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Allí estaba junto a una de las patas del sillón marrón, se agachó torpemente y la agarró. Con ella en alto escudriñó el árbol buscando el posible hueco donde ésta mancara, no lo hayó; por el contrario, su brillante superficie plateada le devolvió el reflejo combado de su mujer, quien iba a la mesa cargando sendas bandejas con huevos rellenos y croquetas. Derivó su mirada hacia la chimenea donde tres días antes su hija había colocado espumillón rojo en la repisa y completando la decoración con tres bolas a cada lado, de las cuales él sostenía una en la mano derecha.

El timbre de la puerta sonó, Patata salió corriendo hacia ella resbalando cómicamente en el parquet. “Ya va, ya va; tranquila Patata” Quejose el señor Miguel falto de brío, arrastrando el peso de toda una vida en aquellas palabras, tras devolver la bola a su sitio. La perra saludó con entusiasmo aunque pareció no encontrar a quien realmente buscaba; dio media vuelta y regresó a su pequeño cojín frente al radiador. Los invitados dejaron los abrigos en la habitación de la entrada y pasaron al salón donde la gran mesa copaba el espacio. El hombre saludaba cabizbajo, escueto en jerga y avaro en risa; “Pondré el cava al fresco” Comentó Rosa tras besar a su padre sin saber qué decir.

El bol de macedonia estaba casi lleno, naranja, fresas, kiwi, plátano, piña; el postre favorito de Harry pensó Magali. Posó el cuchillo en la tabla de la que goteaba el jugo de la fruta recién cortada, para abrazar a la hermana mayor en cuanto la vio entrar en la cocina. “Las pondré en la nevera” Alcanzó a decir con un nudo en la garganta; la señora Teresa atisbó el abrazo de sus hijas al tiempo en que probaba de la olla la sopa de galets. “Huele riquísimo mamá” habló Rosa acercándose a ella seguida de la menor. El timbre sonó de nuevo. Las lerdas pezuñas deslizando hasta la puerta. “Ya va, ya va; déjame abrir Patata” Las tres se miraron suspirando una sonrisa al oír el lamento del padre.

Patata oteó la apática acogida del resto de invitados, tampoco en ésta ocasión tropezó con el rostro añorado; regresó al cojín para enroscarse en si misma. El mayor de los hermanos, Roger, tras dejar la chaqueta, persiguió los noveles pasos del pequeño Pere; éste se abalanzó sobre la perra, obligándole a girar las orejas amortiguando el agudo chillido del niño. Padre e hijo allí agachados, escudriñaron la decoración mientras acariciaban al animal. El árbol con los regalos en la base, el pesebre en lo alto del mueble rodeado de fotos de familia, espumillón carmín a doquier, la gran mesa presta para la comilona; todo como cada año, aunque en la última vez no hubo poinsettia y la chimenea estaba apagada, pensó. “¿Quién habrá decorado?” Le preguntó a su hijo sin esperar respuesta alguna. “Tu hermana Magali…. ¿Ya no saludas a tu madre?” La calidez de la voz le erizó la piel. Su forma de arrastrar las palabras, de encadenar las unas con las otras en aquella dicción perfecta, grave, profunda, aunque indudablemente femenina; por algo su voz había llenado tantas horas de radio en el pasado. Roger se levantó, con el pequeño en brazos, para abrazarse a su madre. “Anda vamos a la mesa para el aperitivo, nos hará bien a todos” Continuó doña Teresa.

Harry estaba sentado en el sillón marrón contemplando a su familia; ellos, alrededor de la mesa charlaban, reían, uno u otro se le acercaba llevándole pequeños bocados de conversa que para él, eran todo un esfuerzo. Le costaba beber, padecía al mantenerse en pie, respirar; le costaba la vida vivir. Su hermana le ayudó con los motivos navideños, él no hubiera sido capaz. Desde niño le encandilaba la Navidad, se ocupaba de organizar la comida, el amigo invisible para los regalos, la mesa, el árbol, el pesebre.

Roger sumergió la memoria en el sillón marrón, buscando en su  vacío la silueta de Harry que lentamente se perdía como se pierde un garabato en la orilla del mar. Eso era, pensó; el océano. Así había sido la enfermedad. Una marea que lentamente se había retirado, dejando al descubierto la arena mojada. Piedras que emergen bajo el marchito índigo salpimentando la playa, las rocas plagadas de moluscos que una tras otra continúan el trazo emprendido por el espigón allá donde antes hubiera agua, montones de conchas y piedrecitas desgastadas por el tiempo que Harry no tuvo. La vida se le fue retirando del cuerpo como una acechante bajamar, dejando a la vista sus huesos, arrebatándole los músculos, amarilleando su piel, mostrando su mirada ojerosa; en él, el sonido de las agónicas olas eran sus pulmones en busca de una brizna de aire. No hubo luna, ni sol, ni pleamar alguna. Roger volvió en si tras el acecho de su hermana Rosa que le ofrecía una copa de cava.

Rosa encontró en su hermano rasgos de Didac, o Harry, como le gustaba llamarse; facciones angulosas, masculinas, con cierta sorna en la mirada. El de Harry era un rostro más sutil, delicado, jovial; el de Roger advertía el rictus de hermano mayor. Ella estaba en casa cuando les anunció su cambio de nombre, fue después de matricularse en el Institut del Teatre; quizás por influencia materna siempre mostró facilidad y maña con la farándula. El eco de su contagiosa carcajada era la huella perenne en la casa, su energía; fuera esa la fuerza con la que afrontó su dolencia desde el principio. Siendo él, en muchas ocasiones, quien animara al resto. Lo que vosotros haréis mañana yo debo hacerlo hoy, decía. Rosa cruzó la vista con su padre. “Pondré algo de música” Dijo el hombre incapaz de aguantarle la mirada.

