Curt vestía ese día una elegante americana de lana con seis botones y unos pantalones de pinza confeccionados con casimir. Siempre que intuía algún acontecimiento, o el acecho de algo mutado en catástrofe, vestía con traje. Era culpa de su espíritu supersticioso: funcionaba como un amuleto, una suerte de fetiche; obsesionado con, si remotamente se le presentara el peor de los casos, acabar convertido así en un bonito cadáver.
Perdió el rastro de Dwayne cuando ya estaban próximos a las delimitaciones de su vivienda, en el oeste de la ciudad. Un vehículo intercedió entre los dos en plena rotonda y les obligó a continuar así hasta el final. Dwayne aparcó el Toyota en las plazas reservadas para él mismo y para el transporte de sus allegados, justo enfrente del portal del edificio. Al adelantar, Curt hizo señales con las luces y se aventuró un rato intentando localizar un emplazamiento lo bastante alejado, donde prescindir de miradas o testigos inoportunos, un lugar donde no se levantaran sospechas. Entró en un descampado repleto de badenes y socavones con suelo de arena, cuya entrada estaba compuesta por arcos de hierro oxidados. Lo custodiaba una antigua fábrica abandonada. Realizó una inspección minuciosa durante largos minutos con el fin de localizar posibles salidas alternativas de huida, o útiles como escondrijos. En el fulgor de la noche, no existía un alma. De lejos resonaban ladridos de perros guardianes. Se encontraba a diez minutos andando desde ese desierto descampado hasta el barrio de Dwayne, y utilizó ese tiempo para esclarecer sus ideas y ordenar sus reflexiones. Irguió las espaldas y, aunque imperceptible, no logró deshacerse de la tensión que le inundaba más a cada paso que se acercaba y le recorría helada la espina dorsal. Le invadían cien dudas, cien planteamientos, cien incógnitas; en el fondo estaba aterrorizado. No tenía previsto hacer daño a nadie.
Curt siempre recordará que ese día Dwayne vestía camisa blanca y dockers oscuros. Al reencontrarse ambos, y casi sin pronunciar palabra, entraron en el edificio y subieron andando hacia el apartamento. Curt iba detrás, como siempre; el ascensor continuaba estropeado. Nada en aquel edificio había experimentado un mínimo cambio. El vikingo tenía los pensamientos dispersos y la mirada fija en la nuca de Dwayne, que se movía arriba y abajo, en sus estrechas espaldas y en la carne de gallina de su cuello. Le pareció experimentar una especie de “déjà vu”, reviviendo las numerosas ocasiones en que había realizado ese mismo recorrido él solo; en los últimos tiempos, se había convertido casi en un asiduo.
Luces incandescentes, tramos infinitos, peldaños altos y deformes en pasillos angostos. Todo le resultaba familiar: el peculiar olor, la señora lánguida con su prole alrededor lanzando improperios a través de los rellanos, la prostituta de piel macilenta exhibiéndose, su proxeneta negociando los servicios, el anciano del síndrome de Diógenes; las mismas caras curiosas que asomaban por las rendijas de las puertas. Los mismos murmullos a su paso, increpándole con sorna. Pero esta vez sí que notó un cambio al recorrer ambos el camino, y al pasar frente a las respectivas viviendas: supo claramente que todas y cada una de esas personas respetaban enormemente a Dwayne, pero a él le temían. No le conocían, jamás habían hablado ni terciado una sola frase, si acaso un breve intercambio de miradas, ni siquiera se habían saludado, pero le juzgaban con acritud. La diferencia entre esos dos efectos se le incrustó dentro de la piel; pudo atisbar, incluso, alguna reverencia casi plausible cuando el traficante pasaba por su lado, y sin embargo un gesto desdeñoso tras su propia sombra. Un ligero movimiento de cabeza casi como agradecimiento a la protección, compensado en forma de sonrisa aparentemente benevolente y cercana del traficante. Lo cierto es que todas esas personas, cuestionables o no, respetaban a Dwayne, y sin embargo a Curt le temían, ¡y de qué forma! A Curt siempre le temían. Incluso cuando éste se esmeraba por tratar con la mayor deferencia posible, respiraba ese temor enfermizo. Quizá si hubiera sentido alguna vez un voto de confianza sincero, otra clase de sentimiento hacia él, de alguna forma se hubiera vuelto más humano o las cosas hubiesen tomado un cariz diferente. Era impensable a estas alturas: el ahora se había convertido en un demasiado tarde anclado en el tiempo. Ese trayecto constituyó la segunda vez durante todo aquel día interminable en que una envidia insalubre y desbordante hacia Dwayne le recorrió las entrañas: él mismo casi se contagia de ese temor hacia su propia persona.
