CAPÍTULO 11. Inflamable

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Las semanas siguientes se sucedieron veloces, esclavas de una rutina absorbente. Se mascaba tensión en el ambiente, pero se podía respirar porque decidieron enterrar las hachas de guerra, casi por un acuerdo implícito de convivencia dotado de inusual madurez, con el resentimiento esperando el ataque más propicio. En realidad se parecía más a una táctica de guerra. No era la primera vez que los tres hombres compartían vivienda con tirantez reinante, así como Marine realmente tampoco era la nota discordante en su ecosistema propio: ella sólo alteraba lo que ya estaba crispado de antemano, viejos rencores de viejas rencillas. Así que hicieron lo único que sabían hacer: barrer debajo de la alfombra y vestirse de cordialidad; al menos por consagrarse a los años vividos y las experiencias compartidas. Se lo debían a la lealtad y a un rescoldo que salvaguardaban de nobleza, junto a intereses propios y escondidos que más tarde quizá enseñaran las orejas.

Marine era una mujer diferente para cada uno de los tres frentes masculinos. Era como si cada uno le sonsacara virtudes y defectos anclados en lo más profundo de su ser, ignorados, y lo disfrutaba y sufría. Lo sufría aún más que disfrutaba, pero su esencia era un tanto masoquista, y al fin y al cabo lo agradecía. Los tres le acababan pareciendo un misterio, un rompecabezas con la mayoría de pedazos extraviados o deformados, un reto para embarcarse; y, sin embargo, necesitaba a los tres para completarlo.

Marine se había enamorado de Curt, aunque ella fingiera con la intención de autoexculparse y lo disfrazara de capricho. Cierto es que cuando nos enamoramos nos volvemos unos desconsiderados con los sentimientos ajenos sin apenas darnos cuenta. A Marine dejó de importarle su alrededor, y confinó a Mick a un torbellino intrincado de sensaciones confusas, siendo éste la víctima más cara de todas.

A veces le mentía y le daba esperanzas. Otras veces, orgullosa, rechazaba sus caricias e ignoraba sus palabras, le cerraba la puerta ante los ojos y eludía sus miradas de cordero degollado sin ensayo, demandando lástima y muerto de amor, aunque ya tibio de deseo. Sin embargo, Michael no alcanzó a ver quién usurpaba su puesto, aun teniéndolo delante de las narices, no se dio cuenta de que el enemigo vivía en casa; estaba tan ciego alargando su autocompasión, que prolongaba los tempos que acabarían rompiéndole el corazón, inevitablemente. Cuanto más tardara en suceder, mayor sería el daño, pero es que eso él no lo sabía. Guardó un atisbo de esperanza hasta el último momento, su obstinación movía montañas. Mas el amor también dolía, y también sentía rabia y celos de todo aquel que se acercara, ya no se fiaba de nadie porque ella nunca le dio nombres ni le cedió un mínimo de seguridad. También Mick entendía de injusticias, y por ese motivo se volvió más receloso y serio, con un aire lánguido e introspectivo que contagiaba al resto de su rostro y así lo transmitía al mundo. En el trabajo pensaron que enfermaba, y sus clientas aprovecharon la circunstancia para mostrar su preocupación, hacerle regalos y pedirle citas. Sus clientes, cuerpos de élite y seguridad a quienes entrenaba en su mayoría, ofrecían sus espaldas para ayudarlo. Los dueños de las tiendas y bares que frecuentaba se empeñaban en regalarle vitaminas, copas y consejos añejos pero bienintencionados. Él asentía con una sonrisa melancólica que hacía que la gente se volcara más sin entender qué le pasaba a ese buen chico, que de repente andaba tan triste por las calles, tan joven, pálido y cabizbajo, que a duras penas lograba finalizar sus rutinas.

Podría decirse que Alain pasó a ser como un fantasma, pero los fantasmas no son tan visibles, aunque faltaría a la verdad si no admitiera que su simple presencia podría desmontar a cualquiera.

