Crímenes de tinta. Capítulo 2

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Capítulo 2: “El Moderno Prometeo, y de los monstruos que atienden ciertos doctores”:

Sturmund Sofía- me retorcí por última vez en las sillas de plástico. Al lado, mi madre me ofreció su mano pronto desistiendo de la ridícula idea.

-Vamos cariño, ya falta poco- termino de pujar mis limites

Dos horas pasaban desde “el accidente” y aún seguía sentada en la sala de emergencias esperando a ser atendida. La ineficacia del hospital comenzaba a reflejarse en dos de los tres tubos de luz ausentes, y a merced de una eterna agonía mi imaginación volvía a dispararse alimentada de las más sórdidas historias.

Quemaduras de tercer y segundo grado se intercalaban con las heridas abiertas de diversos accidentes, y ente adictos y desfallecientes, mancos y rengos, mi nombre descendía hasta el fondo de la lista de prioridades. Me levantaba, me sentaba, volvía a levantarme, pero las esperanzas jamás duraban y con la aparición de cada nueva camilla me mandaban de regreso a la esquina a presenciar otra triste escena.

-Sturmund Sofía- repitió la enfermera desde su cabina

Abandoné la bolsa de hielo en el asiento y me levanté por lo que juraba sería la última vez. Nos encontrábamos a unos pocos pasos de los consultorios, y a nuestro frente la muchacha de blanco seguía sonriéndonos desde el mostrador de madera clara.

-Ame el cuento – me dijo a mi paso. Las risas se escapaban de su boca, y de reojo miraba a su compañera quién retenía, con los labios apretados, la misma expresión. La narración carecía de algún evento fantástico y sin embargo no habían alcanzado las explicaciones para que entendieran la real severidad del asunto. No era un cuento, quise repetirles, pero mamá me dio otro empujón, y cabizbaja me obligué a seguir sus pasos.

-ESPEREN- gritaron por atrás. La voz avanzaba a toda prisa por el pasillo, y de mano del bastón pequeños e incesantes centelleos penetraban el aire.

-Casi…- respiro el anciano- Casi no llego

Su cuello volteo hacia nosotras exponiendo una serie de amarillentas manchas, aunque no era de enfermizo su aspecto. Su vitalidad superaba la mía, si es que significaba algo, y aun a su edad lograba recorrer el mismo trayecto, de los asientos a la puerta, a mitad de mi marca personal.

-Pensé que no llegaba- se agarró de la mesada- Estoy al borde del infarto. Hace horas que siento la presión en el pecho, el dolor en el brazo izquierdo. Por favor ayuda, tiene que ayudarme. Casi no siento las piernas, y el pecho…

Busqué los ojos de mi madre, pero no los encontré. Al parecer estos se habían estancados en las rodillas del de cabellos blancos. La goma del bastón acariciaba la tela raída de su pantalón e intentaba averiguar de qué utilidad podría serle a la altura de su pantorrilla. Hombre sin abrigo y anciano con bastón en aire, sacudí la cabeza. Esto no era parte del asalto no podía serlo. La madera rozo mi espina y al darme vuelta nuestros ojos se cruzaron. Negros.  El temor avanzaba por mi brazo y junto a él, el dolor desaparecía ante la insólita impresión de que el cuerpo que controlaba no era mío, y que tampoco podía haber estado bajo mi dominio durante esos crueles instantes. Silencio, quizás no era la ausencia de ruido lo que me estaba persiguiendo, sino un exceso de ellos. Me hablaban, pero sus murmuros no se distinguían. Las lágrimas regresaban ante una nueva amenaza y me rehusaba a despegar los párpados. Si lo hacía aquella sombra se tornaría real, entonces aquel hombre también existiría, y mi libro sería lo único en desvanecerse.

-Sofía ¿Qué te pasa? – oí una voz nítida. Mi madre intento rodearme con el brazo, pero yo me apresure a evadir el contacto. La sala de espera regresaba baldosa por baldosa a su lugar y todas las miradas se fijaban en mí. Las enfermeras parecían inquietas, aunque sus figuras apenas competían por mi atención y no podía dejar de observar al mayor de los cuatro. El extremo derecho de su labio ligeramente alzado, una mueca que reconocía, que había presenciado esa misma tarde. Era real

– ¿Qué sucede? – nos interrumpió el doctor Succino según leía la placa

-Estoy al borde del infarto- se adelantó el anciano- Todas las señales están ahí. Por favor haga algo

Las manos del doctor cubrieron su espalda y lo guio hasta el consultorio. La puerta se cerró, y yo me gire directo hacia la salida.