El distintivo plateado apuntalado en la puerta de Dwayne, que le definía como “representante comercial” y que daba la bienvenida, estaba inclinado. Con disimulo, mientras Dwayne giraba el manojo de llaves, Curt lo enderezó y ambos entraron en el apartamento. La marihuana se podía aspirar casi desde el descansillo. Los pocos enseres estaban esparcidos entre el suelo, y los muebles dispuestos sin orden ni concierto. Cynthia se encontraba estirada cómodamente en el sofá, devorando frutos secos y patatas fritas con ansiedad, engullendo puñados desde un bol que atesoraba en su regazo.
Había sintonizado un popular concurso televisivo en la televisión, con un volumen elevado; el presentador lanzaba dardos irónicos a los participantes, el público entusiasta gritaba descontrolado. Mientras, ni rastro del niño; no se le veía ni se le escuchaba. Dwayne no preguntó una sola vez por su hijo de dieciocho meses.
Dwayne se dirigió con avidez hacia la cocina; realmente todo formaba parte del mismo habitáculo, el salón y la cocina confluían como un “loft”, con una extraña distribución. Lo peor es que no podían actuar de ningún modo a espaldas de Cynthia y el anhelado secretismo brillaría por su ausencia, lo que en cierto modo dificultaba las cosas.
Curt observó su alrededor familiarizándose con el entorno, como si se tratara de un felino al acecho. La grieta seguía igual de profunda, el cuadro igual de torcido. Memorizó las esquinas y las puertas de armarios empotrados, una al lado de la otra, que siendo víctima de la desorientación podrían dar lugar a confusiones con consecuencias y a una pérdida de tiempo quizá demasiado valioso. Avistó el pasillo estrecho y las dos habitaciones que se comunicaban con él; todas ellas mantenían las puertas cerradas.
El fondo de la vivienda estaba compuesto por ladrillos de cristal traslúcido que cegaba si mirabas hacia ellos fijamente; recorrió el resto de paredes estucadas, que propiciaban una sensación claustrofóbica, y finalmente su mirada se posó en el ventanal central, advirtiendo con curiosidad que estaba construido con vidrio esmerilado. Observó el mundo, pero el mundo no conseguía verlo a él, si acaso una sombra como muchas otras sombras. Le pareció que los astros jugaban a su favor.
La cocina se distinguía del resto del salón por una larga barra americana. Dwayne había confeccionado, con un par de frisos móviles, una especie de original decorado privado, una cortinilla con el fin de que los olores y las humaredas al cocinar no se escamparan por el resto de la casa. Cuando Dwayne, sin mediar palabra, se dispuso a cerrarlos con astucia para aprovechar los escasos momentos que pudiera rescatar a salvo del escudriño incesante del vikingo, Curt puso la mano en medio, impidiendo que el telón se cerrase pudiendo constituir una trampa, y chasqueó varias veces con la lengua:
-No estás en posición de exigir ninguna privacidad, Dwayne. Quiero tener acceso a todo.
-¿Qué es lo que pides exactamente?
-Tú enséñame el catálogo completo.
-Bueno, aún no me ha llegado la gran carga, pero guardo provisiones. Su llegada es inminente. Creo que queda un poco de lo mejor, pocas cantidades en una considerable variedad…
-Limítate a sacarlo y dejemos las conversaciones para más tarde.
Dwayne asintió con la mirada fija en los ojos ámbar del vikingo; Curt, invadido por recuerdos, notó un escalofrío creciente y asió con fuerza el contorno del falso paquete de tabaco a través de la tela del pantalón, transfiriéndose calma a sí mismo.
