La Isla (Capítulo 14. Final)

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Capítulo 14

Pedro había recorrido sigilosamente la cubierta, y no había nadie. En el interior del barco tampoco parecía haber nadie, además de la persona que estaba en la cabina de manejo. Por suerte, no se había percatado de nuestra presencia.

La bronca y la impotencia que tenía encima me hacían querer matarlo. Pero por suerte pude controlarme, puesto que no sabía en donde estábamos, y no sabía cómo manejar el barco para volver a casa. Además, no quería convertirme en asesino. De modo que Pedro tomó un palo que estaba contra la puerta de la cabina de manejo, y yo volví a armarme con el puñal. Entramos sin hacer ruido, y Pedro lo golpeó en la espalda con todas sus fuerzas. El tipo cayó al piso, preso del dolor y de la sorpresa, y vimos que era el tipo de las cejas raras, efectivamente. El mismo que había matado al muchacho rubio en primer lugar. Me agaché a su lado y apoyé el puñal contra su garganta.

— Hijo de puta… —le susurré, masticando toda la bronca que tenía acumulada—explícame qué carajo pasó acá. Por qué nos hiciste pasar por esto. Tenés un minuto. —le apreté el puñal contra el cuello. Una gruesa gota de sangre surgió de su piel, y se derramó sobre el filo del puñal.

— ¿Qué…? ¿Cómo…?— nos miró, sorprendido.

— ¿Que por qué no estamos muertos? ¿Eso querés preguntar?

— Sí… ¿Cómo se escaparon? —sus ojos se abrieron de par en par. De repente, parecía asustado. — ¡Idiotas! ¿Se piensan que se libraron de ellos? Van a morir… ¡Y ahora lograron que me maten a mí también!

Sofía emitió un sollozo. Laura la abrazó. Pedro le pegó una patada al tipo, justo en el hombro.

— No asustes a la piba. Decinos qué carajo pasa en esa isla.

— Está bien…—se resignó el tipo—pero… ¿Podría sentarme?

Nos miró, y la expresión en nuestras caras fue suficiente para que sepa la respuesta. Tirado en el piso, comenzó a hablar.

— Vine acá con unos amigos hace tres años. Encontramos la misma cabaña que les marcamos en el mapa, no sé si fueron ahí…—se calló, esperando una respuesta. Al ver que nadie se la iba a dar, continuó hablando. —tras la primer noche, se nos aparecieron los tipos. Supongo que los vieron.  Nunca en mi vida estuve tan asustado. Nosotros éramos cuatro personas, y ellos eran seis. Nos acorralaron. Pensé que nos iban a matar, pero luego noté que tenían rostro humano, y decidí  rogarles que no lo hicieran. Y me escucharon.

— ¿Entonces… Son humanos? —preguntó Leticia.

— Si, lo son. —dijo el tipo. —O lo eran. No sé. Según me contó el tipo que parecía estar al mando, habían quedado varados aquí luego de un accidente mientras navegaban por las islas de Oceanía. Hace cien años.

— ¿Cien años?

— Sí. No sé si me mintió o no, pero eso querría decir, básicamente, que son inmortales. O por lo menos, mucho más resistentes que nosotros. En fin, me explicó que eran casi cien personas al momento del naufragio, y que en esta isla no había animales. No había ni un simple animal. Nada crecía de la tierra, tampoco. Entonces, cuando el hambre ya amenazaba con poner fin a sus vidas,  comenzaron a alimentarse de los hombres más débiles. Simplemente… Lo hicieron. Perdieron la humanidad en ese momento.

— ¿Y cómo es que vos estás vivo? —le preguntó Pedro.

— Me contaron que con el tiempo, sólo quedaron los más fuertes. Que se habían transformado. Su cuerpo cambió, su resistencia, su fuerza, todo. Eran la mejor versión de sí mismos, según sus propias palabras. Podían correr, caminar, o incluso nadar de un océano a otro y volver sin siquiera cansarse… Y algunos no volvieron. Pero con el tiempo, justamente cuando sólo quedaron los más fuertes, se quedaron sin… Alimento. Cada tanto, algunos pobres diablos decidían visitar la isla, tal como nosotros, pero cada vez era menos frecuente. Y que amaban la isla. No querían irse. Pero necesitaban comer, si bien no morían por falta de alimente… Les gustaba. Todo eso me dijeron mientras yo creía que mi vida pendía de un hilo… Tienen que entenderme…

Parecía estar rogándonos. El barco se había detenido, aunque seguía moviéndose a merced de las olas. Pedro le propinó al tipo otra patada, esta vez en las costillas.

— Seguí hablando.

— ¡Basta, por favor!… Bueno, le propuse un trato. Le dije que me deje vivir, y que yo mismo les traería gente para que se alimenten. —todos nos miramos, asombrados. Y furiosos. — Tienen que entenderme, no quería morir… ¿Qué hubieran hecho ustedes en mi lugar?

— Cualquier cosa menos eso. Sos una basura—le dije.

— ¿Cuánta gente?… ¿Cuánta gente trajiste a esta isla ya? —preguntó Laura, con un hilo de voz.

El tipo, que sospechaba que su tiempo en este mundo estaba contado, decidió sincerarse.

— Una docena por año.

— ¿Mandaste a la muerte a treinta y seis personas?