Alain entraba y salía últimamente con prisas y gran asiduidad, aunque nunca mencionaba nada acerca de sus destinos, su fuente de ingresos o una profesión determinada; si alguna vez, imprudentemente, Marine pudo encontrar el momento más distendido para preguntárselo, su respuesta quedó anulada entre devaneos y cambios forzados de tema. Erguido, silente, observador y circunspecto, Alain destacaba como fiel espectador de cada uno de los hechos, quizá fuera el más perspicaz de todos, pero ni por esas dio cabida a sentimientos como la compasión, los prejuicios o la lástima por aquellos que resultaban heridos en esa suerte de escabechina sentimental casera, él incluido.

Intuía el juego a dos bandas emprendido por Marine, el agotamiento emocional de Mick, el proceder de las redes de conquista que lanzaba Curt en ese mar repleto de alertas por todas partes. Pero, ¿y él? Alain mantenía distancias más que prudenciales con todos, sin que resaltaran sus actos, pero también sentía y actuaba. Prevenía su bienestar psíquico, y para que éste fuera estable cuidaba fielmente a aquella quien estaba seguro le proporcionaba tal estabilidad. Así, Marine descubrió un amago de ángel de la guarda en casa que en las distancias cortas realmente era así de etéreo e inaccesible. Cuando llegaba tarde y agotada tras largas noches de trabajo, siempre encontraba comida preparada en su apartado de la nevera. Cuando alguno de sus enseres personales escaseaba, siempre hallaba alguno de repuesto. De vez en cuando, artículos de bisutería que encajaban con el color que solía vestir en sus prendas restaban en su mesilla de noche. Tras mucho indagar y atribuir el mérito a las personas equivocadas, cayó en la cuenta de que todo aquello era obra de quien menos pensaba y de quien nunca reclamaba méritos. De aquel a quien nadie osaba acercarse, tocar o hablar en demasía, reservado en las conversaciones y hermético. Si se quedaba dormida en el sofá, Alain se ocupaba de ella, la cubría con una manta, cerraba las ventanas para que no entraran las ráfagas de aire frío del amanecer y apagaba las luces para que no le deslumbraran al abrir los ojos. Era tan atento y, sin embargo, daba la impresión de una altivez tan predominante, que aun sabiendo todos los cuidados que le profería, Marine tan sólo sacó el tema a relucir, mostrando grata sorpresa, una vez. Alain, muy serio y con aire algo desdeñoso, se limitó a asentir con la cabeza y clavar la mirada. Quizá se ruborizara un poco. Todo continuó igual, aunque Marine intentó luchar para que dichas acciones no se convirtieran en una costumbre, pero jamás volvieron a hablar del tema, incluyendo agradecimientos o expresiones de cortesía.

Como Curt se comportaba esquivo como un animal herido y desconfiado, los días pares más cercano y los impares huraño, tanteando a la suerte con humor cambiante y extremista en su genio y carácter, se convirtió en un objeto de deseo a quien nadie se atrevía a acercarse. Marine temía que se dejara acariciar el pelaje y luego, de repente, girara sus fauces y engullera su mano; ella tenía la sensación de que esa reacción era la única probable y sin embargo cada vez más atractiva.