Mientras simulaba alguna dificultad para extraer los azulejos que guardaban el botín, Dwayne palpó y echó varias ojeadas rápidas por los lugares exactos que había dictado a Cynthia vía telefónica, seguro de que encontraría en ese momento los utensilios que servirían para conservar su vida. El cuchillo de mango largo y hoja afilada de sierra fue lo más sencillo. Las directrices no pudieron ser más específicas: sólo él conocía un rincón casi imperceptible a ojos ajenos, a excepción de aquellos que ya entraban con la intención de una búsqueda y captura. Se situaba debajo de la caldera, en una estrecha separación de apenas un dedo de grosor entre el microondas y un horno eléctrico. Estratégicamente colocada se hallaba el arma blanca, que Dwayne reprimió besar al recoger, escondiéndola con sumo cuidado entre las presillas del pantalón, tapándola con rapidez y esmero y comprobando a trompicones, de manera casi obsesiva, que no se percibiera ningún bulto sospechoso a través de la tela. Suspiró con el alivio de quien carece de escrúpulos y se considera un jugador ventajoso; ahora que ya tenía cubiertas las espaldas, sólo quedaba encontrar el arma que le cubriría el corazón.
Pero, para su sorpresa, no estaba. Palpó, revisó, hurgó, lo examinó todo mil veces, exactamente donde había ordenado que se preparase el revólver. Había visualizado y repasado los pasos a seguir sin dejar márgenes de error, y las instrucciones dictadas eran sencillas: una esquina pronunciada, justo al lado de dónde extraía las bolsas de suministros, tan recóndita y deformada que dejaba una cavidad hueca con algo de profundidad. Tan sólo él tenía constancia de su existencia, y ahora también Cynthia. Podía camuflarse a la perfección y, al fin, algo letal entre sus manos le otorgaría definitivamente una inmunidad que le permitiría adquirir el control de la situación. Podría respirar con normalidad por primera vez en ese fatídico día. Pero no estaba. Allí no había nada. Eso exacerbó sus nervios y causó su perdición.
A Dwayne le invadió una ola de derrotismo, y no tuvo más remedio que acogerse a la realidad que le acompañaba, y asumirla. Su situación actual empezó a dibujar una forma concreta, y comenzó a asimilar su muy delicada tesitura. Tenía muchas ganas de llorar, y tembló por dentro. Le sudaban las palmas de las manos, aunque una de ellas se negaba a desprenderse del mango de la faca por encima de la camisa, asestado a su única opción como alma que lleva el diablo. Tan sólo le quedaba el coraje de antaño, pero Dwayne ya no lo encontraba por ninguna parte. El vencimiento se apoderaba de él. Tantos pensamientos, tantos estados, desde la rabia hasta la resignación, se sucedían raudos en su cerebro, y le embargó el arrepentimiento.
Maldijo los escondrijos, el cuchillo y el revólver. Maldijo al oeste de Londres, también esa vivienda. Maldijo el cerebro -con memoria obstruida por el excesivo consumo de drogas- de esa mujer. Aunque luego pensó, fruto de un cúmulo de paranoias sin justificación, en que quizá podría tratarse de una trampa insidiosa convenida con anterioridad, una especie de conspiración trazada entre ella y el vikingo. Ahora desconfiaba de todo ser humano presente en aquella habitación. Maldijo sus errores y las elecciones que lo habían llevado hasta el punto en donde se encontraba en ese momento, sin escapatoria ninguna. Maldijo su pasado, todas sus mentiras y sus reprochables acciones. Maldijo el momento en el que se desvió del camino recto, y también ese minuto en el que pudo prescindir de mantener una doble vida, y sin embargo rehusó hacerlo. Maldijo el dinero fácil, los ojos ciegos, las bocas mudas y los oídos sordos, sin obviar que él era cómplice y a veces artífice de todos esos sentidos mermados. Maldijo todo el daño que hubiera podido causar, y el que causó. Pensó en sus padres, y en el sufrimiento que les acarreó. Pensó en su mujer, y en sus hijos. Le atormentó la idea de no verlos crecer nunca, de no poder ser partícipe en sus logros o fracasos. Pensó en que jamás se haría viejo. Entonó el mea culpa. De repente, maldijo que no existiera redención para él. Imploró una extemaunción junto a la absolución de sus pecados. A decir verdad, y aunque su proceder en la vida no había sido muy encomiable, no era más que un hombre con incrustadas creencias religiosas y decisiones cruciales, y equivocadas, que todavía retenía un rescoldo de consciencia, y que ahora avistaba su final.
En realidad, el arma de fuego sí que estaba allí. Nadie le había mentido, ni le habían tendido ninguna trampa. Sólo que Cynthia no la había colocado en el punto concreto, sino siete centímetros más a la izquierda. Dwayne se había alarmado tanto al no ubicarla en el primer momento que le habían abrumado las cábalas y le habían obstruido el raciocinio. Perdió toda la vista panorámica y se bloqueó. Fueron siete centímetros que dictaron su destino y firmaron su sentencia. Los siete centímetros más largos y caros de su vida.
