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La gota azulada emergió de la aguja, para descender lentamente hasta la base. María golpeó levemente la jeringuilla con la uña del dedo corazón asegurando que no hubiera burbuja alguna en su interior. Miró a través del líquido, desvió la mirada para observar la aterrada cara de la paciente, centró la vista en la jeringa, presionó otra vez el émbolo derramando un tímido chorro esta vez, bajó el brazo que había mantenido en alto a la altura de los ojos, sonrió y se inclinó sobre la camilla.

“No te va a doler, cariño.” Dijo con la voz más tierna de la que fue capaz tras un servicio agotador que esperaban hubiera sido tranquilo y sin sobresaltos. La niña clavó la vista en la aguja, viéndola cada vez más grande conforme se le acercaba. La madre la cogió en brazos para darle la vuelta y, tirando del pantalón rojo, mostrar la parte de nalga necesaria para la inyección.

María sujetaba el algodón empapado en alcohol con la mano izquierda, acarició con él la piel para esterilizarla. “¡Anda pero!, ¿qué es lo que tienes aquí?” Exclamó tocando la mejilla derecha de la niña distrayéndola por completo, guardó el algodón en el bolsillo agarrando el caramelo que tenía preparado; ya estaba, la pequeña entretenida con el dulce no notó la aguja.

María salió de la ambulancia dejando en ella a madre e hija, se acercó a uno de los compañeros quien atendía al conductor del otro vehículo implicado en el accidente. “Voy a llamar por teléfono…” Dijo apuntando hacia la pared donde iba a recostarse; el tacto del móvil le llamó la atención, no se había quitado los guantes de látex. Lo hizo. Marcó el número y esperó paciente a que alguien al otro lado respondiera; nadie lo hizo. Marcó de nuevo.

Se despertó sobresaltado al oír un golpe en el baño, se despojó de la pesada manta que lo protegía del gélido ambiente; la mano derecha palpó el colchón bañado en un cálido líquido viscoso.

“¿Eva estás bien?” Preguntó estremeciéndose, bien por el helor o por la incertidumbre. Se abalanzó sobre el baño. Eva estaba recostada en el suelo, con el camisón manchado e inconsciente, la cabeza formaba un ángulo imposible contra la pared, la cara cubierta por la melena azabache, las piernas unidas hasta las rodillas pero con los pies a derecha e izquierda; como una muñeca rota. José Ángel nunca había visto una con semejante barriga.

Intentó cogerla en brazos pero no pudo; el lavabo era minúsculo y su peso excesivo. La abrazó pasando los brazos por debajo de las axilas de ella sujetándose las manos a la espalda para poder tirar de ella; al ponerla en pie notó su aliento húmedo en la cara. Respira, pensó aliviado aunque la congoja lo atrapó del todo.

La tumbó sobre el lado de la cama todavía seco, la cubrió con la manta y buscó nervioso el teléfono en el cajón de la cómoda.

Tanteó con la mano derecha la pared hasta encontrar el interruptor, aunque para entonces sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad, pudiendo ver su senda en el pasillo. La luz escapada del salón perfilaba los peldaños de la escalera; voces, una más alta que el resto. ¿Quién es? Se preguntó recordando el timbre y el crujir de la puerta de entrada.

Botellas vacías, licores a medio beber, trozos de turrón, barquillos desmenuzados, el mantel con motivos navideños salpicado de vino, copas, servilletas manchadas de salsa. Se había retirado a dormir con el pequeño de sus nietos, dejando al resto de la familia trasnochar con la sobremesa; ahora los reencontraba, aunque con la visita inesperada del vecino, José Ángel. El joven parecía asustado, nervioso, atropellándose al hablar, sudaba; lo contrario a su habitual calmo y sosegado charlotear de ecos caribeños.

“Mamá es Eva María, se ha puesto de parto, han llamado a la ambulancia pero tardará lo suyo, ya sabes cómo está el camino. Parece que se ha desmayado en el baño; tu podrías…” El hijo mayor calló a la espera de la respuesta; todos la contemplaron en silencio, en especial José Ángel, quien estrujaba un gorro de lana entre las manos, exprimiéndole una solución que seguro no albergaba.

“Estás empapado hijo, ¿cómo has venido hasta aquí? A pie supongo, claro. Ernest, tráele una toalla y algo de ropa para que no agarre una pulmonía.” Doña Joana, aunque mayor, seguía siendo la matriarca de la familia, sobretodo bajo aquel techo. La suya, junto con la masía que habitaban José Ángel y Eva María eran las dos únicas casas en aquel lado del valle; de inhóspito acceso por un encrespado camino helado en esa época del año y con un palmo de nieve de la noche anterior.

