La Isla (Capítulos 12 y 13 de 14)

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Capítulo 12

Una vez seguros de que aquella cosa ya no iba a levantarse, nos acercamos con cautela. A todos les afecto tanto como a mí el hecho de ver aquel rostro humano en un cuerpo tan deforme.

— Así que por esto nos dejaron a nuestra suerte. Hay cosas así en la isla—comenzó Martín, y se dirigió a mí—esto es lo que vimos anoche. Más cosas como ésta mataron a Diego.

— ¿Diego está muerto? —preguntó Juan.

— Sí. Anoche vimos unas siluetas altas como esta cosa entrar en la cabaña, y después lo oímos gritar. Supongo que no sobrevivió.

— ¿Y por qué no nos dijeron nada?

— ¿Qué hubiera cambiado, Juan? —le contesté yo. —Diego se condenó solo cuando decidió quedarse sólo. Debió seguir con el resto del grupo.

— Luca y Mateo se quedaron con el resto del grupo —murmuró Laura— y ya vimos cómo terminaron.

Leticia abrazó a su hermana. Todos nos quedamos callados por un momento.

— Está bien… Perdón por no decirles lo de Diego. —comencé. — Pero es la primera vez que los vemos tan cerca. Pensé que eran humanos, simplemente altos, y que habían atacado a diego con armas… No pensé que iba a ser algo así. Parece más una bestia salvaje que otra cosa, pero su cara… Mierda, su cara es como cualquier otra.

— A excepción de los dientes. —murmuró Pedro.

Todos giramos la cabeza hacia el cadáver. Con la boca abierta, producto de su última mueca de dolor, todos vieron los dientes afilados que yo había apreciado en primer plano tan sólo unos instantes antes.

Sofía se dio vuelta, para no ver aquella cosa, y sollozó en silencio mientras abrazaba a las gemelas. Martín se agachó y se puso a estudiar el cuerpo. Todos callamos, viendo que estaba pensando en algo muy seriamente.

— Leti, llevate a Sofi. Vayan al mar por un segundo.

Leticia no preguntó por qué, simplemente lo hizo. Laura los siguió, de modo que sólo quedamos nosotros dos, más Pedro y Juan.

— ¿En qué pensás? —le dijo Juan.

— En que no hay animales en esta isla.

Era verdad. No habíamos visto ninguno, ni escuchado ninguno en todo el tiempo que estuvimos ahí. Ni siquiera vimos heces o huevos, ni nada que nos diera pista del paradero de algún animal.

— ¿Y qué tiene?

— Pensalo por un segundo. Un tigre, un león, una pantera, cualquiera de esos bichos explicaría lo que le pasó a Mateo y a Luca.

Con esa frase, entendí a dónde quería ir Martín con su explicación. Las náuseas volvieron a azotar mi estómago. Martín continuó hablando.

— Pero no hay animales. Debimos pensar en eso. Si no hay animales… ¿Por qué los cuerpos de los chicos aparecieron así? No hay bestias carnívoras, ni siquiera animales carroñeros. La única posibilidad que queda…

—…Es que sean estas cosas las que… Se los comieron. —completó Pedro.

Un escalofrío general nos recorrió a todos. Entendí entonces por qué le había pedido a Leticia que se lleve a Sofía; Ella no necesitaba oír eso. Realmente, Martín era un tipo inteligente.

— Miren sus dientes. Parecen los de un animal carnívoro. Quiero decir, todos los humanos comemos carne, salvo que seas vegetariano… Pero no comemos carne arrancándola de los cadáveres. Y si lo quisiésemos hacer, no podríamos, porque no tenemos dientes así. Y esos rostros…

— ¿Estás queriendo decir que son humanos? ¿Caníbales? —preguntó Juan.

— Supongo que es la única explicación. Que la carne humana alteró sus cuerpos de esa forma, pero que, en esencia, son humanos.

Me imaginé a varias criaturas como la que yacía a nuestros pies alimentándose de los cuerpos de Mateo y Luca, a sólo unos pocos metros de donde estábamos durmiendo nosotros. No pude aguantar más, y volví a vomitar sobre la arena. Juan me siguió.

