. Tenía un pórtico y un jardín medio muerto en el que había un camino de piedra que rodeaba la cabaña hacia la parte trasera, donde se escuchaba con claridad el repiqueteo de un riachuelo. Justo al frente de la entrada, como abandonado, había un cobertizo donde seguramente guardaban las herramientas de trabajo: martillos, palas, sierras… Qué sé yo, cosas de hombres.

— ¿Te gusta, Adriana? —Le preguntó Fernando con sinceridad.

— Me encanta, es una cabaña muy linda

Y lo era.

 

Estaban a unos quince minutos en coche al sur de Santa Rita de Casia, justo en el camino que ascendía hasta el matadero. El pueblo era muy pequeño y rústico. No había más de cuatrocientas personas, la mayoría adultos y ancianos, y lo más resaltable era la iglesia con el campanario a medio terminar. Se respiraba calma y paz, mucha más de la acostumbrada en la gran ciudad. A Fernando se le antojaba demasiado tranquilo, como un cementerio.

Había tres o tal vez cuatro pueblos más a los alrededores, igual o más pequeños. El matadero era el logro más grande que habían fundado como una cofradía.

A Fernando le había llegado una invitación personalizada para alojarse en la cabaña. No había solicitado información a ninguna agencia de viajes ni a ninguna página de internet, simplemente llegó y se sintió como si hubiera recibido el boleto dorado para visitar la fábrica de Willy Wonka. O de la Tía Rosa, al menos. Dentro de un sobre verde brillante,sellado con cera con las iniciales J.C. y con su nombre escrito con una cuidadosa letra cursiva, había una carta muy formal explicando el concepto y los métodos de pago. Con un impulso de buen presentimiento, la pareja decidió tomarse unos días de vacaciones y alejarse de la ciudad, de toda la gente, del ruido… esas cosas que la gente de la ciudad busca evitar pero sin las cuales no podría vivir tranquilo.

 

El primer día hicieron el amor como adolescentes que recién habían descubierto los placeres del sexo. Lo hicieron en la sala, en la cocina, en la recámara principal, en el estudio, en la regadera y hasta a orillas del riachuelo, con el agua mojándoles los pies. Durante la noche fue muy romántico, como un sueño de película, con la chimenea encendida, el vino y todo.

Al día siguiente despertaron casi al mediodía y decidieron ir a pasear al pueblo. Conocieron a dos hombres de avanzada edad que discutían sobre la vida y las cosas que desearían haber hecho antes de llegar a viejos. Uno se llamaba Eugenio y el otro Alfredo. A la pareja le dio la impresión de que ese par se la pasaba discutiendo sobre esto y sobre lo otro pero que en realidad discutir era el núcleo de una gran amistad longeva y bonita.

—Por favor quédense a comer —dijo Don Alfredo. Tenía una barba blanca y poblada y un bigote que resaltaba su rostro de manera muy chistosa—. Mi mujer hará barbacoa y habrá tortillitas recién hechas.

—Después podemos platicar con un café y un cigarro mientras tu mujer y Catarina —la esposa de Dos Alfredo— hablan de cosas de mujeres o yo que sé.

Adriana miró a Fernando con una mirada inquisidora pero entretenida, después asintió con una sonrisa.

—Dejé el cigarro, pero lo demás suena bastante bien.

Era la barbacoa más rica que Fernando había probado y las tortillas calientitas despidiendo humo, ¡una delicia! Durante la comida, Eugenio y Alfredo hablaban sobre parcelas y ganado, cosa que a Fernando poco le interesaban. Una vez servido el café, Catarina se quedó en la cocina para lavar los trastes sucios y Adriana se ofreció a ayudarle.

La casa era humilde y acogedora, con muebles de madera y fotografías en blanco y negro en las paredes.

—En esa estamos Catarina y yo, antes de casarnos. Los chamacos aquellos son nuestros hijos. Ya crecieron y se fueron de aquí, los jóvenes no quieren quedarse en el pueblo y se van a la ciudad —Fernando asentía en señal de que lo comprendía, él tampoco se hubiera quedado.

