Gregorio era el más viejo de los elefantes de la manada y, por lo mismo, el más sabio. También era el más grande y pesado; pero como era muy compasivo, sus congéneres, de cariño, le decían Don Goyo. No era el jefe del clan, porque al igual que en el género humano, en el mundo paquidérmico la que manda es la elefanta. Don Goyo sabía que el final de sus días se acercaba y conocía muy bien la costumbre, aprendida de sus antepasados, de que una vez que se aproximara el fin de su existencia, los elefantes deberían buscar -y encontrar- el sitio de su última morada, sitio escogido desde tiempo inmemorial por los primeros miembros de su estirpe. Tomando las cosas con calma y resignación, se despidió de familiares y amigos e inició la larga jornada que habría de llevarlo hasta el lugar sagrado. Después de una penosa caminata, por fin llegó al sitio al que su propio instinto lo había guiado. Entró en aquel hermoso valle de un verde esplendoroso y alcanzó a distinguir, allá en el fondo, las blancas osamentas de sus congéneres. Empero, al llegar a su destino Don Goyo quedó estupefacto al descubrir, en la puerta misma del cementerio, un expendio perfectamente surtido de artículos de marfil. Desgraciadamente no había vuelta atrás.





Mabel
Poco a poco y muchas veces con crueldad van atacando a estos animales solo por el placer de obtener por mérito propio algún trofeo bien ejecutado, no sabiendo apreciar el bienestar de esta especie y ocupándose solo de la explotación y el maltrato. Un abrazo Vicente y mi voto desde Andalucía.
VIMON
Así es, mi estimada Mabel. Muchas gracias por tu visita y tus enterados comentarios. Un abrazo.
Esruza
Qué triste relato. Me gustan mucho los animales.
Felicidades Vimón y mi voto
VIMON
A mi también, Esruza, por eso lo escribí. Gracias por pasar y comentar.
Pitus
Que gran final, colega !
Un gran relato, bien sure.
VIMON
Muchas gracias, colega, merci beaucoup..!
Natalia Ikchel Rodríguez
Oh que triste… gracias por el relato.
VIMON
Gracias, a ti, Natalia, por pasar y comentar.