La Isla (Capítulos 3 y 4 de 14)

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Capítulo 3.

Las gemelas se llamaban Laura y Leticia, y tenían veintidós. Vivían con su abuela, que ya rozaba los setenta. Sus padres habían muerto en un accidente automovilístico hacía seis años. No tenían más familia. El pibe alto y flaco se llamaba Juan, y vivía con sus dos padres. Tenía dieciocho años, y no tenía hermanos, ni tíos, ni primos… El que se había acercado con el mapa, Diego, de veinticuatro, había estado viviendo con su pareja durante varios años, pero se habían separado el año anterior, por lo cual vivía solo.

Uno a uno, nos fuimos presentando y contando nuestras historias. Los dos chicos menores, los que estaban más afectados por todo lo que estaba pasando, también eran hermanos: Se llamaban Luca y Mateo, y eran huérfanos. Vivían en un hogar para nenes menores a dieciséis años. La chica en estado de shock, Sofía, vivía con su padre. Nos contó que su madre había muerto cuando era muy pequeña, pero no quiso contarnos cómo. Nadie le preguntó, puesto que era un tema delicado. Los otros tres chicos, Pedro, Esteban y otro Juan, de veinticuatro, veinticinco y veintitrés años respectivamente, vivían solos.

Yo vivía sólo, al igual que los últimos tres chicos, y era el mayor, con un año más que Esteban. Más de uno se dio cuenta, al igual que yo, del factor común que teníamos: Todos vivíamos solos, o con poca familia. Nadie se preguntó por qué, y yo no dije nada para no asustar a nadie (sobre todo a los más chicos); Pero un pensamiento sombrío cruzó mi mente: Por supuesto que nos iban a buscar, pero gente de familias más numerosas generaría más problemas. Traté de disimularlo, pero descubrir eso me llenó de escalofríos.

 

 

 

 

Capítulo 4.

Nos adentramos en el bosque con precaución, sabiendo que no teníamos otra alternativa. El sol, que nos había castigado el tiempo que pasamos sobre la arena de la costa, ahora estaba oculto sobre la densa vegetación. Por lo menos, eso era una ventaja.

Luego de habernos presentado entre nosotros, ya nadie más habló. Seguramente, todos teníamos mucho en qué pensar, muchas cosas para procesar. Nadie habló de cómo había sido secuestrado, nadie quería revivir eso, pero todos habíamos salido del mismo lugar antes de que nos metieran en la embarcación, lo que daba cuenta de que vivíamos relativamente cerca unos de otros.

Caminábamos en fila de a dos, yo estaba al frente con Laura, mientras que su gemela venía detrás nuestro, tomando de la mano a Sofía. Luego venían los dos más pequeños, y el resto de los muchachos cerraba la marcha. El único que caminaba solo era Esteban, cerrando la comitiva. Parecía ser el más serio de todos.

El intenso olor a pino me mareaba, y me asustaba el hecho de no escuchar ningún ruido más allá del que producíamos nosotros. ¿Acaso no había animales en el bosque? ¿…o insectos? De repente, un brillo me cegó, y le indiqué al grupo que se detuviera. Todos miraron asustados, siguiendo la dirección de mis ojos. Sobre uno de los pinos, casi a la altura en donde comenzaban las hojas, había una hoja de papel, clavada al tronco mediante un puñal.

— Juan… —Me di vuelta y busqué al miembro más alto del grupo.

— ¿Qué? —Me contestó él.

— ¿Qué? —Me contestó desde atrás suyo el otro Juan, que si bien era cinco años mayor que su tocayo, medía como mínimo dos cabezas menos.

Los miré a los dos. El más alto dijo lo más inteligente de acuerdo a la situación.

— Pueden decirme Martín. Es mi segundo nombre. Y así no nos vamos a confundir.

— Perfecto. A vos te llamaba, Martín… ¿Llegás a agarrar esa hoja? —le indiqué, señalándola, puesto que algunos todavía no la habían visto.

— Voy.

Se paró sobre las puntas de sus pies, y tomó el puñal a la par que la hoja. Leyó la nota, y su semblante se empalideció. Sin decir palabra alguna, me la pasó a mí. La leí en voz alta para el grupo.

— “Vayanse”.

— ¿De verdad dice eso? —preguntó Luca, el menor de los hermanos, claramente asustado.

Asentí, y le pasé la nota. Luego se la dio a su hermano. Uno a uno, todos leyeron los trazos irregulares de la única palabra escrita en esa hoja amarillenta.

— Me pregunto quién la habrá dejado…—murmuró Juan, ahora Martín, más para sí mismo que para nosotros. Luego levantó la vista, y se dirigió al grupo. — Los tipos que nos dejaron acá, no pudieron haberlo hecho. Quiero decir… ¿Para qué? Si nos dejan acá a nuestra suerte y nos dan un dibujo en donde nos indican que crucemos el bosque, ¿para qué dejar esta nota? ¿Para asustarnos?

— ¿Entonces quién decís que la dejó? —le preguntó Leticia.

Martín tomó la nota, la miró durante unos segundos, la dobló y se la guardó en el bolsillo trasero de sus jeans. Se guardó el puñal también, sosteniéndolo con el cinturón, como si fuera un cazador en uno de esos programas ambientados en entornos naturales.

— Alguno como nosotros. Imaginate que estos tipos hacen lo que hicieron con nosotros con varios grupos de gente cada mes, o cada año… No importa la frecuencia. Quizás alguien que estuvo en la misma situación que nosotros nos está avisando que no vayamos hacia donde nos indica el mapa.

