- ¡Deja eso ahí! Hoy estoy de celebración.
- Te sirvo una y vas que chutas – dijo Bill mientras enroscaba una botella de Jack Daniel’s – cuando me pagues lo de la semana pasada, te dejaré la botella. Hasta entonces, despídete de beber gratis aquí Joe.
- Niñato rastrero – musitó Joe mientras cogía el vaso de wiski – eres más rácano que tu jefe.
- Precisamente por él no te dejo beber más – contestó Bill – como me montes otra como la de la semana pasada te haré pagar todo lo que rompas.
- ¡Que te den! No pienso beber donde no me quieren – Joe se levantó y cogió su abrigo, que colgaba del taburete.
- ¿Dónde vas Joey? – gritó el camarero recogiendo el vaso de la barra, mientras esbozaba una sonrisa – soy el único camarero que aún te sirve en todo Newport.
Joseph Hurtk hizo oídos sordos a los insultos que salieron de la boca de sus habituales parroquianos del bar y cruzó la puerta del local. Fuera caía una de mil demonios y caminó bajo la lluvia hasta que empezó a calarle hasta los huesos. En Vermont los inviernos eran horribles por aquella época y cuando llovía, el agua caía fría como el hielo hasta empapar la ropa dejando a uno tirado en la cama por un par de semanas. Hacía tiempo que Joe no disfrutaba del placer de pasar un refriado en el calor de su hogar. Su casero lo había echado hacía dos semanas, no por falta de pago, sino porque llegaba todas las noches a las tantas de la mañana cantando For Those About to Rock; se paseaba por los rellanos gritando ‘’We salute you’’ y despertaba a todo el edifico.
Phill, su casero, y Joe eran amigos desde hacía mucho tiempo y, cuando Joe se divorció y su mujer lo echó de casa, él le dejó una habitación en su edificio. Pagaba la mitad que los demás y vivía bien. Hasta que el alcohol empezó a gobernar su día a día.
Su caso era el de cualquier borracho arruinado, su vida había caído en declive después del divorcio; su mujer lo deja tras un matrimonio que hacía aguas desde la boda – que aun así duró 14 largos año –, sus dos hijos, de cuatro y siete años, lo desprecian por gastarse el dinero de las navidades pasadas en las noches de juerga con sus colegas. Y, después de todo, para rematar la jugada, la depresión en la que había caído afecta a su rendimiento laboral y lo echan del trabajo con una simple firma para el paro y una carta de recomendación desastrosa. Al sufrir una cadena de desgracias de este tipo, cualquiera sabe que le espera al final de ese pozo tan hondo. Pasaba las noches recorriendo los tres bares que había en el barrio y acabándose hasta las copas de los demás.
Esa noche empezó su paseo nocturno más temprano de lo normal; por lo general, hacia las cinco de la mañana, Joe salía del último bar lo bastante ciego como para caminar durante horas hasta encontrar algún lugar donde dormir la mona, pasaba desapercibido por el día y volvía a beber en cuanto el sol se escondía tras las montañas. Por el día nunca lo hacía, no ingería una sola gota de alcohol mientras hubiera un rayo de luz. En el fondo, Joe sabía que su vida se estaba yendo poco a poco a la mierda, una mierda tan profunda que sería imposible salir de ella chapoteando. Por eso se dedicaba a joderse solo cuando reinaba la oscuridad en las calles, no porque pudieran verlo borracho y apestando, con la misma ropa de hace tres días y con aspecto de indigente, sino porque no quería verse siquiera a sí mismo de esa manera.
Empezó a caminar despacio bajo la lluvia, estornudó y se limpió con la manga de la chaqueta. Siguió hacia delante, con paso lento pero seguro. Iba como una cuba todas las noches y había desarrollado una forma firme de caminar sin caerse. Sabía que al final de esa calle estaba el viejo estadio de Béisbol, donde Joe jugaba con sus amigos cuando era pequeño. Su plan era recoger de la bolsa de basura, que guardaba en un callejón, una de las pocas chaquetas que le quedaban y pasar allí la noche. Al poco rato dejó de llover y ya había llegado al callejón. Se quitó el abrigo empapado y lo guardo en otra bolsa. Sacó una chaqueta marrón, larga, de piel gruesa y dura. A la salida del callejón había un banco que tapaba un balcón y no estaba mojado. Se puso el abrigo y se sentó para entrar en calor antes de emprender el camino hacia el campo de béisbol.