Cynthia notó que una sombra de incertidumbre amenazante se cernía sobre el ambiente, y con disimulo dirigía miradas hacia los dos hombres. Dwayne le tenía prohibido hurgar o inmiscuirse en cualquier tipo de negocio, le involucrara personalmente o no, entrañara algún tipo de peligro o no; estaba segura de que el motivo era no implicarla directa o indirectamente en ningún tipo de artimaña, y salvaguardarla de posibles secuelas.
Pero en esta ocasión Cynthia no podía apartar la mirada. Curt le infundía terror, ya hacía tiempo que lo hacía. Al principio, al conocerse, sintió una gran atracción hacia él. Una vez mantuvieron una relación sexual, a la que se añadió otra chica, hacía ya años. Pero su comportamiento fuera de las relaciones públicas era maquiavélico, dominante, exigente y extraño, inestable. Desde esa noche interpuso distancias con él, e indagó en su pasado y en su historial popular y delictivo. Curt tendría que nacer otra vez para librarse de los fantasmas que iba creando y arrastrando por su camino. Curt le infundía un temor asfixiante, al que se enfrentaba con altivez, intentando así crear su rechazo para finalmente ahuyentarlo.
Se lo había comentado a Dwayne en diversas ocasiones:
<Dwayne, el vikingo no es como los demás, tiene algo raro. Tiene ráfagas>
<¿Qué quieres decir con ráfagas?>
<No sé, cambios radicales sin venir a cuento, ráfagas de repente, como si algo no le funcionara bien en la cabeza. En cuestión de minutos, cambia su opinión, su genio y te hace su enemigo. No es de fiar. No es como los demás>
<Bah, mientras pague puntualmente…es uno de mis mejores clientes, tiene dinero a espuertas. Crees eso porque quizá aún guardas algo de despecho. No seré yo la víctima de sus ráfagas o cómo quieras llamarlo, lo que haga fuera de estas paredes me trae sin cuidado>.
Pero ella sentía cada vez más temor cuando las miradas de ambos, ineludiblemente, se cruzaban.
Querría haber avisado a Dwayne desde su posición, con un movimiento cómplice de miradas o incluso realizando un esfuerzo por leerse los labios, pero Curt lo impedía. De forma improvisada se había colocado justo ocultando la visión de ambos. La falta de comunicación gestual y visual añadió más desasosiego a Dwayne, que no sabía cómo proceder con naturalidad. Curt se impacientaba y le apremiaba. No tenía ya capacidad para pensar. Había pasado de jugar en mayoría a protagonizar un “uno contra uno”, y no las tenia todas consigo.
De repente, Cynthia confundió un movimiento desconcertante de Curt, amparada por los prejuicios Vio que el vikingo introducía la mano en el bolsillo de su pantalón y comenzaba a sacar algo resplandeciente, que en su imaginación adquirió forma de puñal, o de navaja suiza. Lo que realmente extraía del bolsillo Curt era un zippo con destellos y un escudo heráldico grabado. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, ahondando en la imprudencia, Cynthia exclamó:
–¡Cuidado, Dwayne, tiene algo en la mano!
Y antes de que Curt pudiese reaccionar, ya que su mirada giró hacia Cynthia por inercia, se encontró a un par de palmos de Dwayne, quien blandía un cuchillo de sierra ante sus narices. Retrocedió y esquivó algunos de los movimientos que peinaban el aire; descubrió que Dwayne carecía de aplomo y también de un objetivo fijado, estaba tan asustado que no acertaba a alcanzarlo con precisión. Sin embargo, Curt no tuvo tiempo de sacar sus propias armas porque bastante ocupado estaba retorciéndose como un lagarto y sorteando los ataques, aunque una cuchillada sí que le alcanzó superficialmente. El incisivo acero rozó más que clavó su pecho, y una línea le recorrió desde el pectoral izquierdo hasta casi la cadera derecha; en cuestión de segundos se vio empapado en su propia sangre y con la camisa pegada a su torso como una segunda piel; el dolor era inmenso. Aturdido por el impacto cayó de rodillas, y por un segundo casi perdió la compostura, pero volvió a recobrar las fuerzas para enfrentar a su improvisado verdugo.
