Ber-nar-do Ar-ci-nie-ga. En su mente, repitió sílaba por sílaba aquel nombre que, durante tantos años, no había significado nada para nadie, excepto para él, y que hoy parecía ser de vital importancia. Palabras sagradas para muchas de aquellas caras mofletudas, flacas, tersas, de momias maquilladas; distinguidas por bigotes o barbitas de candado, lampiñas o sin rasurar. Caras comunes, singulares. Enmarcadas bajo cabelleras crespas o lacias cuando no iluminadas por el reflejo brilloso de alguna calva. Ber-nar-do Ar-ci-nie-ga tuvo ganas de orinar.
-¡Nadie se moverá de su sitio hasta que la ceremonia haya concluido! -el religioso habló entre dientes al tiempo que cuidó de no perder la piadosíima sonrisa que había colocado entre sus prominentes mejillas. -¡Guarden silencio! Es un gravísimo pecado burlarse de los débiles.
-¡Ber-nar-do Ar-ci-nie-ga! ¡Aseo, conducta, aprovechamiento!
El padre Rosas sostenía entre los dedos la primera de tres medallas que habrían de serle impuestas. La señorita Fanny -secretaria personal de Rosas-, impecable y cordial como siempre, soportaba galardones y diplomas en una charolita de plata.
-¡Mira si te has ido al baño!
Con la vista clavada en la señorita Fanny, Bernardo, apenas, pudo darse cuenta de que le sería difícil caminar y subir la escalerilla hasta el escenario. Sintió los dedos del padre Mariano hundirse a la altura de su codo derecho y al momento siguiente, se encontró flanqueado por el director y su inseparable asistente, mientras que el oscuro de la sala se precipitó sobre su pequeña existencia.
Las gotas de miel de Miss Fanny flirtearon por breves instantes con los negros y duros escarabajos de Bernardo aprisionados tras los gruesos anteojos hexagonales, característica esencial de su cara. Fanny guiñó un ojo sonriendo, y él se ruborizó llevando su mente hasta el sitio donde la vejiga imploraba un mingitorio. Apretó con fuerza los músculos y justo cuando tenía controlada la situación, el padre Rosas pinchó por accidente la piel. Al instante, el pantalón gris Oxford dibujó en la zona pélvica una enorme mancha oscura que se extendió más abajo de las ingles por el interior de ambas piernas. Un murmullo atravesó la oscuridad de la sala y el director, en tono sarcástico, dijo a la concurrencia:
-¡Lástima! Acaba de perder las de conducta y aseo. -La carcajada general cayó sobre Bernardo como una lona pesada. No supo qué hacer.
Alguien le extendió con excesiva amabilidad una mano, y lo condujo, más lento de lo que él podía caminar -con todo y las ganas de ir al baño-, hasta el centro del escenario.
-Bernardo Arciniega, ¡Maestro Emérito de la… -No escuchó más. Frente al inmenso mar de cabezas que se extendían en la sala iluminada, su pantalón gris Oxford dibujó en la zona pélvica una mancha oscura que se descolgó por ambas piernas. Esperó en silencio y petrificado las carcajadas inevitables; pero el mar se erizó en una gigantesca ola que rugió para él, embravecido.





Mabel
Cuando te encuentras en una situación un poco embarazosa lo mejor es dar marcha atrás. Un abrazo Yolanda y mi voto desde Andalucía
YCAN
Gracias, Mabel. Yo creo que, en cualquier situación, uno debe tener buen plante y, siempre, dar la cara y asumir. Un abrazo, Mabel. Gracias por tu apoyo.
Esruza
¡Qué difícil parece entender y considerar a los viejos! ¿Por qué las burlas? Tal vez lleguemos allá, sólo tal vez.
Muy bueno, te doy mi voto y mis saludos.
YCAN
Hola, Esruza. No sólo a los ancianos. Las burlas entre los seres “humanos” van dirigidas a diestra y siniestra y lo triste es que -al parecer- la cosa jamás cambiara entre la especie. Un gran saludo para ti.
Luis
Triste y serio al mismo tiempo, como un payaso ecuménico. Un buen redactado y detallista texto que transporta a ciertos lugares de épocas distantes. Un saludo Ycan, y mi voto!
YCAN
Gracias, Luis. Me gustó mucho eso de “payaso ecuménico”. Gracias por tu voto, Luis. Un fuerte apretón de manos para ti.
Sosias
Lo más triste de todo es que no hay redención, no hay manera de esquivar a la vejez, a la incapacidad,a la mofa de gente sin corazón.
Gracias por recordarnos nuestro pasotismo para con nuestros mayores,nuestra insensibilidad y nuestro desagradecimiento para con nuestros ángeles.
Que Dios nos perdone.
Saludos y mi voto YCAN.
YCAN
Depende cómo lo veas Sosias: a mí me parece que, en la vida, tenemos dos grandes maestras que te proporcionan una gran sabiduría -si uno es inteligente y las comprende-: 1) la vejez y 2) la Muerte (así, con mayúsculas) y en ambos casos, tanto la propia como la ajena. Un abrazo para ti. Sosias.