Trotavidas | Introducción y Capítulo 1 | Despertar

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Escribo esto bajo la febril agonía de los latidos discontinuos de mi corazón, desde un plano que creo recordar lo más parecido a lo real, y por dios santo espero que lo sea. Es muy probable que cualquier que lea este escrito sienta cierto rechazo y repulsión ante la oscura verdad que intento relatar, e incluso les surja el pensamiento de estar leyendo vaga ficción y hechos completamente ficticios salido de cualquier mente enferma anónima que simplemente sentía las ganas de calmar sus demonios. Referente a estos últimos no sé muy bien si existen, lo que tengo claro es que ya no me puedo creer que todas las leyendas contadas en los libros sean simple invención.

Intentaré contarlo todo lo más concreto y conciso que pueda, pero tengo que reparar en demasiados detalles imposibles de pasar por alto por la relevancia que tienen. E intentaré seguir una línea argumentada pero los bastos dolores de cabeza que me ha provocado esta situación y la incertidumbre de no saber quién soy, que soy, cuando soy…. Me impiden pensar con claridad.

I

    

  Una mañana de verano me desperté en la cama con mi mujer. el sol entraba resplandeciente por la extensa ventana, camuflado entre cortinas moradas que había elegido ella cuando hicimos las últimas reformas. Me levanté de la cama con sumo cuidado para no despertarla y bajé al piso inferior a prepararme un café.

 

      Al cabo de un rato escuché el timbre de una bicicleta a lo lejos, el sonido repetitivo se iba acercando hasta pasar por delante del porche de mi casa. El joven que iba en la bici cogió de la cesta el Times y lo lanzó a la puerta de mi casa. Más tarde se perdió por las interminables curvas de la carretera que recorría la urbanización en la que vivía. Salí a buscarlo, me senté a leerlo en el sofá y observé una noticia destacada en la primera plana, el titular rezaba: ACCIDENTE AUTOMOVILISTICO EN LA CARRETERA COMARCAL DE LA 64, EL NÚMERO ASCIENDE A 13 VÍCTIMAS MORTALES, OTROS 4 HERIDOS PERMANECEN EN CUIDADOS INTENSIVOS EN EL HOSPITAL DE BENIHANNA.

 

     Al principio me asusté, era un número muy elevado. Mientras leía los párrafos que acompañaban al titular esperaba no haber tenido la mala suerte de situar a algún conocido entre los heridos de muerte, ni tampoco entre los hospitalizados. Por suerte no fue así, lo comprobé al repasar la noticia por completo en la página 47.

 

     Me alegré de no haber recibido un disgusto mayor a un trágico siniestro a la entrada de mi pueblo natal. Cuando mi mujer se levantó le comuniqué la noticia. Tampoco le sentó nada bien. Optamos por no darle muchas vueltas e intentar pasar un domingo agradable haciendo algo distinto al resto de la semana como de costumbre. Fuimos al parque, llevamos una manta y un par de cestas con algo de comida para almorzar sentados en la yerba cerca del estanque de los patos. Luego paseamos tranquilamente por la orilla.

 

     Al regresar a casa nos pusimos una película, la eligió ella, una comedia romántica con un argumento de lo más sencillo pero que por lo menos nos mantenía la mente ocupada en otros pensamientos.

 

     Antes de acostarme volví a darle las gracias a Dios por no haber involucrado a ningún conocido mío en el accidente automovilístico y me congratulé por el agradable día que había pasado con mi mujer.

 

 

 

     Me dormí. Mi mente empezó a torturarme con desagradables pesadillas. Soñaba que estaba en medio de una autopista. Fugaces luces de automóviles veloces me cegaban cada vez que pasaban a menos de 10 centímetros de mí. Yo avanzaba despacio, el miedo y el pavor me agarrotaban los músculos. En un fatídico instante me vi envuelto en una situación imposible de esquivar. A los dos lados tenía una caravana frenética de coches familiares pasando a más de 130 km por hora y en frente un camión se aproximaba a toda velocidad pitando incesantemente dejándome sordo y paralizando mi cuerpo. A escasas milésimas de segundo de ser arroyado por aquella bestia con ruedas me desperté.

 

 

     Me caí de una litera inestable que colgaba de dos grandes columnas metálicas, bajo esta había otra, y enfrente otras dos. Se situaban a los pies de cada par de literas unas mesitas de noche de madera, con cajones no muy amplios y una lampara demasiado pequeña como para necesitar electricidad, funcionarían a pilas.

 

     La situación me desconcertó de manera intensa, todo lo que veía a mi alrededor era completamente desconocido para mí y sentía una sensación de mareo incontrolable. Entretanto se escuchaban gritos de voces grabes, el trastear de objetos metálicos y por un momento me pareció escuchar una bocina.

 

     El umbral que separaba la habitación del afuera que todavía era más desconocido era una puerta oval con una sencilla ventanilla redonda cubierta de polvo que impedía totalmente ver el exterior. Moví el gran volante hacia el lado derecho y la empujé hacia atrás. En cuanto puse un pie fuera me situé en un largo pasillo, el suelo era metálico lleno de aperturas cuadradas que dejaban ver lo que había por debajo; tubos y mangueras de acero revestido pintadas de rojo y contadores con manecillas apuntando distintos dígitos que no alcanzaba a leer.

 

     Miré a los dos lados, en un momento me pareció ver cruzar a dos personas de un lado a al otro, en un pasillo que conectaba con el mío con una bifurcación. Escuché una voz a mi espalda:

 

       – ¡Jack! Venga, la resaca te la jugado bien esta vez. Vamos, el capitán te está esperando.

