La fotografía de Gloria

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Luego de un par de intentos para encontrar la llave correcta, Gloria consigue abrir la puerta. En plena oscuridad, tantea la pared en búsqueda del interruptor de la luz, se guía por su instinto y logra iluminar su hogar. Aparta la puerta por completo con su pie derecho, entra con dificultad al departamento pues lleva consigo varias bolsas de supermercado. En una de ellas, resalta una botella de vino carmenere, es su cepa favorita.

Su piso no es muy grande, normal para la ciudad en donde vive. Con solo cinco pasos, llega a la cocina. Descansa las fundas en el mesón, el que se encuentra lleno de migajas de pan baguete y restos de lo que parece ser salami; sobras de la cena de la noche anterior.

Inmediatamente y como es su costumbre, cuelga el llavero en la pared. Detesta el porta llaves que tiene, lo considera de mal gusto pero fue un regalo de su madre, un detalle para aportar al nuevo hogar de su hija.

Gloria está agotada, ha tenido un día extremadamente duro en su trabajo, esto no es nada nuevo, sin embargo hoy en el hospital tuvieron un número inusual de pacientes.

Un rastro de ropa marca el camino de Gloria hasta la habitación, apenas ha conservado sus bragas, una comodidad que la soledad le brinda día a día.

Atrás ha quedado el tiempo en que llevaba un gran bolso, portando todos los tereques imaginables. Hoy solo utiliza una carterita con lo básico: un porta tarjetas, algo de efectivo, llaves, un brillo para labios, su móvil y un cargador, de esos que irónicamente necesitan ser cargados.

Saca su teléfono, está apagado. No se inmuta, al contrario, esto le resulta maravilloso, capaz y se ha librado de los molestos mensajes enviados por su jefe al momento de salir del trabajo.

Conecta su móvil con el cargador portátil, lo prende y revisa el Facebook mientras se dirige al baño a cepillar su cabello al frente de un espejo de pared.

Gloria no interactúa con frecuencia en redes sociales. Dedica el escaso tiempo que tiene para apenas y revisar de una sola pasada el muro general de sus contactos. A veces, cuando está de suerte, se topa con la última foto de Tefi, su gran amiga de otros tiempos, la que algún día fue su confidente y con la que cortó contacto directo por una noche de tragos que derivó en una situación incómoda, donde experimentó lo que de niña tanto le llamó la atención pero nunca se atrevió a realizar, todo por una frase que escuchó, dicha en la plaza de su pueblo en una conversa casual entre su madre y el curita de la parroquia: “los besos y caricias entre mujeres solo lo hacen las sucias”.

El grifo del lavamanos marca el compás con un goteo uniforme, esto hace que Gloria se separe de su móvil. Suelta su cabello, este estaba recogido en una apretada cola de caballo. Masajea con la punta de los dedos sus cienes y su corona -como alguna vez le enseñó su abuela- y peina delicadamente su pelo.

Al estar frente al espejo, nota que ha subido de peso. Esto la altera un poco. Años atrás salía con un tipo que tenía por costumbre señalar los defectos de su cuerpo luego del sexo.

Esto le afectó a la larga y como solución, Gloria juntó sus ahorros y depositó su confianza en las manos de un moldeador de grasa, un experto cirujano plástico que le dejó una figura curvilínea. Su pareja, el de los comentarios soeces no pudo disfrutar de ese cuerpo, ella lo botó después de la liposucción, así ejecutó su venganza.

Está haciendo un poco de frío, Gloria agarra una toalla y cubre su torso, se encuentra un poco más relajada, va camino hacia la cocina a destapar el vino que ha comprado, ella piensa que se lo merece, no todos los días se salvan tres vidas y se mejoran unas cuantas más, ella es doctora.

Mientras bebe de su copa, la única que quedaba limpia, ve en la mesa del comedor un libro bien grueso que su madre le había traído desde su casa por pedido de ella. Era un ejemplar sobre neurociencia cognitiva, tema que le resulta interesante ya que a mediano plazo piensa en realizar una maestría en ese campo.