Cuando estaba de buenas, Curt era encantador. Tenía un temperamento que poco a poco había aprendido a domar, cualidades de líder y en el tête-a-tête resultaba asertivo y cercano, capaz de llevar a su terreno incluso al más escéptico del lugar. En sus momentos más brillantes y en las reuniones sociales, se mostraba seguro de sí mismo, y así le delataban sus ademanes y gestos estudiados de antemano, dominaba pequeños detalles de suma importancia en las relaciones interpersonales. Empleaba el mismo tiempo y esfuerzo en conocer, captar y radiografiar a los demás que en cuidarse de no mostrarse él mismo lo únicamente imprescindible. Pequeños aspectos como los de no interrumpir en la conversación, formular siempre preguntas abiertas, anteriormente pensadas y siempre acertadas, para que la otra persona se acomodase y ganara confianza, mostrándose abiertamente a él e incluso dejando entrever intimidades que se guarnecían en un terreno más frío; una sonrisa a tiempo, una mirada en el minuto adecuado, una observación oportuna, aunque con el aplomo y la terquedad de quien no da su brazo a torcer por nadie, hacían de él un excelente maestro de ceremonias, respetado y buscado. Al contrario de Alain, hacía uso del tacto para acercar posiciones con desconocidos, y lo lograba sin que éstos se sintieran invadidos: a las mujeres centímetros más arriba del codo, a los hombres palmadas amigables y reconfortantes en la espalda. El vikingo olía la inseguridad oculta y sabía acecharla en beneficio propio. Curt mostraba inusitado interés por todo lo que le explicaban e intentaba comprenderlo y así lo escenificara, aunque interiormente lo desdeñara y no le reportara el menor interés. Nunca olvidaba los nombres de quienes, alguna vez en su vida, habían entablado charlas con él y por consiguiente tampoco olvidaba las historias que le habían transmitido.

La otra cara de la moneda era menos agradable. Con el paso de los años, Curt se había vuelto más impaciente, y su aguante diplomático a veces le dejaba en la estacada, jugándole malas pasadas. Tendía al insomnio, y también al consumo de varias sustancias, y el control se le escapaba de las manos. El carácter le cambiaba, quizá el verdadero andaba entre medias de los dos extremos que sacaba a la luz, pero cuando algo le exacerbaba no tenía miras con nadie: arrasaba contra todo y contra todos, era incapaz de sopesar la importancia de sus palabras, que rozaban el despotismo, y mucho menos cohibía sus arranques, a veces violentos. Decía y hacía todo de manera tan irracional que minutos después no recordaba el qué ni el por qué de sus acciones, no lograba atenuar el tono amenazante que empleaba, y eso le estaba produciendo diversas consecuencias.

Así, con Marine -a quien cada vez estaba más seguro de poseer- era todo una cuestión de azar. Un día era el dr. Jekyll, el otro Mr.Hyde. A veces no variaba por días, sino de las mañanas a las tardes. Pero cuando se arrepentía, se mostraba tan encantador que era imposible no perdonar y olvidar esos arrebatos suyos tan reprobatorios.

Un día, Curt apareció sobre las 11 de la mañana en casa. Estuvo largo rato entretenido con la llave en la cerradura, sus pasos eran pesarosos y los movimientos torpes, se tropezaba con todo lo que encontraba a su paso. Pensaba que un jueves, a esa hora, no habría nadie en casa, pero Marine sí que estaba allí.

Marine le vió con la claridad que escapaba a través de las cortinas, incidiendo en el lado derecho de su figura. Él andaba a trompicones, y ya de lejos se le notaba muy malherido. Cuando se acercó aún más, le vio andrajoso y con ropas malolientes y raídas que no eran las suyas, deportivas agujereadas, un reguero de sangre saliendo de las fosas nasales y otro que nació en algún lugar de la boca, pero el curso ya estaba detenido y no le quedaba más que un escandaloso escarlata reseco. Se le veía magullado, cabizbajo y sin equilibrio, la guardia más baja que nunca, la sien un tanto abultada por algún golpe asestado, la frente enrojecida y con marcas, y las ropas pegadas a su torso a causa, seguro, de la intensidad de la paliza recibida.

Si se hubiese tratado de cualquier otro momento, o si se hubiera anticipado al mismo y por lo tanto lo hubiera planificado, Curt habría hecho enormes esfuerzos por aparentar por pocos minutos una fortaleza inexistente, mantenerse erguido, responder con terquedad o malos modos para exigir distancias, prescindir de cualquier asombro ajeno o ayuda ofrecida con alguna ofensa malsonante o humillante…pero no estaba en ese momento. El asunto le pilló desprevenido.