 

    ¿El capitán? – pensé, y me quedé cayado durante unos segundos, cuando este hombre de barba larga y canosa se disponía a girar para continuar su camino dije:

 

       – ¿Es a mí?

 

       – No, al fantasma que tienes a la espalda – dijo en tono burlón –. Claro que es a ti gilipollas. Mete          esos sucios pies en tus botas y sal a la cubierta, no quiero tener que hacerme responsable te tu              alcoholismo severo.

 

    Entonces se giró y se fue caminando, llevando dos cajas de madera entre los brazos, que asemejaban contener una pesada carga en su interior, mientras se alejaba me fijé que tenía tatuada en el hombro un ancla de barco.

 

     No tenía ni idea de lo que estaba sucediendo, me había dormido en mi cama al lado de mi hermosa mujer y de pronto estaba en lo que parecía un barco pesquero, habitando una sucia litera en un recóndito camarote que parecía ser compartido con otras cuatro personas, seguramente el viejo que me había hablado sería uno de ellos.

 

     Me calcé y empecé a recorrer los largos pasillos, adornados en las paredes con simples puertas o escotillas que daban a un mar oscuro y agitado. Desde el interior me fijé en que llovía y parecía aproximarse una fuerte tormenta.

 

     Al cabo de un rato di con una puerta que me llevaba al exterior, al cruzarla pude observar una cubierta con grúas de pesca que se coronaban en grandes redes, muchas en funcionamiento, obreros maniobraban con sus mandos y los pescadores separaban los nudos para sacar la carga. La cubierta estaba llena de cajas, baúles y cubas con hielo y diferentes tipos de peces y marisco.

 

    En el centro se alzaban unas escaleras que subían hasta el puesto de mando del barco. Por un momento aparté la vista de ellas y entonces, escuché una voz proveniente de allí:

 

       – Jack, preséntate ante el capitán ahora mismo, quiere hablar contigo.

 

     Cuando me volví solo pude ver a una persona que subía las escaleras hasta perderse por una puerta que daba a la sala de máquinas.

 

     Un joven que pasaba cerca, con un montón de cajas apiladas en sus brazos que le impedían ver del todo bien a donde se dirigía, se resbaló dejando caer toda la mercancía al suelo. Le ayudé a recogerlo y cuando nos levantamos le pregunté si sabía dónde estaba el camarote del capitán.

 

       – Tío, ¿llevas tres meses aquí y aún no sabes dónde está? – suspiró con resignación antes de                   seguir –. Tienes que bajar las escaleras que dan al almacén y antes de llegar al último tramo, ir             a la derecha, recorrer varios pasillos girando siempre hacia la izquierda, excepto en el del final             que tendrás que ir recto y ahí está.

 

     Cuando me dispuse a bajar escuché un grito desgarrador que provenía de la cubierta. A unos cincuenta metros de mi posición, una maquina se había vuelto loca y estaba zarandeando las redes llenas de pescado de arriba hacia abajo en periodos muy cortos de tiempo. Dos pescadores se acercaron para deshilachar las redes mientras otro intentaba, sin éxito alguno, apagar aquel montón de chatarra.

 

     La máquina seguía atrancada y un marinero se quedó enganchado en las redes. Empezó a elevarse con la máquina, el otro intentó ayudarle, pero en el momento que fue hacia él se escuchó al que estaba a los mandos de la grúa decir:

     

      – Se ha enganchado, voy a tirar del freno de emergencia para devolver la carga al mar.

 

      – ¡No lo hagas! ¡Fredy está enganchado! – dijo uno de los marineros que ayudaban al otro.

 

     Por culpa de la ruidosa lluvia y los truenos que habían ensordecido las voces de los marineros agonizantes ante el inminente desastre, el que estaba sentado a los mandos de la maquina no escuchó las advertencias y acciono el freno. La grúa ejecutó un movimiento rápido sacando la carga por el borde de la cubierta y soltando el gancho en lo más alto. Fredy se precipitó al mar envuelto en una amalgama de peces y crustáceos aún vivos y agonizantes desde una altura de 30 metros.

 

     Cuando los demás se asomaron no vieron nada, las aguas estaban demasiado revueltas, y el oleaje impedía ver mucho más lejos de la situación del barco. No pudieron hacer nada.

 

 

 

     Entretanto alguien había avisado al capitán, que ya se encontraba en cubierta, pude ver su rostro horrorizado por lo que acaba de presenciar y el resto de marineros que estaban a su alrededor no distaban mucho de la pinta del capitán.

 

     Al cabo de un rato, cuando ya había recogido todo el desastre y apagado la grúa causante del accidente, el capitán me hizo un gesto con la mano y me acerqué a hablar con él. Me dijo que, pese al terrible acontecimiento, mis actos no quedarían impunes y la falta de constancia en el trabajo me llevaría al despido en cuanto pisáramos tierra.

 

     Él siguió hablado y vociferando durante un par de minutos más. Mientras, los marineros intentaban sustituir las piezas de la grúa defectuosa. Me pareció ver a un grupo de ellos cargando unos tablones de madera en uno de los ganchos. Acto seguido solo recuerdo esos tablones aproximándose hacia mí con tal velocidad que me fue imposible esquivarlos. Me impactaron de lleno dejándome inconsciente.

 

 

Lee el próximo capítulo antes que nadie en mi

BLOG: https://lossusurrosdeunloco.blogspot.com.es/

 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    1 agosto, 2017

    Muy buen Cuento. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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