Al poco rato se unieron Adriana y Catarina. La charla fue muy amena, Fernando se sintió en verdad bienvenido y cuando el sol descansaba sobre las montañas anunciando el final del día le susurró algo a Adriana que hizo que se pusiera roja como

(la sangre)

un tomate y los demás rieron.

—Pero no hagan mucho ruido, que queremos dormir —dijo Don Alfredo riendo.

—¿Dormir? ¿Quién habló de dormir? —Le respondió Catarina mientras acariciaba su pierna.

Todos rieron y se despidieron deseándose buenas noches. Al parecer sería bastante buena.

 

Un grito agudo despertó a Don Alfredo al amanecer. Estaba casi seguro que provenía de la cabaña y se apresuró a ponerse los vaqueros y una camisa sin abotonar. Llegó a los pocos minutos y llamó a Fernando y Adriana, que si algo ocurría o si todo estaba en orden.

—Estamos en la parte de atrás, Alfredo. Adriana salió y encontró sangre por todos lados.

Don Alfredo lo comprendió. Les explicó que uno o tal vez dos días por semana, limpiaban el matadero y parte de la sangre del piso se barría hasta el riachuelo.

—Eso es horrible… Quise salir por un poco de aire y veo las aguas de color rojo y las rocas y las orillas manchadas de sangre… —Adriana no sabía si estaba asqueada u horrorizada. Se veía ansiosa y se abrazaba.

—Ya, pero se trata solo de eso. Ven, tomemos un poco de café —Don Alfredo la dirigió hacia la cabaña con un bostezo—. ¿Vienes, Fer?

—Sí, vayan. En un momento voy.

Sangre. Sangre corriendo sobre el agua. Sangre animal o tal vez de alguna persona, nadie podía asegurarlo en verdad. Nadie iba al matadero, ¿quién se enteraría? Fernando estaba como hipnotizado. Sangre. Sangre en sus manos. La sangre de su mujer, que escurre de entre sus piernas. La sangre de su hijo. La sangre de su esposa y de su hijo. Su hijo al que no llegó a conocer.

 

—¿Amor? ¿Estás bien? Desde en la mañana estás como raro, muy callado —le decía Adriana a Fernando mientras se acercaba a acariciarle la espalda.

—¿Eh? No, no pasa nada, es sólo que no dormí muy bien anoche.

—Eso es culpa mía —le susurró al oído y luego le dio un beso.

—Sí, supongo que sí. Anda ven acá —le dijo con voz sugerente después de darle una nalgada.

Al caer la noche, Fernando quiso ir al pueblo por unas cervezas, Adriana decidió quedarse para asear un poco la cabaña, que estaba hecha un desastre después de la sesión desenfrenada de hacía tres días.

 

—No te pagan lo suficiente por servir bebidas a tantos borrachos, amigo —intentó decirle al cantinero, aunque ya se había tomado tres o cuatro pares de cervezas y se escuchó más bien como No de paglan osufciente po’servir bebias atantos borachos, amigggo.

—Mi profesión se trata de saber escuchar, lo de servir cervezas es más bien como un pasatiempo —el cantinero le sonrió y Fernando asintió, como si de verdad hubiera entendido la respuesta.

—Pues entonces escuche, Señor Cantinero. Yo iba a tener un hijo, ¿sabe? Con mi esposa, nos casamos hace cuatro años, ¿sabe? Y ella estaba embarazada pero Dios, el hijo de puta de Dios, no estuvo de acuerdo, ¿sabe? A los cuatro meses ella abortó, ¿sabe? Y hubo sangre por todos lados y ella lloraba, ¿sabe? Y yo la abrazaba y su sangre manchaba sus piernas y mis manos, ¿sabe? Era la sangre de su vientre, era mi hijo. Mi hijo ahora estaba muerto, ¿sabe? Y vengo a este puto pueblo de mierda y me encuentro con un puto río lleno de sangre, ¿sabe? Creo que me volveré loco…

—Perder un hijo es duro, pero a veces pasa, ¿sabe? —Le dijo el cantinero y Fernando estuvo a punto de presentarle un puñetazo en la cara. Son cosas que pasan y una mierda, pensó Fernando.

