La Isla (Capítulos 6 y 7 de 14)

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Capítulo 6.

Caminamos en silencio, porque si comenzábamos a hablar, terminaríamos hablando sobre lo que sea que Mateo haya visto entre los árboles. Y como él seguía callado, seguimos su ejemplo. Con los años aprendí que la mayoría de la gente prefiere no hablar de las cosas que los asustan.

Me pregunté si alguien estaría buscando a los muchachos que estaban conmigo. Yo sabía que nadie me estaba buscando a mí, puesto que tan solo me había ausentado un día. Quizás esa misma noche alguien notaría que no había ido al trabajo, ni usado el celular en ningún momento, ni había hablado con nadie… Pedro, Diego y Juan, e incluso Esteban, corrían la misma suerte que yo. Pero el resto de los chicos sí vivían con alguien. ¿Cómo reaccionaría su familia? ¿Los estarían buscando ya, o comenzarían en unos días?

¿Y si nunca los volvían a ver?

¿Y si nunca nadie me volvía a ver a mí?

Sacudí la cabeza, intentando alejar esos pensamientos. No ayudaban en nada. Martín me dirigió su mirada, por encima de las cabezas de Mateo y Luca, y pude ver, por la desazón que mostraba, que estaba pensando algo parecido a lo que estaba pensando yo. Sentí que, en cualquier otra situación, hubiésemos sido grandes amigos.

En menos de dos horas, tal como había predicho Pedro, llegamos al lugar marcado en el mapa. O eso parecía al menos: A lo lejos, bajando por la colina en la que nos encontrábamos, había una cabaña. Era grande, y era la única cosa hecha por el hombre que habíamos visto desde que nos alejamos de la costa. Tenía un aspecto rústico, pero parecía bien hecha, y no debía de tener más de treinta años.

— Bien… Acá estamos. — dijo Pedro — ¿Qué conviene hacer? No veo a nadie.

— Si nos quedamos acá, no puede vernos nadie desde la cabaña. —dijo Martín, luego de analizar el ángulo con el cual se alzaba la tierra sobre la que estábamos parados. — Pero si comenzamos a acercarnos, y si es que hay alguien, nos van a ver.

— ¿Y si esperamos a que se haga de noche? — sugerí yo.

— Ni loco. La idea sería refugiarnos para cuando se haga de noche.

— Diego tiene razón, José… —me dijo Laura. — Además, hay un animal suelto, lo escuchamos en el bosque. Me gustaría estar en el interior de esa cabaña cuanto antes. De acá no se ve movimiento. Casi que parece vacía.

Todos agudizamos la vista. En efecto, parecía vacía.

— Pero si no está vacía…

— Ya sé— me interrumpió la gemela— pero no quiero quedarme acá esperando. Propongo que votemos.

Y votamos. Mateo, que seguía sin hablar, se apresuró a levantar la mano cuando Martín preguntó quién sugería ir en ese momento hacia la cabaña. Su hermano levantó la mano también, junto a las gemelas, Sofía y Diego.

De modo que, una vez más, nos dispusimos a reanudar la marcha. Pero nos detuvimos a los pocos pasos. A lo lejos, vimos la figura de una persona que salía del bosque y se dirigía a la cabaña.

Asustados, nos quedamos quietos, hasta que Sofía lo identificó.

— ¡Es Esteban!

— ¡Es verdad! —dijo Laura. Puso sus manos alrededor de su boca, para dirigir el sonido, y se llenó el pecho de aire para gritar. — ¡Est…

Le tapé la boca justo a tiempo. Me miró, sorprendida, y sólo bajé la mano en cuanto supe que ya no iba a gritar.

— No es buena idea. Tenemos que pasar desapercibidos. Gritar no es la mejor idea.

— Es verdad. Perdón.

— Vamos. Es seguro ir.

— ¿Cómo sabes? —Laura, ahora de espaldas a la cabaña, no había visto lo que el resto sí.

— Porque esteban entró y salió, y no le pasó nada. Miralo.

Laura se dio vuelta y lo vio. Aún a lo lejos, se lo vislumbraba bastante bien. Incluso estaba comiendo lo que parecía una manzana verde o una pera. ¡Había comida en la cabaña!

Nos dirigimos a la cabaña, con algo de entusiasmo, pero aún recelosos. Nadie se olvidó ni por un segundo de la situación en la que estábamos. Pero fuimos hacia allá, de todos modos. Que idiotas.

 

 

 

 

 

Capítulo 7.