Dwayne también quedó impresionado por su hazaña. Cuando anteriormente había tomado repercusiones a raíz de desavenencias con proveedores irresponsables, o reclamaba impagados, siempre contaba con ayuda de terceras personas. La víctima solía estar indefensa, sujetada de manos y pies, y él tan sólo había de parafrasear y llevar a cabo sus técnicas de amenazas con amputaciones o extracciones varias. Sí, se trataba de algo claramente desigual e injusto, aunque siempre conllevaba una advertencia inicial. Pero él tenía la tranquilidad de que saldría indemne de la operación llevada a cabo. Nunca había sufrido una confrontación tan desnuda como la que mantenía con el vikingo; el reguero escarlata confundido con el sudor de Curt le paralizó y le obligó a perder minutos clave para rematar.
Aprovechó, eso sí, la indefensión de Curt para abalanzarse sobre él, y así impedir que se incorporara. Volvió a empuñar y agitar el arma de un lado a otro. Se trataba de movimientos irracionales, danzando un baile descompasado. El arma temblaba en su mano, y no tenía una dirección clara: dejaba expuestas sus debilidades ante su rival. El miedo se iniciaba en su cerebro, se ramificaba por los nervios y finalizaba el recorrido en las extremidades, que no se mostraban firmes; así que lo esencial escapaba a su control. En ese cuerpo a cuerpo, sin líderes, predominaba el caos. En esos momentos, sólo existía un libre albedrío, y uno de los dos debía alzarse con un golpe de orden y mando para restablecer la jerarquía.
A Cynthia le parecía que las voces de ambos hombres retumbaban a lo lejos, protagonizando un desafío de grandes dimensiones, como si perpetraran un combate de egos criminales cuyo resultado se saldaba únicamente con un vencedor y un perdedor, algo indigno de debate, un puesto imposible de compartir. Indefenso y rehuyendo ataques, Curt centró toda su atención en el arma y en los movimientos de su contrincante. Le dio toda la prioridad, y perdió de vista lo que sucedía a su alrededor. Su ofuscación concernía al arma, que era la única capaz de invalidarlo, pero eso no le eximía de sufrir varios golpes lastimosos por todo el cuerpo. Curt profería quejidos guturales sin excederse, y su panorama visual abarcaba el filo agudo de sierra y el linóleo azul grabado del suelo. A veces veía borroso debido a un telón aguado que oscilaba entre el escarlata y el añil, y que caía frente a sus ojos, pero no se daba el lujo de pestañear por más de un segundo ni de frotarse la cara, por miedo a conceder un segundo de ventaja.
En seguida aprendió a seguir unos movimientos que no dejaban de ser algo repetitivos dentro de su aleatoriedad. Como si de un trilero se tratase, intuyendo dónde se esconde la bola danzante entre tres cubiletes movidos por expertos. O como un insecto con aguijón secuestrado aleteando frenéticamente, encuadrado entre dos recipientes, tratando con desesperación de encontrar la salida, yendo de lado a lado a un ritmo cada vez más trepidante y agónico. Cuando finalmente determinó el punto exacto que pretendía, hizo acopio de todas sus fuerzas, considerablemente mermadas, y lanzó una patada al aire que fue a dar justo al escroto de Dwayne -por supuesto, con toda la intención-.
Fue ese el momento en el que Dwayne se abandonó a proferir un grito doloroso y se apresuró por inercia a cubrirse el pene y los testículos con las dos manos, cuando cometió el error de dejar caer el arma, y Curt la envió al rincón más lejano de un impulso con la pierna. <Luego iré a por ti>, pensó, y esta vez a quien no perdió de vista fue a Cynthia, quien estaba totalmente paralizada. Apresuradamente extrajo el simulado paquete de tabaco “Parliament” y descargó en el cuello de Dwayne unos quinientos mil voltios de tensión, sin darle un sólo minuto para reaccionar, y que le inmovilizaron durante largo rato. Antes de desplomarse sobre el suelo como un peso muerto, tuvo diversos espasmos, se le pusieron los ojos en blanco y salivó por las comisuras de los labios. Entonces cayó, con una respiración lenta, anclado en el umbral entre la vida y la muerte.
