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D E T R Á S                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                Ahí está. Al fondo de la corta, pero ancha calle, que separa la casa y el almacén; tras el portalón del patio trasero.                                       Entras; aunque no se abre nada para hacerlo. A tu izquierda, hay algo que percibes como el porche de una vivienda, con unos escalones de acceso; y quizás, alguien que te atiende y te acompaña o te da paso.                                                                         A la derecha, un sendero que desciende sinuosamente entre grandes tallos y cañas, que suben desde más abajo; y sin que puedas ver el final de todo. Más adelante…,nada.

Nada, ni nadie, se ha movido o se mueve en este lugar. Es, en apariencia, como

una estampa; algo delimitado y clavado en un recuerdo, algo inerte.Pero, desde el co-

mienzo, te has ido sintiendo embargado y dolorido; porque esto que estás viendo y, a

la vez, reviviendo; está arrancado de su sitio, de su tiempo, y de ti mismo.

¡Cañestro¡ Una palabra, dicha como una demanda, suena tal que un roto en tu

silencio. Es familiar, rara y te evoca a alguien conocido y empleado de tu familia;

una persona mayor, trabajando pese a su edad, dispuesta, apañada y útil para todo.           Parece que la estás viendo: encorvada, pequeña y…; y ya, no hay nadie. Otro efímero          esbozo de recuerdo que no da más; aunque te ha dejado un pequeño asomo de nostalgia.

Te quedas quieto, cogido un momento. Y luego, como si recomenzaras tu venida,

vuelves a la calle. Ahora, no es tan solo el camino hacia este lugar. Sientes su suelo de tierra esparcido hasta los muros, y las pisadas polvorientas, que la llenan de juegos; quizás, entre el portón de hierro y una hornacina vacía y baja, a modo de asiento.                    Hay niños; uno, menos escondido en la neblina del recuerdo, que te enternece como algo tuyo y entrerreconoces de alguna foto; y otros pocos más. Aquellos, que no han podido o dejado jugar, en lo que realmente querían; y se han conformado, refugiándose aquí, con simulacros, inermes y cansinos, de restos de vida.                                  Vuelves a estar dentro de la huerta. Pero, ahora, no bajas; tomas un camino más a la derecha, que sube pegado a una valla. Y andas, flanqueado por chumberas y arbustos que te impiden asomarte y encontrar algún recuerdo.                                                     La espesura, intrincada y sombría, de esta arboleda parece otro muro tan pétreo como la tapia. Te acompaña, o así lo sientes, mostrándote algo que luego no te enseña; durante un tiempo que te cansa , instante a instante, pues no paras de buscar o aguardar; , después, sin que lo esperaras, desaparece con un burla: un recodo; un descenso y el horizonte, tierra vasta, seca y muerta. Cuando miras a tu derecha, ya no hay muro; estás otra vez, fuera de este tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios

  1. Manger

    11 diciembre, 2017

    Buena prosa, Microescritor. Lástima que la edición no esté muy acertada. ¿Cañestro? Mis saludos más cordiales.

  2. Mabel

    11 diciembre, 2017

    Muy buen relato. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

  3. veteporlasombra

    14 enero, 2018

    Supongo que siempre te digo lo mismo: cuentas la nostalgia como nadie, y me encanta el ritmo con que lo haces. Un saludo…

  4. Esruza

    17 enero, 2018

    Estoy de acuerdo con Manger , pero es bueno el relato.

    Saludos y mi voto

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