El Trotavidas | Capítulo 2 | Subconsciente

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II

     Abrí los ojos muy despacio. A través de mis parpados entrecerrados solo conseguía ver un abismo de oscuridad adornado con pequeños destellos que parecían estar muy lejos. Notaba que mi cuerpo se movía muy rápido. Sentía náuseas y me dolía la cabeza. Pasaron minutos… horas… no lo sé. Después de despertar me di cuenta de que no podía respirar. Abría la boca intentando exhalar una gran bocanada de aire, pero mi garganta se cerraba cada vez que lo intentaba. Una agonía harto angustiosa inundó mi mente. Me desmayé.

 

Desperté con el sonido de vigas de hierro y tablones de madera resonando contra la ventana. Me incorporé rápidamente. Una habitación, un sitio desconocido, otra vez. La cama era muy pequeña, individual. El dormitorio: muy poco poblado de muebles; contando con una cómoda coronada por un espejo y un armario viejo. Al lado de la cama una mesita de noche finalizaba el decorado triste y escaso de la habitación.

Aparté las mantas de lino verdes que cubrían aún mis piernas y me levanté. Me vestí con lo primero que encontré: unos tejanos deshilachados, una camisa de franela y unas botas altas de un color ocre oscuro.

Crucé la puerta e investigué la casa. Había un pasillo pequeño con dos puertas: una era la del dormitorio y la otra daba a un baño. El pasillo terminaba en un salón-cocina. La cocina era antigua, con una encimera, fregadero y fogones viejos. El salón constaba de una mesa central, pequeña y baja. A la misma altura dos butacas que miraban a una televisión de culo gris.

Me sentía aturdido y desubicado. No podía dar crédito de lo que me estaba sucediendo. En menos de 40 horas había estado en dos vidas completamente opuestas.

En ese momento pensé que estaba soñando, que estaba inmerso en una pesadilla muy extraña inducida por una gran gesta de alcohol o alguna otra sustancia que distorsionara mis sueños. Después de observar por escasos segundos el salón y la cocina y tambalearme mareado, di media vuelta y regresé al baño, me puse frente al lavamanos abriendo el grifo. Rellené mis manos con agua y me eché varias veces una presa sobre la cara.

Cuando me sequé con una toalla vi que todo era real, que la pesadilla que creía que reinaba mi vida era realidad absoluta. Me senté en el sofá del salón y empecé a buscar en mis recuerdos; pesándolo detenidamente me di cuenta de que no recordaba nada que hubiera pasado días antes, solo recordaba aquel domingo con mi mujer; no recordaba mi nombre, ni el nombre de mis padres; el lugar en el que me había criado, mi infancia; ni mi edad. Tengo un vago recuerdo de verme en el espejo del baño de la casa en la que estuve el primer día y me parecía que mi rostro y mi cuerpo había cambiado desde entonces.

Empecé a ponerme muy nervioso. El corazón se me aceleraba a cada segundo que pasaba y comencé a hiperventilar. La locura se estaba apoderando de mí. Sentía mareos y nauseas, la habitación daba vuelta y seguía sin poder aplicar la lógica a todo lo que me estaba ocurriendo.

Me di la vuelta para vomitar en el váter. Me encontré de nuevo mirándome al espejo, allí, de pie, frente a frente conmigo mismo me tranquilicé un poco más. Opté por empezar a darle sentido a lo que ocurría en mi presente de entonces; por mi cara y las pocas canas que se asomaban en las raíces de mi cabello y barba, junto a las patas de gallo que rodeaban mis ojos, intuí que tendría unos 45 años casi 50. Al pensar en la edad se me vino a la mente buscar una cartera, donde estaría mi carnet, tarjetas de crédito o algo que pudiera identificarme.