Curt, que no parecía él sino un retrato macabro de sí mismo, intentó incorporarse, pero las rodillas se lo negaron y no pudo más que arrastrarse unos metros hasta conseguir apoderarse del arma blanca que había ido a parar a varios metros de distancia. Vigilaba incesante a Cynthia, anticipándose a sus reacciones, que en su caso eran más lentas que las de él, por más malherido que estuviese. Asió el cuchillo salpicado con su propia sangre, bien sujeto, e hizo acopio de todas sus fuerzas para dar la vuelta al cuerpo casi inerte de Dwayne, que seguía respirando despacio, inconsciente. Le descalzó. Se subió a horcajadas sobre él, rodillas sobre los brazos, sus pesadas botas con herrajes al lado de los pies frágiles. Se aseguró de que el rostro del traficante mirara de frente al suelo. Empuñó el mango del cuchillo con ambas manos, apretándolo de tal forma que los nudillos pasaron del enrojecimiento al blanco, a causa de la fuerza administrada, y lo clavó hasta notar un tope en la parte trasera de la cabeza. Percibió un chasquido, como si trozos de cristal se esparcieran por dentro, algo que se resquebrajaba, y luego como si un líquido bamboleara en un recipiente. Dwayne tuvo cierta rebelión final, alguna intención de activarse, quizá movimientos reflejos que se veían impedidos por el peso que se clavaba encima suyo. Los últimos quizá fueron más intensos, emitió sonidos broncos e ininteligibles, y finalmente expiró.
Desde una habitación alejada se escuchó al niño. No lloraba. Eran únicamente gemidos que no llegaban a convertirse en llanto. Gemidos tenues de niño imperando en un silencio atronador. Curt, agotado, se acercó al oído de Dwayne, susurrándole:
–¿Oyes a tu hijo, Dwayne? Tu hijo se despide de ti. Canalla….ni siquiera has mostrado una pizca de interés en él. De menudo cabrón le he librado.
Cynthia, horrorizada, por momentos casi catatónica, quedó absorta en la violencia que acontecía ante sus ojos. Era consciente de que su figura era casi invisible dentro de ese contexto, insignificante en el fragor de la pelea, e indudablemente, gozaba de una posición favorable que le convenía.
Como una siniestra banda sonora de la tarde, la televisión continuaba en funcionamiento; el presentador hablaba sin filtro y el público aplaudía y reía con efervescencia; el volumen continuaba siendo ensordecedor.
Cynthia volvió en sí, y con las pupilas dilatadas recorría las estancias del apartamento, presa de un ritmo ocular frenético. Buscaba como una maníaca cualquier salida que le permitiera seguir pasando desapercibida, y aunque no se caracterizaba por presumir de demasiada perspicacia, se incorporó con lentitud y fue dando largos pero silenciosos pasos dirigidos al pasillo central de la casa, buscando posicionarse en un punto “cero” que resultara cercano a las demás habitaciones. Aprovechó el estado de enajenación de Curt, que parecía encontrarse fuera del mundo terrenal. Se encontraba cercana a la cocina, cercana a la habitación donde dormía el niño, cercana a la puerta de salida. Cercana al cargamento de drogas. Asustada, alterada. Con el síndrome de abstinencia y la avaricia. A la hora de escoger a contrarreloj, el vicio se adelantó al instinto maternal y también a la supervivencia. Casi de puntillas quiso acercarse lo suficiente para alargar la mano y hacerse con la bolsa de drogas que descansaba sobre la barra americana de la cocina, y finalmente huir. Pero, de repente, el silencio.
El felino humano la observaba agazapado y escudriñante. Su cuerpo dejó de obedecer las órdenes motrices que el cerebro le insistía, y le resultó imposible moverse. Sucedió en el peor momento y colocada en el peor lugar, siendo foco de cualquier ataque, en el punto “cero”, cercana a todo. Se notó paralizada de forma psicosomática, la peor de todas.
Antes de lograr ponerse en pie, Curt hizo el amago de caer unas cuantas veces. Estaba herido y cansado, pero no vencido. Se acercó a su ex amante con paso lento y pesado. En un tono dubitativo, casi perplejo, le lanzó una reflexión pronunciada en voz alta:
–Tienes un hijo que gime en una cuna y tú eliges colocarte. No eres más que escoria.
