El deseo del jardinero

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Es una semilla que como todas, se deja en la tierra, lejos de la luz, de la mirada. Cuando es pequeña no puede reconocerse, si será un árbol, un arbusto o una simple maleza. Pero van pasando los días y vemos finalmente las hojas que la delatan. Nos servimos a primer impulso, la dejamos o la arrancamos. Casi siempre dejamos las que tienen espinas, porque nos da miedo lastimarnos las manos al sacarlas. O bien favorecemos a las de apariencia hermosa, esas que nos hacen olvidar el resto del mundo para centrarnos solo en ellas. Muy pocas veces apreciamos a las que crecen lento, a las que tenemos que regar demasiado o a las que dan buen fruto pero tienen el color opaco y textura áspera. No nos gusta esperar, ni gustamos de lo carente del adjetivo hermoso seguido al nombre. Lo que no podía ser envidiado, como a tantos otros, no me gustaba. Es más, lo despreciaba.

Hace algún tiempo comencé con este jardín. Al inicio como todos deje solo las flores. Y me duraron algún tiempo, más luego sus tallos delgados se fueron doblando tanto que al tocar la tierra los pétalos se desprendieron. Aparecieron en su lugar tallos gruesos como serpientes ondulantes, cuyos colmillos venenosos invadieron todo, matando cuanto tenía. Eran terribles e imposible se me hizo plantar otra cosa. Era doloroso sacarlas y por cada rama que arrancaba dos crecían en su lugar. Me enfurecí, me cruce de brazos y deje de esperar algo de esa tierra ahora inútil, muy a pesar de que era mía y muy a pesar de que aún deseaba ver en ella algo que me deleitara.

Camine por varios lugares verdes totalmente ajenos. Caí presa de la comparación. Veía aquellos lugares mucho mejores que los que en sueños había procurado para mi. Los demás tenían rosales bellos, árboles celestiales, frutos dulces y brillantes. En cambio, yo… solo tenía mil malezas venenosas. Odiaba mi tierra así que compre una macetita de porcelana y plante una semillita de un diente de león que robe del camino. La lleve a casa y la coloque en la ventana que daba al jardín. Al menos, cuando la flor se convierta en un racimo blanco de semillas podré pedir un deseo. Era el último recurso de los jardineros sin tierra fértil, de la fe perdida y de las ilusiones rotas. Fe de tontos para algunos, para mí lo único que quedaba.

Cuando mire, una de esas mañanas de sol que me desafiaban el ánimo, el diente de león había emergido de su cuna pintada de azul. Era bastante más alto de lo que esperaba. Al momento creí que en mi frustración, habría tomado la semilla equivocada. Pero no, era aquella burbuja de telares blancos una indiscutible hija de su planta madre. Se inclino levemente con el viento, haciendo una reverencia. Era tan grande que casi pude sostenerla con ambas manos. Tan bonita que merecía sustentar mis anhelos de dotarla de nombre, uno envidiable. Sin embargo, el tallo se movió de un lado a otro, con el vaivén de un péndulo, negando mis aspiraciones. Mi pensamiento se había filtrado por mis ojos y el diente de león pudo leerlo. Me apene. Quería apropiarme de ella sin tomar en cuenta su naturaleza. Ella quería volar para desvanecerse en un montón de risas de nieve, navegar entre los vientos para encallar en otros lugares. Me lo susurro al tocar sus hojas. Y yo, a sabiendas que volvería a perder la única flor que en muchos años me había alegrado la vida la deje ir.

El deseo por sobresalir, por ser apreciado y dejar esta tierra no salió de mi boca. Esa ambición superficial se esfumo en el momento en que las semillas abrieron alas, elevándose como bandada de palomas hacia la profundidad del cielo. Mir por largo tiempo mientras se desvanecían a la distancia. Algo se me quebró por dentro. Pero no fue nada que lamentará. La escena lleno un vacío desconocido aunque no me aparto del sufrimiento de la pérdida.

No quedaba más que cerrar la ventana. Baje la mirada mientras atraía hacia mí las dos puertecillas que separan el paisaje de mi sala y vi una de las semillas estancada entre las zarzas. Intente alcanzarla desde el borde, pero fue inútil. Más remedio no tenía. Salí por la puerta hacia el endemoniado bosque de espinas con un suspiro de pura resignación. Me dolía cada paso. Se incrustaban como agujas. Ardían como llamas. Al final todo ese dolor me daba la sensación de irme convirtiendo en una de ellas, en una gigantesca zarza. Mis piernas se anclaban como raíces y de cada herida brotaba una espina. Alargue la mano que me quedaba para tomar la semilla perdida mientras todo mi cuerpo verde se volvía. La empuje apenas para dársela al viento antes de que el último dedo se transformara en una punta fina. Me desvanecí y fue puro silencio.

Cuando abrí los ojos, note que podía moverme. Tenía todo el cuerpo forrado de púas incrustadas. Con paciencia, una por una las fui desprendiendo. Note entonces la forma curiosa de cada una de ellas, como de gota. Tuve la ocurrencia de sembrarlas. Una a una las fui cobijando de tierra, hasta que desaparecieron. De alguna forma sentía que aquellas violentas plantas que me hicieron tanto daño me agradecían el sinsentido de poner esa parte suya dentro del jardín. Me levante finalmente y me encerré dentro de la casa, pensando en el porque no había tomado aquella última oportunidad de tener un nuevo diente de león en mi ventana. Le había querido tanto que lo había perdido. Y ahora solo me quedaría la imagen de su partida como recuerdo de mi último esfuerzo por ser un jardinero. Cerré la puerta con la pesada calma de la pena decidido a no salir más.

Una semana de encierro termino por volverme un poco más cuerdo. Alce la mirada hacia la maceta vacía de la ventana que como tumba tenía el deseo de venerar. Pero la sorpresa de no ver más los gruesos tallos de mi jardín espinoso, al que estaba ya tan acostumbrado llamó mucho más a mis ojos. Abrí la ventana. Sobre el manto marrón aparecían pequeñas alitas traslucidas de tonos verdosos. Eran plantas indistinguibles para mi memoria. Me alegre. No sabía si eran flores, árboles o arbusto de frutos opacos y ásperos. Eso no me importaba. Eran bellas para mí y eso era suficiente. Finalmente entendía que eso era suficiente.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    20 octubre, 2017

    Muy buen Cuento. Un abrazo Natalia y mi voto desde Andalucía

  2. Imagen de perfil de Luis

    Luis

    21 octubre, 2017

    Elaborado cuento, un saludo y mi voto-.

  3. ANTONIO A

    21 octubre, 2017

    El deseo por sobresalir, por ser apreciado y dejar esta tierra no salió de mi boca.

  4. ANTONIO A

    21 octubre, 2017

    “El deseo por sobresalir, por ser apreciado y dejar esta tierra no salió de mi boca.”
    Me gusta.

  5. Imagen de perfil de gonzalez

    gonzalez

    25 octubre, 2017

    Me gustó mucho, Natalia. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

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