El terreno entre la colina y la cabaña seguía siendo desnivelado, y había una segunda colina en el medio. De modo que cuando llegamos a la base de la misma, la cabaña quedó momentáneamente fuera de nuestro rango de visión. Justo en ese momento, escuchamos el segundo grito. Pero esta vez, el grito estaba cargado de terror, y era humano. Era, sin lugar a dudas, de Esteban. Lo miré a Martín, y vi que estaba tan asustado como yo. El resto del grupo, lo mismo. Pero seguimos adelante. Estábamos en un estado inconsciente, producto de la sed, el hambre, el calor, el estrés de la situación… No sabíamos qué iba a pasarnos, pero queríamos apresurarnos. Cualquier cosa era mejor que estar quieto esperando que algo o alguien cayesen sobre nosotros.

En cuanto volvimos a recuperar la visión de la cabaña, notamos que Esteban no estaba. Quizás estaba dentro de la misma, o quizá se había internado en el bosque una vez más, luego de ver lo que sea que haya visto para gritar de ese modo. Nosotros continuamos con la marcha, aunque echando miradas hacia todos lados en busca de cualquier peligro.

Martín y yo charlábamos con los pequeños, intentando contarles chistes o distraerlos con cualquier tema, para que no piense en la situación en la que estábamos. Leticia hacía lo mismo con Sofía. El resto caminaba en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos.

Finalmente, llegamos a la cabaña. No se oía ningún ruido. No había nadie cerca.

La construcción parecía sólida, pero se evidenciaba su simpleza. Tenía algunas aberturas, pero no eran ni puertas ni ventanas; eran, simplemente, huecos. El techo de paja se desparramaba sobre los troncos apilados, y el olor a madera hasta resultaba agradable. Pedro espió el interior mediante una de las aberturas, y yo hice lo mismo. No había señales de Esteban. En el interior de la cabaña no había más que montículos de paja y una mesa tosca sobre la cual había una gran variedad de frutas.

De modo que entramos al recinto y comimos. Casi sin pensarlo. Las frutas parecían recién cosechadas, y en un primer momento nadie pensó en lo curioso que era el hecho de que estén ahí.

Cuando saciamos nuestra hambre y sed, Juan dijo en voz alta lo que todos, en mayor o menor medida, estábamos pensando:

— ¿Cuál es el chiste de dejarnos en esta isla y dirigirnos hacia una cabaña en la que encontramos comida?

— No sé. — le contesté. Miré al resto del grupo. —pero ya comimos, y ya vimos que no hay nadie. Propongo que sigamos caminando y busquemos algún lugar hacia dónde ir. Por algo Esteban pegó semejante grito. No estamos seguros acá.

— ¿Y en dónde vamos a estar seguros? —Me increpó Diego— Si hay animales sueltos, y si son salvajes… Vamos a morir de cualquier modo, estemos en donde estemos.

— Y si lo que hay son humanos, eso va a ser peor. —Le contesté— Pero esto me suena a señuelo. Fijate que Esteban estuvo unos minutos acá solo, y luego algo o alguien lo hizo gritar así. Propongo que nos vayamos antes de que nos pase lo mismo que le pasó a él.

Diego lo pensó por un segundo. Tenía una expresión en el rostro que daba cuenta del cansancio que sentía, pero la sensación que más expresaba era que ya se había rendido.

— Vayanse, si quieren. Yo me voy a quedar. Al menos acá no me pega el sol, y hay comida.

— No seas boludo—le dijo Martín— En uno o dos días se va a acabar la comida. Si es que no te pasó nada hasta entonces. Vení con nosotros, ya está, ya vimos que acá no hay nada, ahora vayamos a otro lado.

— ¿Y para qué? Eventualmente, algo malo nos va a pasar. Estas no son unas vacaciones. ¿De verdad piensan que van a salir de ésta?

— Con esa actitud, seguro que no. —le contestó Leticia, mientras abrazaba a su hermana por los hombros.

— Vayanse. — repitió Diego. —ya me cansé de todo esto.

Todos lo pensamos por un tiempo. En mayor o menor medida, supongo que todos nos sentíamos desanimados. Pero queríamos sobrevivir, y permanecer quietos en ese lugar no parecía la mejor opción. Nos tomamos un tiempo en recoger algunas frutas para el camino, e intentamos convencer a Diego de que continúe con nosotros. Él no cedió. Fue la última vez que lo vimos.

Comentarios

  1. Mabel

    11 octubre, 2017

    ¡Impresionante! Un abrazo Julián y mi voto desde Andalucía

  2. GermánLage

    12 octubre, 2017

    Sigamos viviendo, pues, con ellos la inquietante aventura.
    Un abrazo, Juli.

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