Cuando Fernando iba a respingar, renegando de todos los hijos de puta que se merecen cosas peores y que por el contrario lo tienen todo en la vida, llegó una mujer que se sentó a su lado. El cantinero le sirvió una copa de un licor sin que ella lo pidiera. Era una mujer muy hermosa con un vestido negro de escote en la espalda. Era pelirroja y tenía los labios pintados. No era una prostituta, definitivamente no lo era, pero tampoco era pueblerina. Se veía tan fuera de lugar en esa cantina como un ángel expulsado yendo a misa.

—La culpa fue suya, lo sabes bien —habló la mujer sin voltear a verlo.

—¿Disculpe? No sé de qué habla —respondió Fernando con la propiedad única de un borracho.

—También fue mi culpa, yo tuve la culpa, pero él me perdonó. Sí, me perdonó. Me perdonó. Me perdonó. Me perdonó —cada vez que lo repetía lo decía con más fuerza y brusquedad. Al parecer nadie se daba cuenta de lo que pasaba: el cantinero seguía sirviendo botellas y en las mesas la gente seguía hablando y tomando.

—Señorita, no sé de qué-

—Perdónala, debes hacerlo. PERDÓNALA. PERDÓNALA. PERDÓNALA.

—Lo siento, señorita, pero no sé de qué habla y debo irme. Ciao, hasta la vista, buenas noches, au revoir —Fernando se levantó de su silla y se dirigió a la puerta, tenía suficiente de aquello. Se fue ignorando los reclamos y los gritos. PERDÓNALA, PERDÓNALA, PERDÓNALA.

Y al llegar a la puerta una mano como de porcelana lo agarró con fuerza. Sus labios rojos se acercaron a su oído.

—Mis lágrimas corren en el río de agua turbia —la mujer le susurró.

Cuando Fernando volteó, la mujer estaba sentada en la barra con las manos en la cara rogando perdón.

 

Sin saber cómo, Fernando llegó hasta la cabaña. Todo el camino pensó en aquella mujer y en las tonterías que le pedía. ¿Perdonar? ¿A quién? No lo sabía y poco le importaba. En algún momento imaginó como la callaba y la desvestía. La agarraba con fuerza y le apretaba las tetas. Se reía imaginándolo, era como una broma, como uno de esos vídeos que había visto en internet. Pero sin duda se había excitado y ahora sólo quería llegar hasta su cama, con su esposa. Le haría el amor cien veces y más, hasta que amaneciera. Tendrían un hijo. Sí, así todo se solucionaría y el río de agua turbia volvería a ser de agua cristalina. La sangre ya no volvería a escurrir.

Entró y dejó la puerta abierta. Se tropezaba con cualquier mueble y tardó quince minutos en subir las escaleras hasta la habitación. Toc, toc. Ya llegó su paquete, abra las piernas y se lo entregamos personalmente, dijo riéndose mientras abría la puerta de su habitación. Se decepcionó al ver a Adriana dormida, con la luz apagada y acurrucada.

Se sintió triste y su erección se había esfumado. Se sintió tal vez traicionado. Perdónala, pensó y se acostó a dormir también.

Esa noche tuvo una pesadilla que no pudo recordar muy bien al día siguiente. Era como esos sueños que parecen tan reales mientras duermes pero al despertar todo tiene tan poco sentido que decides dejar de pensar en eso. Sólo recordaba que llovía mucho y él estaba en el cobertizo de las herramientas buscando algo. ¿Un martillo? ¿Un desarmador? ¿Una pala tal vez? No lo sabía. Antes de despertar juagaba póker con Alfredo y otros hombres que no conocía. En la cocina había una o dos mujeres, tal vez Catarina y Adriana pero no podría jurarlo.

