Don Evaristo

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En el pueblo era tan grande el silencio que se podía escuchar, el transcurrir de la vida lenta y perezosa, sucediéndose en los enormes patios llenos de árboles de cada casa del poblado; se oían los afanes y carreras en las cocinas para tener el almuerzo listo para la gente que llegaba del campo a comer; se percibían las preocupaciones de las señoras cuando tenían invitados o los gritos de la vecina regañando al hijo por desobediente, pero también se escuchaba el dolor cuando ocurría alguna muerte en el vecindario, eran gritos que partían el alma pidiendo una justificación a Dios del porque se llevaba al marido para el otro mundo, dejando a la dolida viuda en la orfandad, ella no entendía que El Señor, tuvo misericordia del pobre prójimo al liberarlo de los dolores que padecía debido a la enfermedad que por años le laceró sus huesos.

Esa quietud que envolvía al poblado fue lo que posibilitó que cuando murió Evaristo Guerra conocido ganadero de la región, se pudieran escuchar hasta en el rincón más alejado del pueblo, las marchas fúnebres que ejecutaba la banda municipal de músicos, las mismas que ejecutaban el viernes santo cuando Jesucristo moría; el cuerpo de Evaristo gozó de música desde su casa hasta el cementerio, pero también sus restos soportaron el calor abrazador de las dos de la tarde ,hora en que fue su sepelio, canícula ardiente que derretía en un dos por tres las velas de las beatas y que causaba al cura párroco sofoco inmenso, generando preocupación entre los acólitos que corrían con un pañuelo impregnado de formol, del mismo con el que embalsamaron el muerto, a ponérselo en las narices del prelado evitando que perdiera el conocimiento. El funeral terminó cerca de las seis de la tarde y los acompañantes, que había sido todo el pueblo, se fueron esfumando entre el oscuro y claro de la noche que empezaba y el día que se extinguía, pero al llegar a sus casas y por mucho tiempo no pudieron dejar de recordar las palabras apologéticas del encargado de llevar la palabra en el cementerio, antes que el cuerpo fuera depositado en la tumba. Siempre fue el mismo orador Don Armando Gutiérrez conocido por su retórica, bajo el nombre del “Tribuno del Pueblo”, despidió a todos los muertos famosos del pueblo, pero cuando él fue llamado por Dios no hubo quien dirigiera unas palabras recordando su vida, ese 15 de setiembre día en que murió, se acabó la elocuencia en el pueblo.