Todos asintieron. Era algo posible.

— Entonces… No deberíamos ir. —Susurré.

— Por supuesto que no. —dijo Martín. — Sugiero que demos un rodeo. Sea lo que sea que haya en cuanto termina el bosque, si hay gente esperándonos, van a saber por dónde saldríamos. Si damos un rodeo por acá —posó su dedo en el mapa de la isla y lo deslizó trazando una curva desde nuestra posición hasta el destino marcado—nos podemos acercar con cuidado y ver qué onda. Si lo que hay ahí no nos gusta…

— Nos secuestraron y nos tiraron acá. Mataron a un chico hace una hora. ¿”Si lo que hay ahí no nos gusta?” Es obvio que no nos va a gustar. — lo interrumpió Pedro.

— Es verdad, tenés razón. Pero eso es lo que digo, podemos ver qué hay ahí, y alejarnos. Ir hacia otro lado.

— Es un buen plan. —le dije— Pero debemos admitir que no hay adónde ir. Si no podemos escapar, ¿qué hacemos? ¿Buscamos una cueva y nos quedamos a vivir ahí?

Todos nos quedamos en silencio por un rato. No había respuesta posible. Leticia posó sobre mi hombro la mano con la que no estaba tomando a Sofía.

— No sabemos lo que va a pasar. Pero tenemos que movernos. Quedarnos acá no nos va a ayudar. Si nos movemos, quizás se nos ocurra qué hacer.

Me di vuelta, y la miré. Le agradecí mentalmente por ser tan sensata y evitar que el desánimo se apoderase de nosotros.

— Tenés razón. Hagamos lo que dice Martín. ¿Están todos de acuerdo?

Todos asintieron, y nos dimos vuelta para continuar caminando. Desde el fondo, nos llegó la voz de Esteban.

— Yo voy a ir directo.

Todos nos detuvimos en seco. Nos dimos vuelta y lo miramos. Esteban era el más alto después de

Martín, y tenía una figura atlética, con los músculos bien marcados. En la playa, daba un aspecto serio y adusto, pero en ese momento, con las manos en los bolsillos mientras miraba hacia el suelo, parecía apenas un niño.

— No tiene sentido tratar de poner las reglas. Así como mataron a ese pibe en la playa, tan fácil nos podrían haber matado a todos nosotros… Si esto fuese simplemente un secuestro, no lo hubieran matado. Nadie va a pagar un rescate por alguien muerto. Si nos dejaron acá y se fueron, si se tomaron todas las molestias de capturarnos y transportarnos sólo para irse en cuanto pisamos la playa… Lo que digo es que no importa lo que hagamos. Estamos muertos de todos modos.

Sofía abrazó a Leticia, asustada. Laura abrazó a los hermanos pequeños. Martín y yo nos acercamos a Esteban para hablar sin que escuchen los menores.

— Estás asustando a todos. — le dije.

— Perdón. No quise hacerlo.

— No seas boludo. Ir ahí directamente es un suicidio. — Martín susurraba para que nadie más que Esteban y yo lo escuchemos.

— Como yo lo veo, en esta situación ir a cualquier lado es un suicidio. —Esteban sacó las manos de sus bolsillos y comenzó a frotárselas entre sí— No sabemos si nos van a matar cuando lleguemos allá, y no sabemos qué carajo hay en el resto de esta isla de mierda. Si voy a morir, prefiero que sea rápido y sin dolor, y no pasando varios días vagando por este lugar. Y si ir a ese lugar no implica mi muerte, ¿para qué dar un rodeo? No tengo ganas de andar jugando con mis probabilidades.

Martín y yo nos miramos. Lo que Esteban decía no carecía de lógica. Pero nadie en el grupo, incluidos nosotros dos, quería ir hacia el lugar marcado en el mapa sin dar un rodeo previo.

— Te entiendo. Pero nosotros vamos a continuar con ese plan. Y no puedo decirte qué hacer, pero te recomiendo que te mantengas con nosotros. Juntos, tenemos más chances de salir de ésta.

— ¿Y de verdad pensás que vamos a lograr salir?

Me quedé callado. No tenía respuesta para eso.

— Voy a ir directamente. Ustedes den la vuelta esa que están planeando. Si todo sale bien, nos encontramos ahí. Si allá hay gente esperando para matarme, o venderme como esclavo, o lo que carajo sea estén pensando hacer, mejor acabar con eso de una vez que andar dando vueltas por un bosque sin comida durante varios días.

No iba a intentar convencerlo de hacer lo contrario. Ni yo, ni nadie, así que Esteban siguió por el sendero que estaba marcado sobre la hierba, mientras que el resto dimos un rodeo. Ni a mí ni a Martín nos había gustado la conversación que tuvimos, pero no le dijimos nada al resto del grupo.

Tampoco nadie preguntó. En una situación así, era algo entendible el hecho de que cada uno se preocupase sólo de sus asuntos. En poco tiempo desde que habíamos desembarcado, nuestro grupo de doce personas pasó a ser de diez. Para el siguiente amanecer, sería de apenas siete personas.

Tras pocos minutos, además de no verlo, también dejamos de escuchar las pisadas que hacía Esteban. Me dije a mí mismo que probablemente nunca lo volvería a ver. En vista de cómo terminó resultando todo, admito que me hubiera encantado haber estado en lo cierto.

Comentarios

    • Juli

      11 octubre, 2017

      Gracias, Germán. Un gran abrazo !

  1. Mabel

    9 octubre, 2017

    Muy buena historia! Un abrazo Julián y mi voto desde Andalucía

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