No esperaba a nadie y las cosas sucedieron de esa manera: estaba tan fatigado y dolorido que no le apetecía fingir, hablar, ofrecer explicaciones, justificarse o mentir, ni siquiera enfadarse. Cinco pasos más y quizá se desmayara en mitad del vestíbulo de la entrada. Que Marine le sujetara antes de que eso sucediera no le enorgullecía precisamente, pero en lo más hondo de su ser se sintió dichoso. Es mas, en otras circunstancias ese tremendo bochorno le hubiera podido a la necesidad, pero no le quedaban fuerzas ni siquiera para eso.

Escuchó varias preguntas referente a los motivos que indujeron a acabar en ese lamentable estado, pero él dio la callada por respuesta. Marine no insistió, y Curt lo agradeció enormemente. Aludió que sólo necesitaba meterse en la cama por unas horas para restablecerse, pero ella sabía que restablecerse no era tan simple como mantener un mero reposo, y le invadió una suerte de instinto protector con la intención de sanarlo de todas las maneras posibles. Curt se limitó a dejarse hacer.

Ella le reguló el agua templada de la ducha y le preparó toallas en el baño. Sin pedir permiso entró en su habitación, haciendo caso omiso a la mueca de disgusto que intentaba dibujar Curt en su rostro con mal resultado, y preparó toda una muda de ropa; también sábanas nuevas, agua de colonia para que las notara limpias y frescas -algo que a ella siempre le reconfortaba-, y abrió la ventana para ventilar el espacio con ambiente cargado y olor a cerrado.

Le hizo sentar en la cama -sus sudores le costó, porque ni siquiera en las circunstancias adversas en las que estaba inmerso Curt dejaba de lado su testarudez individualista-, y desapareció tras la puerta para volver a los pocos minutos; llevaba consigo gasas, agua oxigenada y clorhexidina para las curas pertinentes. Cero preguntas, cero explicaciones. No hablaron entre sí ni para rellenar los silencios embarazosos, aunque realmente no resultaron tan incómodos al fin y al cabo. Una vez se leían las miradas, qué más daban las palabras.

Curt no tenía fuerzas para reaccionar, ni protestar ni corresponder cortésmente a nada, preso del agotamiento físico y psíquico. Tenía el brazo izquierdo lesionado, quizá fuera una luxación, nada roto ni deformado, pero sí que notaba la necesidad de inmovilizarlo de alguna manera y hacer algo de presión para que el traumatismo no fuera a más. Así que con un hilo de voz le pidió vendas y esparadrapo a Marine, quien después insistió en ayudarle a preparar un vendaje en condiciones, pero la negación de Curt en ese momento sí que fue categórica. No alzó la voz porque sus cuerdas vocales habían sufrido un extraño letargo y se las notaba paralizadas, se le atragantaban las palabras en la garganta y le era imposible descifrar sonidos, pero se revolvió torpemente, lisiado como estaba, impidiendo todo contacto.

Marine observó la camiseta manchada de sangre y sudor, que le iba estrecha y evidentemente distaba mucho de ser suya, tanto por estilo como por estado como por talla como por diseño. Observó cómo reaccionaba él, como un niño pequeño enrabietado y retorciéndose, intentando en vano echarse para atrás pero sin energía para conseguirlo.

-No vas a poder quitarte la camiseta si yo no te ayudo, en el estado en que te encuentras.

Curt sabía que eso era cierto. Tenía además la mala suerte de ser zurdo y no ser ambidiestro, así que vendarse con el brazo derecho, el único sano que le quedaba de los dos, sería una ardua tarea. Ardua, casi imposible. No tuvo más remedio que acogerse a la rendición. “Qué más da ya todo”, pensó para sí, y solicitó ayuda de forma escueta y rogando apremio en el tono.

Cuando se dispuso a sacar el brazo izquierdo que la manga oprimía cada vez más, Marine descubrió el porqué de la obsesión que siempre tuvo Curt por no vestir manga corta incluso en los días de verano más asfixiantes. Entendió también la resistencia que había puesto hasta ese momento en que ya no le restaban fuerzas ni para amparar ese orgullo suyo tan desmedido.

