Notre Dame

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Entrar a la Catedral de Nuestra Señora de París, en Francia, es sin lugar a dudas una de las experiencias más conmovedoras que puede vivir un ser humano. Este majestuoso templo, cuya construcción se inició en el siglo XII y que sufrió una casi total desacralización durante la Revolución francesa, a finales del siglo XVIII, se yergue como una de las obras maestras de la arquitectura gótica francesa, orgullo de Francia y del Mundo. Así pensaba de manera muy ilustrada Antonieta, en el momento de traspasar el umbral de la Puerta del Juicio Final, para adentrarse en la grandeza renacentista de la nave central del mayor templo católico del mundo. Apenas unos cuantos años atrás, la sede del arzobispado francés había celebrado jubilosamente sus 750 años de existencia, tres cuartos de milenio, ni más ni menos. Estos cultivados pensamientos retumbaban en la mente de Antonieta, al igual que sus pisadas, ensordeciendo virtualmente el recuerdo de su escabrosa relación con el candidato de la oposición a la presidencia de la República, no por otra cosa, sino porque don José Vasconcelos era casado, y una vez aceptada la fullera derrota a manos del gobierno, decidió volver con su familia y olvidarse de su desquiciado amor. Arrumbados en la nave del olvido se arrinconaban también los recuerdos de su familia, especialmente los de su padre Antonio Rivas Mercado y su gentil ocurrencia de plasmar los rasgos del rostro de su hermana en su máxima obra, la figura del Ángel de la Independencia, que coronaba la columna erigida hacia poco tiempo para conmemorar el primer centenario de la independencia de México. El rostro de la hermana de Antonieta quedaría así inmortalizado en la escultura que pronto se convertiría en el máximo emblema de la capital mexicana. Tampoco le mereció atención especial el recuerdo de su hijo extranjero, producto de su desarticulado matrimonio con un periodista norteamericano que había venido a México a luchar al lado de Pancho Villa, para desaparecer después en los vericuetos de la historia. Menos aún la memoria de su madre, a la que siempre adoró, pero que siempre la despreció por ser morena. Bueno, ni siquiera su profunda amistad con el pintor Diego Rivera, de quien había sido íntima amiga y generosa mecenas. Nada. Ninguno de estos velados pensamientos turbaba su entrada, física y espiritual, en el sagrado recinto de Nuestra Señora de París, porque Antonieta tenía un sólo pensamiento en mente: deshacer el pasado y construirse un futuro eterno al lado de su verdadera madre. Eso fue lo último que pensó cuando postrada ante el altar de la Virgen de Guadalupe se persignó, apuntó el cañón de la pistola hacia su corazón y jaló del gatillo.

Antonieta Rivas Mercado murió el 11 de febrero de 1931 en la Catedral de Nuestra Señora de París, a los treinta años de edad. No se encontró carta explicatoria alguna. El eco del disparo retumba todavía entre las naves del templo.

 

Comentarios

  1. Sosias

    6 octubre, 2017

    Hola, Vimon.Que buen relato.

    La grandeza de la historia en manos de un ilustrado, tiene un protagonismo especial.
    En unas pocas lineas nos cuenta una parte importantísima de la historia de México de forma excepcional.

    Saludos y mi voto.

    • VIMON

      6 octubre, 2017

      Me alegra que te haya gustado, Sosias, y agradezco mucho tus gentiles y estimulantes comentarios. Saludos.

  2. Mabel

    6 octubre, 2017

    Una hermosa y conmovedora historia, una belleza pasear por esa catedral y contemplar en sus muros como la historia está llena de vida. Un abrazo Vicente y mi voto desde Andalucía

    • VIMON

      6 octubre, 2017

      Así es, Mabel. Mil gracias por tu visita y un abrazo.

  3. Ratón

    8 octubre, 2017

    Excelente historia. No sabía que Antonieta hubiera estado vinculada con Ambrose Bierce.

    • VIMON

      9 octubre, 2017

      Así es, mi estimado Ratón. Gracias por pasar y comentar.

  4. Ricki

    10 octubre, 2017

    Grandiosa historia. Es un placer leerte. Un saludo y mi voto

  5. GermánLage

    18 octubre, 2017

    Excelente narración de unos hechos, por lo que se ve, históricos, pero que yo desconocía.
    Un cordial saludo, Vimon.

  6. Natalia Ikchel Rodríguez

    21 octubre, 2017

    De verdad que te voy a tener como una de mis recurrentes inspiraciones. Me encantan tus finales y su contraste tan marcado con el desarrollo de la historia.

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