La Isla (Capítulos 8 y 9 de 14)

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Capítulo 8.

 

Ya comenzaba a oscurecer cuando alcanzamos una colina bastante alta, desde donde todavía podíamos vislumbrar la cabaña. Diego estaba sentado afuera de la misma, comiendo algo.

Nos detuvimos, y decidimos detenernos por ese día. No era aconsejable vagar de noche por esa zona inexplorada, y desde donde estábamos podíamos llegar a ver cualquier cosa que se nos acercase. No era un plan perfecto, pero era la mejor idea que se nos ocurrió.

Yo me ofrecí a quedarme despierto mientras el resto dormía. Haría la primera guardia. Todos se acomodaron como pudieron sobre la hierba, y en cuestión de minutos se quedaron dormidos. No podían ser más de las siete u ocho, pero ese día nos había agotado a todos.

Yo me senté en el pasto, y traté de cubrir la extensa zona de hierba que se extendía entre nosotros y el bosque. Cada tanto, me daba vuelta y miraba las colinas que continuaban hacia las montañas lejanas. No parecía haber nada. No se escuchaba ningún ave, ningún animal, ningún insecto… Ni siquiera se oía el ruido que hacen los grillos en terrenos como en el que estábamos. Eso era una de las cosas que más intranquilo me tenía.

Y entonces, antes de que el sol se ocultase por completo, vislumbré dos siluetas cerca de la cabaña. Eran personas, o parecían personas… Eran muy altas (sobrepasaban con facilidad el techo de la cabaña) y sus extremidades eran más largas de lo común. Eran figuras desproporcionadas.

Se dirigían a la cabaña. En donde estaba Diego. Deseé poder hacer algo, pero no había nada dentro de mis posibilidades. Me di vuelta y zarandeé a Martín, indicándole con un dedo sobre mis labios que no hiciera ruido. Se incorporó rápidamente y le señalé la cabaña. En cuanto vio las figuras, me miró con un dejo interrogatorio en sus ojos. Entendí la pregunta no formulada que me hizo.

— No sé qué son…— le susurré, para no despertar al resto del grupo. —Parecen humanos… Pero a su vez no. O puede ser que la distancia y la oscuridad distorsione eso. Pero el punto es que son dos, y Diego está solo… Algo le va a pasar.

— No podemos hacer nada. —dijo, con bronca.

— No. Le dijimos que venga con nosotros. Él eligió quedarse. No es nuestra culpa.

Martín me miró. Vio que yo también sentía bronca, que también estaba preocupado por Diego. Asintió, y nos quedamos callados, mirando como esas dos siluetas entraban en la cabaña. Apenas unos segundos después, el viento nos trajo el ruido débil y lejano de un grito. Duró unos pocos segundos, y luego sólo hubo silencio.

 

 

 

Capítulo 9.

 

Por suerte, nadie se despertó. Martín y yo nos miramos, asustados. Si esa gente venía hacia donde estábamos nosotros… O si había más de ellos…

— No podemos escapar. Quiero decir… No podemos hacerles frente. Nuestra única chance de sobrevivir es no cruzarnos con ellos. E intentar escapar. —saqué el mapa y me puse a estudiarlo. —Hay zonas que no están dibujadas. Desde esta costa—señalé el primer lugar de la isla que habíamos pisado—no se ve tierra firme. Pero si hay más costa por acá o por acá—marqué con mi dedo el oeste y el noroeste del mapa, obviando las montañas que se veían dibujadas al noreste—  quizá si veamos algo hacia lo que podríamos escapar. Todos sabemos nadar. Si está a una distancia razonable… Incluso si no lo está. Es nuestra mejor chance.

Martín lo consideró durante unos segundos.

— Supongo que tenés razón. Pero son varias horas de caminata, eso sumado a que tengamos la suerte de ver alguna otra isla, y poder nadar hacia ella. No vamos a aguantar tanto. Y menos los más chicos.

— Ya sé, pero podemos hacernos cargo de ellos. Además, si ahora duermen bien, en cuanto se haga de día podríamos comenzar a caminar. En situaciones así, la gente saca fuerzas de donde no tiene. Es el instinto de supervivencia.

— Eso pasa en las películas. Miralos.

