El ataúd de alquiler

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Ramiro Botello compró su ataúd el sábado por la tarde. Angustiado ante la carestía de féretros en el mercado local, Ramiro Botello quiso adelantarse a cualquier eventualidad y, prevenido como era, se lanzó a la búsqueda del mejor ataúd disponible en cien kilómetros a la redonda. Después de mucho batallar, encontró un bello sarcófago de caoba, color vino tinto, acolchado al interior con finas sedas importadas y una placentera almohada rellena de plumas de ganso. Todo un lujo.

Cuando regresó al pueblo la gente se arremolinaba y hacía fila para ver aquella magnífica obra de la artesanía funeraria, y Ramiro Botello se sintió profundamente orgulloso de su atinada adquisición y de la admiración que despertaba.

Estaba tan contento con su juguete nuevo que no quiso esperar a necesitarlo y desde esa misma noche decidió dormir en él, sin importarle lo que pensara la gente.

El problema surgió cuando empezaron a brotar cadáveres por todos lados y en el pueblo no había ya sarcófagos para darles albergue.

La luminosa idea floreció en la mente siempre despierta de su hermano Terencio, quien candorosamente le dijo: “Por qué no lo alquilas, hermano, hasta podría ser buen negocio”. Y Ramiro Botello, buen comerciante, estrenó su negocio de alquiler de ataúdes al día siguiente, no sin antes tomar la precaución de redactar meticulosamente un pliego con las condiciones indispensables para que su tesoro le fuera devuelto incólume, después de cada uso, incluido el establecimiento de una alta fianza para casos de incumplimiento.

El primero en usufructuarlo fue Luis, el carpintero del pueblo, quien murió de cirrosis hepática, gracias, claro, a su afición por el tequila. Pero nadie había observado que en tanto Ramiro Botello no llegaba al uno sesenta de estatura, Luis el carpintero era un hombre que sobrepasaba con facilidad el uno ochenta. Hubieron de traer a un carpintero de un pueblo vecino para que ajustara adecuadamente las medidas, “sin manipular para nada mi propiedad”, dejó dicho Ramiro Botello cuando cerró la puerta de la sala de su casa, que desde ahí se convirtió en la nueva sala funeraria del pueblo. Sobra decir que no se permitió a los familiares y amigos del muerto abrir la tapa de la parte baja.

El siguiente cliente, a los pocos días, fue Hipólito el carnicero, quien falleció a causa de un infarto que se produjo al intentar levantar un baúl de más de cien kilos, para impresionar a los niños que veían en la televisión de su carnicería un episodio de Supermán. Hipólito era un buen carnicero, pero ya había sido acusado por los niños de querer sorprenderlos abriéndose la bata para mostrarles algo impúdico mientras veían la tele. Sin embargo el inculpado fue perdonado cuando pudo comprobar que lo que había querido enseñar era un calzoncillo estampado con elefantes voladores. El asunto con Hipólito fue que pesaba más de cien kilos, mientras que Ramiro Botello con dificultad alcanzaba los sesenta. Aquí también tuvo que intervenir el carpintero del pueblo vecino, pero para evitar habladurías se decretó mejor presentar la caja sellada.

La tercera inquilina fue la señorita Tere, vecinita de un pueblo aledaño, porque la fama de Ramiro Botello y su catafalco de alquiler habían ya traspasado fronteras, y la región se encontraba escasa de la madera necesaria para la construcción de estos artefactos debido a que un fabricante de guitarras españolas había adquirido, a perpetuidad, todos los bosques de la comarca. La señorita Tere falleció como consecuencia de un orgasmo múltiple, para el cual, según el médico forense, no estaba debidamente preparada, porque había pasado los últimos cuarenta años de su vida en un convento.

Huelga decir que, terminados los ritos funerarios en el panteón y una vez que los deudos se hubieran retirado, los enterradores abrían discretamente el ataúd y echaban el muerto al pozo, sin la menor consideración…

A partir de entonces, Ramiro Botello se lanzó de lleno al negocio mortuorio, agregando candelabros y floreros a la sala de su casa, y poniendo a la disposición de los interesados el horno de su estufa de gas, para los casos en que se solicitara incineración, que al fin contaba para todo con el auxilio del carpintero del pueblo vecino, a quien convirtió en socio.

Aconsejado por su siempre brillante hermano Terencio, Ramiro Botello elucubró que sería necesario contar con más sarcófagos si deseaba realmente engrandecer su negocio, así que se puso en contacto con una empresa maderera brasileña para que le fabricara por lo pronto otros dos, respetando –eso sí–, sus altos niveles de calidad.

Antes de la llegada de los ataúdes brasileños, Ramiro Botello recibió la visita de Don Gumersindo, el acaudalado del pueblo, quien habiendo leído muchas historias de muertos que resucitan porque no estaban realmente muertos, le solicitó un catafalco “muy especial”, con teléfono, aire acondicionado y un pequeño refrigerador para las cervezas. Ramiro Botello se apresuró a girar instrucciones a los fabricantes de Brasil, y al poco tiempo se recibieron dos sarcófagos ordinarios y el “muy especial” de Don Gumer.