-Sofía- grito mamá- ¿A dónde vas?

-A casa- le dije- ya no me duele

– Hace el favor de sentarte

-Estoy bien- intente mover el brazo. Fue cuando el cuerpo me volvió al alma, o al revés no estaba segura. Tenía que escapar y frente a esa urgencia nada tenía sentido. Nada excepto regresar a casa a rescribir el libro. Mamá se sentó y saco un puñado de exámenes de la cartera ¿Acaso no se daba cuenta del peligro?

“Ellos vendrán a su tiempo” sus palabras cargadas de ambigüedades lo convertían en un evento futuro, pero ¿Qué tan remoto? Un año, un mes, una semana, seguramente no un día, no el mismo día, no unas horas después. Me senté. “A su tiempo” tenía que ser lejano al menos que quisiera despistarme, y claro que eso querría hacer. Me pare. O tal vez se tratará de un viejo hipocondriaco. Volví a sentarme.  Mamá largó otro suspiro, el octavo desde que llegamos. No caería en su juego, no dejaría que sus palabras me afectaran, atine a mis piernas que amagaban con moverse. Me quedaba, decidí.

 

Era una tortura, una lenta y consumidora tortura que se afianzaba a cada uno de mis músculos. La espera se alargaba hasta llegar a las tres horas y con el talón de las botas golpeando el suelo, me preguntaba cómo era posible que hasta para morir fuera la última de la fila. No tendría que haber venido. El olor a vacunas y alcohol revolvía mi estómago, y sobre la mesa, en cada una de las revistas, el sello de Sterigdae se burlaba de mi desgracia.

– ¿Benjamín sigue sin atender? – le pregunte a mamá, pero ella no se molestó en responder.

Volví a mirar la hora. Las agujas del reloj avanzaban con extrema cautela, esmerándose por hacer resonar cada mísero segundo. Un raspón semejante al de las aves al volar. Tordos. Mi libro. La mariposa grabada de Sterigdae brillando con más intensidad. Tenía que escribir, me pare.

-Sturmund Sofía- repitió la enfermera- Adelante

El anciano salió del consultorio con el aspecto de haber envejecido otros diez años. Arrastraba los pies por el suelo, y conjunto al cambio en su rosto, sus dedos cubrían la empuñadura del bastón con una fuerza que se anteponía a su presunta enfermedad.

-Un gusto señor Antillo- le sacudió la mano el doctor en la puerta- Ante cualquier eventualidad no dude en consultar

– ¿La medicación? – preguntó forzando la garganta para toser

– Como le dije no es necesaria. Todo parece estar bien, a lo sumo algún malestar emocional, tal vez alguna angustia personal

-pero el dolor de la pierna…

-Hará falta ver a un especialista- dijo Succino- ¿y que las trae por acá? – Se volteó hacia nosotras

-Me asaltaron…

-Se cayó- Terminó mi madre y yo asentí.

Succino nos indicó la puerta abierta y mamá se apresuró a entrar. La sombra de un palo delgado se proyectaba sobre el piso, creciendo y creciendo sobre la pared. Intente mantener la cabeza hacia el frente.

-Aprende…

Me voltee, Antillo había desaparecido y adentro del consultorio mamá se adelantaba a mi explicación. Era más fácil así, cruce la puerta, mucho, mucho más fácil.

 

 

“Un hueso roto” observe el yeso que llegaba hasta mi codo. El hospital público quedaba atrás y nos dirigíamos de regreso a Malvín.  Un trayecto mudo de cinco canciones, con la radio a todo volumen y el limpiaparabrisas rayando el vidrio, fue lo que tardamos en llegar a la subida de Gerancio Werflo. La niebla envolvía nuestro edificio y dudaba que esa coraza fuera suficiente para protegerme de lo que me aguardaba dentro.