Y de improviso, aprovechó su estado inmóvil para asestarle un empujón que le hizo perder el equilibro, y Cynthia cayó al suelo. Logró sentarse y se arrastró hasta dar con la espalda en la pared, midiendo en todo momento las miradas con Curt. Sabía qué le esperaba, y no tenía miedo. No le merecía la pena luchar, ella estaba en las antípodas de Dwayne. No pretendía alargar agonías ni jugar a inventar finales ficticios, cuando el desenlace verdadero lucia tan claro para los dos.
Curt se acercó mucho, a pocos centímetros de su cara, y decidió formularle una última pregunta que le llevaba semanas corroyendo, aunque no estaba muy seguro de querer conocer la respuesta:
–Sólo dime algo, Cynthia, ¿Qué quisiste insinuar aquel día con aquello de “vikingo, aquí todos sabemos lo que haces”? Veamos, ¿Qué es lo que hago yo?
–Todos saben, todos sabemos, que estás loco, Curt. El mundo te teme porque estás loco de una forma irracional, y cada vez empeora más, a pasos agigantados. No tiene nada que ver con traficar, suministrar, con prostitutas, comprar o vender, con actos ilegales. Es sólo porque estás loco de una forma irracional. No eres como Dwayne, que castiga como consecuencia de algo, que no disfruta creando sufrimiento; él lanza preavisos, es misericordioso cuando debe serlo, sopesa sus decisiones, presiona verbalmente y tan sólo actúa cuando no existe otra alternativa posible. Pero tú eres diferente: eres irracional. Tú tienes ráfagas de demente. No conoces los escrúpulos, no tienes fe, no tienes moral, ni remordimientos, ni conciencia. No tienes nada humano. Eres una especie de monstruo suelto por las calles, como un Charles Manson, que cree en su endiosamiento liderando masas taradas con una esvástica tatuada en la frente, consciente de su maldad, abogando por su maldad, defendiendo su maldad, postergando su maldad y fiel a ella, superviviente a ella. Tú, además de un demente, eres un egocéntrico. Nadie supo nunca por qué tus cadáveres acabaron siendo cadáveres, todo tu comportamiento es una sinrazón indiscriminada. Por eso te temen. Las personas intuitivas lo huelen. Tú no generas respeto, tú sólo eres capaz de generar terror. Como un loco. Como Charles Manson: como un asesino, como un demente. Deberían tenerte lástima en lugar de miedo. Sólo eres capaz de inspirar pánico; y por eso todos sabemos lo que has hecho, lo que haces y seguirás haciendo. Únicamente observa a tu alrededor, echa un vistazo a lo que acabas de cometer. Irracionalmente, en una de tus ráfagas de demente. Y lo peor es que te ha gustado.
La ira se apropió de Curt. Su interior ardió como si estuviera hecho de parafina. Le alarmó enfrentarse a sus propios miedos y peores presagios, y verlos expuestos de una forma tan certera le incendió. Escucharlos tan abiertamente hizo que todo en su interior le diera un vuelco. De pronto, caviló en que Cynthia seguía hablando en tiempo presente de Dwayne, obviando que ya no se le contaba entre los vivos. Aquello le aturdió. <Es curioso como cuesta asimilar las pérdidas. Hablamos de quien ya no existe como si realmente pudiera resucitar, albergando una última esperanza, la más improbable de todas. Nos cuesta acostumbrarnos a la ausencia y la sufrimos más por nosotros mismos que por quien ha marchado; viene a ser como una prolongación de la debilidad, un alargo de la autocompasión>.
Tras su discurso, Cynthia lanzó un escupitajo directo al rostro de Curt. Sólo un milagro podría salvarla de las garras de esa bestia. Ella pudo conocerle en la intimidad, y sabía que no tenía límites. Consiguió resarcirse a sí misma intentando mermar el orgullo excelso de su agresor; a fin de cuentas, consideró ése su consuelo.
–Vikingo, esto ha sido como escupir a la cara del mismo diablo. Y sienta tan bien… –espetó con presuntuosidad, acompañada de una carcajada desdentada.
Embargado por la furia, Curt le arrancó la camiseta dejándola semidesnuda, cubrió con ella cabello y cara con cierto forcejeo, desarmó con habilidad la hebilla del cinturón reconvertida en un puño de acero y golpeó de forma inmisericorde la cabeza de la chica con fiereza, una y otra vez, deformándola. Sin dar lugar a pausas, haciendo de ella un bulto desidioso, luego inmóvil, convertido finalmente en una triste amalgama de linfa y de sangre. No quiso descubrir el resultado de sus impulsos tras comprender, pocos minutos después, la consecuencia sus actos, de sus “ráfagas”. No sabía qué había ocurrido. Inicialmente, y eso sí que era cierto, él no quería hacerle daño a nadie.