Empezaron a caer unas gotas.
Al cabo de un rato vio al fondo de la calle la silueta delgada de una mujer que corría entre los soportales y los balcones para no mojarse, llevaba un gorro de lana rojo y un fular de gris oscuro con lunares blancos, un chaquetón beis muy fino y una falda de tubo, junto con una media oscuras y unos tacones altos, también negros. Esquivaba la lluvia como podía y caminaba de una forma extraña. Cuando se acercó un poco más, desde su banco, Joe pudo ver que llevaba algo bajo el brazo, una especia de paquete cuadrado que intentaba tapar con su abrigo y que iba cambiando de brazo continuamente.
Ya estaba a unos pocos metros de él y cada vez llovía más. Escuchó a la joven maldecir, su voz sonaba como una pequeña nota desafinaba entre aquella orquesta de chuzos que caían con rabia sobre la carretera. Joe escuchaba desde lejos como la chica profería todo tipo de insultos hacia la lluvia y le parecía adorable. Se rio y ella lo miró, los separaban unos diez metros y dos edificios, él estaba sentado bajo el balcón de uno y ella permanecía quieta bajo el soportal de una joyería. Sus miradas se cruzaron y él se levantó, se sacó el abrigo y lo enrolló bajo el brazo. Empezó a correr en dirección a la joven muchacha y esta puso una cara que asemejaba el terror a lo que le pudiera hacer un borracho en plena noche.
- ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este? – preguntó Joe al llegar al soportal.
- Por favor, no me hagas daño – dijo ella mientras cubría el paquete con su abrigo – llévate mi cartera si quieres, toma el bolso, pero esto no…
- Eh… tranquila, no me voy a llevar nada – Joe levantó las palmas hacia la joven – solo he visto desde lejos que tenías problemas con la lluvia y he venido a ayudar.
- ¿Qué? ¡No! ¡mientes! seguro que quieres robarme – se asombró, pero pronto volvió a ponerse a la defensiva, no podía concebir la idea de que ese borracho solo buscara un poco de conversación en nochebuena –. En serio, si quieres dinero te lo daré, pero por favor no te lleves esto, esto no – la joven cubrió el paquete contra su pecho y bajó la cabeza.
- No quiero nada de ti – repitió Joe – solo he venido por si necesitabas ayuda, te hablo en serio. Te he visto apurada desde allí. ¿Qué llevas ahí?
- ¡Nada! – de pronto se escuchó un miau que se perdió en el aire con el sonido de la lluvia.
- Vaya… ¿Es un gatito? – dijo Joe mientras se acercaba a la caja.
- ¡No! Por favor, no te lo lleves.
- No me lo voy a llevar – Joe se echó hacia atrás – pero no podemos dejar que este pequeñín se moje.
La joven se quedó callada mientras Joe extendía su abrigo, que seguía totalmente seco bajo su brazo. Cogió dos de las esquinas, una con cada mano y lo tendió sobre el hombro de la joven, tapando así la cajita donde maullaba un gatito negro de ojos azules y brillantes que se asomó cuando se encontró más protegido de la lluvia.
- ¿Dónde vives? – preguntó Joe.
- No pienso decírtelo.
- Vamos, no voy a haceros nada a ti ni a tu gatito, pero como no llegues cuanto antes a tu casa y pongas a este pequeñín entre dos mantas calientes, no creo que pase de esta noche. ¿Es un cachorro?
- Sí…
- Supongo que no tendrá más de un par de meses, estos gatos necesitan mucho calor, sobre todo cuando están creciendo. Pillar un catarro no les viene nada bien – explicó Joe.
- Bueno, vivo en Yales Park, en una de las casa de la calle de enfrente.
- Vale, no está lejos, seguro que llegamos antes de que la lluvia traspase el abrigo. Corre.
Y los dos salieron corriendo del soportal, la joven aferraba la caja donde estaba el gatito y Joe sujetaba el abrigo para cubrirlos a los dos. Mientras pensaba que el catarro que iba a pillar por esa tontería lo dejaría fuera de juego por lo menos un mes.
- Gracias por ayudarme señor… – dijo la joven mientras sacaba las llaves.