La orquesta hilvanó la suave melodía, perfecta armonía en un crescendo moteado por dramáticos silencios, un sutil soplido de los vientos y, el piano. Él solo primero, luego con las cuerdas al fondo recorriendo el pentagrama en su devenir melancólico. Sosegada tonada cargada de emoción sustentada por acordes, arpegios y notas. El maestro golpea las teclas sin derramar un ápice de la tensión que éstas, junto con los violines, violonchelos, bajos, trompas y oboes, mantienen en vilo pautadas por la afligida sinfonía. Estallando, tras un frágil pasaje en una cadencia distinta, para arrojar todo el sentimiento que han estado cosechando antes, ágil, delicado, pero al tiempo poderoso, descarado y vivaz. Así es el quinto concierto para piano de Beethoven, El Emperador, tenue, triste al principio; aunque cargado de savia y luminoso al final. El señor Miguel se sacudió el quebranto como lo hiciera el compositor Germano al final de esa pieza, la favorita de Didac, la que siempre le pedía que le tocase al piano; una y otra vez. Su hijo aprendió de su mano el manejo de ese instrumento, inmensas tardes de los dos sentados en la banqueta acariciando las blancas y las negras, repasando pentagramas, admirando partituras. Su mujer lo observaba desde el otro lado de la mesa, disimulando con una croqueta de bacalao en la mano, sabiendo el son del pensamiento del otro, el evoco de la música.

La señora Teresa paladeó la croqueta sin encontrar el sabor de antes. ¿Qué querrás para tu cumpleaños? Le preguntó al hijo. Harry arqueó una ceja exageradamente, altanera ella tiró del extremo derecho del labio hacia arriba, como lo hace el hilo con la marioneta, confiriéndole una expresión de mofa. Quiero una Navidad, respondió él dejándola helada al percatarse de su desatino. ¿Qué sentido tenía un regalo para quien no lo disfrutaría? Eso hicieron. Engalanaron la casa en pleno Julio. Didac contaba ya con pocas fuerzas, feneciendo circundado por la fiesta. Restaba poco para agotar la cuenta atrás que el oncólogo precisara tiempo ha; hasta ese momento nada lo había frenado. Se embarcó en mil y una historias, no se le pasara alguna; hasta tuvo un pequeño papel en una teleserie, en la que hizo de enfermo terminal, por la delgadez y capacidad mimética con el personaje le dijeron. Teresa puso el grito en el cielo cuando él lo aceptó, testarudo, hizo caso omiso; relegándose a la butaca sólo cuando su propio organismo languideció. Magali posó la mano en la madre, alrededor del hombro, ésta se estremeció; las arrugas y frunces del rostro liberaron la congoja, doña Teresa transpiraba sollozos.

Sopesó el paquete; nerviosa, tiró de un pliegue del papel rojo dejando entrever el cartón de la caja. La abrió.      Harry, desde el sillón, gritó clavándole las pupilas en las suyas para que no dijera nada, que callara, que disimulara todo lo que pudiera. Magali mostró el regalo, los zapatos que deseaba; ocultando el resto del contenido, tras leer la escueta nota bajo el envoltorio. Al día siguiente, arropados por la quietud de la casa vacía, lo hicieron.

Harry en la butaca, la hermana frente a él cámara en mano, El Emperador de Beethoven de fondo, no había texto escrito, sólo un hasta luego sincero. La familia quedó atónita cuando, al comienzo del amigo invisible que siempre hacían después del aperitivo y antes de la comida, Magali pidió la atención de todos y puso la grabación. Fue su regalo las últimas navidades, no pude decir que no, se excusó ella.     “Patata y yo; nos llena de orgullo y satisfacción” Harry sonrió al objetivo alzando la ceja. “Aquí estoy como cada año, en el aroma de la chimenea, colgado del espumillón, en vosotros; no me lo podía perder…” Apenas un hilo de voz se trenzaba con el piano y la orquesta.

Magali repartió entre los presentes las pulseras de cuero que tejió para cada uno de ellos, dejando en la caja una docena de ellas para los que tuvieran que venir; explicaba  él en la pantalla. “Las he hecho yo mismo, como aprendí en mi viaje a Australia. Una para cada uno y el resto para los sobrinos que espero sepan de mí” La voz apagada de Didac danzaba con el calmado susurro de la música. “Saborear el presente y los pequeños momentos como éste en el que estáis para sentiros vivos. No dejéis de hacer nada porque yo me fui; yo ya lo hice, todo cuanto quise. ¿Hubiera hecho más? Quizás sí, pero lo importante es cómo vives, no cuánto, y la mía no ha podido ser mejor” Patata levantó las orejas como si hubiera reconocido la voz de su dueño, olfateó y volvió al cojín sin encontrar su rastro. Tras los compases de silencio la orquesta irrumpió con fuerza bajo el piano. “…me marcho sin cerrar, sólo entornaré un poquito para poder velaros por la noche. La marea volverá a subir pero yo me quedaré en mi estoa de bajamar; aunque si os veo cabizbajos, furioso, organizaré tormenta y golpearé vuestra memoria. No quiero ser lastre que os hunda, sólo recuerdo que os alimente. Feliz Navidad.”

 

 

 

 

 

Comentarios

  1. Mabel

    20 diciembre, 2017

    Muy buen Cuento. Un abrazo Carlos y mi voto desde Andalucía. Feliz Navidad

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