La joven pareja cuidaba de los animales y los cultivos de la finca lindante con la de Doña Joana desde hacía cuatro años, tras su llegada de Riohacha; el mismo tiempo en que la anciana, arrastrada por los hijos, pasaba largas temporadas en la ciudad. Aquellas piedras, como ella las llamaba, habían visto crecer incontables generaciones de la familia, y otro relevo acechaba.

“Hace poco que estuviste en el parto de mi hijo y el de Carme está en camino….” Argumentó Ernest en vano. La señora Joana salió del salón renqueando, su enérgica vitalidad era difícil de seguir incluso por los jóvenes de la casa. Reapareció al poco, ataviada con un grueso abrigo, guantes y gorro; cargaba un antiguo maletín de piel marrón donde guardaba sus enseres de comadrona. “¿A qué estáis esperando?” Gritó dirigiéndose al recibidor doña Joana.

El sonido de la puerta resonó en su cabeza por un rato, el eco metálico regresaba una y otra vez hincándola lentamente en el suelo. El martilleo disminuyó dejándola inmóvil, dando paso a un tímido ronroneo eléctrico de la tenue luz del techo. Estuvo así quieta, estática, contemplando la pequeña apertura por la que se colaban voces lejanas, pasos perdidos y el mismo sonido metálico de cancelas ajenas.

Sentía las venas henchídas en cada bombeo del músculo corazón, un calor helado se aferró a su piel colmándole la frente de minúsculas gotas de sudor.

Giró en redondo. Examinó la celda. Los pulmones absorbieron el olor a desinfectante y ambiente cerrado.

Las paredes embaldosadas de color blanco triste; en lo alto de una de ellas, la enfrentada a la puerta, una ventana alargada paralela al techo mostraba la noche del exterior. A la derecha un catre de obra del mismo material que las paredes acogía una manta gris, un escaso colchón y una almohada rancia.

Trató de llegar hasta la cama pero las piernas no obedecieron. Su cerebro asimilaba y analizaba lo sucedido.  ¿Por qué estaba allí? ¿Cómo había llegado? ¿Cuándo?.

Bebió más de la cuenta, fumó en exceso, los ácidos, drogas a doquier; todo ello nublaba sus cábalas. ¡No había hecho nada! O al menos no lo recordaba.

El frío inherente de la celda, el forzado silencio, la enclaustrada soledad; imágenes brumosas e inconexas de la noche anterior danzaban en su mente, boca pastosa y seca, lengua de trapo, labios cortados.

Se sintió siempre cautiva de la realidad circundante, destinada a quehaceres no deseados, desterrando así los propios anhelos. Divina estupidez, pensó. Ahora estaba literalmente presa, su futuro en manos de un policía al otro lado de la puerta.

Guardó el celular en el bolsillo de la chaqueta reflectante. “¡Tenemos una llamada!” Le dijo el conductor acomodándose detrás del volante tras cerrar la puerta. María se apresuró hacia la ambulancia.

“Está lejos de cojones” el enfermero programaba el GPS con la nueva dirección. María se reclinó sobre él para ver a dónde se dirigían. “Parece que es un parto complicado en lo alto de la montaña, tardaremos lo suyo en llegar” Añadió el conductor mirando por el retrovisor para dar media vuelta y ponerse en camino.

“¡Son los vecinos de mi madre!” Exclamó María abrochándose el cinturón dejando el navegador en su sitio. Tres pitidos electrónicos precedieron a una voz entrecortada, el enfermero agarró el micrófono de la radio. “Dime, ya estamos en camino…” Los tres se inclinaron a la izquierda al tomar una curva, el motor subió de revoluciones, el chófer cambió de marcha.

“Hay otro aviso en la zona industrial….una pelea o algo así; vosotros estáis más cerca. Podemos enviar a otro equipo a la montaña. Cambio” El enfermero miró a los compañeros a derecha e izquierda; el chófer levantó las manos del volante en señal de indiferencia, María frunció el ceño negando con la cabeza. “El parto puede ser cosa seria allí arriba, conozco a la chica, se le ha adelantado. Los niñatos pueden esperar, si no que no hubieran bebido tanto la noche de noche buena.”

El gélido silencio tiznado de penumbra los agrupó a los pies de la escalera que conducía a las habitaciones, el fulgor de la luna se deslizaba por la puerta perfilando los contornos en tonos grises y azulados, enmarcando sus hálitos; José Ángel encendió la luz y cerró, para guiarles hasta su esposa.

“No es posible este frío” Exclamó Joana. Entrando en la cámara donde yacía Eva María exhausta y tiritona, el joven explicó que la calefacción llevaba dos días estropeada sin haber conseguido a ningún técnico para repararla por culpa de las fiestas. “¿No tenéis estufas o chimenea?” Preguntó la comadrona.