 

Pasaban los días lentos y aburridos. Adriana sentía a su marido cada vez más ausente, distante. Lo extrañaba. Cuando se casaron, Fernando había reducido los cigarros drásticamente y cuando Adriana se embarazó, los dejó por completo. Los últimos días, Fernando se fumaba una cajetilla al día, a veces hasta dos. La noche anterior ya había abierto la tercera pero Adriana consiguió seducirlo y así evitar que fumara más.

Ya no comía y apenas dormía, se estaba poniendo muy flaco y pálido y cuando Adriana le preguntaba que si pasaba algo, que en qué pensaba, Fer sólo respondía que nada, chiquita, te perdono y ve a dormir, muack, muack, y volvía a los suyo, fuera lo que fuera lo suyo.

Fernando en verdad se ponía nervioso en los días que fluían aguas rojas por el riachuelo y Adriana se asustaba como un cachorrito en noche de tormenta cuando veía la mirada de su esposo. Era una mirada blanca y profunda, sin fondo.

—Tengo que ir a la ciudad —le dijo un día sin disimular el miedo, luego pensó para alejarme de ti, cariño y se sorprendió ella misma de sus pensamientos.

Fernando sólo alzó los hombros como diciendo poco me importa lo que quieras hacer, bon voyage y cierra la puerta al salir. No preguntó qué haría en la ciudad ni cuando volvía. Eso entristeció a Adriana pero también se sentía aliviada de que su marido no pudiera encontrarla. Era un sentimiento extraño, además, ése ya no era su marido, ya no. Su amado se había ahogado con las primeras aguas rojas y ahora sólo había un desconocido que llenaba la habitación de humo y se tiraba pedos de borracho cada dos que tres minutos, y cómo no, si la mesa y el piso alrededor estaban llenos de botellas vacías de cerveza y vino. Alguna vez Adriana se había emborrachado así con él y luego habían hecho el amor unas setecientas veces, gritando en cada orgasmo. Ahora le daba asco y vergüenza.

 

Esos días a solas fueron para Fernando como un retiro espiritual, sólo que estaba en comunión con el diablo. No pensó ni siquiera un segundo en su esposa y eso en otra situación lo habría avergonzado hasta hincarse y pedir perdón, pero no estaba en otra situación. A veces Alfredo y Eugenio lo visitaban y se reían del desorden que era la casa, de que Fernando era un desastre sin Adriana.

Y las aguas rojas volvieron. Y las aguas rojas enloquecieron a Fernando. Enloquecieron a Fernando como una puta cabra. Y fue a buscar el martillo al cobertizo, sin saber para qué. Lo guardó en un morral y emprendió camino hacia el matadero. Si hubiera un coche, habría conducido hasta allá, pero la muy hija de puta se lo había llevado a la ciudad para hacer lo que sea que las hijas de puta hagan en la ciudad cuando sus maridos cargan un martillo y caminan hacia un matadero.

Nadie se enteró de la excursión de Fernando y nadie había preguntado por los carniceros. El riachuelo seguía fluyendo con aguas rojas pero estas ya no ponían a Fernando con los pelos de punta. No, estás lo hacían sonreír. ¿Y el martillo? ¡Ups, cariño, que lo he perdido!

Pero alguien lo había visto. Alguien lo había visto todo y estaba dispuesto a guardárselo. No por miedo, al contrario, de cierto modo parecía hasta divertido con la transformación de Alejandro. ¿O era Juan? ¿Fernando? Daba igual quien fuera, al final no era el primero ni sería el último en verter aguas rojas en Santa Rita de Casia.

 

Adriana tardó tres días en volver y al llegar a la cabaña ya era de noche. Encontró a un Fernando extrañamente relajado, casi hasta feliz.

—¡Cariño, ya vuelves! Te había extrañado mucho.

Adriana respondió con sorpresa, seguramente aquello había sido sólo una pequeña depresión, tal vez había recordado a Ricky.

—¡Mi amor, haz vuelto! —Le dijo a su marido.

—¿Vuelto? Pero si eres tú la que recién llega…

—No importa, estoy muy contenta de verte —caminó hasta la cocina y dejó en la mesa unas bolsas con verduras y algo de carne, también las llaves del coche— Me encontré a Daniel hace dos noches, me invitó una copa y luego fuimos a cenar.

