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Percibió el olor a lavanda de las sábanas, el tacto suave del lino, el bisbiseo de la tela acariciando su piel. Inspiró profundamente antes de vislumbrar un nuevo día. La luz tamizada por el vaho de los cristales bañaba la habitación; reflejándose por doquier, en la ropa de cama, en las cortinas abiertas, en el tapete de hilo de la mesita de noche, en las paredes empapeladas de tenue color hueso, incluso en los dos sillones orejeros de piel marrón enfrentados entre si. El mobiliario de roble añejo cargado de molduras: la cómoda con el espejo, el armario de tres puertas, la mesa redonda repleta de fotos postrada entre las butacas, el catre de matrimonio; todos, se empeñaban en restar claridad a la estancia, aunque sus superficies barnizadas resplandecían como lo hace el mar cuando aparece el sol en el horizonte; dejando que las ondas, aguas y betas de la madera se ruboricen ante el sol vespertino.

Doña Felisa se incorporó, posó los pies lentamente sobre la alfombra, tanteó hasta calzarse las zapatillas y se puso la bata que restaba al final de la cama. Se dirigió entonces hacia la ventana, como había hecho en incontables mañanas, aunque atisbó poco. Deshizo sus pasos hasta la mesita de noche, agarró las gafas y regresó. Ahora sí, pensó. Erguido en el centro del jardín cubierto de escarcha, el almendro que su padre plantó cuando era niña; si bien hogaño necesitaba de lentes, no recordaba un solo día sin contemplarlo desde su habitación.

Voces enmarañadas de pasos resonaron en el corredor. La puerta se estampó contra la pared, dejando que el alboroto se colara en la quietud de la cámara. Felisa sonrió al árbol los buenos días, tomó aire y giró despacio. Al instante dos brazos trataban de agarrar su cuello, dos manos tiraban de la bata y, otras dos, buscaban desesperadas a sus homónimas bajo las mangas de guata. “¡Yaya, yaya!” Gritaban a coro las tres diminutas voces. La señora Felisa se dejó arrastrar hasta el pasillo; trató de zafarse de sus captoras con cariño para, asiéndose a la baranda, bajar las escaleras peldaño a peldaño.

“Tranquilas, tranquilas. ¡Ssssh! Qué despertareis a vuestras mamás.” Susurró la abuela sentándose en la butaca; las niñas se abalanzaron sobre los regalos esparcidos por el sofá y la alfombra. En un instante papeles de todo tipo y colores se amontonaron alrededor de Felisa. Para las gemelas, Mar y Tania, era ya el tercer día de reyes tras llegar a casa desde Mongolia; mas para Beatriz, era el primero. Bea, un año mayor que las hermanas de mirada rasgada, contemplaba atónita el espectáculo, haciendo fulgir sus ojos como perlas de nácar incrustadas sobre caoba.

Doña Felisa quedó despaciosamente hipnotizada; celofanes chillones, rojos, azules, risas, traqueteo de cajas y juguetes. Recostó la cabeza sobre el respaldo del sillón…

…Felisita trae ya un rato despierta, inquieta. Se descuelga el día clareando la habitación. Finalmente, su codo la traiciona acoplándose levemente sobre el costado de la hermana y compañera de catre. La una se queja, la otra ríe. De un salto alcanzan la ventana donde, de puntillas, atisban el pequeño almendro cubierto de escarcha. Padre saluda desde el granero, las hermanas agitan nerviosas las manos provocando una carcajada paterna. La puerta golpea con fuerza la pared, los hermanos varones las invaden. El mayor, con su voz de gallo, las apremia secuestrándolas escaleras abajo donde encuentran una caja con lazo para cada uno. Es todo lo que la post guerra les permite; eso, y el chocolate deshecho de los días de guardar. El aroma a cacao precede a madre cargando la bandeja…

…, el olor a café recién hecho y la suave voz de su hija la devuelven al presente. “¿Quieres uno mamá? Te habías quedado traspuesta” La joven le alarga una taza humeante, sentándose a su vera con la suya en las manos.

“Yaya, éste es para ti” Dice Beatriz hábil con las letras, señalando el cartel con el nombre. “Y éste para ti, mami”

Madre e hija abren los regalos ante la mirada de las pequeñas; Felisa descubre el jersey que vieran las dos paseando por el centro de la ciudad, la misma tarde en que la joven se fijó en el par de botas que sostenían sus manos.

“Ésta cajita también dice mamá” Irrumpió Bea echándose en brazos de su madre.

“¿Ah sí? Pero creo que éste es para mami Montse; yo ya tengo el mío….” Respondió sonriendo a doña Felisa y acariciando el pelo de la pequeña que salió corriendo hacia la cocina.

Montse se plantó en el quicio de la puerta con una mueca interrogante, el delantal puesto, Beatriz en brazos y la cajita en la mano que le quedaba libre bajo el culo de la cría. Se aproximó hasta los sofás y se sentó dejando a la niña en el suelo. Abrió nerviosa la cajita para descubrir una alianza con un pequeño rubí sin tallar encastado en oro blanco. Con los ojos vidriosos se abrazaron las dos ante la mirada de la señora Felisa y las niñas. “Pues claro que quiero, tonta….” Alcanzó a decir Montse.

 

 

Comentarios

  1. Mabel

    19 diciembre, 2017

    Muy buen Cuento. Un abrazo Carlos y mi voto desde Andalucía

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