— Sí. No me siento orgulloso de eso. Pero al menos estoy vivo. Con mis amigos nos encargamos de secuestrar a personas con poca familia o pocos amigos, y luego los traemos hasta acá. Volvemos al otro día para avisarle al jefe que los dejamos en la isla, y ellos se… Divierten… Cazándolos.

Esta vez lo golpeé yo. No fue una patada, sino un puñetazo. En la cara. Por eso había matado al muchacho rubio. Daba igual que estuviese vivo o muerto. Para las bestias de la isla, daba igual. Dos preguntas me surgieron de repente, y se las formulé.

— ¿Y quién dejó las frutas en la cabaña? ¿Y la nota que decía “Vayanse”?

— No sé de qué hablás. —me miró, realmente sorprendido. — Nunca más volví a adentrarme en esa isla. Quizás ellos mismos dejan esos señuelos. Podés creer que son salvajes, pero son más inteligentes que todos. Es como si absorbiesen el conocimiento con la carne.

Sofí salió a la cubierta. No podía escuchar más. Leticia fue a consolarla. Sólo quedamos cuatro personas en la cabina de manejo. El tipo miró el arma que yo mantenía apretada contra su cuello.

— ¿Eso también lo encontraron en la isla?

— Sí.

— Es raro.

— Escuchame…—le dije, perdiendo la paciencia. —Vas a llevarnos a casa. Y vas a ir a la cárcel. Vas a tener que dar la cara por toda la gente que asesinaste. Porque su sangre está en tus manos, no en la de esas cosas.

— De acuerdo. Supongo que tienen razón. — No parecía sincero al expresarse, pero no era tonto. Sabía que no tenía opción. De todos modos… ¿Quién iba a creer estos sucesos?

Se levantó, y comenzó a manejar. La embarcación se sacudía sobre las olas, alejándose de la isla. Lo dejamos en la cabina, luego de comprobar que no llevaba ninguna arma encima, y salimos a la cubierta.

— Me parece raro que haya accedido tan fácilmente a volver y que lo entreguemos. —me dijo Pedro por lo bajo, para que las chicas no lo escuchasen.

Lo miré. Era un pensamiento propio de Martín. Si él hubiese estado vivo, habría descubierto la razón en un segundo.

— A mí también. Quiero decir, se lo ve nervioso, pero no por volver. Es casi como si temiera otra cosa. ¿Vamos a averiguarlo?

— Vamos.

De modo que volvimos a entrar a la cabina de manejo, y le pregunté la única cosa que todavía no me cerraba del todo.

— ¿Por qué lo hiciste?

— ¿Qué? —me preguntó, dándose vuelta. Estaba pálido y sudoroso.

— ¿Por qué trajiste gente acá? En cuanto te dejaron ir, eras libre. Nadie te obligó a cumplir tu parte del trato. Entiendo que hayas hecho lo que sea para sobrevivir, pero una vez fuera de la isla, no había necesidad de cumplir con tu palabra.

— Claro que había necesidad. Idiotas. Nos condenaron a todos. ¿Querés que vaya preso? Perfecto. Me da lo mismo. No voy a vivir mucho tiempo más. —se lo veía, además de nervioso, aliviado. Como si se hubiera cansado de ese tipo de vida hace mucho tiempo.

Pedro se acercó y lo tomó del brazo.

— ¿Qué nos estás ocultando?

Afuera, las chicas charlaban, casi alegremente. Se las veía afectada por todo lo que había pasado, pero eventualmente serían capaces de superarlo. Pedro y yo también debíamos de tener un aspecto asqueroso, pero sentíamos, al fin, tranquilidad. Una tranquilidad que nos duró poco tiempo.

— No podía no cumplir con mi palabra. Me lo especificaron muy bien. E incluso en tierra firme, se aparecieron ante mí.

— ¿Qué? —traté de no entender, o de no creer, sus palabras.

El tipo con una ceja de cada color, nos miró, primero a Pedro y luego a mí, y sonrió con amargura.

— Ahora estarán furiosos por haber perdido casi la mitad de personas. Realmente furiosos.

No se van a quedar de brazos cruzados. —me habló directamente a mí—vos me preguntás por qué cumplí con mi parte del trato. ¿De verdad creés que no pensé lo mismo que vos? ¿Que no pensé que convenía alejarme tanto como pudiera de esta maldita isla, y nunca más siquiera pensar acerca de todo este tema? Por supuesto que lo pensé. Pero entonces me siguieron. Me amenazaron. No me quedó más remedio que cumplir con mi parte, o de verdad me matarían… Y se alimentarían conmigo. Muchacho estúpido… ¿Qué te hace pensar que estas cosas nunca abandonarían la isla?

La sangre dentro de mis venas se heló de repente. Miré a Pedro, y estaba tan aturdido como yo. Después de tanto esfuerzo… Todo había sido en vano. Salimos de la cabina de manejo, y dejamos que el tipo nos transportara devuelta a nuestro hogar. Al menos, podríamos despedirnos de nuestra familia. Miré a las chicas, y me invadió una gran tristeza. Ya no nos quedaba esperanza.

Lo único que nos quedaba, era esperar a que algún día, un rostro humano en un cuerpo que no lo era se apareciese ante nosotros, para reclamar su parte del trato.

Comentarios

  1. GermánLage

    6 noviembre, 2017

    Tremendo final, Juli; de verdad que no me lo esperaba.
    Excelente.
    Un fuerte abrazo.

  2. Mabel

    6 noviembre, 2017

    ¡Impresionante! Un abrazo Julián y mi voto desde Andalucía

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