Incertidumbre

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Sobre la vieja cama yacían aún vibrantes por el resiente delirio sus cuerpos, tan tibios, tan desnudos, tan desconocidos, tan cómplices uno al lado del otro.

—Dime que me quieres.

Le dijo él, con la cabeza sobre la almohada, con sus manos entrelazadas y acomodadas sobre su vientre y su mirada extraviada en el techo blanco amarillento y algo derruido del cuartucho en el que se hallaban. Ella, una joven y bella prostituta, levantó la cabeza de la almohada con lentitud y la apoyó sobre su mano abierta. Lo observo con desconcierto y curiosidad por unos instantes. Se encogió de hombros y, con tono amable y una suave sonrisa dibujada en su rostro, pronunció aquella frase épica y alucinante en torno a la cual inermes gravitamos todos:

—Te quiero. Pero —agregó ella— ¿por qué me haces tal petición?

A lo cual respondió aquel hombre de mediana edad y aire de burócrata resignado, un cliente al que ella nunca había visto antes:

—En verdad, solo lo hice para recordarme lo incierto que puede resultar el carácter de un “te quiero”: puede provenir del corazón… puede provenir del intelecto… puede provenir, por la ambigüedad de la naturaleza humana, de la nada. Debo decirte que la realidad es un gran camaleón atento y cada palabra una de sus múltiples fachadas. Tú, yo y todos los demás estamos condenados a ignorar eso que se halla ahí… detrás de cada gesto… detrás de cada acto.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    29 octubre, 2017

    Muy buen Cuento. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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