— Por eso nos dejaron acá. —siguió Martín— Somos las presas de estas cosas. Por eso querían que nos refugiásemos en la cabaña esa, y hasta nos dejaron comida. Si nos hubiésemos quedado ahí, ahora estaríamos muertos.

— Estamos muertos de todas formas. —le dije, mirando hacia el mar. Las gemelas estaban entadas, charlando con Sofía. No se veía tierra firme por ningún lado. — ¿Cuánto vamos a sobrevivir escapando de estas cosas, armados sólo con un puto puñal?

Pedro y Juan asintieron, mirando al piso. El desánimo se apoderó de nosotros. Me di vuelta para mirar a Martín, pero él estaba sonriendo.

— No necesariamente.

— ¿En qué pensás?

— En nada. La solución está ahí. —se levantó, y señaló hacia el mar, pero no hacia donde estaban las chicas, sino hacia la izquierda. —Mirá eso.

Los cuatro miramos hacia donde señaló Martín. A lo lejos, vislumbramos el mismo barco que nos había traído hasta esa isla.

— ¿Qué carajo hace eso acá? —preguntó Juan. Fueron sus últimas palabras.

— Capaz que viene a dejar más gente. —aventuró Martín. —supuse que podría pasar eso. Por eso, cuando José me dijo que podríamos venir acá, supuse que era la mejor idea. Quiero decir, los tipos que nos dejaron acá lo hicieron casi automáticamente. No era la primera vez. Y sin embargo, los mapas que nos dieron estaban dibujados a mano. Eso sólo puede indicar una cosa: A cada grupo  de gente lo dejan en un lugar distinto. Sino, simplemente podrían imprimir un mapa general. ¿Por  qué tomarse tantas molestias? Y entonces pensé que era por las bestias salvajes. Supuse que había animales de verdad, no estas cosas—dijo, señalando el cadáver del caníbal— y que, por  propia seguridad, cada vez que venían hasta acá, desembarcaban en un lugar distinto. Por eso  debíamos ir a otra costa si queríamos ver el barco de nuevo.

— No me dijiste nada de todo eso anoche. —le increpé.

— No, José, pero lo que pasa es que esa idea tenía dos grandes fallas. Primero, lo de desembarcar en distintos lugares por miedo a los animales, era una posibilidad, pero no me terminaba de cerrar. Y segundo, no entendía todavía el porqué de dejarnos acá, a nuestra suerte, en vez de simplemente matarnos o pedir un rescate o lo que sea que pase por sus mentes enfermas. Pero ahora todo tiene sentido. Nos dejan para ser cazados por estas cosas. Y eventualmente, iban a volver. Y algún día, volverían por esta costa, y no por la que nos dejaron. Lo cual tiene sentido, porque no es a animales a lo que le tienen miedo, sino a estas cosas. Se acercan lo suficiente como para brindarles… Alimento, pero no lo suficiente como para convertirse en carnada ellos mismos.

— Sos un genio. —le dijo Pedro.

— Digamos que tuve mucho tiempo para pensar. Pero jamás creí que el barco volviera tan rápido. Supongo que tuvimos suerte.

— ¿Y ahora? —le pregunté. — Si nos acercamos, nos van a disparar, al igual que hicieron con el rubio ayer.

— Es verdad. No pensé en eso. Pero tratemos de acercarnos. Por lo menos, tenemos ese puñal.

— No sirve contra pistolas, Martín.

— Lo sé. Pero prefiero morir de un tiro que convertirme en el almuerzo de estas cosas. ¿Vos no?

Le di la razón, por supuesto. Cualquier cosa era mejor que eso.

 

 

 

Capítulo 13

Llamamos a las chicas, y obviamos la parte del canibalismo. No hacía falta contarles esa parte. Pero les hicimos ver el barco, y les explicamos que íbamos a intentar subirnos en él para volver a casa. Aunque no sabíamos ni siquiera en dónde estábamos. Las tres sonrieron ante la perspectiva de una posible solución. Por primera vez en más de treinta horas, sentimos un poco de esperanza.