Comenzaba en el hombro y se estiraba hasta pocos centímetros más arriba del codo, una horrible quemadura que deformaba su piel, si es que así podía llamarse ese considerable trozo de extremidad, si es que aún podía decirse que había salvado algo de dermis. La profundidad de esa herida, aun a ojos de una inexperta, era indudablemente grave y profunda. “Eso debió de doler”, pensó Marine. Con el tiempo, esa quemadura que andaba entre las más graves de segundo grado y las más leves de tercero, se había tornado blanca en la mayoría de las partes con ciertos surcos rugosos y rosáceos, con hendiduras esparcidas que se asemejaban a un cráter, y en algún que otro recodo de la herida el tejido aparecía carbonizado, totalmente negro, sin poder hacer nada por modificarlo o sustraerlo. Lo cierto es que en un primer momento sí que daba impresión. Estaba claro que ahora ya no la padecía; es mas: Curt perdió por completo la sensibilidad en esa parte del cuerpo casi en el momento en el que se produjo, tenía esa zona como adormecida, y a veces le parecía que su cuello y su antebrazo izquierdo únicamente se sostenían por unos cuantos hilos que habían dejado las brasas como premio de consolación. Lo peor no era el resultado, sino el persistente recordatorio de cómo se formó y que no era capaz de apartar de su vista. Pero de eso él nunca había dicho ni una sola palabra, absolutamente a nadie.

Marine destapó un secreto que Curt luchó como un jabato por esconder lo mejor que pudo durante muchos años, y por su parte seguiría viviendo en la más absoluta de las reservas. Así se lo comunicó sin necesidad de declararlo en abierto.

Marine intentó no sentir lástima al verlo, y actuó diligente y predispuesta sin darle la menor importancia, mucho menos haciendo hincapié en la sorpresa, y para no fijar la mirada en justamente esa herida no cesó de dirigirse a sus ojos e intentar transmitirle calma. Curt no se había sentido más avergonzado en toda su vida, violentado y casi violado en su intimidad, de repente tan dependiente y más desnudo que nunca. Tan inerme, tan indefenso, que sólo le quedaba implorar confidencialidad con la mirada a Marine para que nada de eso saliera de ese habitáculo y viera la luz, restando así firmeza a esa imagen implacable que tanto le había costado construir.

Agradeció tanto su silencio. Amó tanto sus cuidados. En esos momentos, la quiso de una manera tan inabarcable…

 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    16 noviembre, 2017

    ¡Excelente! Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía

  2. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    16 noviembre, 2017

    Magistral, Esteff.
    Mary me dice que, además de ponerte el mejor de los comentarios, te diga que no la hagas esperar demasiado por la continuación. Dicho queda.
    Un fuerte abrazo, Esteff.

    • Esteff

      18 noviembre, 2017

      @germanlr no se merecen, pero seguiré luchando por ser vuestro ojito derecho.
      No, no la haré esperar tanto, reemprendemos el ritmo.
      Un abrazo a ambos,

  3. Esruza

    16 noviembre, 2017

    Bien Estef y que bueno que continúes, no nos hagas esperar tanto

    Saludos y mi voto

    • Esteff

      18 noviembre, 2017

      Prometo que no.
      Me encanta seguir viéndote por aquí, lo sabes.
      Un gran abrazo

    • Esteff

      20 noviembre, 2017

      @adao mil gracias!! Espero de veras leerte a ti también.
      Vengo fuerte!

  4. Imagen de perfil de Vladodivac

    Vladodivac

    17 diciembre, 2017

    No quiero repetirme Esteff, me parece precioso, como dice mi amigo German, magistral .
    @estef314 te dejo mi voto y un cariñoso abrazo.

    Semper Fidelis.

    Joaquin

    P.D. Feliz Navidad.

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