Luego actuó rápido y por inercia. No supo el por qué de sus actos. Se atormentó después, porque en la mayoría de ocasiones en que lo rememoraba, no logró justificarlo. Esa decisión le torturó durante el resto de su vida, y se acostumbró a convivir con su presencia en las noches, aunque sólo se arrepentía de ello durante algunos momentos, probablemente en instantes de lucidez.
Quizá lo que pensara en ese momento fue en qué vida le esperaría a un niño abandonado, olvidado en el mundo, víctima de los vicios perniciosos de unos progenitores irresponsables que con toda seguridad ni querían, perdido en esa vivienda concurrida de gente inmunda. Perteneciente a ese estrato social, nada bueno le depararía; y eso si llegaban a tiempo los servicios sociales; en el mejor de los casos, acabaría en manos de algún familiar materno, con historial delictivo extenso, de nefasta reputación. Había investigado a fondo todo sobre Cynthia, en el pasado.
Así que no; no lo hizo por venganza, ni porque su presencia allí significara la existencia de un testigo -aunque éste fuera plenamente inconsciente-, tampoco por maldad. En la mente de Curt, su decisión le proporcionaba algo mejor que su presente, salvándole del sufrimiento. Pretendía ampararlo de un futuro ignoto.
Lo más complicado fue que su presencia lograra calmar los gemidos inquietos del niño, que se mirasen ambos a los ojos y desde la cuna le sonriera inocentemente. Curt le meció paciente y esperó que durmiera de nuevo. Se aseguró de que estuviera sumido en un profundo sueño. Cogió la almohada y, con la mayor rapidez, si acaso en poco más de un suspiro, paró su respiración por siempre.
Volvió sobre sus pasos con andares flemáticos, agotado, con suntuosidad y aire siniestro, apabullado por la completa visión del trágico escenario en el que había participado. Se encendió un cigarro con la mirada absorta en el vidrio esmerilado; estaba tenso, mirando el exterior sin ver nada. Se mantuvo firme sobre las dos piernas. Un brazo le colgaba relajado. La camisa se adhería a su torso, en su rostro caían regueros de sangre.
Pero no sentía nada.
No sentía nada.





GermánLage
Perfecto, Esteff; perfectos los tres personajes; perfecta la escena; perfecta la narración; perfecto tu estilo inconfundible.
Un fuerte abrazo y que en el nuevo año tus objetivos se vean alcanzados.
Estefania
@germanlr tus palabras siempre son un motor, un impulso. Muy agradecida.
Ya voy encauzándome, gracias a personas como vosotros.
Nos seguimos leyendo (tu último micro, fragmento de novela, es maravilloso).
Un abrazo a Mary y a ti
Mabel
¡Excelente! Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía. Feliz Navidad
Estefania
MUCHAS GRACIAS MABEL, NOS LEEMOS
Sosias
Inmenso,una narración salida de una pluma de mucha calidad, escalofriante, aterradora,pero por desgracia más común de lo que pudiera pensarse.
Magnifica escritora.
Saludos y mi voto.
Estefania
@sosias-2 muchísimas gracias. Espero que no sean casos muy comunes, pero es evidente que el escenario es real y en muchas ocasiones sucede.
Un abrazo, y espero leer en breves algo tuyo -lo echo de menos-
Nos leemos!
Gabriel
Sin duda, tienes talento.
Eres de lo mejor que he encontrado en esta red social.
Estefania
@gabrieldeledda muchísimas gracias por tan buenas palabras.
Es algo muy importante para mí, partiendo de la alta calidad que siempre encuentro dentro de esta red.
Nos seguimos leyendo, un abrazo
Vivian.GR
Muy bueno! Me ha encantado. Saludos!
Estefania
@vivian muchas gracias!!! tú a mí me tienes en ascuas con el “Otro mundo”!
Nos seguimos leyendo, un abrazo<!
Vladodivac
Perfecto Estefania, me gusta mucho, magnifico el relato de las escenas. Un fuerte abrazo @estef314 , te dejo mi voto y un profundo deseo, que el año 2018 sea literariamente y en lo personal maravilloso.
Semper Fidelis.
Joaquin