La noche en la que la bella Ofelia y Alfonso cenaban con los padres de ella para darles la noticia de que contraerían matrimonio, sonó el teléfono de Alfonso y luego de proferir una serie de cortantes sí, sí, muy bien, sí, entiendo, ¿ya mismo? ¿No puede esperar? De acuerdo; se despidió disculpándose y al preguntar Ofelia adónde iba, Alfonso contestó: Son cosas de hombres.
Una semana después, mientras elegían en la joyería las alianzas que llevarían de por vida, Osvaldo, el escolta, entró para decirle a Alfonso algo al oído. Éste, volteando a ver a la bella Ofelia, sonrió y le pidió que ella decidiera, que él tenía que irse; pero le dejaba el auto y el chofer la llevaría adónde ella quisiera. Cuando la futura esposa reclamó cómo la dejaba allí, así y preguntó por qué se iba. Alfonso se acercó para besarla y sólo se limitó a decir: Son cosas de hombres y salió seguido por su escolta.
Cuando se casaron por lo civil, Alfonso llegó cuarenta minutos tarde poniéndose la corbata y el saco y cuando la bella Ofelia preguntó –entre preocupada y molesta– qué había sucedido, el contrayente respondió: Son cosas de hombres.
A la semana de casados, Ofelia nadaba en la piscina de la casa de la playa en donde vivirían por algunos meses alejados del mundo. Alfonso degustaba un Mojito observando a su mujer y haciendo llamadas desde la poltrona. Cuando más admirada por Alfonso, Ofelia se creía, Osvaldo entró seguido por cuatro hombres que portaban camisas llamativas, cadenas al cuello, gruesas esclavas de oro y costosas gafas. Ofelia se acercó a la orilla y antes de que pudiera pedir información de lo que estaba sucediendo, Alfonso le dio la orden de que se cubriera el cuerpo y entrara a la casa de inmediato porque él atendería cosas de hombres. Apenas había salido Ofelia del agua, uno de los hombres nuevos de Alfonso, quien vigilaba desde la azotea, no esperó la señal acordada, abrió fuego invadido por el miedo. Dos de los de camisas llamativas cayeron muertos, otro quedó desangrándose en el piso; pero alcanzó a matar a Osvaldo; el cuarto alcanzó a brincar, tomando como escudo a Alfonso y –en esa posición– respondió al fuego, descargando su furia por tal traición sobre la mujer, quien quedó flotando sobre el agua como La bella Ofelia de Hamlet, mirando al cielo, con una hilillo de sangre escapando de su boca, sin saber por qué había muerto de esa manera, pues, lo que sucedió aquella tarde, eran cosas de hombres.
10/ 09 / 17





Mabel
Muy buen relato, me ha encantado. Un abrazo Yolanda y mi voto desde Andalucía
YCAN
Muchas gracias, Mabel.
Esruza
¡Increíble! ay qué saber con quién se casa uno, no sólo por las comodidades.
Saludos y mi voto
YCAN
Gracias, Esruza. Difícil saber con quién se enreda uno, caray. Gran saludo para ti.
VIMON
Muy buen micro. Saludos con mi voto.
YCAN
Muchas gracias VIMON. Un gran saludo también para ti.
ANTONIO A
Humor sangriento. Cosas de hombres, y de mujeres. Pobrecita. Narco corrido.
YCAN
Hola, Antonio. Jaja. Creo que no se acerca al narco corrido. Tendría que escribirlo en rima consonante y en verso octosílabo; pero sí, mucha ironía, sin duda, hay. 😉 Un gran saludo para ti, Antonio A. =)
Sosias
In crescendo con final dramático, porque eran cosas de hombres…que sufren las mujeres.
Saludos y mi voto.
YCAN
Jaja… como decimos en México: ¡Ándale, pues! Eso les pasa a las que buscan economía por encima de otras cosas que son menos tangibles y ostentosas, pero con más valor trascendente. Un apretón de manos para ti, Sosias. Gracias por tu voto ;).