Planeamos caminar paralelamente al bosque, ya que desde la costa seríamos fácilmente vistos por la gente del barco. Comenzamos a caminar, a un costado de los árboles, atentos al menor ruido que nos alerte de la presencia de otro caníbal.

Pedro iba al frente, seguido de Martín, Laura, Leticia, Sofía y yo. Juan iba detrás de todos, y eso le causó la muerte. Pude haber sido yo, en caso de haber quedado último, pero fue una cuestión de mala suerte lo que acabó con su vida.

Debimos haber recordado que no hacían ruido. No sé por qué, nadie lo sabe aún, pero nos olvidamos momentáneamente de ese hecho. Entonces, confiados al no escuchar ninguna pisada, seguimos caminando. De repente, escuchamos un ruido, y al darnos vuelta, vimos a uno de los caníbales detrás de Juan. Con un solo movimiento quebró su cuello, y luego lo tomó en brazos y se adentró en el bosque. Sucedió tan rápido que nadie reaccionó, pero de todos modos, no pudimos haber hecho nada para salvarlo.

Lo que si sucedió fue que entramos en pánico, y comenzamos a correr, alejándonos del bosque. Martín, mediante gritos, nos indicó que volvamos a colocarnos cerca de los árboles, o estaríamos muertos. Eso hicimos. Quedamos lo más cerca posible del barco, que ya casi llegaba a la costa.

Fue la espera más angustiante de mi vida. Si nos alejábamos del bosque, estaríamos muertos, ya que nos verían desde el barco y nos dispararían en cuanto intentásemos acercarnos. Y estando cerca del bosque, tal como estábamos, corríamos peligro de que otra de esas cosas se lleve a uno de nosotros. Sofía lloraba en silencio, abrazada a Leticia, y todos nos sentíamos igual de mal.

Finalmente, el barco ancló en la costa. Todos nos sorprendimos al ver que sólo se bajó una persona de la embarcación. Era difícil saberlo a esa distancia, pero desde ahí todos creímos ver al tipo que había asesinado al muchacho rubio el día anterior. El tipo simplemente se quedó parado

en la arena, sin hacer nada.

De repente, vimos salir del bosque a uno de los caníbales. Nos quedamos lo más quietos posible, conteniendo la respiración, pero aquel ser ni siquiera se percató de nuestra presencia. Caminabacon sus piernas ridículamente largas hacia el tipo del barco. Hacia el secuestrador.

— ¿Qué carajo pasa? —susurró Laura.

— Sh… No hagamos ruido. Puede haber más de esos por en el bosque. —la calló Pedro.

De modo que nos limitamos a observar. Durante algunos minutos, el tipo del barco y el caníbal parecieron entablar una conversación. De modo que sí eran humanos… O al menos no habían perdido su humanidad por completo.

— Mierda…—susurró Martín. —Es la mejor oportunidad que podríamos tener. El tipo está solo. No trajo más gente, no sólo gente para dejarla acá, sino que es probable que él sea la única persona en el barco. Y no nos sirve…—masculló, con amargura.

— ¿Por qué no? —preguntó Sofía. Pero todos sabíamos la respuesta.

— Porque está esa cosa. Acercarse a un tipo es posible, pero todos vieron de lo que son capaces esos… Seres.

— Pero vamos a tener que ir de todas formas. —les susurré. —Allá afuera es uno solo. Dentro del bosque, puede haber varios. Las posibilidades siguen siendo buenas. Sugiero que, en cuanto el tipo se suba al barco, salgamos corriendo y trepemos al mismo antes de que arranque. No sé cómo es que la bestia esa no lo ataca, pero parece estar tranquilo. Quizás hasta ni siquiera trajo un arma. Y nosotros tenemos el puñal.

— Es verdad que mataste a uno, pero si perdemos tiempo peleando contra ése, quizás el barco se vaya. —dijo Martín.