Miré a Mateo, a Luca y a Sofía. E incluso las gemelas; todos tenían un aspecto deplorable. Estaban muy agotados. Pedro y Juan tenían un aspecto más normal, pero si se sentían como yo, sin duda no aguantarían mucho otro día a puro esfuerzo.

— Sí. Tenés razón. Pero no nos queda otra. Prefiero agotarnos hasta el límite y sobrevivir, que quedarnos acá esperando a que nos atrapen.

— Y yo coincido con vos. Pero… ¿No te parece rara la situación?

— ¿A qué te referís?

— A que nos dejaron acá, y se fueron. Y sólo atacaron a Esteban y a Diego en cuanto se quedaron solos. Quiero decir, somos diez personas…—Martín miró hacia la cabaña, y se corrigió—nueve, solas y desarmadas. Lo único que tenemos es el puñal que encontramos en el bosque. Quienes quieran que sean los tipos que nos esperaban acá, pudieron estar esperándonos en la playa cuando bajamos del barco. Pero no. Están jugando con nosotros. Nos están cazando, uno por uno.

Lo miré, boquiabierto. Quizás había descubierto la situación en la que estábamos.

— Siguiendo esa lógica, la cual es posible… —le dije— mientras estemos todos juntos, no nos va a pasar nada, ¿Verdad?

— Sí, y también esto es una joda, y en media hora van a salir tipos con cámaras diciendo que nada de esto es real. Pero bueno, soñar no cuesta nada, ¿no?

Me reí. Aún en esa situación, él era un tipo gracioso. Le pregunté la única duda que me estaba carcomiendo el cerebro.

— ¿Vos creés que podríamos salir de ésta?

El me miró. Suspiró, y comenzó a hablar, mirando hacia el horizonte.

— No sé. Pero quisiera creer que, en caso de no lograr salir, aún conservaría mi humanidad. Lo que quiero decir…—dijo, al ver que lo estaba mirando perplejo—…es que no quiero salvarme yo, cagándome en los demás. Me gustaría saber que hice lo posible para que todos estén a salvo, no sólo yo. —Me dirigió una mirada firme— Y por eso me caés bien. Sé que vos compartís ese pensamiento. Lo demostraste.

— Sos un gran tipo. De verdad.

Él se rio, e hizo un ademán con la mano, como diciendo “dejalo estar”.

— Andá a dormir—me dijo—yo vigilo un rato. Me fijo bien que no se nos acerque nadie. Después voy a despertar a Juan o a Pedro para que me cambie el turno. Necesitamos dormir bien, aunque sea unas horas, si mañana vamos a seguir con ese plan.

Se me vino a la cabeza que todos los planes que habíamos realizado ese día nos habían conducido a esa situación de mierda. Si no hubiésemos visto a Esteban en la cabaña, quizás no nos hubiésemos animado a ir hacia la misma, y ahora Diego estaría vivo… Probablemente, tanto él como Esteban estaban muertos. Y ahora todas nuestras vidas corrían peligro.

Pero no quería compartir esos pensamientos con Martín. No quería preocuparlo más de lo que ya estaba. De modo que asentí, le palmeé la espalda, y me acomodé en la hierba. Me puse a pensar en cómo en tan sólo veinticuatro horas mi vida había cambiado por completo. Recé para tener la oportunidad de volver sano y salvo a mi casa. Quería ver a mis amigos una vez más, a mi familia… Mierda, ni siquiera había sido padre. Ni siquiera había conocido a la persona con la cual querría convertirme en uno. No quería morirme, no aún.

Y tampoco quería que le pasara nada malo al resto del grupo. En cierta forma, me sentía responsable por ellos. Sobre todo por los más pequeños. Al comienzo del día, éramos doce personas, y ahora éramos nueve. O diez, si Esteban había sobrevivido. Aunque, a juzgar por el

grito que habíamos escuchado más temprano, realmente lo dudaba.

Comentarios

  1. GermánLage

    12 octubre, 2017

    Nuevos elementos de intriga siguen msnteniendo elninterés intacto.
    Un abrazo, Juli.

  2. Mabel

    12 octubre, 2017

    Muy misterioso. Un abrazo Julián y mi voto desde Andalucía

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