Apuntes sobre Don Quijote

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El Quijote es un libro que no le puede gustar a tanto intelectual sin arraigo y sin entusiasmo como pulula por el mundo académico de la filosofía. Curas y barberos de la “filosofía primera” que estarían dispuestos a quemar los libros de “simple ideología” tampoco parecen los más indicados para la comprensión entusiasta y sentida de la novela cervantina. En ella tenemos la expresión literaria quintaesenciada y representativamente elemental y terminante del problema de las relaciones entre cultura y vida. No puede, por tanto, este libro gustar a tanto filisteo intelectual como hay que reniega del problema de las relaciones entre cultura y vida porque lo considera de procedencia sentimental ingenua.

Esta incompatibilidad señalada entre el Quijote y cierta clase de filisteos intelectuales es solo un ejemplo de cómo este libro es capaz de revelar el valor cultural último de la sensibilidad del lector que se acerca a él. Estamos ante el Quijote situados ante un problema elemental en su universalidad y grandeza que mostrará nuestro carácter ideológico esencial y su valor según sea nuestra respuesta a él y según nuestra alma sea capaz de descender más o menos en la profundidad que nos abre.

El problema de las relaciones entre la cultura y la vida es un problema del hombre real situado en su circunstancia y no de la razón puramente desmundanizada y perdida en sus abstracciones. Es, por tanto, un problema ideológico del hombre de carne y hueso, al que invocaba el quijotesco Unamuno, y no un problema de la razón para profesores especializados. Don Quijote es ideología, es decir, problemática real y verdadera del hombre existente situado en su circunstancia histórico-social positiva, no es filosofía de los razonadores abstractos que intentan pasar por profundidad o rigor ontológicos lo que no son sino trivialidades de la abstracción ejercida ociosamente al máximo.

No en vano ese gran antifilisteo español que fue D. José Ortega y Gasset hizo su puesta de largo en el mundo de las publicaciones filosóficas de la mano del hidalgo manchego con sus “Meditaciones del Quijote” de 1914. Parece ser que Ortega cuando iniciaba su carrera filosófica y todavía no había encontrado la vía de salida del neokantismo de sus maestros alemanes estaba marcado por cierta inclinación a poner más valor en la cultura que en la vida y a ver en la primera el nivel al que debía elevarse la vida para su salvación. Más tarde la fenomenología, entendida en un sentido mundanizado y sin llegar a sus consecuencias trascendentales, le ayudaría a idear la primacía irrebasable de la vida que le ha hecho filosóficamente famoso, al mismo tiempo que le permitía manejar una noción no biologicista de vida. Don Quijote es la expresión más pura y obcecada de un vitalismo fiel a lo que llegaría a ser consigna orteguiana: la cultura al servicio de la vida. Don Quijote busca una aplicación radical de su cultura caballeresca a su vida; quiere que ella tenga una función esencial en su vida para que esta quede transfigurada y elevada a cimas de intensidad y nobleza. No acepta que la cultura caballeresca tenga un valor en sí, que se pueda gozar en su contemplación literaria o erudita sin aplicación vital práctica, sino que quiere que la cultura caballeresca penetre esencialmente en su vida y se haga cultura vivida en cuanto determinación fundamental de su existencia. No se conforma el hidalgo manchego con el mundo caballeresco como mera cultura de contemplación, disfrute ocioso y estudio, sino que quiere que su cultura se haga vida en su individualidad existente, cuya concreción no es otra que la concreción de su circunstancia histórico-social.

La cultura no es el valor superior autosuficiente y autorreferente en su sentido sino que debe cumplir su misión para la vida, haciéndose vida ella misma. Pero no cualquier misión, por ejemplo una función de de decoración literaria o de oportunidad para encontrar medios de subsistencia, sino una función esencial de transfiguración intensificadora de la vida. Don Quijote no se resigna a que su cultura de caballerías sea una afición para los ratos de ocio dejados por la administración de su hacienda o un tema para medrar como erudito profesional; ni tampoco le interesa como filón de conocimientos literarios para extraer refinamiento personal para presumir ante sus relaciones sociales. Quiere que esa cultura se haga vida, determine práctico-materialmente su existencia de hombre de carne y hueso.

Puede haber una lectura filistea y pancista del Quijote que piense que lo que hace D. Quijote en su insania es sacrificar su vida a sus libros, a la cultura caballeresca. Pero D. Quijote no huye de la vida para refugiarse en un mundo cultural autorreferente y autosuficiente, que se basta a sí mismo como forma de vida que en él halla su plenitud dejando al mismo tiempo de ser vida, sino que D. Quijote quiere la encarnación de su cultura en su vida y que la cultura sirva a la vida para que ella sea vida más verdadera y más plena. La cultura debe cumplir la misión vital más excelsa, aquella que no consiste en el mantenimiento o reproducción de la vida sino en su elevación e intensificación. D. Quijote quiere vivir lo que lee, que esto sea algo más que cultura, más que contemplación, más que fin que se basta a sí mismo, para que sea un medio para que su vida alcance su valor supremo específicamente vital, no su simple mantenimiento o reproducción sino su transfiguración como realización de lo que es el ideal práctico de D. Quijote.

El hidalgo manchego busca así una aplicación radical de la cultura a la vida y su finalidad no es una cultura por encima de la vida, convertida en fin de sí misma, sino una vida que apure sus posibilidades de plenitud al tener en ella el ideal cultural su meta de actualidad máxima.