— No hace falta pelear con la cosa esa. Podemos dar un rodeo. Sabemos que somos más veloces.

En eso tenía razón, y el resto de los chicos lo sabía. Nadie dijo nada más. Era todo o nada, y nos íbamos a jugar nuestras vidas en los próximos minutos.

Finalmente, terminaron su reunión. El tipo se dio vuelta y se dirigió al barco. Yo empuñé el arma que tenía, y todos salimos corriendo.

El caníbal se quedó ahí, parado. Hubiera sido bueno que se haya ido, pero no podíamos darnos el lujo de esperar. Nos abrimos un poco a la carrera, para pasar lo más lejos posible de él. El tipo ya había recogido el ancla y estaba en el interior del barco, por lo que no nos podía ver.

Pero el caníbal sí nos vio.

Él y nosotros estábamos a la misma distancia del barco. Pero en lugar de perseguirnos, se dirigió al mismo destino que nosotros, para interceptarnos en el medio. Mierda, era astuto.

Pedro fue el primero en llegar, y luego Sofía. Él la ayudó a que suba primero, y luego subió él. Yo llegué después, pero en vez de subir, me quedé para ayudar a las gemelas. Las dos llegaron juntas, y subieron una detrás de la otra. Antes de que llegue Martín, el caníbal nos alcanzó.

Le lancé una puñalada, pero él golpeó mi brazo y desvió el golpe. Me golpeó en el pecho y caí, adolorido, sobre la marea baja de la playa. Escuché el sonido del motor encendiéndose, y el barco de pronto comenzó a moverse lentamente, alejándose de la playa.

Una sombra cayó sobre mí, y vislumbré al caníbal sobre mí, dispuesto a matarme. En ese momento, llegó Martín, y me salvó la vida. Abrazó al caníbal, y con fuerza lo tiró sobre la arena, sin soltarlo. Agarrado como estaba, forcejeó para que el ser no se libere, y me gritó que me largase. Que subiera al barco sin él.

Me levanté como pude, sufriendo por el golpe que había recibido.

— ¡Ni loco! ¡No te voy a dejar!

— ¡Te necesitan allá arriba! ¡Dijiste que los ibas a cuidar! —seguía forcejeando con el caníbal, y parecía que iba a perder. El barco pronto se alejaría de nuestro alcance.

“Te necesitan allá arriba”… Era verdad. Pero más me necesitaba él en ese momento. Corrí, haciendo caso omiso al dolor, y hundí el puñal en la frente del caníbal. Lo retiré con todas mis fuerzas, y tomé la mano de Martín.

— ¡Vamos! —le dije, y salí corriendo hasta la escalerilla. Me trepé al primer escalón, subí la mitad, y me di vuelta. Martín se había levantado, y había llegado hasta la escalerilla después de mí.

Y el caníbal también. Lo tomó por la cintura, y emitió un gemido gutural mientras tiraba hacia abajo. Martín gritó de dolor por un momento, y luego no emitió sonido alguno. Cayó al agua, y la bestia comenzó a morderlo ahí mismo. Estaba muerto. Pensé en tirarme al agua y ahuyentar al caníbal, pero no hubiese servido de nada. Lo hubiera hecho sin dudar en caso de que haya estado gritando y sufriendo, pero de su parte ya solo había silencio. Martín se había ido.

El caníbal no dio muestras de querer perseguirme. Llorando, trepé los escalones que me faltaban hasta la cubierta del barco. Los chicos arriba habían presenciado toda la escena. Laura me abrazó, llorando también. El único que no lloraba era Pedro, pero estaba igual de triste que el resto. Él les había explicado a las chicas la parte del canibalismo, puesto que, de todas formas, la habían presenciado en primer plano.

Me permití estar así sólo dos minutos. Luego, tuve que ocuparme del tipo que nos había llevado a esa maldita isla.

Comentarios

  1. Mabel

    4 noviembre, 2017

    ¡Impresionante! Un abrazo Julián y mi voto desde Andalucía

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