Daniel, claro. No podía haber ido a la ciudad por otra cosa. ¡Por supuesto que era Daniel!

—¿Después se fueron a su casa, no? ¿Su cama estaba rica? ¿O es que tal vez lo hicieron en la nuestra? Te gusta mucho hacerlo en nuestro sofá…

Adriana esperaba haber encontrado a su marido al volver, pero había encontrado a un Fernando que no conocía. Era un Fernando que hacía excursiones y buscaba martillos en los cobertizos. Casual, como encontrarse a un viejo amigo y darte de cuenta de ¡cuánto había engordado!

—¿Fernando, de qué carajos estás hablando?

—Sí, claro que lo sabes, puta —Fernando le escupió las palabras y Adriana reaccionó con una cachetada de la que se arrepintió justo al instante. Afuera caían gotas, como avisando que pronto empezaría a llover.

Como un volcán a punto de estallar, Fernando cargó contra Adriana y la levantó con las manos. La llevó por las escaleras hasta su habitación, la paró frente a la ventana y le abrió las piernas. Adriana gritó asustada, sin saber ni qué decir o qué hacer.

—Voy a hacértelo como te lo hizo ese cabrón —le susurró Fernando al oído, después le lamió la oreja mientras se bajaba la bragueta—. Después podrás compararnos y ver quien lo hace mejor. ¿Por qué no buscas otros? Así podrás armar un álbum con detalles y todo.

—Fernando, por favor, no… Estás violándome —Y eso parecía excitarle a él.

Adriana notó algo diferente. Aquello no iba hacia donde siempre.

—Nunca lo hemos hecho así, ¿o sí?

Ahogando los gritos y soltando las lágrimas, Adriana se aferró a la ventana mojada y en medio de la oscuridad vio a un hombre que la veía directamente a los ojos. Era Don Eugenio, que en una mueca distorsionada Adriana creyó ver una muy leve sonrisa. Ayuda, pensó en gritar, pero el hombre se puso su sombrero, dio media vuelta y se fue.

Fernando la agarró del pelo, arañaba sus caderas, apretaba sus pezones. Al final se corrió en su espalda y sin decir nada se acostó a dormir. Adriana pensó que ya no podría dormir esa noche, pero al final cerró los ojos pensando en un porqué.

 

—Papá, papi. Papi, papi, papi.

Una voz chillona, casi angelical despertó a Fernando. Adriana estaba acostada a su lado. Notó entre las nalgas de su esposa un hilillo de sangre manchado en las sábanas. Sonrió.

—Papá, papi, papá —la voz le llamaba. Era una voz aniñada, aunque pronunciaba las palabras con perfección.

Fernando casi se cae de la cama cuando lo vio. Había un niño en el umbral de la recámara, un niño que jamás había visto pero que conocía tan bien. Ven, le decía con una seña con el dedo índice. Fernando lo dudó un momento pero se puso de pie.

Ricky lo llevó hasta el patio, a orillas del riachuelo. Hacía frío y Fernando pensó que debió ponerse la camisa. Ricky señalaba el agua que fluía en el riachuelo. La lluvia lo había agrandado un poco.

—El agua, papi. El agua está limpia.

—No entiendo, Ricardo… ¿Qué… qué haces aquí?

—El agua está limpia, papi. Papi, ella me mató.

—¿De qué hablas? ¿Quién te mató? —Ricardo Trujillo señaló la cabaña, al segundo piso—. ¿Adriana? ¡Claro que no! Ella es tu mami, te ama igual que yo.

El espectro decía que no moviendo la cabeza. Tenía el cabello rizado y la cara como de angelito.

—El martillo, papi. Ella usó el martillo. El que olvidaste en la cabeza del hombre gordo que ensuciaba el agua —El fantasma señaló al suelo y a dos o tres metros estaba el martillo manchado de sangre y con un mechón de pelo pegado a un trozo de piel. Fernando lo miró y al volver a ver a Ricky, éste tenía los ojos vacíos, blancos. El pelo estaba cubierto de lodo y había gusanos en su boca. Señaló de nuevo a la cabaña—. Ella me mató, papi. Ella agarró el martillo y ¡pam! ¡Pam! ¡Pam! —Su cráneo empezó a sangrar.