En los bolsillos del pantalón no encontré nada. Busqué por todas partes hasta dar con una cartera de cuero vieja. Había un carnet de conducir: Seward parker, Mark. 49 años. Winnipeg, Canadá. También un par de tarjetas de crédito Visa y MasterCard. No las había visto nunca, pero cuando las tuve en las manos se me vinieron a la cabeza 4 dígitos muy básicos: 1357. Supuse que mi cerebro recordó inconscientemente la contraseña de las tarjetas al verlas y tenerlas en la mano. En el billetero había 25$. Lo dejé todo dentro de la cartera y la guardé en el bolsillo trasero del tejano.

Fui a la cocina a ver si había algo de café o alguna otra cosa que me despejara la cabeza. Después de abrir unos cuantos armarios lo encontré. Apoyado en la encimera, con la taza de café en la mano, miraba por la ventana. Estaba nublado y hacía frío. Mientras tanto, me devanaba los sesos intentando aplicar la lógica a todo.

Vi un taco de pósits donde el primero decía: ‘’12:30. Ben. cargamento de .308., estar en la trastienda de Bellprout 45 almacén 3 antes de las 12:15’’. – ¿Cargamento de .308? si la memoria no me falla eso era un tipo de munición para rifles de cerrojo – pensé. Entonces empecé a especula… ¿Sería un traficante de armas? ¿En que tipo de rollos estaría metido? Juzgando por la casucha que tenía no debía de ser muy bueno en mi oficio.

Fuese lo que fuese decidí acudir a la cita, después de todo no tenía nada que perder y a lo mejor algo que ganar. Miré el reloj y… ¡Eran las 11:20! Si quería aventurarme a llegar a un lugar que no conocía en una ciudad en la que no había estado jamás tenía que darme prisa. Empecé a rebuscar en los cajones de la cocina, en el salón, en todos los armarios y estanterías. Encontré un mapa de la ciudad. Me llevó varios minutos dar con la calle que había apuntado en el pósit. Me asomé a la ventana para buscar algún cartel donde encontrar el nombre de la mía para poder trazar una ruta; recorrí la acera con los ojos hasta llegar a la esquina donde había un poste verde que ponía: General 14. Cuando ya tenía situados los dos puntos, marqué con el lápiz, que estaba al lado del montón de pósit, el recorrido más rápido para llegar al encuentro con ese tal Ben.

En un cuenco que estaba al lado del cuelga-chaquetas de la entrada había dos llaves, las cogí teniendo la esperanza de que alguna de ellas abriera la puerta de alguno de algún coche, y no tuviera que ir corriendo a almacén, que estaba a 7 km.

Mientras bajaba corriendo las escaleras escuché una voz que gritaba a mi espalda:

–          ¡Peter! ¡Llevas 4 días de retraso en el alquiler! Si no me lo pagas antes de que acabe la semana te echaré yo mismo a patadas del piso.

Instintivamente, como si por propia voluntad mi cerebro tomara consciencia de la situación y yo no pudiera hacer nada, le respondí:

–          Lo siento señor Roggers, llevo mucha prisa, hablaremos cuando vuelva y le pagaré.

Cuando había acabado la frase ya estaba en la acera, extrañado por decir algo que ni había pensado. La puerta del edificio se cerró a mi espalda.

Entonces miré las llaves que había recogido del cuenco. Una era alargada, de ella colgaba un llavero que decía: ‘’Beers Jonnhy Harker’’ con una jarra de cerveza dibujada a modo de caricatura agarrada por un hombre con una escopeta al hombro. A todas luces esa parecía la llave de mi casa, entonces las guardé y me di cuenta que las otras eran un poco más grandes. En estás había un mando a distancia, en la chapa rezaba: ‘’Chevrolet’’ junto con la insignia de la marca. Fui calcando el botón a lo largo de toda la calle hasta que los faros de una camioneta roja, con rallas marrones, se iluminaron. Era una ranchera vieja, con la pintura carcomida en los relieves de las puertas y sin nada en el maletero. Me monté en ella y sobre el volante extendí el mapa de la ciudad, después de observarlo unos segundos encendí el motor y emprendí camino hacia almacén.

 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    10 agosto, 2017

    Muy buen Cuento. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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