El ascensor se detuvo en el doceavo y último piso. Del otro lado, un pasillo anaranjado con dos puertas opuestas parecía esperarnos, y lamentaba saber que la nuestra fuera la más cercana. Necesitaba tiempo, mis botas traspasaron la entrada directo hacia los sillones del living. Solo un poco más de tiempo, me deje desplomar sobre el cuero sintético de los asientos.

-Sofía

El respaldo descamado se dejaba entrever entre la manta, y mi mano sana no podía resistir la compulsión de seguir arrancando pedazos de él.

-Sofía

Detrás del sillón, pequeños remolinos de viento amagaban con derivar el ventanal y pensaba en por qué sería que había extrañado este apartamento cuando ahora recordaba estaba irrigado de los más dañinos recuerdos. Cuando todo en el no pasaba de ser una fotografía del pasado. La niebla se condensaba contra el vidrio y deslizándose de a gotas el escudo se volvía espada.

-Sofía…

– ¿Por qué mentiste? – pregunte armándome de valor

-Amor- dijo tras una pausa- ¿Te sentís bien? Hace días que no salías de casa y de repente te levantaste y…Tus sesiones con Diego ¿Cómo van? ¿Lo extrañas a Benja?

-No entiendo- mentí

Agarro una de las sillas de comedor y la puso enfrente. El respaldo hacia adelante y su mentón apoyado sobre la madera. Otra conversación vacía, mire el yeso ¿Cómo no lo veía?

-Sofí- continuo- ¿Hace mucho que ves a este joven?

El juego de espejos sobre el televisor era espantoso. Uno grande, dos chicos y para rematar tres pequeños. Todos ellos con forma de lagrimal dispuestos en forma de cascada. Una cascada de lágrimas, las gotas de lluvia asentían.

– ¿Siempre te roba? -siguió- ¿Busca hacerte daño?

El esmalte “Amarillo Optimista” tampoco era de ayuda.  Manchas de humedad salpicaban los bordes de las ventanas, y por las esquinas el blanco original volvía a resurgir. Lágrimas en una pared de optimismo ¿Cómo no lo había pensado? La conjunción de elementos, una marcada antítesis: el desesperado grito de ayuda de su artista.

-SOFIA- me obligo a voltear- Estoy tratando de entender lo que sucedió

-El asalto fue, fue…-dije- No lo invente

-No quiero que sigas repitiendo ese cuento -metió las manos en los bolsillos del traje- De ahora en adelante cuando alguien te pregunte que paso le vas a decir…le vas a decir que te caíste en el supermercado ¿Esta claro?

Los dedos le temblequeaban y luchaba por encender el cigarrillo. Fugaces llamaradas remarcaban sus ojeras, un fuego que no iluminaba que solo quemaba. El cigarro termino en el suelo. Una nueva derrota, su mirada volvió a la mía.

-Todo este asunto- continuo- No hace falta alargar la historia, contar cada detalle, el cielo la nube, describir cada piedra. Es mejor ir a lo pragmático.

-Las enfermeras me escuchaban

-Se te reían en la cara-bajo la voz- Amor me preocupa, creo que será mejor que descanses. Ahora te acompaño

-No estoy mintiendo

-Quizás no a propósito- su rostro imito los adornos de la pared y recordé que ella los había comprado en primer lugar.

 

“El fuego trepaba por las ramas. Cenizas desparramadas sobre la tierra abandonada. Sacrificios que resurgían en la noche de …” La noche de…lo estaba olvidando.

“Sacrificios que renacían en la noche de lo…”-repetí- La noche de…

¿Renacían? Lo había cambiado en la penúltima corrección, y luego desistido, y tachado y rescrito y vuelto a escribir tantas veces que ya no lograba recordar la versión definitiva. El bosque, respire, arrancaba en el bosque con la tribu indígena alrededor de la hoguera. No podía hacerlo, comencé a sudar. Mire a mi osito le había recitado ese primer párrafo tantas veces que confiaba en cualquier momento las palabras brotarían de su pelaje.

Mamá volvió a golpear la puerta

– ¿La noche de lo…? – le pregunte

La puerta se abrió y acto seguido se prendieron las luces. Pestañe. Una sombra se proyectaba sobre la pared y no pertenecía a una mujer.