 

Era imposible que fuera el fantasma de Ricardo. Adriana abortó a los cuatro meses y la aparición tenía al menos cuatro o cinco años. Pero Fernando sólo pensaba en el ¡Pam! ¡Pam! ¡Pam! Y sin pensar, se volvió a la cabaña. Ricky había desaparecido al pisar el agua del riachuelo. En un instante de esperanza, Don Alfredo llegó corriendo y sin aliento.

—¡Fernando, detente! ¿Qué vas a hacer? —Intentó detenerlo por los hombros, pero Fernando se volvió con la mirada perdida y una sonrisa horrible.

—Voy-a-perdonarla.

—¡Espera, no…! —Alfredo no terminó la frase. El martillo en su mejilla lo calló de un trancazo. Alfredo lo miraba ingenuo, casi llorando. Luego su máscara de buen vecino desapareció y trató una sonrisa con la quijada partida—. ¡Dale, cabrón! ¡Dale! —En realidad no podía articular palabra. Fernando sólo escuchó Ae, aon, ae.

Y le dio. No dos ni tres, sino cuarto martillazos hasta vaciar la sesera de Don Alfredo por todo el suelo.

—¿Qué pasa? ¿Fer? —Adriana estaba bajando las escaleras, muy despacio y con dolor. Tenía el cabello revuelto y los ojos casi pegados de sueño.

—Nada, chiquita. Te perdono. Ve a dormir —Y le lanzó dos besos. Muack, muack.

Adriana advirtió la sangre en su pecho y en la cara, en el suelo estaba desplomado el cuerpo de alguien con la cara deformada en el suelo. El martillo se había quedado atascado en el cráneo, como con el pobre gordo del matadero. Tal vez Ricky volvería y se lo dejaría a sus pies una vez más. Adriana se llevó la mano a la boca y miró a Fernando, vio en él odio y compasión. Te perdono, le había dicho pero Adriana sólo pensó en correr. No, no lo pensó, simplemente lo hizo, como una reacción de su instinto.

Fernando no corrió tras ella como Adriana lo esperaba. De todas maneras, ¿qué tan lejos podía correr si la estúpida había dejado las llaves del coche en la mesa? No, no corrió, caminó con calma y luego se quedó parado en el umbral de la entrada a la cabaña, viendo a Adriana intentar abrir el coche.

—Ven, cariño. Ven, cálmate y tomémonos un café. Luego me encenderé un cigarro pero tú no porque le harías daño al bebé.

Adriana empezó a correr colina arriba. Por alguna razón no corrió al pueblo, sabía que no debía hacerlo. No sabía por qué, pero lo sabía. Había algo allí que no le gustaba. ¿Vecinos tan amables con extraños? ¿Una cabaña para vacacionar en un pueblo dejado de la mano de Dios y donde corría un río de sangre? Además, ¿quién putas era J.C.? ¡Sí que había sido estúpida! Y como buen humano, buscó culpar a algo o a alguien de tan terrible decisión. Dejó de pensar cuando llegó a la desesperación. Estaba desesperada de vivir con un hombre que simulaba su felicidad. Desesperada por no poder embarazarse otra vez. Desesperada de pensar que Fernando se fuera y la abandonara por no poder tener un hijo. Y es que él adoraba a Ricky, lo había nombrado desde el mismo momento que ella le dijo que se había embarazado y a ella le había encantado el nombre. Cuando abortó se abrió un abismo entre ellos dos y sabía que los besos, las caricias, el sexo y las risas construían un puente falso que cuando alguno tratara de cruzarlo, ¡paf! Hasta luego, chao, nos vemos en el abismo.