D. Quijote es, pues, vitalista como Ortega y no se conforma con una cultura que no tenga aplicación a su vida, entendida en la concreción de su circunstancia de existente en un mundo histórico específico. Y como el héroe orteguiano de la vida, D. Quijote también proyecta su vida, la hace tarea personalísima, la concibe como una hazaña, como algo que él tiene que decidir eligiendo lo que él quiere ser; no la toma, a la vida, como algo ya solucionado, como algo que está decidido por la tradición, los usos sociales o los demás directamente. La vida es tarea, hazaña, “Tathandlung”, constante y fluyente autodeterminación de nuestro ser; no yo sustancial de esencia delimitada y fija que determine inexorablemente lo que va a ser nuestro existir, ni un repertorio social de modos de estar en la vida que ya nos dé solucionado el problema de qué hacer con nuestra vida. La vida en su originariedad y propiedad no es esto, pero esto es lo que hacen de la vida las masas de los cuerdos, de los que no están locos como D. Quijote: lo de los modos en los que hay que vivir ya está solucionado y lo que hay que hacer esencialmente en la vida no es andar dándole vueltas a esos modos de vivir para “proyectarlos”, “inventarlos”, “crearlos”, sino buscar el sustrato material, “buscarse la vida”, y también encontrar un acomodo afectivo en ella. La vida se convierte para las masas de los cuerdos en la exacta inversión de lo que Ortega plantea, por ejemplo, en su magistral “Meditación de la técnica”. En este importante ensayo nos dice el filósofo madrileño que el desarrollo técnico nos permite “vacar” de las preocupaciones por el mantenimiento material de la vida para poder dedicarnos a inventar y proyectar nuevas posibilidades de formas de vivir. Par la mayoría de la gente o masas de cuerdos normalizados la vida es justamente lo contrario: qué haya de ser la vida y cómo haya de vivirse ya está visto y sabido y lo que hay que hacer es buscarse el sustento y propagar biológicamente la existencia humana. Pero aquí el orteguismo no tiene en cuenta un factor social que obliga a que esto sea así y que de ello no tenga la culpa el valor humano inferior innato de las masas de cuerdos: en la sociedad donde no se ha conseguido solucionar políticamente el problema de la producción y distribución de los recursos materialmente necesarios para que todos puedan existir en condiciones humanas dignas, la vida de la mayoría de los individuos tiene que dedicarse ante todo a resolver ese problema y no queda la posibilidad material de que se tenga el tiempo, las energías y los recursos económicos necesarios para “inventar” y “proyectar” posibilidades originales de vivir. Don Quijote puede volverse loco e inventar y proyectar un modo original de vida porque es un hidalgo cuya modesta propiedad inmueble no sometida a un proceso de necesidad de aumentar la tasa de beneficio le permite dedicarse a leer novelas de caballerías y no tener que dedicar lo esencial de su vida a la satisfacción de las condiciones materiales del vivir. El capitalismo ha ido haciendo desaparecer cada vez más estos islotes de vida asegurada materialmente sin lucha por la existencia y ha acabado creando en la época de la modernidad consumada la civilización humana como el reino animal universal de la lucha por la existencia y la dedicación esencial de la vida a su aseguramiento material, no resuelto en un nivel social que deje a los individuos libres para la tarea humana auténtica de invención y proyección de la vida y de los modos de estar en el mundo.

 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Luis

    Luis

    21 noviembre, 2017

    Encantador texto, Gregorio, y encantado, por supuesto, de leer estas lecciones que nos das casi siempre, sobre tus, y las nuestras, reflexiones y meditaciones. Este párrafo, lo subrayo, si no te importa y lo expongo a debate, que siempre es bueno:

    ”Puede haber una lectura filistea y pancista del Quijote que piense que lo que hace D. Quijote en su insania es sacrificar su vida a sus libros, a la cultura caballeresca. Pero D. Quijote no huye de la vida para refugiarse en un mundo cultural autorreferente y autosuficiente, que se basta a sí mismo como forma de vida que en él halla su plenitud dejando al mismo tiempo de ser vida, sino que D. Quijote quiere la encarnación de su cultura en su vida y que la cultura sirva a la vida para que ella sea vida más verdadera y más plena. La cultura debe cumplir la misión vital más excelsa, aquella que no consiste en el mantenimiento o reproducción de la vida sino en su elevación e intensificación. D. Quijote quiere vivir lo que lee, que esto sea algo más que cultura, más que contemplación, más que fin que se basta a sí mismo, para que sea un medio para que su vida alcance su valor supremo específicamente vital, no su simple mantenimiento o reproducción sino su transfiguración como realización de lo que es el ideal práctico de D. Quijote.”

    En otro orden de cosas, o en quizás las mismas, me parece oír al mismo Pessoa, disfrazado de Quijote moderno en lo temporal. Un abrazo, y no salpico más de ignorancia tus líneas con las mías-.

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    21 noviembre, 2017

    ¡Excelente! Un abrazo Juan Gregorio y mi voto desde Andalucía

  3. Esruza

    22 noviembre, 2017

    ¡Ilustrativo y muy buena disertación!

    Saludos y mi voto

  4. Imagen de perfil de .MARI TU

    .MARI TU

    22 noviembre, 2017

    Muy interesante este análisis sobre el Quijote. Una nueva perspectiva para mí que me ha sorprendido. Un saludo

  5. LOUISE

    12 diciembre, 2017

    Impresionantes tus reflexiones sobre el Quijote. Me ha gustado muchísimo,

    Saludos!

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