Un guerrero digno

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Paul nunca había sido una persona con iniciativa.

No era un líder ni un luchador ni nada por el estilo. Rehuía las confrontaciones como a la peste y detestaba las discusiones.

No era para nada un guerrero.

Todo el mundo había hecho siempre con él lo que quería.

Desde su padre, que le obligó a estudiar económicas e insistió para que trabajara en la oficina donde se encontraba.

Lea, que también le cambió a su gusto. Su ropa, su pelo, sus gafas… todo era escogido por ella.

En su trabajo sus compañeros se aprovechaban de él, dándole todo el trabajo sucio y extra que nadie quería hacer.

Su jefe le obligaba a trabajar en los fines de semana y luego no se lo compensaba y se llevaba el merito.

Toda su vida la gente se aprovechó de su debilidad de carácter.

Por eso no entendía…

–          ¿Alger? – el puma alzó la cabeza, con la mirada somnolienta. Habían estado todo el día trabajando en la granja y decidieron descansar un rato sentándose en el granero.

–          ¿Uhm?

–          Cuando dijiste que era digno… mentías, ¿verdad?

El espíritu le miró entre confundido y ofendido. Nunca jamás en su larga vida alguien había osado llamarle embustero.

–          ¡Yo no miento nunca! – rugió. Paul siguió observándole sin comprender.

–          Pero dijiste que los tuyos solo podían unirse a guerreros dignos. Yo no soy un guerrero. – Alger volvió a dejar caer su cabeza en la paja.

–          Para ser digno hay que tener un corazón puro, un alma noble y ser un valiente guerrero. Tú cumples todas las condiciones. – sentenció.

–          No. – negó el chico con la cabeza. – No soy valiente. Para nada.

–          Bajaste a un sótano derruido solo porque me escuchaste pedir ayuda, chico. Si eso no es valor y buen corazón, es que no sé nada.

–          Pero… – el puma bufó, frustrado. Se incorporó y sacudió su pelaje antes de sentarse frente al humano.

–          Créeme cuando te digo que si eres un guerrero. A pesar de todo lo que has pasado hasta ahora, no te has acobardado. – Paul parecía a punto de protestar, así que Alger le puso una zarpa sobre la pierna, interrumpiéndole. – Ser un guerrero no se trata siempre de ser físicamente fuerte o ganar peleas. Hay otras batallas más complicadas en las que las únicas armas son tu carácter y el terreno de pelea es tu propia mente. Y esas batallas las pierden hasta los más fuertes. – el espíritu se levantó y frotó su cabeza con cuidado contra la mejilla del chico, como si fuera un gato casero gigante. – Se a quien elegí, chico. Y fue justo lo que buscaba para ser un buen berserker.

Comentarios

  1. Mabel

    11 septiembre, 2017

    En la vida hay que aprender a luchar, salir adelante por tus propios medios y no acobardarte ante el peligro. Un abrazo Eva y mi voto desde Andalucía

  2. VIMON

    11 septiembre, 2017

    Excelentes reflexiones en forma de relato. Te dejo mi voto con un saludo.

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