Después de correr cerca de diez minutos, alcanzó a ver el matadero. Había un arco que le daba una gran bienvenida al Matadero del Abuelo. Adriana pensó que era un nombre un poco siniestro para el lugar, luego recordó que se trataba de un matadero, allí mataban animales, ¿qué más daba el nombre? Miró hacia atrás pero no vio a Fernando, tal vez se había quedado en la cabaña, pero siguió caminando hacia el matadero.

Justo al entrar, Adriana vio a su izquierda un corral con dos cerdos y, separados por un cerco, había un par de vacas y unas ovejas. El matadero no era más que un cobertizo. Había un par de luces encendidas y Adriana vio las siluetas de las sierras que usan los carniceros para cortar huesos.

La mujer gritó al entrar al cobertizo. Escrito con sangre en el suelo, había un garabato en el que Adriana pudo leer “Aguas rojas” y al lado, un cadáver, posiblemente del carnicero, con la cabeza deformada. Adriana imaginó a Fernando con el martillo. Al cadáver le habían cortado un brazo.

De súbito, se encendió la sierra que el carnicero antes usaba para cortar las costillas. Era una sierra delgada que no serviría para cortar huesos más anchos. Adriana se espantó y miró a todos lados, luego hacia atrás. No había nadie, no había señas de Fernando.

Guiada por el instinto absurdo de una chica en peligro de una película de terror, Adriana se adentró en el matadero. Y se encontró con cadáveres de vacas y otros animales. Vio huesos destazados y trozos de carne colgados en ganchos. Al fondo pudo ver un canalillo por el que escurría sangre directamente hasta el riachuelo, que a esa altura era un poco más ancho.

—Si ignoras todo esto, hay una linda vista, ¿no crees?

Adriana se sobresaltó al escuchar aquella voz tan cínica y siniestra. Fernando estaba detrás, pero no se abalanzó sobre ella. Todavía mantenía la calma. Estaba cazando y estaba jugando con su presa.

—Aquí le corté la mano a ese pobre infeliz —dijo Fernando—. No la veo, seguro algún perro se la llevó —se rio—. No es mi culpa, yo sólo le pedí que dejara de verter sangre en el río y me mandó a la mierda, ¿sabes? Le di un golpe con el martillo y el infeliz quiso cortarme con un cuchillo de este tamaño, ¿sabes? —Fernando hacía una seña separando las manos frente a él, para indicarle a Adriana qué tan grande era el cuchillo— Pero pude esquivarlo y lo agarré del brazo y lo empujé hasta la sierra. El infeliz chillaba con un cerdo, ¿sabes? Luego le di ocho o tal vez nueve golpes en la cabeza. No es tan divertido como parece, ¿sabes? Hubiera preferido que simplemente dejara de verter sangre en el río.

Adriana estaba callada, analizando el lugar y pensando por dónde podría huir.

—Ven, chiquita. Te perdono. Vamos a dormir —Fernando le extendió los brazos, señal de un cálido abrazo.

Adriana bajó la guardia y se acercó a él lentamente, Fernando asentía con una sonrisa casi sincera. Y cuando estuvo a dos metros de él, Adriana se detuvo. Lo miró a los ojos dos o tres segundos y luego se abalanzó sobre él, hacia la sierra encendida.

—¡Te amaba hijo de tu puta! ¡Todavía te amaba! —Le gritaba a Fernando con las lágrimas desbordándose de sus ojos.

Fernando logró detenerse justo a tiempo, pero le costó tres dedos de la mano derecha, que se despidieron de su cuerpo con brotes de sangre. Fernando agarró a Adriana por la cabeza y la azotó contra la mesa. Sin percatarse de los dedos arrancados, Fernando buscó un cuchillo o, si tenía suerte, un hacha. Pero la suerte estaba de parte de Adriana.

La mujer encontró un afilador de cuchillos y lo agarró como una espada. Lo golpeó en la cabeza y luego intentó correr pero Fernando consiguió detenerla de los pelos. Adriana gritó y casi se cayó hacia atrás, pero se sostuvo en pie. Con una fuerza impulsada por la adrenalina, Adriana logró girarse y clavar el afilador en el torso de Fernando, por las costillas y casi hasta la mitad. Su marido se retorcía y le gritaba que era una hija de puta, que había matado a Ricky y ahora lo había matado a él.