- Hurtky, pero llámame Joe, no me gusta mucho mi apellido. ¡Y no hay de que! – sonrió – pon a esa fiera en un sitio calentito cuanto antes. Hasta luego
- Adiós, oye, por cierto, yo soy Lizzy. Si necesitas algo, aquí estaré.
- No lo digas dos veces. – dijo mientras se reía y se alejaba corriendo bajo la lluvia.
Al cabo de una hora llegó por fin al campo. Recorrió la valla que lo rodeaba hasta encontrar el agujero por el que solía entrar y se coló bajo las gradas lo más rápido que pudo. Pasó un buen rato hasta que, sin ningún tipo de iluminación, encontró una parte del suelo que no estuviera húmeda y allí se dejó caer, con el abrigo empapado y sintiéndose idiota por salvarle la vida a ese gato ganándose así un resfriado de los buenos.
- ¡Bueno! Si muero de una neumonía, por lo menos habré muerto por un causa noble – y se rio en la soledad de las gradas.
No, a Joe Hurtky no lo mató una neumonía. A los pocos días, en el mismo bar de la noche aquella noche, Joe sufrió una hemorragia digestiva en medio del bar, empezó a vomitar sangre y después de que el camarero lo insultara por mancharle otro taburete, consiguió reunir las fuerzas para gritarle que llamara a una ambulancia. Le hicieron pruebas de todo tipo, análisis y demás comprobaciones para acabar dándole el diagnóstico que Joe ya preveía antes de entrar siquiera por la puerta de urgencia: Cirrosis. Y de las buenas, muy avanzada, tanto que había destrozado su hígado de manera que le había dejado vivir hasta el último día en el que no pudo más y reventó. Después de eso la cosa fue de mal en peor.
Joe no quiso que avisaran a nadie, dijo que nadie podría ayudarle a pasar mejor sus últimos días porque nadie lo quería lo suficiente como para compadecerse de él. Sus amigos, no tenía, y si la gente con la bebía en el bar se consideraban amigos suyos, él no los veía como tal. Sus compañeros de trabajo lo detestaban desde que le descubrieron los ases que guardaba en el bolsillo en sus noches de póker. Su mujer… no, su mujer menos, se odiaban mutuamente, y con razones, los dos juntos habían tirado 14 años de sus respectivas vidas a un bonito contenedor con la etiqueta de TIEMPO PERDIDO. Sus hijos… no sabía ni donde estaban ni qué edad tendrían en ese momento; ni quiera si eran lo suficiente mayores como para aceptar la muerte de su padre borracho y egoísta.
El 1 de enero Jonathan Hurtky murió en el hospital Saint Ferguson y fue enterrado en el cementerio local de Newport. Al parecer, el número de su casero era el único que encontraron, anotado en un papel que guardaba en el bolsillo del tejano. Este, por la amistad que los había unido, se ocupó de los trámites y de poner una esquela en el periódico, gracias a la cual sus dos hijos se enteraron.
Se celebró un funeral en el cementerio. Al cual asistieron el cura, los operarios y el casero junto con sus dos hijos que ya rondaban los veinte y los dieciocho. Su tumba se adornó durante dos días con cuatro macetas no más grande que una caja de zapatos, de plástico por supuesto, que rezaban una frase que ni siquiera habían cambiado de la floristería: TE QUIEREN, TUS HIJOS.
Al cabo de un par de días los jardineros quitaron las flores de la tumba de Joe Hurtky y quedó la lápida desnuda, sin ninguna inscripción, solo la fecha de su nacimiento y de su muerte.
El día de reyes los periódicos volvieron a la normalidad, sin tantas noticias locas de la navidad y una joven leyó la esquela de Joseph Hurtky en el Times y derramó unas lágrimas en un bar del centro de la ciudad. Después se terminó el Expresso y salió camino de una floristería. Compró los lirios amarillos más bonitos que encontró, adornados con un par de guirnaldas rojas que se entrelazaban la maceta. Tomó el único autobús que llegaba hasta el cementerio y fue a la tumba de Joe Hurtky. Sobre ella dejó caer el precioso ramo de flores con una tarjeta que decía: ‘’Calcetines ahora me muerde las zapatillas por las noches gracias a ti. Descansa en paz salvador de gatitos. ’’





Mabel
Muy buen Cuento. Un abrazo y mi voto desde Andalucía