-Hola- dijo y fue suficiente para que me abalanzara sobre sus brazos.

-Sofí – acaricio mi cabello. Intentaba abrazarlo, pero el yeso me lo impedía, y ante la impotencia otra vez me sentía tirada en medio la calle esperando a que mamá se apareciera. Una mancha incolora crecía en su buzo e hilo a hilo la tela mojada se pegaba a mi piel. Me refregué los ojos.

– ¿Queres hablar? – me pregunto Benjamín

– ¿Para qué? – intente tragar nuevas lágrimas- Mamá de seguro te conto todo. Quiere internarme.

– ¿Ese libro es nuevo? – me dio la espalda directo hacia la estantería. Cada una de las ediciones sobre las repisas había sido un regalo suyo y entre hojas y hojas y hojas sueltas apenas si yo misma lograba distinguir entre los nombres que se escondían en el mueble. Benja dio un paso atrás, chocando contra el escritorio de la esquina. El polvo acumulado de semanas se levantaba contra su curiosidad. Más cuadernos y hojas inservibles cubrían la madera de un mueble prefabricado y relegado a la esquina un portarretratos metalizado esperaba coronarse como la prueba final de mi locura.

-Era mi foto favorita

Rayones de tinta azul cubrían el rostro de una pequeña niña sonriente. Su vestido rosado había tardado ocho años en adquirir el color adecuado, y finalmente tras muchos intentos, el canasto de flores negras que sujetaba pasaba desapercibido. Mire sus brazos sin adornar, algo me había impedido terminar de corregir la única foto que conservábamos del casamiento de Mar.

-Ya no puedo reír- le dije-Los golpes destrozaron los músculos de mi cara

– ¿Te pego?

– ¿El mundo? Si, demasiadas veces

-El loco este, ¿Cómo se llamaba? No importa, el ladrón, ¿Te lastimo?

-Me clavo ochocientas dagas en el alma

-Daño físico- lo decía el psicólogo

Levante el yeso. Había discutido con el doctor, las enfermeras, mamá y todo quien intentara convencerme, pero aún así no había podido evitar el castigo que ahora cargaba. Me deje caer a los pies de la cama, y él me siguió.

-Se terminó todo-le dije- Perdí el manuscrito

-Sof-me tomo el mentón- ¿Por qué no empezas por el principio?

Una vez más recreaba la escena, e ignorando los consejos de mi madre, me valía de todos los recursos que disponía para relatar hasta el más mínimo detalle.  Sus mensajes, nuestra pelea, validaban lo que seguía en una interminable secuencia que él escuchaba atento. La culpa se esfumaba de su rostro con la aparición del inspector y cambiaba el color de pelo de este último, un rojo fuego, para acercarlo a la monótona realidad.

El retumbar de las pisadas, el instante en que lo vi. Describía cada una de las facciones de aquel sujeto. Los ojos azules se contraponían al cálido marrón que ahora me observaba. La forma del lagrimal, no obstante, apenas difería. El contorno de su nariz emulaba la de Benjamín. Su estatura, su postura, bosquejos de un mismo artista.

– “El precio de todo el valor de nada”- susurre

– ¿Oscar Wilde? -dijo- ¿Qué tiene que ver?

-Ojalá lo supiera- dije- y bueno eso es todo, creo.

-Espera ¿Y el libro?

-Me robo el libro- agregue- agarro el bolso que tenía, me devolvió tu celular, las llaves, y se llevó el manuscrito.

– ¿Y el arma? –siguió-  Tu madre me dijo que te amenazo con una pistola, y vos lo enfrentaste

-Era de juguete

– pero no lo sabías – Se detuvo. En sus ojos la disyuntiva de un diagnostico imposible. La fantasía era la única alternativa para una tonta temeridad, y de mano de una u otra el inminente traspase a un psiquiatra. Ya no era mi psicólogo, recordé, ¿podía hacerlo igual?

-Te creo- me dijo tras una pausa

-pero…

-Sofía, a estas alturas ya soy inmune a tus flores. Pasaste diez minutos describiendo el cielo, y ni media oración de que le paso a tu brazo. Me encanta- se apresuró-escribís muy bien, pero a veces eso distrae un poco de la historia. Apenitas, una cosa de nada- agregó al ver mi cara-Fue real, Sofí, nadie está diciendo otra cosa, solo que…Es real y punto, ahora lo que me preocupa es que te enfrentaras a él. ¿En qué pensabas?