—Tú nos mataste a los tres —le respondió Adriana con furia y lo agarró del cuello.

Adriana que nunca había visto más sangre que la que escurría de la carne cruda antes de cocinarla, casi vomitó al ver los chorros de sangre que escurrían de la cabeza de Fernando al rebanarse por el filo de la sierra. A Adriana se le antojaba como cortar pan duro con un cuchillo sin filo, era difícil pero al final cedía.

Fernando gritó tres o cuatro segundos antes de quedar mudo, aunque su cuerpo seguía retorciéndose, hasta tener la sierra a media cabeza. Habría llegado hasta el cuello, pero la sierra se había atascado, dificultando el trabajo.

Bañada en sangre, lágrimas y mocos, Adriana pateó al cadáver de su marido y rompió a llorar, pero no se quedó allí. Salió del matadero y se dispuso a llegar a la cabaña, tomaría las llaves del coche y se largaría de allí. Pero su suerte se quedó atascada con la sierra en la cabeza de su marido.

—¿Quieres tomar café, querida? También hay cigarros, aunque tú no puedes fumar porque le harías daño al bebé. Podemos charlar y tal vez Catarina haga barbacoa con la carne de Alfredo. Seguro habrá tortillas calientes. ¡Mmm, una delicia!

Adriana no lo comprendió muy bien y murió pensando que ella y su marido habían tomado una mala decisión, una muy mala decisión.

Don Eugenio dejó caer la escopeta y volvió a casa. Adriana había visto algo extraño en él, había visto sangre escurriendo de su cuello. El viejo tenía el cuello rajado pero hablaba y caminaba como si nada, como si se hubiera levantado de una siesta revitalizante. Además, lo escuchó reírse mientras caminaba, mientras ella moría. Y vio a Ricky al cerrar sus párpados, ¡estaba tan grande! Cuatro o tal vez cinco años, con una cara lindísima de angelito. Ven mami, aquí está papi. Te queremos, le dijo y ella le creyó.

 

 

EPÍLOGO.

Fernando tenía sólo un par de sietes de corazones y una tercia de tréboles (tres, cuatro y cinco) y estaba seguro que perdería esa ronda. Unas gotitas de sangre escurrieron hasta sus cartas.

—¡Hey! Cuidado, que manchas mi baraja —renegó Don Alfredo con la cara desfigurada.

—¡Aguántame, que no es mi culpa que la hija de puta me haya dejado así de cucho! —Le respondió Fernando y su cara dividida bailaba hacia los lados mientras se reía. Se encendió un cigarro y volvió a la jugada.

También estaba Don Eugenio y otros tres hombres. Todos con heridas mortales. A uno, incluso le faltaba un ojo. En la cocina estaba Catarina, con la piel de la espalda desgarrada. Estaba preparando unos bocadillos para traer a la mesa.

En la sala había otras ocho personas charlando y riendo. A una le faltaba un brazo y tenía una panza prominente, era el carnicero. También estaba la mujer del bar, abrazada del brazo de un hombre a su derecha. Los dos tenían la cabeza reventada a hachazos. Él también la perdonó, pensó Fernando cuando los vio. En el segundo piso, podía escucharse una pareja, o quizás más de una, teniendo sexo como locos. Cuando la mujer gritó por el orgasmo, Fernando reconoció el grito y rio.

—Ese puto de Daniel sí que sabe lo que hace —y todos rieron.

 

 

NOTA:

Todas las malas decisiones hacen una buena historia y si bien ésta no es la mejor, es la historia de Fernando Trujillo y su mujer, Adriana. ¿Qué más le podemos hacer sino asentir y rezar por los dos, la mujer del bar y los que están por venir?

Ciao, buenas noches y muack, muack.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    15 agosto, 2017

    Una historia muy buena, me encantan esos diálogos tan fluidos, eso le da más énfasis al texto. Un abrazo Elí y mi voto desde Andalucía

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