– ¡No, Luis, estás completamente loco. No te puedes tirar del Empire State en paracaídas!
– ¿Por qué no? Además, ¿quién te dijo que me iba a lanzar en paracaídas?
–Pues ni modo que te arrojes sin nada…eso sería un suicidio; por lo demás estarías cometiendo graves infracciones a varias leyes y reglamentos municipales, estatales y federales…y te podrían meter en la cárcel.
–Pues no voy a usar paracaídas y no me voy a suicidar. Voy a utilizar un par de grandes plumas de ganso.
– ¿Plumas de ganso?…pero estás re-loco, Luis, con tu peso y la gravedad vas a terminar hecho tortilla en la misma acera del Empire State…
–¿Tú crees?…Bueno, y que tal si uso un par de alas hechas con ese nuevo plástico súper liviano y ultra resistente, ése que se llama polimeteanuro o polimeteauretano o algo así…ése si aguanta, ¿no? ¡Si hasta fabrican aviones y lanchas con ese producto! Además, me voy a tirar desnudo…para reducir el peso.
Finalizando la conversación de forma abrupta e inesperada, Luis se echó la mochila a la espalda y salió disparado –casi volando– de la cafetería “El Último Suspiro”, que se ubicaba exactamente en contra esquina del famoso edificio neoyorquino.
Paco no se inmutó ante la informal y fugaz despedida de su amigo, ya que estaba acostumbrado a las locuras de Luis, que por su frecuencia e intensidad ambos bautizaron como los “impromptus lusitanos”, cuando querían sentirse elegantes.
No pasó más de una semana antes de que Luis se presentara de improviso –como siempre– en la casa de Paco, para mostrarle aquel enorme par de alas, blancas como la nieve blanca, que él mismo había confeccionado en el taller improvisado que había establecido en el garaje de su casa.
–El problema ahora –dijo Luis–, es cómo vamos a transportar tamañas alotas hasta el Empire State sin que nadie se dé cuenta; sobre todo la policía…
–Bueno –contestó Paco mientras se rascaba la cabeza–, tal vez podríamos utilizar la camioneta “pick up” de mi hermano, que a fin de cuentas está dormido y no se va a dar cuenta de nada, porque cuando duerme lo hace por varios días seguidos.
– ¿Y es lo suficientemente grande?
– ¡Hombre, qué pregunta! ¡Si hasta un caballo he metido allí cuando ha sido necesario!
– ¡Pues órale, Paco, nos la jugamos…!
Y dicho cual acontecido, los dos amigos se dirigieron hacia el Empire State, con su voluminoso (pero liviano) cargamento escondido en la enorme camioneta. Ambos se habían conocido en el sanatorio local de Brooklyn, donde habían compartido habitación, gracias a que los dos habían sido diagnosticados como “pacientes no peligrosos”, y que el hospital carecía, como todos los hospitales del mundo, de recursos suficientes para dar a cada cliente su propia y exclusiva habitación.
Su liberación, tan sólo unos meses antes del evento después conocido y divulgado por la prensa como “el vuelo loco del Fénix”, se debió a que, en un descuido del encargado de los archivos del sanatorio, los dos amigos alteraron y falsificaron sus respectivos exámenes y diagnósticos médicos, haciendo creer a los eminentes doctores del manicomio que ya estaban completamente sanos.
Entraron al edificio más alto de la Gran Manzana, vestidos de obreros, argumentando que eran limpia-ventanas, y subieron hasta el observatorio, situado en el piso 102 del Empire State. Desde allá arriba, y haciendo uso de una escalera plegable –que también portaban a escondidas–, salvaron la valla de alambre que celosamente resguarda los anhelos puros y estoicos de los potenciales suicidas.
Eran las dos de la tarde de un claro y fresco sábado de octubre cuando Luis se desnudó por completo y, desplegando sus blancas alas, inició su inverosímil vuelo sobre la orgullosa isla de Manhattan.
Los miles de neoyorkinos y turistas que circulaban en aquel momento por las calles de la ciudad elevaron sus ojos al cielo para contemplar un espectáculo que jamás olvidarían: un hombre desnudo, con dos enormes alas blancas, planeaba sobre las calles y avenidas de Manhattan como si fuera una gaviota al vuelo. Haciendo gala de un increíble sentido del equilibrio aeronáutico, pasaba rozando las antenas de los edificios más altos, para luego descender en picada sobre los parques atiborrados de curiosos, y finalmente se alzaba de nuevo, impulsado tal vez por la tenaz brisa del rio Hudson, para renovar su increíble hazaña.
Una decena de patrullas lo seguía en su loca aventura sin poder hacer nada, hasta que un par de helicópteros de la Fuerza Aérea lo amenazó con soltar metralla si no bajaba inmediatamente a tierra, suponiendo, tal vez, que era un muy original –pero no por eso menos peligroso– ataque terrorista.
Ante tal amenaza Luis se decidió a descender, al fin que ya había sobrevolado Manhattan varias veces, no sin antes asegurarse de que Paco hubiera hecho correr la noticia de que aterrizaría en la Biblioteca Pública de Nueva York, situada en la calle 42 y la Quinta Avenida, lugar donde ya lo esperaba una verdadera multitud, además de varias patrullas, dos carros de bomberos y tres ambulancias; aparte de todos los medios de comunicación disponibles en aquel momento.
Con la suavidad y la gracia del Ave Fénix, Luis aterrizó y quedó sentado sobre el lomo de uno de los dos leones de piedra que resguardan la entrada de la Biblioteca Pública de Nueva York. Mientras lo esposaban los policías neoyorquinos recibió la oferta de una importante editorial sobre los derechos de un libro describiendo su historia, tres cadenas televisivas lo invitaron a dar entrevistas exclusivas, los periódicos locales e internacionales se peleaban por conseguir tomarle una foto o tener una entrevista de primera mano, y un productor hollywoodense le adelantó un cheque con muchos ceros para asegurar los derechos de filmación.
En la actualidad, Luis y Paco viven en California, donde con las regalías del libro y de la película adquirieron un pequeño sanatorio mental, que dirigen con gran maestría y dedicación, y que atiende a muchas estrellas de Hollywood que con frecuencia sufren trastornos y desequilibrios mentales. Como un recuerdo de la aventura que los hizo ricos y famosos, el sanatorio se llama “A volar, joven”, aunque habían pensado denominarlo “Alguien voló sobre el nido de los pájaros cucú”, pero desistieron de este nombre, a último momento, por razones obvias…





GermánLage
Tan original e impecable como todo lo que acostumbras a escribir. Felicitaciones, Vimon.
Un cordial saludo.
VIMON
Muchas gracias, amigo Germán. Saludos.
Mabel
Muy buena historia. Un abrazo Vicente y mi voto desde Andalucía. Aunque mi comentario no se refleja no se que le pasa a la página.
VIMON
Muchas gracia, Mabel. Yo también he tenido dificultades para comentar y votar. Un abrazo.
Vladodivac
Me gusta Vicente, te dejo mi voto y un gran abrazo. Felices Fiestas.
Semper Fidelis.
Joaquin.
VIMON
Muchas gracias, Vlado, y un abrazo para ti.
Beatriz-Alvarez-Tostado
Me parece un cuento muy interesante y divertido. Captó mi atención desde el inicio y hasta el original final. Mi voto junto con un regio abrazo.
VIMON
Muchas gracias, Betty. Un fuerte abrazo.
Darx Duvald
Muy interesante y entretenido. Tienes mi voto. Saludos
VIMON
Gracias, Darx. Saludos.