Don Armando era todo un personaje en la villa, alto, flaco casi calvo, vestía siempre de blanco, y cuando no estaba preparando discursos funerarios, se dedicaba al oficio de redactar cartas de amor, que los muchachos campesinos enviaban a sus novias, las cuales habían emigrado a la capital en busca de oportunidades. Sus prédicas luctuosas siempre las iniciaba con el mismo estribillo para todos,” Estamos aquí reunidos para despedir al amigo, al inseparable compañero , que luchó durante su vida por cumplir anhelos y sueños que lo llevaron a ser considerado un ser grandioso para todos los que los conocimos” luego de este introito comenzaba a relatar las diferentes etapas de la vida del occiso desde su niñez hasta en el momento del fallecimiento, asunto este tan extenso, que traía como consecuencia que a los dolientes se les secaran las lágrimas y que los acompañantes adoptaran poses de caballos cansados, apoyándose por momentos en un píe y luego en el otro. Cuando inició el recorrido por la vida de Evaristo, recordó que en su niñez fue un niño muy pobre, de andar descalzo arriba y abajo sin ningún control por parte de su padre, quien vivía entregado en cuerpo y alma a una pequeña heredad que le había dejado su madre al fallecer. Para Evaristo todo empezó a los 15 años, cuando su familia decidió que debería aprender el oficio de peluquero, para ello hablaron con un vecino que tenía una pequeña barbería en la calle de la arena. El que sería mentor de Evaristo nunca fue conocido por su nombre, algunos hablaban de que no fue bautizado y en consecuencia fue llamado por su apodo, el cual se debía a que era poseedor de una gran abdomen totalmente blanco semejante a la de unos peces que se pescaban en el rio llamados bagres, en consecuencia le adjudicaron el mote de “Panza de Bagre”. Evaristo fue un buen alumno que pronto aprendió el oficio y con ayuda de su familia pudo establecer la segunda peluquería que hubo en el pueblo, para ello acondicionó una pequeña habitación que daba a la calle en la casa de uno de sus tíos, la decoro con el consabido espejo de marco dorado semejante al que utilizaba su tutor ,un cuadro que representaba la cacería de un elefante por parte de una tribu africana , el cual no se podía uno explicar cómo no había caído muerto porque en la pintura aparecía atravesado por infinidad de lanzas, en otra de las paredes mantenía el cuadro de las “ánimas del purgatorio” el que mostraba como una cantidad de ellas se sofocaban en el fuego eterno y debajo del espejo con marco dorado tenía una pequeña repisa de vidrio donde colocaba la tijera, la brocha para el jabón, la maquinilla para hacer los cortes atrás y a los lados, pero como el piso era de tierra las gallinas del tío habían establecido debajo de la repisa un revolcadero donde se quitaban con la arena los piojillos y con su pico extraían aceite de debajo de sus alas para untárselo por las plumas cuando era próxima la lluvia, esto ayudó mucho a Evaristo porque mucho cliente llegaba no tanto por cortarse el pelo sino por saber si las gallinas estarían revolcándose y así presagiando lluvia, que les permitiría iniciar las siembras. Pero lo que realmente cambió la vida de Evaristo, fue su hábito de rezar el santo rosario con letanías incluidas, lo cual efectuaba todos los días a las 6 de las tarde cuando escuchaba la voz a todo grito de una beata quien desde el peñón más elevado del pueblo, hacía las veces de almuédano y llamaba a la oración recordando que era la hora del Ángelus; porque precisamente fue un día antes del 7 de Octubre ,fecha en se celebra la festividad del santo Rosario, cuando llegó a la peluquería la viuda de uno de los gamonales del pueblo, del que había heredado haciendas llenas de ganado, diez casa las cuales alquilaba y era copropietaria de la barcaza que efectuaba el servicio de cabotaje en el rio; llegó llevando a su hijo de siete años para que le cortara el pelo pues al otro día hacia la primera comunión, era lo único que faltaba para tener todo listo en la celebración de ese día magno en la vida del pequeño, la torta ya la habían traído desde la capital, el traje confeccionado por el mejor sastre de una ciudad vecina era de lino irlandés con botones de nácar, los pavos fueron preparados por la mejor cocinera del pueblo que según el sentir de las señoras tenía manos de oro porque todo lo que preparaba era exquisito, se encargó al ollero un recipiente gigante de barro para llenarlo de confites y regalos que sería la piñata, y se agotó la existencia de aguardiente que guardaba el estanco, asimismo la estilista que peinaría a las damas invitadas, ya tenía establecido su cubículo donde acicalaría a las señoras con peinados llenos de moños altos y toneladas de laca que esa noche solamente le permitiría dormir boca arriba sin poder mirar a los lados para constatar que si el que tenían al lado era su marido.

Ese día, cuando la viuda llegó a la peluquería, Evaristo tuvo la certeza de que su vida cambiaría, fue una premonición que hizo, que desde ese momento empezara a cortejarla y de parte de ella hubo también cierta simpatía, trayendo como consecuencia que el niño siempre estuvo bien peluqueado por la frecuencia que lo llevaba a cortarle el pelo. El rumor de esos amores fue creciendo y en todo el pueblo eran la comidilla diaria, hasta que al fin el asunto se hizo público y se anunció la esperada boda del peluquero con la viuda más acaudalada de la región. El día del matrimonio se extendió una alfombra roja que iba desde la casa donde saldrían los novios hasta la iglesia, el desfile lo encabezaba un niño que llevaba en una bandeja de plata la arras representadas en libras esterlinas, al lado caminaba una niñita quien portaba un pequeño cojín en terciopelo rojo donde iban los anillos, y cuando los oficiantes de la boda declararon que la pareja estaba casada, en el órgano de la iglesia se oyó el himno nacional. Luego empezó la fiesta que terminó como era habitual cuando los hombres se pasaban de tragos, con una gran trifulca que no se supo quién la empezó, ni quien la terminó.