Asimile sus palabras con extrema cautela. Existían dos discursos casi antagónicos, con los cuales Benjamín elegía expresarse según estuviera usando lentes o no. Ningún metal posaba sobre su nariz en aquel instante sin embargo estaba segura para qué lado se perfilaba la conversación. El psicólogo brotaba por las ranuras de su boca, y no podía evitar cerrarme ante él. No necesitaba otra terapia y menos que menos dos meses con ese yeso.

-…noticieros, diarios, internet. Todos los días hay un nuevo asesinato. El otro día una mujer fue asesinada porque había salido sin plata y no me das bola como siempre ….

-Sofía

-SOFÍA

-No era un ladrón –le conteste-No de ese tipo. Él no quería hacerme daño

– Por favor, no hagas esto- tiro la cabeza para atrás- Desde que conozco que estas escribiendo ese libro, y ahora él viene de la nada y te lo roba, y ¿Vos lo perdonas?

-No-lo mire- No, obvio que no es solo que había algo premeditado en toda la escena, como si supiera cada respuesta, como si en verdad me hubiera estado esperando, como si quisiera el manuscrito, y luego está lo de la cinta, y estaba pensado, ¿Sería tan descabellado?, ¿y si en verdad lo quisiera?

-Decí algo por favor- insistí

– Hable con Diego- dijo Benjamín-  Retomas las sesiones el lunes, y si no vas, olvídate de Buenos Aires.

– ¿QUÉ? – pero él no respondió

Escribir no era sencillo, encontrar las palabras correctas un desafío mayor. En ocasiones ningún sinónimo era adecuado y nada podía suplantar aquella agrupación de letras de las que tanto abusaba. Silencio, no hay otra forma de expresarlo. Era silencio lo que trepaba por la pintura azul de la habitación, el respaldo de la cama y el espacio entre nosotros. Digería sus duras palabras buscando evadirlas. Aceptarlas equivalía a desistir de mis sueños. Era extraño seguir hablando de ellos cuando segundos atrás estaba segura de haberlos perdido para siempre. Benjamín y aquel joven compartían mucho más que su apariencia y con horas de diferencia parecían brindarme el mismo mensaje: Desiste.

-Por favor no me hagas esto

– Todas esas rayas azules en tus dedos, los papeles manchados de sangre, el asalto. Te está matando. Sofí, no puedo ver que te hagas esto

-Escribir me ayuda

-Mira tú brazo, sabes perfectamente a cuál me refiero, y decime a los ojos que estas bien.

– El martes hubo otro atentado en Francia, hace dos días que el país está paralizado por el asesinato de ese conductor, y este hombre, sus hijos se mueren de hambre. Necesito ayudarlos, necesito hacer algo de mi vida ¿Te parece que lo voy a lograr mientras pierdo tiempo en otro consultorio?

-No te preocupes por el mundo porque existió y va a seguir existiendo sin vos. Preocúpate de la persona en la que te estas convirtiendo mejor, porque si seguís con estos vicios -miro mi muñeca izquierda-ya no va haber vuelta atrás y entonces lo que resta de humanidad si desaparecerá.

-Quiero descansar -Tome el peluche de mi cama y lo abrace con fuerza. Él se inclinó y me dio un beso en la frente. Las luces volvían a apagarse y la puerta se cerraba

-No quería morir-le grité, pero él ya se había marchado-Nunca quise morir- repetí, pero no había nadie que lo escuchara.

 Link Capítulo 3: http://www.falsaria.com/2017/12/crimenes-tinta-capitulo-3/

 

 

 

 

 

 

Comentarios

  1. Mabel

    19 diciembre, 2017

    ¡Excelente historia! Un abrazo Camila y mi voto desde Andalucía

  2. Marti

    21 diciembre, 2017

    Me encanto el segundo capitulo, tenia miedo que no igualara el primero pero la calidad se mantuvo,felicitaciones!!!

  3. VIMON

    23 diciembre, 2017

    Muy bueno, Camila. Te dejo el voto diez con un saludo.

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