Sostiene la copa media vacía con su mano derecha y torpemente agarra el libro con la zurda. Su muñeca cede y el libro cae al piso, rompiendo exageradamente el silencio de la noche. En sus adentros se tilda de estúpida, deja el vino en la mesa del comedor y se agacha a recoger este mastodonte. Inmediatamente se fija que se han regado algunos papeles que estaban adentro del libro. Los recoge he intenta leerlos, hasta que pegado a una de estas hojas, encuentra una instantánea. Una foto que no había visto en largo tiempo, pensaba que se había perdido.

Era ella, cuando tenía cinco años. Estaba junto a sus hermanas mayores, en el patio de su casa, en su pueblo natal, el que había dejado atrás hace varios años, queriendo armar su propia vida.

Esta foto al contrario de producirle alegría, le causó un enorme malestar, una ansiedad que apenas y es ignorada gracias al efecto del vino que estaba anestesiando su mente.

No era de las que fumaba a diario, se contenía más por estética que por salud. Sin embargo, en momentos como este, acudía al cigarrillo. Dejando la foto y su copa de vino atrás, fue a la sala y tomó un pequeño baúl de madera de roble, con detalles chapados en oro e interiores forrados en terciopelo azul oscuro, quizá la pieza más valiosa en toda su casa. Esta antigüedad tristemente guardaba un par de cigarrillos, una fosforera en buen estado y una pipa artesanal con residuos de hierba que un amigo suyo había dejado en el estacionamiento de su edifico hace una semana atrás por descuido.

Fue a la ventana y prendió el tabaco. Las primeras pitadas la sorprendieron y supieron a demonios. Una vez acostumbrada su garganta, navegó en sus pensamientos. Se acordó que detestaba su trabajo a pesar de que lo cumplía con eficacia. Este pensamiento revivió sus sueños frustrados, su pasión por el teatro, ilusión cortada en su adolescencia.

El teatro le hizo acordarse de su primer novio, un actorcete de poca monta al que conoció en una fiesta de primer año de universidad y que vio en ella una chica tímida, recelosa, con un acento de pueblerina el cual intentaba disimular desesperadamente. Él fue su primera vez en todo. En el amor, en la diversión, en la locura, en los vicios y en la violencia.

Se había servido otra copa de vino, la botella estaba casi vacía, como era costumbre en estos últimos meses. Bebía para olvidar, para hacer de la rutina algo más tolerable.

Este hábito traía consecuencias. Su madre le reclamaba cada vez que la visitaba en su hogar, no muy seguido para su suerte. Le recordaba que ella no era así, que debía tener cuidado con la bebida, que pensara en su tío Alberto, al que ella mismo ayudó a que lo ingresaran al hospital por un problema de cirrosis.

Pasa el tiempo y el vino ha dejado de existir, esto provoca una pausa en la psiquis, un gran silencio para pensar, para sufrir, para llorar.

 

¡Quizá en otra ocasión!

 

El maldito móvil ha sonado. Gloria seca su mejilla izquierda, un par de lágrimas habían superado a sus pestañas.

Aclara su garganta y responde la llamada.

– ¡¿Hola?!

– (Sonido poco audible)

– Si, mi teléfono se descargó y no vi tus mensajes.

– (Susurros)

– ¿Estás cerca de tu esposa? Ja, ja, ja.

– (Susurros)

– Olvídalo, no quiero pelear. ¿Vienes?

– (Susurros)

– Ok te espero, trae vino.

Gloria cuelga el teléfono, en su rostro se marca una sonrisa irónica, aquella que utiliza cada vez que ningunea a cualquier persona que no se muestra fría, seria, letal. Recoge su cabello con una liga de hule. Brevemente lleva un plato pequeño que había improvisado como cenicero, junto con la copa y la botella vacía de vino a la cocina; amontona estos trastes en su pequeño mesón.

Es tarde, está cansada y triste pero la noche está por comenzar.

Comentarios

  1. Mabel

    25 octubre, 2017

    Muy buen Cuento. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

  2. ANTONIO A

    26 octubre, 2017

    «Él fue su primera vez en todo. En el amor, en la diversión, en la locura, en los vicios y en la violencia.»

    Una cita perfecta. Frase envidiable.

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