A partir de este momento, Evaristo pasó a ser una persona respetable a quien se le consultaba cualquier asunto de trascendencia que ocurriera en el pueblo, asimismo fue el precursor y el primero en muchas situaciones que se vivieron durante su interregno. Según él, “importó” desde la capital el primer auto que existió en la región, un Plymouth Special Deluxe, lo trajo con chofer y todo pues allí no había nadie que supiera manejar, un día decidió aprender a conducir y escogió para ello la plaza principal, este hecho llevó al traste la reforestación que el alcalde había iniciado en ella, sembrando pequeños arbolitos que serían el reemplazo a las ceibas centenarias que existían desde tiempos prehistóricos, pues en una de sus clases en lugar de poner la marcha en primera la puso en reversa y se vino hacia atrás arrasando la incipiente reforestación del alcalde, ese fue el motivo que por muchos años en la plaza los únicos árboles que existieron fueran las ceibas. A raíz de incidente decidió no volver a usar el auto y lo dedicó a proporcionar viajes por el pueblo al que pudiera pagar 25 céntimos que el mismo recaudaba, antes de iniciar el viaje; la novedad hizo que su idea fuese un éxito formándose filas para poder hacer el tour. Terminada su labor como cobrador, regresaba a la casa donde todos los días lo esperaba su mejor amigo quien le leía el periódico recién llegado, ya que Evaristo no sabía leer. el pasar de los años fueron menguando al vigoroso ganadero de antes, pero el punto, que lo hundió en la melancolía y le llenó la cabeza de infinidad de recuerdos que no lo dejaban en paz, fue la muerte de su amigo que le leía el periódico, atropellado por un caballista ebrio durante la celebración de unas fiestas patrias. Murió en la silla donde se sentaba a oír las noticias del periódico en una tarde de un ardiente agosto. Murió dejando a una anciana viuda llena de propiedades y dinero, pero que desde el momento en que se percató que su marido había muerto entró en un estado de demencia senil, que hacía que lo llamara a gritos por toda la casa, recibiendo solo como respuesta la voz del papagayo azul que le habían regalado, traído por un familiar de las selvas del sur, cada vez que ella llamaba a Evaristo, el pájaro le contestaba “ya voy” haciéndole creer que Evaristo nunca murió y que el funeral al cual había asistido era el de su propio padre. Paz a sus restos así dio por terminado su discurso Don Armando.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    11 diciembre, 2017

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

    • carlos lozano pacheco

      12 diciembre, 2017

      Le agradezco mucho su comentario y su voto.Gracias.

  2. Rebeca

    12 diciembre, 2017

    Es un lindo cuento, puede contar con mi voto.
    Muy bueno saludos desde Costa Rica.

  3. Rubén Mena

    12 diciembre, 2017

    Excelente!

    Tiene mi voto, saludos!

    • Pablo Narval

      12 diciembre, 2017

      Excelente cuento, muy bien narrado, fluido, tiene inmanencia y un exquisito gusto costumbrista con un lenguaje culto, lo descriptivo no cansa sino más bien atrapa. Un buen cuento.

  4. Gemma

    12 diciembre, 2017

    Me ha gustado mucho. Me recordó “amor en tiempos de cólera”. Enhorabuena. Evaristo me es un nombre muy familiar. En cuanto pueda te doy el voto porque no me deja. Un saludo .

  5. Imagen de perfil de Molly

    Molly

    12 diciembre, 2017

    Excelente escrito Pachin Felicitaciones,me agrada mucho y que sean muchos más

  6. Aura

    12 diciembre, 2017

    Me encantó muchas felicidades por estos regalos es como una honrada a recuerdos muy lejanos, ezito

  7. Humberto lozano

    13 diciembre, 2017

    Muy interesante🧠👓

  8. Gabriel

    13 diciembre, 2017

    Muy buen relato.

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