“En el salón hay una chimenea que mantenemos encendida todo el día pero aquí arriba solo tenemos éste pequeño calefactor y los perros claro, que nos dan calor por las noches” Dijo medio avergonzado José Ángel acariciando la pálida tez de su mujer quien sonrió con poco afán.

Doña Joana mandó a su hijo Ernest de vuelta a la casa para traer un radiador eléctrico, su nuera buscó toallas limpias en la cómoda y bajó a la cocina para calentar agua; el resto, junto con los tres perros, se encerraron en la habitación para tratar de caldearla ante el inminente parto.

“No son un buey y una mula pero entre todos te ayudaremos a entrar en calor” Bromeó la doña acomodando los cojines para incorporar a Eva maría y comprobar así su dilatación. “Agárrate a mi mano hija ¿Cada cuánto contraes?” Preguntó Joana.

Eva no alcanzó a contestar, congestionando su rostro por el dolor. “Cada poco, pero no salgo de cuentas hasta el mes que viene” Respondió al fin con un hilo de voz.

La anciana, humedeció una de las toallas en el agua humeante que su nuera portaba en una olla. “Iré a por más” Susurro al dejarla sobre la mesita de noche. “Nos hará falta” Asintió Joana en un gesto cargado de preocupación.

Comenzó a dar vueltas frenéticamente en la celda como una cobaya enjaulada hasta que una imagen se materializó en su retina dejándola paralizada, le faltó el aire, se sintió hueca, vacía; como si alguien hubiera introducido la mano por la garganta hasta el fondo de su ser, agarrado sus entrañas y tirado fuerte de ellas.

La música, la discoteca, su novio, la amiga, o no lo era; no, ya no lo era claro. Recordó regresar del servicio con la copa en la mano y verlos besándose. Les lanzó el gintónic a la cara. Salió corriendo agarrando su bolso y la chaqueta de guardarropía. Él la seguía. Corrió.

Un coche la obligó a parar sin cruzar la travesía, él le ganó los pasos. Oyó su voz cerca, a su derecha. ¿Qué quería?. Tensó los músculos del brazo con el que sujetaba el bolso, describió un arco con ellos, como un tenista con su raqueta, no miró; tampoco hubiera visto, pensó.

Su copa, la metió en el bolso y ahora ésta se había incrustado en la sien del novio. Un grito ahogado. Cruzó sin mirar atrás escuchando el sonido sordo de un cuerpo golpeando contra el suelo, alcanzó la otra acera, se giró. Su chico postrado en el suelo, con la cabeza apoyada en el bordillo, un brazo aquí y el otro allá.

Se abalanzó sobre él cegada por las lágrimas dejando atrás la bronca de un conductor que casi la atropelló. Inerte. Trató de reanimarlo sin éxito, lo abrazó, lo besó; se miró las manos manchadas de sangre.

La seguridad de la discoteca la obligó a levantarse y a hacerse a un lado; un gentío ansioso de drama husmeaba la escena.

Alguien la introdujo en la parte trasera de un coche agachándole la cabeza con la mano, por la ventanilla contempló como cargaban a su novio en una camilla y se lo llevaban en una ambulancia.

El llanto de un recién nacido es algo fácilmente reconocible, aunque nunca antes se haya escuchado; esbozas una complaciente sonrisa al oírlo, el principio de una nueva vida, no puedes evitarlo, pensaba María examinando al bebé. No se sorprendió al encontrar a la familia en pleno en aquella minúscula habitación.

“¿Y Roberto?” Preguntó María embobada con el niño. “Le he llamado antes dos veces pero no lo ha cogido, hace un siglo que no lo veo”

“¿Ése? A tu hermano pequeño le ha faltado tiempo para salir corriendo; vino, cenó y se fue de nuevo. Dijo que andaba a no sé donde con la novia” Respondió la señora Joana con cierta sorna.

Eva María se revolvió en la cama al acoger en el regazo al bebé, José Ángel a su lado no podía disimular su infinita felicidad.

María notó la vibración en el bolsillo de la chaqueta reflectante. Contestó. El joven agente le pasó el móvil al oficial tan pronto como alguien descolgó al otro lado. “Disculpe, el teléfono desde el que llamo tiene dos llamadas perdidas suyas; ¿Es usted….?” María dejó caer el móvil al suelo.

 

 

 

 

Comentarios

  1. Mabel

    19 diciembre, 2017

    ¡Excelente! Un abrazo Carlos y mi voto desde Andalucía

  2. GermánLage

    19 diciembre, 2017

    Excelente relato, Carlos, tanto por el tema, por desgracia, demasiado frecuente en la vida real, como por la forma de desarrollarlo.
    Un cordial saludo.

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