La llegada de aquel ataúd tan exclusivo atrajo nuevamente la atención de los habitantes de la comarca y, como no podía alquilarlo, Ramiro Botello aceptó encantado la sugerencia de su hermano Terencio, de cobrar a quienes quisieran verlo. La fila de curiosos dispuestos a pagar el precio daba varias vueltas a la manzana.

El novedoso negocio de Ramiro Botello floreció hasta la llegada de la temporada de lluvias. Ese año llovió de manera exagerada y a los quince días de precipitación ininterrumpida empezaron las inundaciones. El pueblo se convirtió en una Venecia pequeña, pero pobre, y como hacía muchos años que no llovía de esa manera torrencial ninguno estaba preparado y nadie tenía lanchas o botes a la mano, porque además no había ni lagos ni ríos en aquella región melancólica y desértica.

Sin embargo, el día en que se inundó la empresa funeraria los hermanos Botello se percataron de un hecho nada sorprendente: debido a la calidad de la madera y al hermetismo de su construcción, los ataúdes flotaban. El evento fue una nueva revelación para las mentes comerciales de Ramiro y Terencio, quienes inmediatamente decidieron poner los sarcófagos a la venta, ya que sería ilusorio pensar en continuar con el negocio de alquiler, porque quienes los adquirieran ahora difícilmente los iban a devolver. Eso sí, el precio de venta sería exorbitante.

Don Gumersindo fue el primero en llegar a reclamar su mercancía, que además ya había pagado por adelantado, así que salió a bordo de aquel extraordinario ataúd de lujo, al cual le adicionó un motor de 200 caballos y lo convirtió en lancha de carreras.

Los tres sarcófagos ordinarios se vendieron al alcalde, al párroco de la iglesia local y al médico de la comarca, que fueron los únicos vecinos que tenían el suficiente dinero para adquirirlos.

Los hermanos Botello se hicieron muy ricos, pero no tuvieron oportunidad de disfrutar su fortuna, porque la inundación se llevó su casa y muy tarde se dieron cuenta de que el dinero no flota, y menos con dos cadáveres encima.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    29 diciembre, 2017

    ¡ Cómo te gusta jugar con la idea de la muerte, amigo Vimon! De tanto leerte acaba uno perdiédole el miedo.
    Excelente relato, con un inesperado final, a lo que también nos tienes acustumbrados.
    Un abrazo, y que, en el nuevo año, todos tus objetivos se vean satisfechos.

    • Imagen de perfil de VIMON

      VIMON

      29 diciembre, 2017

      Así es, amigo Germán, es uno de mis temas obsesivos. Gracias por tu visita y tus estimulantes comentarios. Feliz Año y lo mejor para ti y tu familia.. !

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    29 diciembre, 2017

    ¡Qué te puedo decir! A mi me encanta como escribes y tu estilo además de sugerente, es atrayente y enigmático. Una historia verdaderamente extraordinaria, con unas imágenes en las que he estado recreándome, pareciera estar ahí dentro de esa escena, a la vez tan peculiar, divertida y sobre todo con un buen toque de misterio que son las que más atraen. Un abrazo Vicente y mi voto desde Andalucía. Feliz Año Nuevo.

    • Imagen de perfil de VIMON

      VIMON

      29 diciembre, 2017

      Muchas gracias por tan bellos y estimulantes comentarios, Mabel. Un abrazo y Feliz Año Nuevo..!

    • Imagen de perfil de VIMON

      VIMON

      29 diciembre, 2017

      Agradezco tu lectura y comentarios, Náufrago. Feliz Año..!

  3. Esruza

    29 diciembre, 2017

    Un relato muy original, estimado Vimón, me encantó.

    Mi voto y !Feliz Año Nuevo! en compañía de tu familia.

    • Imagen de perfil de VIMON

      VIMON

      30 diciembre, 2017

      Muchas gracias, estimada Esruza. Un abrazo y Feliz Año Nuevo..!

  4. Imagen de perfil de Luis

    Luis

    30 diciembre, 2017

    Me alegra que puedas escribir tan buenos ”exorcismos” letales, je. Un abrazo y mi voto, Vicente, feliz año nuevo!

    • Imagen de perfil de VIMON

      VIMON

      30 diciembre, 2017

      Muchas gracias, Luis.Un abrazo y Feliz Año..!

    • Imagen de perfil de VIMON

      VIMON

      1 enero, 2018

      Muy agradecido por tus estimulantes comentarios, Antonio. Saludos.

  5. Thougart

    2 enero, 2018

    Excelente VIMON, qué decir… Una lectura que engancha hasta el final y un tono y una narración impoluta. Mi voto y mis felicitaciones.

  6. Imagen de perfil de VIMON

    VIMON

    2 enero, 2018

    Muchas gracias por tu visita, Thougart, y tus amables comentarios. Saludos.

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