Carta para Ana

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Querida Ana:

Fuimos una más de esas conexiones incoherentes del destino, un disparo pueril y anacrónico del caprichoso eros; tanto que aún me pregunto cuál sería nuestra historia si nos hubiésemos conocido en otro tiempo y lugar. Sin embargo, y a pesar de que muchas veces me sentí arrastrado por tu arduo carácter hasta los bordes de mi comprensión, nunca he renegado de aquellos días que compartimos, pues durante ese periplo del alma experimenté una poderosa fuerza que me trajo de regreso a la vida, que sospechaba extinta en mí: la ilusión.

El pasado no lastima, lastima la forma en que lo evocamos, es por ello que aún, durante ese mágico momento en el que se confunden el día y la noche, tus recuerdos obstinados me persiguen: te encuentro en el viejo sillón, en el bulevar, en la poesía, en el teatro, en la cafetería de la facultad, en donde cada tarde de café y letras pacientemente soportaba tus aburridas disquisiciones sobre Moliere y la dramaturgia barroca. Bueno… supongo que San Pablo tiene razón: “El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.”

¿Por qué los designios de la vida casi siempre se oponen con ahínco a nuestros más íntimos deseos? ¿Por qué nos desbordan los pactos que celebran nuestras almas? ¿Por qué la naturaleza del amor es tan absurdamente incierta? Hoy, la calidez de un beso te revela la gloria, pero mañana, sin que tengas tiempo de meditarlo, un gélido adiós te arroja de espalda en la oscuridad.

Quizás resultó mucho tiempo para nuestras frágiles voluntades ese “para siempre” que trae consigo el amor.

Tal vez te tranquilice, tal vez te incomode, pero quiero decirte que ahora la paz interior y yo celebramos un nuevo acuerdo, y, tal como Ulises, después de mil aventuras vuelvo al punto de partida.

No sé si la providencia impida que leas esta carta, lo cierto es que la escribo con la única intensión de llenar ese pequeño y oscuro rincón que se niega a ser ocupado, en unos días más que en otros.

Gracias, Ana… Contigo descubrí que estancada el agua se corrompe, pero cuando fluye libre, a pesar del lecho rocoso, genera vida.

Posdata:

¿Te acuerdas de don Teófilo, el anciano viudo del apartamento de al lado? Pues aún me despierta los domingos a las seis de la mañana con el primer movimiento del concierto número tres de Brandemburgo. Inmediatamente después de que termina la gloriosa pieza de Bach, que reproduce a buen volumen, como siempre escucho los tres golpes en la pared. ¡Ah, viejo maldito!

Comentarios

  1. GermánLage

    17 octubre, 2017

    Hermosa carta repleta de añoranza, Gato Blanco. Excelente el funal.
    Un cordial saludo.

  2. Mabel

    17 octubre, 2017

    ¡Qué maravilla! Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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